El Seboruco II

Después de conquistar la máxima elevación de la provincia de Pinar tras la división política administrativa del año dos mil once, nos decidimos a subir el verdadero Seboruco, es decir, aquella altura de seiscientos setenta y ocho metros de altura sobre el nivel del mar, ubicada frente a la que le robó el nombre y separada de esta por el río Los Palacios. Con esta conquista, completaríamos el arribo a las tres mayores alturas de la Sierra del Rosario y a su vez, de la Cordillera de Guaniguanico, es decir, el Pan de Guajaibón y los dos Seborucos.

Sábado 23 de marzo del 2013

Vista de la Sierra del Rosario, desde el camión, rumbo a La Vigía.

Vista de la Sierra del Rosario, desde el camión, rumbo a La Vigía.

Las siete de la mañana era la hora límite para llegar en tiempo a la cita malnombrista debajo del puente de Cien y Autopista a Pinar. Con el amanecer teniendo lugar, cumplimos con la hora la mayoría de los guerrilleros. Al conocer que los camiones particulares habían trasladado su punto de partida para Calle Cien, a unos metros del puente, fuimos subiendo al lugar, mientras Ana y Gladys se quedaban a la espera de los aún faltantes. Luego Giselle y Manuel también fueron a esperar a algunos cujaeños a los que habían invitado. También llegaron temprano Anabel, Daniel –novato de la CUJAE– y una conocida por Lorenzo de la Alianza Francesa: María del Carmen, con Arián, su pareja. Eduardo y Coquito no faltaron a la cita.

Cuando daban las siete, se aparecieron Miladys y Celia, llevadas por Manuel Enrique en su Lada, más dos invitados de ella: Eduardo y su hijo Emilio. Otros dos convidados por Miladys, los hermanastros Roberto y Melissa, se sumaron también. Wilfredo y Lizbethe, con Mery, Robert y Osmany de invitados, también incumplieron con la hora, al igual que Alejo, Alejandrito, Bety y su novio, quien mostraba un peinado de moda: pelado bajito por los lados y una cresta exagerada, algo insólito en Mal Nombre, donde las modas extravagantes no tienen el más mínimo espacio. Bety y su susodicho novio también ostentaban algunos pilcers en la cara y la lengua. No perdí tiempo para irles arriba a ambos con el cuero.

Un camión que esperaba a la partida de una guagua para poder adquirir pasaje, comenzó a ser invadido por los malnombristas. Finalmente partimos treinta en el camión.

Ya rodando, conocimos la nueva de que el pasaje de los sentados costaba veinticinco pesos, es decir, cinco más de lo habitual. Al cuestionar al cobrador, este nos dijo que desde enero cobraban así, porque habían subido los impuestos. En el puente del kilómetro veintinueve montó Lorenzo, como ya se ha hecho habitual en nuestras excursiones a la Sierra del Rosario.

La cifra total de la tropa ascendía a treinta y uno. Lo más significativo resultaba ser que, de ellos, diecisiete eran novatos, es decir, más de la mitad iban por primera vez con Mal Nombre a una guerrilla. Además, muchos de ellos guerrilleaban por primera vez en sus vidas. Giselle con cinco invitados –todos estudiantes de Telecomunicaciones en la CUJAE–,  el Wilfre con cuatro, –incluido Andreas, un noruego – y Mialdys con otros cuatro, hacían los mayores aportes de novatos.

El viaje hasta Paso Real de San Diego se fue tranquilo, aunque con cierta apretazón dentro del camión. A las diez en punto nos bajamos en el puente del kilómetro ciento doce y comenzamos a caminar por la carretera de San Diego. Para mí la guerrilla tenía un gran reto. Después de casi un año con problemas en la cadera, tras cuatro años de exageraciones, en los que corrí cinco medias maratones, volvía a una excursión con lomas, pues la guerrilla de Guanahabibes había sido en bicicleta. Para la ocasión había traído un par de muletas. Al bajarme del camión noté que a cada muleta le faltaba el regatón. Busqué abajo y no los hallé, y de inmediato le grité a la gente del camión. Un hombre buscó por el suelo y encontró ambos regatones, para suerte mía. Se los  puse nuevamente con la ayuda de Eduardo, quien les colocó unos calzos para ajustarlos más, y comenzamos a caminar.

