El Seboruco I

Con la división político-administrativa puesta en práctica a partir del primero de enero del año 2011, la provincia de Artemisa le “sustrajo” el Pan de Guajaibón a Pinar del Río. Los malnombristas, con ese manía irrefrenable de conquistar las mayores elevaciones de cada provincia, nos vimos entonces ante el reto de subir la nueva máxima elevación de  Pinar del Río. Pero, ¿cuál era esta?

Mapa de la zona de Seboruco.

Mapa de la zona de Seboruco.

Un artículo publicado en el periódico Granma a raíz de esta última división entre provincias, nos señalaba a la loma Seboruco como la nueva cúspide máxima de la provincia más occidental del país, con seiscientos setenta y un metros de altura sobre el nivel del mar.

Fuimos entonces al mapa para localizar a la susodicha, pero ¿qué encontramos? El tal Seboruco quedaba en áreas de Artemisa y su altura marcaba seiscientos setenta y ocho metros de altura. ¿Dónde estaba la verdad?

Al fijarnos en el mapa, encontramos que junto a esa loma se hallaba otra de seiscientos setenta y un metros de altura, pero el río Los Palacios las separaba, dividiendo también, justo en esa zona, a las dos provincias. ¿Entonces?

Una conclusión nos sobrevino. La de la altura de seiscientos setenta y un metros, sin nombre en el mapa, adquiría ahora mayor relevancia que la otra, a pesar de ser menor, pues se había convertido de un tirón, con el inicio del año 2011, en la mayor elevación de Pinar del Río. Sin embargo, la otra elevación, aunque más alta, seguía en su papel de segundota, y ahora para colmo le cedía el nombre en los titulares a su vecina de la otra orilla del río Los Palacios.
Aclarada entonces la situación, Mal Nombre se dispuso a conquistar por segunda vez la cima más alta de Pinar del Río por primera vez, y valga el trabalenguas.

Viernes 6 de abril

Por fin, tras varios intentos frustrados por complicaciones de la gente, partimos en busca de la controvertida loma de Seboruco.

Poco después de las siete de la mañana ya éramos once debajo del puente de Cien y Autopista a Pinar del Río, faltando el Gaby, que terminaba su turno de trabajo temprano, y se incorporaría con su primo Alfredo, quien se estrenaría en una guerrilla malnombrista. Tres niños se incluían en la tropa.

Al rato de espera, nos acogimos a la opción de un camión particular de los que se hallaban parqueados a pocos metros del lugar. Estos partían cada cuarenta minutos y al tocarle el turno al próximo, la gente prefirió esperar el siguiente para coger asiento, pues no había molote, a pesar de que insistí en no perder tiempo. En otras circunstancias, sin tener varios camiones parqueados a la espera, por su puesto que el primero sería nuestro.

El día de la partida se había declarado sin trabajo por la Semana Santa, tras la visita del Papa Benedicto XVI. Por ello, adelantamos un día la salida. Así tendríamos hasta el domingo, si acaso dos días no alcanzaban para nuestro propósito.

El camión recorrió la Autopista hasta el puente de Guanajay, donde se nos sumó Lorenzo. Luego continuó el trayecto hasta apearnos bajo el puente de Paso Real de San Diego. Allí Wilfredo se comunicó con el Gaby, quien ya había partido por la Autopista con su primo en el camión siguiente. Decidimos esperarlo en el lugar.

Puente de la Autopista en Paso Real de San Diego.

Puente de la Autopista en Paso Real de San Diego.

Un murciélago atrapado por Alejo nos entretuvo unos minutos hasta que lo soltó, en medio de la curiosidad infantil. Algunos vaciaron las vejigas en unos matorrales cercanos.

Por fin llegaron el Gaby y Alfredo, para completar nuestra tropa de catorce malnombristas. Arrancamos a caminar por la carretera que lleva hasta San Diego. Algunos ya conocíamos el trayecto desde una guerrillita anterior en el río San Diego. Pronto hicimos alto ante una casa, pues una mata de chirimoyas cargadita, plantada en el patio, nos llamaba. Abraham y yo trepamos a la annonacea, gracias a la gentileza de la dueña de la casa. Tumbamos y comimos aquellas frutas, que no estaban muy dulces.

Un siguiente alto algo adelante nos proporcionó rica agua fría, gracias a la solidaridad de otro vecino del lugar. Este nos sugirió, para llegar al Seboruco, el camino de un lugar llamado La Vigía. Pero con un mapa en la mano, le demostré que esa ruta nos llevaría al Seboruco del otro lado del río Los Palacios, plantado ya en tierras artemiseñas.

