El Pico Tuerto

Por: Agustín Lage, El Tin (Mal Nombre)

Placa de Geodesía y Cartografía en la cima del Pico Tuerto, señal indiscutible de la llegada.

Placa de Geodesia y Cartografía en la cima del Pico Tuerto, señal indiscutible de la llegada.

Es en la guerrilla donde la mente que divaga en el futuro se detiene. Solo importa lo inmediato: la vida es hoy, el mes próximo se traslada al infinito. Devueltos al estado más primario de la existencia, existimos dominados por la lluvia, el sol, el agua y el sueño; soltando de golpe la carga de detalles intrascendentes que agobian cada día del hombre moderno.

Parte I: Del quemado – Al bohío vacío. (Sábado 28 de Mayo 2011)

 

A las tres y media de la tarde ya habían encontrado el Pico Tuerto. Solo quedaba regresar y el viaje habría terminado normalmente. Entonces Sandelis dijo: “Yo propongo tomar el otro camino, es el que usan los guajiros para cruzar del Río Trinitario al Río Guanayara, se ve que es un camino bien hecho y transitado. Nos vamos a ahorrar varios kilómetros por esa ruta”.

Entre los viejos apareció una mínima oposición que mantenía desandar el camino de ida. Era un regreso que tomaba 5 horas, pero era un regreso seguro. Sandelis se sentó en la tierra y con marcas y palos hizo un esquema en el terreno y convenció a los 24 Malnombristas, seis niños y una perra, que lo seguían en su locura, de regresar por la ruta nueva. Como argumento final, y en contradicción con toda lógica dijo: “Además a mí me gusta lo desconocido”, y añadió: “Esto vamos a decidirlo por votación”. Un minuto después se levantó y enrumbó por el camino nuevo, sin mirar atrás, asumiendo que su propuesta ganaba por unanimidad silenciosa y en ausencia de oponentes, mediante una votación inexistente e inferida a través de las caras. El grupo, que ya estaba acostumbrado a este concepto, lo siguió sin vacilaciones, con la ilusión de que realmente fuera más corto el regreso.

Foto de grupo en la cima del Pico Tuerto. Todo es relax, pero después...

Foto de grupo en la cima del Pico Tuerto. Todo es relax, pero después…

Una hora después estaban todos perdidos. En el primer tramo era cierto. El camino descendía rápido a través de un mar de helechos, y se caminaba fácil, pero desapareció de golpe sin dar explicaciones, ni sugerir una ruta nueva. Entre todos buscaron si había continuidad dentro de la maleza baja y no apareció nada. Según el cálculo de tiempo, si volvían atrás en dirección al pico, les agarraba la noche en el regreso. Ya estaban sin provisiones, con poca agua, sin tiendas de campaña y la montaña supuraba una humedad que espantaba cualquier intento de sueño.

Entonces Hainer‐silencio, se separó del grupo y encontró la mata de mameyes y un camino que bajaba. El guajiro Juan había dicho que había una mata de mameyes por allá arriba, pero el grupo ya tenía el hábito de no creerles. Se sabía que en estos lugares la frontera entre la imaginación y la memoria no existe, que hechos confirmados y hablados por todos eran una sucesión de fantasías, y que consideraban una falta de amabilidad quedar en silencio ante una pregunta importante.

Pero en este caso el guajiro tenía razón, ahí estaba la mata de mameyes, cargada en todas las ramas, algunas dobladas por el peso, y un camino que bajaba. Hicieron una mínima reunión, evitaron los mapas y las brújulas, y se desbarrancaron por la mata de mameyes intentando escapar de la noche. El camino era correcto, lentamente aparecieron los signos del hombre. Primero las matas de plátanos indios, de cinco metros de altura, que buscan la luz por encima del bosque. Después vino una cerca y después las vacas, los puercos sueltos escarbando la tierra, una mata mangos, un descampado, y al final la casa. Ahí comenzó la lluvia.