Atravesando el poblado de Paso Quemado, Wilfredo –un digno sustituto de Ichi en las gestiones de transporte– habló con un camionero particular para que nos llevara por cien pesos hasta el Entronque de San Diego. Al montarse la tropa en la cama del camión, una de las jimaguas traseras comenzó a rozar, por lo que la gente tuvo que concentrarse del otro lado. El problema era que las hojas de muelle estaban vencidas.

Resuelto el problema, me subí en la cabina junto al chofer para negociar que nos adelantara hasta La Vijía, que era el punto más conveniente para comenzar nuestra caminata. Según supe por el chofer, el camión databa del año mil novecientos treinta y seis. El viaje de unos ocho kilómetros se nos fue sin problemas, salvo algunos roces de la jimagua. Al llegar, recogimos ciento cincuenta pesos, es decir, cincuenta más, para alargar el recorrido. El chofer tenía un celular y cuadré con él que nos recogiera el día siguiente. Para eso lo llamaríamos al celular cuando estuviéramos de regreso, rumbo a La Vijía.

A diferencia del viaje al otro Seboruco, no llegábamos ahora hasta el pueblo de San Diego, pues el camino por La Vigía era más corto para llegar al río Los Palacios. La Vigía es un pequeño poblado del cual nace un terraplén que se encamina a las lomas de la Sierra del Rosario. Por él partimos.

Pronto salimos a campo abierto y nos vimos rodeados de cañaverales. Algunos desniveles del terreno presagiaban ya el lomerío que se nos avecinaba. Un entronque de terraplenes al borde de una cantera, nos puso en dudas, pero el conductor de un buldózer nos sacó de la incertidumbre, señalándonos la derecha. Más adelante nos tropezamos con un tractor y le caí a preguntas al chofer. Me dijo que por aquella vía llegaríamos al río Los Palacios y que después debíamos andar por sus orillas río arriba, hasta llegar al caserío de Seboruco, desde donde podíamos iniciar el ascenso de la loma. Lo que nunca me dijo fue que a pocos metros de donde estábamos había un entronque de terraplenes donde debíamos coger a la izquierda.

Al llegar al entronque, comprendí la magnitud de la omisión del tractorista. ¿Por qué rayos no me alertó de aquel entronque? Un error al escoger la ruta nos podía costar bien caro, y así fue. Como no había nadie cerca para preguntarle, decidimos explorar ambos caminos. Eduardo cogió por la izquierda, mientras yo descendí por la derecha. Por mi ruta llegué hasta el fondo de un bajío y regresé. Al preguntarle a Eduardo, este me dijo que el camino se desviaba en su inicio a la izquierda. Temiendo que aquella vía nos llevara hasta San Diego, opté por la derecha.  Y esa fue nuestra perdición.

 Por las faldas de la Sierra del Rosario, en el terraplén equivocado.

Por las faldas de la Sierra del Rosario, en el terraplén equivocado.

Comenzamos a andar por aquel terraplén entre el monte, donde a las grandes bajadas les sucedían otras imponentes subidas, y las curvas estaban a la orden del día. Al llegar a cada alto, las “bombas” agitadas reclamaban un descanso. Fuimos avanzando lentamente, con frecuentes altos, hasta dar con un nuevo entronque. Allí la tropa se tiró a pleno sol, pues el acceso a la sombra del monte era bastante complicado. Robert, un novato estudiante de psicología, se quitó el pulóver, y al asomar sus notables músculos, se llenó de crema protectora a la vista de todos. De tal osadía se ganó un apodo clandestino: “Caupolicán.”