Un nuevo alto en una vaquería sirvió para tomar un refresco de naranja con gas, a peso el vaso, que es el doble de cualquiera de La Habana. Eso tienen los pinareños, que en general son sanos y no tratan de sacarte lo que puedan.

Seguimos la marcha a pie hasta parar nuevamente frente a una casa, precedida por una mata de tamarindos. Tumbamos algunos y comprobamos que no carecían del dulzor de las chirimoyas. En ese momento La Estrella “se asomó” con un camión y subimos, aunque algunos adelantados lo hicieron después.

Aunque el camión solo iba hasta la Carretera Central, que distaba menos de un kilómetro de donde nos montamos, el Wilfre (junto a La Estrella) habló con el chofer y el trayecto se extendió ocho kilómetros más allá, justo hasta la entrada de San Diego. Se fue rápido el viaje, con algunas fotos incluidas, y nos bajamos ante el terraplén que llevaba hasta el lugar llamado Las Yeguas, nuestra meta inmediata.

Comenzamos a caminar con el mediodía rayando y el sol cantando. Rebasamos las últimas casas de San Diego, cuando al toparnos con unos lugareños, el Wilfre les lanzó dos preguntas que nada tenían que ver entre sí: “¿Hay un río en Las Yeguas?”; “¿Tienen gasolina?”. Cosas de un maestro psicólogo.

Subir una elevación, girar a la derecha y detenernos en un entronque fueron los pasos siguientes, auque Martica, Abraham y Bety siguieron de largo, guiados por la asesoría de un guajiro. La dirección que cogieron no me convencía, pues Las Yeguas quedaba a la izquierda. Los hice volver y les pregunté si habían indagado por Las Yeguas. “Por el Seboruco”, fue la respuesta. Alejo, algo atrás, se topó con otro guajiro y desde lejos le grité: “Pregunta por Las Yeguas, no por el Seboruco.”

Comimos caramelos en el lugar. Un tronco seco a lo lejos le hizo parecer al Gaby que era el de una ceiba. Le dije que según el terreno, no debía haber ceibas por la zona; craso error.

Casa campesina en Las Yeguas.

Casa campesina en Las Yeguas.

Finalmente partimos por la izquierda en busca de Las Yeguas. Avanzamos descendiendo un poco y girando a la derecha. El camino nos llevó a las cercanías de la base de una loma. El Wilfre consiguió, del tractor de un campesino, un pomito de petróleo para la cocina.

Luego de pasar un campo de caobas africanas, dimos con un estrecho río. Un guajiro nos indicó un lugar de la corriente bueno para el baño. Hasta allí fuimos y nos bañamos, aunque algunos ni el intento hicieron. Luego, un tiroteo de comida cocinada, fundamentalmente arroz con carne, se disparó en mi caldero. Durante el baño conocimos a un muchacho llamado Juan Miguel, el cual sería un apoyo importante en la excursión. Vivía en San Diego, pero estaba parando en la casa de un tío y se nos ofreció como guía.

Cruce de arroyo en Las Yeguas.

Cruce de arroyo en Las Yeguas.

Después de baño y tiroteo, partimos con Juan Miguel en la dirección de la loma. Atravesamos una cerca, pasamos delante de un bohío y nos detuvimos en un césped que parecía ideal para la acampada. Pero la tarde era joven y no la desaprovecharíamos.

Partimos en pos del Seboruco por un atajo que ascendía entre el monte. Pronto comprendimos que sin Juan Miguel de guía nos hubiéramos enredado en los diversos trillos que se nos aparecían. Un cruce a la izquierda y otro a la derecha nos enfilaron el rumbo, pendiente arriba.

Con las mochilas encima, comenzamos a ascender con más trabajo hasta que el camino se convirtió en una cruda pendiente. La tropa se estiró, teniendo a Juan Miguel, Martica y Bety en la delantera. Una enorme ceiba se prestó para el “cuero” del Gaby sobre mí: “Debe ser un baobab, porque por aquí no hay ceibas.”

Poco a poco la tropa fue llegando a un estanque de agua algo turbio, por lo poco que corría el líquido preciado. Tras un alto en el lugar y un ensanchamiento del estanque por Alejo para enfangarlo más, seguimos hasta parar en un pequeño llanito entre la vegetación. ¿Qué hacer con los bultos?, ¿seguir con ellos o dejarlos allí? Optando pronto por la segunda variante, escondimos las mochilas tras unas piedras.