Era un bohío vacío, cerrado, con los techos de guano destruidos, excepto en la cocina y el cuarto. Luz tenía solo la del sol y agua solo la del río. Estaba construido en dos módulos separados y tenía además un corral donde se guarecían los puercos a su libre decisión. En consenso silencioso, asumieron la hospitalidad del dueño inexistente y se comieron un racimo de plántanos maduros, a razón de un plátano por persona. Solo habían almorzado un tercio de turrón de maní y dos galletas.

Al inicio estaban alegres. Pensaron que llegarían al campamento base antes que anocheciera, porque suponían que todos los bohíos estaban conectados. Sandelis se decidió por el camino que subía del bohío a la izquierda, porque esa era la dirección final y en esa dirección salieron todos. Eran las 7 y diez, cuando un flash de relámpago iluminó la tarde que se apagaba sin prisa, y después el estruendo del trueno.

A la desbandada regresaron a la casa, entraron en la cocina, que estaba trancada con un palo. Se apretaron, todos parados, no había espacio para sentarse. La cocina era elemental: dos muros paralelos de madera de palma, con espacio intermedio para poner la leña, tres trozos jorobados de acero oxidado, para apoyar las cazuelas encima. Tres cazuelas enganchadas de un alambre del techo, un bulto de leña, todavía seca, en una esquina, un rastrojo de yuca vieja en el suelo de tierra. Dos taburetes, una mesita de palo, un sombrero muy usado, dos camisas de trabajo con huecos, y una frazada de piso sucia, pero seca. Algunos mameyes, ya pasados de tiempo, y racimos de plátanos también medio podridos. Muy rápido la lluvia comenzó a filtrarse a través de los poros del techo. Tuvieron que reorganizarse, evitando los puntos de filtraciones. Era una lluvia fría, que pegaba la ropa al cuerpo, algunos temblaban; más porque tenían hambre.

Ya parecía seguro que iban a pasar la noche ahí, apretujándose unos sobre los otros para espantar al frio y optimizar el espacio, intentando conversar de algo y turnándose para sentarse. Por suerte, con la leña seca y los rastrojos de yuca se podía cocinar algún zancocho, además alguien previsor llevaba fósforos secos. Cuando ya habían asumido esa realidad nocturna, Sandelis se asomó en la puerta, y dijo: “Encontré un camino que baja, es la única opción, yo me voy a lanzar por ahí”, y para reforzar su posición añadió el argumento, incompatible con la situación y con la imaginación de todos, de que debía estar el lunes, a las nueve de la mañana en su oficina para recibir un parte. Por segunda vez en el día, se volvió y se lanzó bajo la lluvia, su optimismo era insufrible. Muchos lo dieron por loco, pero ante la perspectiva desoladora de quedarse sin guía en medio de aquel paraje deshabitado, se fueron tras él.

 

Antecedentes:

 

Todo era parte de la obsesión de Sandelis por la altura. En los primeros años se conformó con las mayores alturas del país: el Turquino, el Cristal, el San Juan, el Potrerillo. Después se conformó con poner bustos de patriotas en las cimas y puso tres: uno en el Hombrito, uno en el Caracas y uno en la Bayamesa. Eran viajes agotadores, con mochilas cargadas de cemento, arena y agua por los enrevesados trillos de la Sierra Maestra.

Busto modelado por el escultor Andrés González y colocado por Mal Nombre en el Pico Caracas en el año 2004.

Busto modelado por el escultor Andrés González y colocado por Mal Nombre en el Pico Caracas en el año 2004.

Terminados los bustos tuvo que conformarse con las alturas mayores de cada provincia. Solo eran 14 provincias, la isla no le alcanzaba, necesitaba un continente. En una ocasión, llegó al extremo de desviar al grupo tres días para subir una loma de trescientos metros, que era la más alta de un cayo plano. Este año el gobierno le había regalado la alegría de dividir una provincia en dos.

El mes anterior habían realizado el primer intento sobre El Tuerto, de novecientos metros, y fallaron. Durante la espera volvió a estudiar los mapas, encontró una explicación, construyó una alternativa y los convenció de que en el segundo intento, el Tuerto se iba de la lista de los pendientes.