Nos volvimos a dividir en exploración y puse cinco minutos para avanzar y entonces volver. Lorenzo y yo nos fuimos por la derecha, mientras Wilfredo, Manuel y Roberto cogían la otra dirección.

Por nuestra ruta, doblamos una curva a la derecha y comenzamos a bajar. Ya en el fondo, el camino se truncaba y la única salida era un ascenso brusco, con matices de derrumbe. Al regresar, tuvimos que esperar un buen rato para que los otros volvieran, pues el embullo habitual del Wilfre les hizo extender sus diez minutos a casi veinte.

El camino de ellos tenía continuidad y por allí cogimos. Pero después de un respetable descenso, el terraplén llegó a su fin. En buen rollo nos habíamos metido. Algunos troncos apilados por los alrededores nos hicieron ver que aquella  ruta solo servía para sacar madera, pero no para llegar a parte alguna. Pero volver atrás era peor.

Al frente teníamos un trillo que se adentraba en el monte en subida. Pero cogerlo significaba arriesgarnos a una pérdida bastante probable. Antes, Manuel probó avanzar por la derecha, pero su dirección nos sacaba de las lomas. No había otro remedio; partir por el trillo de monte era nuestra alternativa, y por allí cogimos.

Dejando el terraplén y entrando en el monte.

Dejando el terraplén y entrando en el monte.

Comenzamos a ascender pisando hojas secas y agarrándonos frecuentemente de los troncos. La mayor virtud de aquel avance era la sombra que nos brindaban los árboles. Al llegar a la altura, por supuesto que se iniciaba una bajada. Ya en el fondo, un cañón seco nos propició un descanso. Ya estábamos en horario de almuerzo y entre todos había suficiente arroz amarillo cocinado. Pero preferí esperar a llegar al río Los Palacios para darnos el atracón.

Aprovechando el alto, nos dividimos en tres partes para hacer una exploración. Manuel y Elizabeth cogieron el cañón hacia abajo, yo subí al frente y Wilfredo avanzó cañón arriba. Solo cinco minutos di esta vez, para obligar a Wilfredo a volver pronto. Manuel y Elizabeth regresaron contándonos que habían salido a un potrero con vacas, pero sin ver a ser humano alguno. Las otras dos vías no aportaban nada interesante que no fuera más monte. Nos decidimos por subir al frente. Pero al rato de andar, el explote en la tropa se hacía notar y los descansos eran bastantes frecuentes. La falta de alimento y de entrenamiento, se confabulaban con el pronto rigor en la excursión, para poner a unos cuantos al borde de la hipoglicemia.

Al llegar a la cima más próxima, hicimos un alto general y Ana ofreció caramelos para la gente. Después de coger un aire, comenzó el descenso de la tropa. Cuando ya me disponía a partir, noté que Ana no se movía y Gladys estaba recostada sobre el suelo y su mochila, en una pose bastante preocupante. Al preguntarle a Ana, esta me dijo que Gladys se había puesto muy blanca. ¿Más de lo que ella ya es? El caso es que la hipoglicemia la había cogido, y de ahí al desmayo solo faltaban unos pasos. Con Daniel, esperé un ratico, hasta que Eduardo me convidó a que continuara, mientras él esperaría con Ana por la recuperación de Gladys, que solo era cuestión de tiempo. Así, además, Gladys no se sentiría presionada.

Le hice caso a Eduardo, le pedí unos caramelos a Ana y descendí hasta un cañón donde el resto de la tropa esperaba, mientras salían a relucir algunos panes con cosas para apaciguar el hambre, y con él, la falta de energías. Al poco rato se aparecieron Eduardo, Ana y la hipoglicémica.

En aquel lugar se daba la misma situación que en el cañón anterior: un camino que subía al frente más las dos direcciones del cañón. El frente significaba continuar avanzando con rumbo este, que era la dirección del río. La derecha implicaba salir al llano y la izquierda, adentrarnos más en las lomas. Tirado en el suelo con buena hambre y cierto cansancio, delegué las funciones exploratorias. Wilfredo avanzó algo por la izquierda mientras Roberto y Daniel subían al frente. A esa hora, mi indecisión era grande, pues estábamos en un gran atolladero. Nuestro avance era demasiado lento, el cansancio aumentaba a cada paso y el río Los Palacios no acababa de aparecer. El mayor rollo era el tiempo, pues después de llegar al río, debíamos buscar el camino para subir la loma, y el regreso era al día siguiente.