Sobre las cuatro de la tarde continuamos, restando cuatro horas de luz para subir y bajar. La pendiente volvió a ser cruda, ahora sin trillo que seguir. Juan Miguel delante, con el machete del Wilfre, iba abriendo. Luego le tomé el instrumento y me esforcé en dejar marcas en los troncos de los árboles para asegurar huellas al regreso. Los tocororos ambientaban el ascenso con su rítmico canto, mientras recios almácigos recibían marcas de machete en sus anchos “lomos”.

Vista desde la altura, en el primer intento de conquistar el Seboruco.

Vista desde la altura, en el primer intento de conquistar el Seboruco.

Llegamos a un tramo donde un farallón se plantaba ante nosotros. Faldeando nos lanzamos a subirlo. Miladys, con gran imaginación, vio la cara de una jutía entre las piedras; puro espejismo. Bordeando por la derecha, fuimos ascendiendo, teniendo un abismo a nuestros pies. Pusimos cuidado en Celia y Alejandrito, que eran los menores de la tropa. Vencida al fin la mole, continuamos desbrozando maleza. La zarza empezó a asomarse, cada vez en mayor cuantía, y con ella, los arañazos.

Bien arriba, la maleza se enredó cuando creíamos que no faltaba mucho para la cima. Pura ilusión, se veían aún entre la espesura, copas más altas a lo lejos. Alejo insistió en seguir, pero la hora atentaba contra nuestro regreso diurno.

Decidimos por fin volver por las mochilas, aspirando también a un merecido baño en el río. El retorno, aunque trabajoso, fue más rápido, pues descendíamos por una senda ya marcada. No obstante, en ocasiones paramos para esclarecernos de la ruta a seguir.

Dimos al fin con las mochilas, las recogimos y seguimos loma abajo hasta plantar finalmente en el césped dispuesto para la acampada. La tarde aún no moría y nos dio tiempo para que se alzaran las tiendas de campaña, nos regaláramos un buen baño y emprendiéramos la cocina.

Unos extendidos espaguetis con perros calientes en puré de tomate, más un refresco en la tanqueta mataron el hambre acrecentada. Ya oscuro, teniendo a Abraham y a Alfredo de guitarristas, nos entregamos a una descarga, que cerró con la medianoche. Un guajiro que se nos había pegado en la acampada, con su machete le puso ritmo a las canciones.

Acampada con descarga nocturna al pie del Seboruco.

Acampada con descarga nocturna al pie del Seboruco.

Sábado 7 de abril

El presagio de lluvia nocturna, que nos anunció un campesino, no se cumplió, para buena suerte nuestra. Tostadas con dulce de guayaba, espaguetis de ayer y un caldero de leche en polvo con azúcar, nos sirvieron de desayuno. Abraham partió rumbo a La Habana, pues tenía cosas pendientes. Alejo y Alejandrito se quedaron en el campamento, pues entre las rodillas del primero y los deseos de cambiar la loma por el río del segundo, optaron por no subir.

Partimos loma arriba a las diez y cuatro minutos de la mañana, con la gran ventaja que da no llevar pesos en las espaldas; solo el agua para el camino y una breve merienda. Avanzamos sin problemas hasta acercarnos al final de la senda abierta ayer. Al rato de pasar los farallones, Celia pidió un descanso, mientras Juan Miguel, Bety, Martica y yo continuamos loma arriba.

Los cuatro de la delantera llegamos hasta donde terminamos de abrir ayer. Un tomeguín del pinar, con su mancha amarilla en el buche, nos rondaba. Luego una cartacuba, desafiando nuestra presencia, se mantuvo un buen rato en una rama cercana, mostrándonos sus colores rojo y verde. Cogí el machete y comencé a desbrozar monte. El tiempo fue pasando sin que apareciera el resto del grupo. Abrí monte a machete limpio exactamente una hora seguida, pero aún no se mostraba la retaguardia. Subí a una mata y vi que aún faltaba un buen trecho por llegar a la cima. Regresé entonces por los demás.

El primero en recibir mi refriega fue el Gaby, pero para no dejarlo ahí, la emprendí también con el resto. Con la tropa, desde La Habana, habían partido dos muchachas villaclareñas: Elizabeth y Lissette. La explicación de los criticados fue que Elizabeth había entendido que yo les había dicho que esperaran en el lugar. Aunque eso no ocurrió, de haberlo entendido así, de todos modos no se justificaba que estuvieran tanto tiempo parados, habiendo demasiado monte por chapear, sobre todo en el caso de los hombres. Por eso la refriega era bien merecida.