Organizó una operación rápida de tres días en el Escambray, a trescientos kilómetros de la capital. El cronograma era: un día de ida, un día para encontrar al pico y un día de regreso. No sobraba nada.

Viajaron divididos, pero el grupo más grande lo hizo a través de los amarillos. Así se le llamaba a los lugares donde inspectores oficiales, que antes vestían de uniforme amarillo, paraban los carros con espacios, para rellenarlos de viajeros que iban dispuestos a todo.

Allí se concentraron el viernes amaneciendo y organizaron la cola. Era una nave techada con zinc y abierta al frente, con bancos de concreto. Había un teléfono roto y un baño donde el inodoro había sido enrejado con cabillas de construcción para evitar los robos.

A media mañana ya no quedaba espacio. Se contaban: tres ciegos por  confirmar, uno de ellos disfrazado de deportista, tabaco en mano; cuatro vendedores de escobas que viajaban al pueblo de las brujas. Un fracasado vendedor de pasteles, que vendía un par de chancletas en la misma caja de los pasteles. Un loco, que perseguía a gritos a un espíritu invisible y se cambió de zapatos dos veces sin razón aparente. Un viejo que viajaba con una lavadora Aurica, de la época soviética, y otro con una guitarra que podía usarse solo para cocinar, además había un durmiente, insensible al ruido, que no se había levantado de sus cartones en toda la mañana.

La escena se repetía al infinito: llegaba algo y todos salían desaforados en arrancada olímpica a rodear el camión; comprobaban que no llegaba a ninguna parte y regresaban a los bancos de arrancada. Así una y otra vez, mientras los techos de zinc se calentaban y la nave se llenaba de moscas y guasasas.

Partieron en tres grupos; al mediodía salieron los últimos, que alcanzaron el punto de reunión sobre la media noche, caminando los nueve kilómetros finales hasta el Salto. Estaban tan alegres que cuando los que encontraban transporte se cruzaban con los de a pie, se bajaban y se unían a los caminantes. Los choferes no entendían nada.

Parte II del Bohío al embarcadero de Río Negro

 

Foto satelital donde aparece la presa Hanabanilla. En ella aparecen también señalizados el río Trinitario y la casa del guajiro donde los malnombristas dejaron las mochilas y adonde debían regresar para acampar.

Foto satelital donde aparece la presa Hanabanilla. En ella aparecen también señalizados el río Trinitario y la casa del guajiro donde los malnombristas dejaron las mochilas y adonde debían regresar para acampar.

Siguiéndolo a la desbandada salió todo el grupo, iban mojados, hambrientos y con frío, como pueblo que huye de un demonio, incluida la perra que ya estaba temblando. De la casa se llevaron casi todos los plátanos, un mamey medio podrido, las dos camisas de trabajo, rotas pero secas y una frazada de piso acartonada de suciedad, que sirvió de abrigo. La puerta quedó rota en el suelo y una bolsa de basura en el centro del bohío. El camino que bajaba era todo barro y avanzaron entre patinazos y caídas repetidas, nalgueando por tramos.

Anocheciendo alcanzaron la presa, por suerte había escampado ya. Sin saberlo con certeza, tomaron el camino que usaba el dueño‐inexistente del bohío para subir a la casa. En el comienzo del camino había amarrado un bote sin remos.

Al inicio nadie reparó en él, y continuaron caminando por el borde de la presa, siempre buscando la izquierda. La alegría inmediata se transmutó al instante, cuando comprendieron que habían salido a un punto distante del campamento base y que estaban rodeados de farallones inaccesibles al borde de una noche húmeda, fría y alunada, que se les venía encima.

Entonces alguien lo dijo: “Solo queda el bote, con él podemos llegar al embarcadero del río Trinitario y buscar otro bote con remos para rescatar al resto del grupo”. A golpe de vista rápida, se buscaron las maderas que serían remos improvisados, seis hombres subieron al bote y comenzaron una peregrinación con semejanzas bíblicas hacia la noche incierta. El resto quedó en la costa, con la tranquilidad que produce la certeza de no tener opciones. Los seis del bote comenzaron navegando en círculo porque no coordinaban. Desde la orilla Gabriel les grito: “Apúrense que, los va a coger la GRIFFIN”.