Un alto, perdidos en el monte.

Un alto, perdidos en el monte.

Entonces Alejo se me acercó para decirme que lo mejor era coger el trillo hacia la derecha. Le respondí que esa era dirección sur y nos sacaba de las lomas, es decir, nos alejaba de nuestro objetivo. Volvió Wilfredo sin anunciarnos nada halagüeño. La principal probabilidad de su ruta era reencontrarnos con el terraplén que habíamos dejado después de hablar con el tractorista. Pero ¿cuándo? Manuel y Roberto regresaron también y nos traían la noticia de que el camino loma arriba se perdía.

Con bastante incertidumbre, comencé a subir la loma. Al avanzar unos pasos, me detuve pensando en la proposición de Alejo. ¿Por qué él se aferraba a coger una dirección que nos alejaba de nuestro objetivo? Solo hallé un por qué a su propuesta: era la vía más segura en aquel momento. Y tenía razón; había que salir de aquella madeja de monte para reorientar el rumbo, aunque implicara caminar más. En el llano nuestro paso sería mucho más rápido y tendríamos la posibilidad de encontrarnos a algún guajiro que nos reorientara.

Cogimos por el cañón rumbo sur, y al andar unos doscientos metros, salimos a un amplio potrero donde había un ganado pastando. Atravesamos el potrero y hallamos por la izquierda una puerta para continuar. Eduardo y Wilfredo cogieron el rumbo contrario en busca de algún guajiro. Al rato regresaron confirmando la certeza de la ruta que habíamos cogido. Con el abra del río Los Palacios a la vista, bordeamos un campo de cebollas y llegamos hasta la entrada de una finca, dentro de la cual se veían dos casas. Allí nos detuvimos, y Alejo y yo, al divisar a lo lejos a un guajiro, nos adentramos en la finca para hablar con el hombre.

Lugar donde hallamos al campesino que nos sirvió de guía.

Lugar donde hallamos al campesino que nos sirvió de guía.

El guajiro cargaba un cubo, y al ver que nos acercábamos, nos esperó sentado. Tras los saludos iniciales, le caímos a preguntas. Por él supimos que lo más conveniente no era partir directo hacia el río, pues al entrar por el cañón, una posta militar nos impediría el paso. Entonces se nos brindó de guía para orientarnos por el monte hasta llegar al río aguas arriba, donde ya no había presencia militar. Otros del grupo se acercaron en busca de agua y el guajiro los orientó hacia el patio de una de las dos casas. En el lugar había un tanque de agua, que era abastecido desde un pozo ubicado algo más lejos. Por supuesto que el tanque, después de nuestra invasión, bajó peligrosamente su nivel. Alejo y yo fuimos a buscar a la gente que esperaba a la entrada de la finca. Les informamos de nuestras averiguaciones y recogimos todos las mochilas para ir al encuentro de nuestro inminente guía.

Con el guajiro a la vanguardia, pasamos por detrás de la otra casa y volvimos a adentrarnos en el monte. Comenzamos a avanzar por un trillo definido, pero al rato cogimos por otro trillo y luego por otro más. Solo un guajiro ducho como el que no servía de guía podía andar con rumbo cierto por aquel paraje. En uno de los cambios de camino hubo que esperar a los rezagados para evitar una pérdida. Continuábamos bajo la sombra del monte, lo cual era un paliativo para nuestro esfuerzo.

Íbamos subiendo poco a poco. En un momento, Miladys me dijo que no podía dar un paso más sin comer su arroz amarillo. Pero detenerse era un rollo, porque no íbamos a pedirle al hombre que esperara porque nos diéramos un atracón. Entonces Lorenzo me dijo que tenía unos panes a mano. Se lo propuse a Miladys y aceptó. Lorenzo le dio el sustento y ella comió sin tener que detenerse.