Pero todo me quedó claro en el momento. Un complicado “monotema” los llevó a debatir casi una hora seguida, olvidándose del monte, la chapea y el Seboruco. La chispa la encendió Wilfredo por un rollo que tuvo en el Pedagógico, pero después la “candela” se extendió hasta mi llegada.

Nos juntamos todos nuevamente y los hombres comenzaron a rotarse en la chapea cada diez minutos. Poco a poco avanzamos por una zona sumamente enredada hasta que al fin, a la una y cuarenta y nueve de la tarde, llegamos a la cima. Subí a una mata, dudando aún si esa era la máxima elevación, cuado comprobé la certeza de la conquista. Al frente, hacia el este, el otro Seboruco nos miraba; al norte, algo distante, el Pan de Guajaibón se enseñoreaba sobre las alturas; a su izquierda, la Meseta de Cajálvana posaba con su torre de televisión encima. El Gaby y Alfredo también se treparon a deleitarse con el panorama.

Nuestra cima era una mezcla de maleza con peñascos. Pudimos abrir un pequeño claro para que, con la bandera malnombrista afuera, vinieran las fotos. De placa, ¡ni hablar!, aquel pico era una altura olvidada, que solo había cobrado importancia a partir de la nueva división político-administrativa.

Una foto del grupo en la enmarañada cima del Seboruco.

Una foto del grupo en la enmarañada cima del Seboruco.

Un pequeño tiroteo le siguió a las fotos, el cual tuvo dos rarezas: una lata de leche condensada y otra de refresco Tu Cola, traída por las villaclareñas. A la lata de refresco, sin querer, le abrí un huequito en el fondo, pero el líquido no se escapó por lo pequeña de la abertura.

A las dos y treinta y nueve partimos loma abajo. El regreso, aunque largo, no tuvo contratiempos, salvo una pérdida de mi reloj salvada por el hallazgo de los de atrás. A las cuatro y treinta y seis de la tarde arribamos al campamento. Alejo nos esperaba con un calderito de espaguetis sin salsa y medio caldero de té con azúcar. El azúcar se la dio un guajiro, pues la nuestra se había terminado.

Entre el baño, el tiroteo y la recogida se nos fueron unas dos horas. Finalmente dejamos la zona  de Las Yeguas y arrancamos rumbo a San Diego. Sobre la siete, aún de día por el reciente cambio de hora, entramos en San Diego, cuando otra gestión del Wilfre (y de La Estrella) nos encaramó en un camión. Partimos rumbo a la Autopista sin tener oportunidad de despedirnos de nuestro buen amigo Juan Miguel. Al muchacho, Bety le cayó en gracia, y sintió la separación al punto de evitar la despedida.
Aún sin oscurecer, desembarcamos cerca del puente de Paso Real. Al llegar a la ancha carretera, La Estrella dio nuevas señales, cuando “montó” a Lorenzo en una camioneta que iba directo hasta Guanajay. Pero fue su último gesto del día, pues comenzó entonces un gran “añejamiento” de la tropa en el lugar. Todos, menos yo, fueron a una paladar cercana a comprar cajitas para comer; mientras, me quedaba cuidando los bultos. En eso llegó la noche y los mosquitos con ella.

Regresó la tropa de la comida, sin señales de botellas para La Habana. La espera se extendió, un guitarra que había llevado Alfredo rompió a sonar y la descarga duró hasta que comprendimos que lo mejor era acampar allí. Sobre las diez de la noche se alzaron las tiendas de Alejo y Miladys bajo el puente, mientras un grupito se fue a pernoctar en la paladar, pues habían hecho amistad con el dueño. Fue ese justo momento cuando aproveché para adentrarme en el pueblo de Paso Real y conseguir algún bocado, para luego regresar a intentar dormir.

Descargando tirados en la Autopista.

Descargando tirados en la Autopista.

Domingo 8 de abril

Con la compañía de los zancudos, la noche me duró cuanto quiso.

Por fin le amaneció a Mal Nombre en la Autopista con buena brisa, después de una ausencia notable de La Estrella.

Sobre las siete de la mañana, el primer camión particular nos dio espacio y arrancamos algo apretados rumbo a La Habana. El sueño, por el camino, nos regaló unos cuantos cabezazos.

Fin del viaje: llegada a Cien y Autopista, en La Habana.

Fin del viaje: llegada a Cien y Autopista, en La Habana.

Finalmente, a las diez menos cuarto, “atracamos” en el cruce de Cien y Autopista a Pinar, para completar un viaje interesante, que nos llevó a la estrenada mayor altura de la provincia más occidental del país.

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