Avanzaban remando con los brazos y palos planos, buscando la desembocadura del Río Negro. Sandelis pensaba que estaban muy cerca: una o dos ensenadas más a lo sumo. Incluso, pensó en lanzarse al agua e ir nadando. Cuando lograron superar la punta y los perdieron de vista, el grupo quedó solo, en el silencio inmenso de la noche creciente y un hilo de esperanza en la imaginación. Alguien comenzó a pedirles favores a los dioses negros, que eran los que reinaban en estos dominios.

Después de dos ensenadas, encontraron una con dos botes amarrados. Ahora existía una alternativa real: con tres botes podían moverse todos, solo faltaban los remos. Enfilaron hacia ese punto con la idea de tomar los botes y regresar a buscar al resto. Entonces vieron salir del monte a dos hombres, que bajaban hacia los botes, remos en mano, y a gritos los llamaron.

Eran dos campesinos, padre e hijo, que regresaban de trabajar en dirección contraria, hacia el muro de Jibacoa. El padre, Osmany, era el hijo del dueño del bohío salvador que habían asolado. Fue difícil convencerlos, pero la situación desesperada no dejaba opciones y Sandelis fue categórico. Les ofrecieron dinero en pago, pero no resultaron sensibles a esa motivación. Finalmente, después de opinar que estaban locos, accedieron tácitamente con la única condición de que se le pidiera permiso al dueño de los botes.

Sandelis y Wilfredo subieron hacia donde les indicaron que estaba la casa del dueño, quien tenía un apodo que parecía de otro idioma, y entrando, lo encontraron desnudo en medio de su casa‐monte. Se vistió y les dijo que se lo llevaran todo, pero que a él nadie lo movía de ahí.

Abajo, en la orilla de la presa, el resto logró convencer a Osmany y al hijo de salir al rescate antes de esperar la respuesta, porque cada minuto contaba en el frío y la esperanza de los que quedaron esperando. Salieron los tres botes con solo dos pares de remos, llevando un bote amarrado. Tin y el hijo del campesino remando a dúo y remolcando el bote amarrado, Osmany y su tabaco, navegaron solos. Los otros quedaron a la espera de Sandelis y Wilfredo en el borde de la presa.

El primero en aparecer en la ensenada de la espera fue Osmany. Cuando lo vieron doblar, en la semipenumbra de las ocho de la noche, Mal Nombre lanzó un grito de felicidad. Unos minutos después doblaron la punta los otros dos botes amarrados, y volvieron a gritar. En un par de minutos estaban todos montados, la perra incluida. Se organizaron de forma de que las mujeres y los niños fueran en el bote amarrado y los hombres para remar en el bote de punta. No sirvió para mucho porque no sabían remar.

La odisea en la presa Hanabanilla.

La odisea en la presa Hanabanilla.

Lentamente comenzó el avance hacia los cinco que esperaban en la ensenada del encuentro con los campesinos. Se comunicaron con linternas y los dos botes entraron a la ensenada a buscarlos. Cambiando de remero periódicamente, debido al cansancio y la inexperiencia, y oscilando en el rumbo a causa de que el bote amarrado desviaba la dirección, avanzaron hacia Río Negro. Cruzaron frente a la Cueva de la Vieja que aparece de noche, y se habló del cementerio sumergido del Hanabanilla, del que no dio tiempo a rescatar a los muertos. Osmany llegó primero al embarcadero del Río Negro y regresó al encuentro del segundo grupo para remolcar el último bote. Les tomó dos horas el viaje, algunos pasaron frío. Al desembarcar le dieron cien pesos y preguntó: ¿Qué es esto?, después aceptó con el argumento de la deuda de gratitud que tenían con ellos. Ambos se quedaron en el embarcadero limpiando los botes, sacándole el agua y preparándose para el largo viaje de regreso hasta Jibacoa, con tres botes en el primer tramo.