Al rato de andar loma arriba gastando bastantes energías, llegamos a un alto y comenzamos un descenso. Evidentemente, íbamos directo hacia el río Los Palacios. Pronto comenzamos a ver entre la vegetación la ladera de la orilla opuesta del río.

Uno de los mejores regalos que puede darle el monte a un guerrillero, tras una larga caminata, es el encuentro con un río. Así sentimos todos la llegada al río Los Palacios. La corriente avanzaba limpia, con un ancho entre los quince y los veinte metros. El viento sur de la época del año provocaba un pequeño oleaje contrario al descenso del agua. Los árboles se encimaban a las orillas, mientras algunas piedras amarillentas se asomaban sobre la superficie del río. La claridad de la tarde embellecía el panorama. Del lado por el que llegábamos, es decir, al oeste, pisábamos tierra pinareña. Del otro lado del río nos esperaba Artemisa. Eran las cuatro y veinte de la tarde.

Primera imagen del río Los Palacios.

Primera imagen del río Los Palacios.

La tropa comenzó a atravesar el río pisando sobre las piedras, mientras Alejo y yo conversábamos con el guajiro en busca de información. Según él, junto a la otra orilla había una carretera pavimentada, la cual debíamos coger. Más adelante hallaríamos un puente roto donde existió una unidad militar, que ahora estaba abandonada. Allí debíamos cruzar nuevamente. Del otro lado debíamos coger un camino hasta un cruce. En el cruce, la izquierda llevaba de vuelta a La Vigía o a San Diego, el frente a un lugar llamado Papayal y la derecha al caserío de Seboruco, que era nuestro destino, pues desde allí iniciaríamos la subida a la loma. El hombre no hablaba de un último cruce y le insistí en que este debía ocurrir. Finalmente me entendió y me dijo que sí, que había que cruzar a la derecha. Alejo le preguntó por el sitio de la Comandancia de Dermidio Escalona cuando la guerra de liberación y el guía le dijo que quedaba río arriba, algo alejada de Seboruco. Eduardo filmó con su cámara digital la conversación.

Nos despedimos de aquel buen hombre, a pesar de él insistir en acompañarnos, si teníamos dudas. Concluimos el cruce del río y nos detuvimos sobre la estrecha carretera pavimentada, algo descascarada. Desvestirnos y entrar en el agua fue una misma cosa. Decir que aquello era una divinidad en tales circunstancias, es una redundancia. Cada músculo de nuestros cuerpos recibió un espléndido masaje hidráulico después de haber realizado un gran esfuerzo; cada piel sintió el frescor del agua como un bálsamo analgésico; cada garganta tomó el agua que le dio la gana.

Después vino el atracón. Primeramente averigüé si alguien no había traído arroz cocinado. Al comprobar que todo el mundo tenía a su disposición, comenzó la orgía. Para completar, los muchachos de la CUJAE prepararon refresco de limón en mi tanqueta, aunque les quedó un poco flojo por solo utilizar dos paquetes de ocho litros y no tres, como les había aconsejado.

En pleno relax, se apareció una joven pareja invitada por Wilfredo. Ellos habían llegado tarde a la cita de partida en La Habana, y con las indicaciones previas del Wilfre, se aventuraron a buscarnos. Jorge, cubano, y Belén, argentina, eran los arrestados. Les dije que habían tenido un acierto y un error muy convenientes. El acierto, haber llegado hasta el río sin pérdida. El error, haber cogido río abajo, lo cual no era lo previsto, pero de lo contrario, no nos hubieran hallado.

Sobre las seis, recogimos todo y partimos por la estrecha carretera. Era una panacea caminar por ella por tres razones: no había maleza, ni pendientes ni perdida posible. Tras avanzar algo más de un kilómetro, llegamos hasta el puente roto. Lajas de concreto, cabillas y tubos enormes para dejar pasar el agua, afloraban a primera vista. Cruzamos sobre las piedras y del otro lado nos esperaron las ruinas de lo que fue la unidad militar. Escaleras de concreto semidestruidas, casas sin techo y paredes carcomidas posaban a cada lado del ancho camino que daba inicio en la otra orilla.

Un grupo se adelantó y comenzó a ascender por el camino, que avanzaba entre el espeso monte. Al cruzar, miré a ambos lados buscando el cruce mencionado por el guajiro, pero no vi nada claro. Toda la tropa la emprendió por la nueva dirección. El guajiro había sido claro en lo del cruce, pero comenzamos a alejarnos del río preocupantemente. Después de avanzar más de un kilómetro, un grupo se detuvo, mientras la delantera continuó. Nos reunimos todos los de atrás y Manuel fue a avisarle a los de alante para que volvieran.

Cuando al fin estuvimos todos, hablé de la situación que teníamos, que se resumía en que la tarde estaba muriendo, nos estábamos alejando del río y el cruce no aparecía. Alejo sostuvo que prefería seguir hacia adelante en busca del cruce, y si este no aparecía, continuar hasta San Diego. Les pregunté entonces a Jorge y Belén si recordaban el cruce en su trayecto hasta el río, pero su respuesta fue negativa. Al haber dos opiniones, propuse votar. De inmediato un buen grupo –incluyendo a casi todos los novatos, que estaban sedientos de guerrilla, y sobre todo, de río – se levantaron diciendo que votaban por regresar. Pero los paré diciéndoles que había que votar de verdad. De inmediato insté a que levantaran la mano los que preferían seguir. Solo Alejo y Miladys se acogieron a esta opción. Cuando propuse votar por la otra variante, las manos se alzaron en masa. Sin más demora, partimos de regreso. Una cosa quedaba clara: la subida a la loma Seboruco quedaría aplazada, es decir, habría excursión Seboruco Tres, pues al día siguiente no daría tiempo para subir y llegar antes de las seis de la tarde a la Autopista para coger los camiones particulares.

Llegamos al río aún con la claridad necesaria como para facilitarnos la acampada. En la orilla en la que estábamos había un pequeño entrante de arena gruesa, y hasta allí se fue el sexteto de la CUJAE, formado Giselle, Manuel, César, Yunia, Yisselle y Lagnier, para levantar sus tiendas de campaña. Arián y María del Carmen, dos novatos invitados por Lorenzo, también plantaron en aquel lugar. Alejo, sus hijos, el novio de Bety, Lorenzo, Eduardo y el Coqui plantaron sobre unas placas que había en la misma orilla. Los demás cruzamos hacia la otra ribera para armar el campamento.

De inmediato había que decir si cocinar o no. Después del atracón de arroz amarillo, varios no teníamos la intención de cocinar, y preferíamos preparar una comida fría a base de panes con algo y refresco. Pero Alejo era de la opinión de poner los calderos a la candela.

Desde La Habana habíamos anunciado espaguetis para la noche, por lo que le pedí a todo el mundo que sacara sus paquetes. En un pequeño arenazo de la orilla donde estaba la mayoría, puse unas piedras para colocar mi caldero. Un grupo de hombres buscó leña, que era abundante por la zona, mientras Ana y Gladys organizaron la labor de preparar las especias y la carne en salsa, sumándose en la tarea otras mujeres, mientras Andreas alumbraba la operación.

Cocinando de noche junto al río Los Palacios.

Cocinando de noche junto al río Los Palacios.

La noche fue cayendo en plena cocinadera. Hicimos tres calderos de espaguetis bajo la atenta supervisión de Miladys, cocinándose en total once paquetes. Cuando todo estuvo listo –incluyendo una refrescada en la tanqueta –, los diecinueve novatos escucharon por primera vez la frase sagrada sagrada: “El tiroteo es una realidad, fuera e independientemente de la conciencia del hombre.” La repartición alcanzó para llenarse todo lo que cada uno quiso. La abundancia de la carne en salsa era algo inusual. A esa hora, los niños y Gladys ya estaban en manos de Morfeo, y se les guardó la comida para el día siguiente.