Imagen de un bote fantasma.

Imagen de un bote fantasma.

Parte III: Del embarcadero a Casa de Juan.

 

Mal Nombre, a oscuras, comenzó el ascenso de 2 km y tres cruces del río hasta el campamento base. El borde de la maleza lo marcaban los cocuyos de “doce volts” que revolvían la noche. Con cuatro linternas bien repartidas y caminando en fila cerrada sin dejar mucha distancia con el siguiente hicieron el recorrido en casi dos horas. Los cruces de río fueron lentos debido a que concentraron todas las luces en el cruce, y hasta que no pasó el último, la columna estuvo detenida. Hainer, como si hiciera algo común, se echó al hombro a Luisito, que no tenía zapatos y llevaba los pies lastimados. Faltaban quinientos metros cuando se escucharon los ladridos de los perros, que avisaron de la proximidad del campamento‐base. Llegaron a la medianoche, después de 18 horas de aventuras por los montes del Escambray.

Se hizo la explosión nuclear: mochilas abiertas, tiendas de campaña armándose en la explanada de la casa, malnombristas semidesnudos sacándose la ropa húmeda de la noche, las gallinas confundidas, deambulando en los pocos espacios vacíos. Juan, interrumpido en su sueño, salió a recibirlos. No se cocinó: Sandelis, Ana y Martica prepararon la comida: tres cucharadas de carne enlatada, un puñado de galletas y refresco instantáneo. Lo imposible había sucedido.

Final:

 

Antes del amanecer comenzaron a cantar los gallos. Sandelis levantó al grupo con las primeras luces del día. Todo lo que quedó fuera de las tiendas amaneció empapado. El descanso, el calor y la comida despertaron nuevos sueños. Hubo quien propuso partir para Topes de Collantes ese mismo día, para extender la aventura. Desayunaron refresco, galletas con guayaba y latas de pescado con mayonesa, que alcanzó para repartir dos veces y las galletas se dieron liberadas. Cuando estuvieron listos, comenzaron a salir de a pocos hacia el embarcadero, al encuentro con la lancha.

Los últimos recogieron la basura del campamento. A la familia de Juan se le entregó todo el arroz sobrante y las barras de guayaba que quedaron.

Sobre las 8 y media llegaron al embarcadero de Río Negro. Sandelis fue el primero en lanzarse al agua, le siguieron otros, apareció una botella de ron con la pregunta: ¿quién tiene frío? Le dieron calor a la perra, que estaba muy débil. Juan y su familia estaban en el embarcadero y conversaron con el grupo.

Rostros felices esperando la lancha, y lo de ayer, solo un sueño.

Rostros felices esperando la lancha, y lo de ayer, solo un sueño.

Pasadas las nueve de la mañana apareció la lancha, embarcaron y subieron a la terraza del techo; pusieron a secar la ropa sobre el bote de rescate. La paz del Hanabanilla desconocía las aventuras de Mal Nombre. Un guajiro les vendió plátanos maduros a 50 centavos y mamey a peso. Sobre las once llegaron al pueblo del Salto del Hanabanilla y comenzaron a desandar los 8 km hasta el entronque de la carretera de Manicaragua. Ahí se dividió el grupo para comenzar el regreso, que terminó a media noche, cuando llegaron los últimos a La Habana pidiendo botellas desde el km 270 de la Autopista Nacional.

Por Acumulación:

 

Existe un país donde el escritor puede prescindir de la imaginación, donde solo necesita abrir los ojos. Donde una vez superadas las etapas de la violencia y la enfermedad, sus pobladores se enfrentan a una vida saludable en un contexto económico que continúa siendo pobre. Allí aparecen enrevesados conflictos humanos causados por la disociación entre lo económico y lo cultural. Esta contradicción produce la necesidad de una búsqueda interior, de un mirar hacia dentro, motivando a sus individuos a extender los límites de lo espiritual y lo creativo en un sentido íntimo, rodeados de un entorno natural majestuoso, benevolente y caprichoso.

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