Después del segundo atracón de la guerrilla en pocas horas, y sin tertulia en el ambiente, el silencio se hizo dueño del campamento, ayudado por el cansancio del día.

Domingo 24 de marzo del 2013

El viento que batió de madrugada impidió que la humedad mojara el campamento. El amanecer llegó sin prisa alguna para levantarse.

Sobre las ocho de la mañana me puse en pie para hacer una breve exploración. Avancé a través de un trillo algo perdido, que se extendía por la orilla este del río, es decir, en tierra artemiseña. Al avanzar unos cien metros, noté que un trillo se abría espacio entre el monte en la ladera. Me aventuré por él y ascendí otros cien metros, despejando con las muletas algunas ramas atravesadas en aquel camino abandonado. Teniendo una unidad militar tan cerca, aquel podía ser una senda para entrenar a los guardias en subir la mayor elevación de la zona. Con ese razonamiento, regresé al campamento. Ya llegando, vi otro trillo, pero más enmarañado, que no parecía tener “futuro.”

Poco a poco la gente se fue levantando y comenzaron los preparativos del desayuno. Aquello iba adquiriendo matices de orgía. Mialdys donó un nylon de leche en polvo, le mezclamos chocolate en polvo de varios tipos, se le echó azúcar, se puso en la candela, y el resultado fue un verdadero “piñazo”. Del sólido había un buen surtido: galleticas dulces y saladas, dulce de guayaba, gaceñiga, panes y unas cuantas cosas más.

Se armó por fin el tiroteo. Alcanzó a un jarrito de leche por persona y a dar doble, triple y dejarla liberada. De lo otro, fue casi tanto lo que sobró como lo repartido. Realmente, aquello no era un buen ejemplo para los novatos.

Desayuno junto al río.

Desayuno junto al río.

Terminándose el desayuno, se aparecieron unos lugareños en la otra orilla del río. Llegaron en un tractor que estaba a la vista y en un camión que veríamos más tarde. Había incluso dos mujeres. Crucé el río para comérmelos a preguntas. Por ellos pude saber que el cruce existía y que llegamos a estar muy cerca de él, que en el caserío de Seboruco debía quedar viviendo aún alguna gente y que en la subida a la loma veríamos algunas vegas (campos sembrados). Los llegados me dijeron que tenían que hacer unos trabajos justo en la otra orilla, donde estaba acampada la mayoría del grupo. Volví a cruzar el río y comencé a agitar a la gente.

Cuando por fin tuvimos todo recogido para partir de regreso a la Autopista –incluyendo una guardia vieja –, cruzamos la corriente y Ana les brindó desayuno a los lugareños. Ella también preparó algunos bulticos con la comida sobrante, los cuales fueron repartidos de inmediato. Noté algo misteriosos a los lugareños con eso de hacer unos trabajos. Pero al parecer, la cosa era pescar truchas o tilapias, y en verdad, con aquel tumulto malnombrista, no hubieran cogido nada.

Foto del grupo antes de la partida.

Foto del grupo antes de la partida.

Nos despedimos de los llegados, y pasadas las diez y media de la mañana, partimos loma arriba por el camino ya conocido. Poco a poco la tropa se fue estirando. Rebasamos el camión que había llevado a algunos de los lugareños, el cual se hallaba parqueado en el borde del camino. Finalmente apareció el dichoso cruce, que en verdad era un entronque de tres caminos y no de cuatro. Allí hallamos a otra gente, que andaba con una yunta de bueyes y dos caballos. Al llegar al lugar, vi a Eduardo y a Celia montando a gusto los equinos. Al ver la amplitud el entronque, les di un buen cuero a Jorge y a Belén, por no haber recordado el lugar. La única defensa que se les ocurrió fue que aquello no era un cruce, sin un entronque. ¡Vaya diferencia!

Tras un breve descanso, continuamos la marcha por el camino de la izquierda. Más adelante, otro entronque nos sobrevino; la derecha llevaba a San Diego y la izquierda a La Vigía. Volvimos a tomar la izquierda. Aquel terraplén tenía subidas y bajadas continuas. En un punto el camino comenzó a faldear por la derecha de la ladera. Por grupitos, hicimos varios altos para tirarnos algunas fotos.

Rebasamos el entronque de la pérdida inicial, luego la cantera y llegamos a  los cañaverales. Allí Ana reclamó unas cañas y Roberto, machete en mano, cumplió su deseo.  Poco a poco fuimos arribando a La Vigía. Eduardo, al llegar, llamó al chofer del camión que nos había adelantado el día anterior. Pero le salió el hijo por el celular, diciendo que su padre andaba por Consolación del Sur. Es decir, no podíamos contar con aquel transporte. Lorenzo, luego de llegar a La Vigía, regresó a cargar alguna mochila.

Finalmente se aparecieron Ana, Gladys, Lorenzo y Melisa en un tractor; Lorenzo cargaba en su espalda la mochila Melisa. El tractorista era el mismo que nos había embarcada a la ida al no comentarnos nada sobre el entronque que nos sobrevino. Según él, se acordó del entronque después de que nos habíamos alejado. Nos dijo que desde donde habíamos acampado subía un camino hasta la cima del Seboruco, sin tener que llegar al caserío del mismo nombre, lo cual concordaba con el camino que yo había hallado por la mañana.

Nos reunimos los treinta y tres en el portal de lo que parecía una cafetería. Wilfredo nos alertó que lo mejor era ir hasta la parada de la carretera, pues pronto pasaría  la guagua de línea rumbo a la Autopista. Ya en la parada, volvió a la carga el Wilfre con sus gestiones y consiguió convencer a un camionero para que nos llevara hasta la Autopista por cien pesos.

En La Vigía, de regreso.

En La Vigía, de regreso.

Tirados sobre la cama del camión, hicimos rápido el viaje hasta nuestro destino, y aunque Wilfredo quiso alargar el recorrido hasta la mismísima Habana por seiscientos pesos, el hombre no tranzó.

Al poco rato de estar acomodados bajo el puente, se apareció una guagua con destino a La Habana y paró a unos cien metros de donde estábamos. Aunque todos no pudimos montar, priorizamos a la gente con niños, y finalmente se pudieron ir diecinueve guerrilleros, es decir, la mayoría. No pasaron diez minutos y paró otra guagua rumbo a La Habana, esta algo más holgada. En ese momento yo estaba solo en la acera contraria. Recogí la mochila y me sumé al grupo. Finalmente pudimos montar todos sin problemas. Pero cuando llevábamos cerca de diez kilómetros de recorrido, noté la ausencia de mis muletas. Una era un préstamo de Giselle y la otra de Ana. Evidentemente, al recoger la mochila, estas se habían quedado sobre el muro en el que estaba sentado, y como estaba solo en la otra acera, nadie notó el desliz. Pero ya era tarde, y ¿virar como me sugirió Giselle?; ¡ni loco!

Al pasar por el entronque a Jardín de Aspiro, se montó en la guagua otro grupo de guerrilleros entre los que estaban Irmita, su esposo y otros conocidos. Ellos, desde el viernes, andaban de espeleólogos. Hicimos el resto del viaje contándonos las peripecias de cada excursión.

Por fin, alrededor de las tres de la tarde, concluimos nuestro viaje en Cien Boyeros. Seboruco Dos ponía fin sin haberse conquistado la cima. Pero una nueva hornada de malnombristas era la gran ganancia de la excursión. Un Seboruco Tres se imponía para finales de abril o principios de mayo. Subir por el trillo de la unidad militar abandonada o por el caserío de Seboruco, eran las opciones. Dentro de un mes ya veríamos qué pasaría.

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