El Cabo de San Antonio

Por: Sandelis (Mal Nombre)

 

El faro Roncali en el Cabo de San Antonio.

El faro Roncali en el Cabo de San Antonio.

Martes 17 de agosto de 1993

 

Éramos diecisiete sentados a la espera de un transporte ocasional que nos llevara hasta el Cabo de San Antonio. Frente al radar de La Bajada, la carretera contemplaba nuestra angustia, con la quietud que suele tener una vía por esos parajes. Teníamos el permiso que se requiere para ir al Cabo, pero cincuenta y seis kilómetros de terraplén eran un obstáculo insalvable.

 

La gestión hecha ayer terminó en un fracaso, pues las buenas intenciones del ingeniero que malamente diría a su equipo de trabajo en ciertas obras constructivas por la zona, chocaron con la adversidad: una goma ponchada o desinflada intencionalmente por sus subordinados, a quienes para nada les interesaba el éxito de nuestra travesía.

 

De pronto, en la aburrida carretera, apareció a los lejos la silueta de un tractor con una carreta. Se fue acercando el carromato con su lento andar hasta parar justo delante de nosotros.

 

_ ¿Llega al Cabo? _ Fue el disparo que le hice a quemarropa al chofer.

 

_ No, solo hasta El Verraco. _ Respondió sin que en nada nos aclarara su respuesta.

 

_ ¿A cuánto está El Verraco de aquí? _ Volví a la carga.

 

_ A quince o veinte kilómetros.

 

Es decir, restaban unos cuarenta de desgaste en los zapatos, los hombros y las gargantas, más las noches intermedias de insufribles jejenes y mosquitos. Pero las ganas de llegar por primera vez al extremo más occidental de Cuba y el hecho de tener el permiso en la mano, tras haber realizado complicadas gestiones con el CITMA en Pinar del Río, me impulsaban demasiado como para no dejar pasar la más mínima oportunidad.

 

Sin pensarlo mucho, entré en la Estación Meteorológica donde estábamos acampados, para recoger la mochila, mientras con gestos elocuentes alentaba a los demás. Salí con mi carga y cogí la carretera a paso apurado, con la compañía de Leopoldo, Dalli, el Chocky, Lorenzo y el Gaby. ¿Y el resto?; sentados se quedaron en un ambiente lleno de tensiones y pensamientos diversos.

 

El Oso, sentado pero inquieto, fue quien abrió el debate:

 

_ ¿Cómo tú haces esto? Oye, mira, yo tengo tremendas ganas de ir al Cabo, pero si esto es lo que tú quieres hacer, bueno compadre, vete tú solo.

 

Alina, mi cuñada, le siguió, catalogando aquello de “locura”. Los demás, callados y en tensión, observaban la escena, que tenía algo de discusión de familia. Seguí hacia delante, aunque menos rápido, hasta preguntarle bajito al Chocky, quien venía a mi lado: “¿Tú crees que esto sea individualismo?”

 

Cuando el Chocky me respondió que “sí”, no había nada más que hacer. Me senté al borde de la carretera sin mirar atrás, mientras las tensiones comenzaban a esfumarse y un tractor partía rumbo al Verraco.
●●●

 

Miércoles 18 de agosto de 1993

 

El camión llegó antes de las nueve de la mañana, como había anunciado Diego, el solidario Director de la Empresa Forestal de Sandino. En pocos días, y sin conocernos, era la cuarta vez que acudía en nuestra ayuda. Primero le dio abrigo a la tropa a la llegada al Cayuco, en un círculo social de la empresa. Al siguiente día dispuso un camión para llevar a Mal Nombre hasta Valle San Juan. Ayer nos trajo desde María La Gorda unas costillas de res, que nutrieron a la mejor caldosa de nuestras vidas. Hoy, por fin, envió el transporte necesario para el Cabo, con la vuelta incluida, luego de que Barbón y Dannette se llegaran al Cayuco para pedirle ayuda, después de la discusión del tractor al Verraco.

 

Montamos los diecisiete y de inmediato arrancó el camión. Rebasamos el puesto de Guardafronteras de La Bajada e iniciamos la travesía por el largo, llano y recto terraplén, que a poca distancia de la costa sur se dirige al Cabo. En los primeros kilómetros, las enormes uvas caletas, los gigantescos almácigos y otros envidiables ejemplares forestales se alzaban a ambos lados del terraplén para resguardarnos del sol.

 

Rebasada ya la Reserva del Veral, una breve lomita nos anunció un cambio de vegetación. Las tunas, las palmas canas y los yareyes invadieron el paisaje, mientras el mar, a la izquierda, batía la costa, a veces, rocosa, y otras, arenosa. Ahora el sol no tenía impedimento para dorarnos cada espacio de piel sin protección, aunque la mañana le restaba aún intensidad.

 

Nuevos kilómetros se fueron en aquella semi-altura, hasta que descendimos otra corta pendiente. Al rato ascendimos a otra terraza de características similares, para descender definitivamente hasta el nivel de la costa. Poco a poco la vegetación volvió a elevarse y el caserío Los Cayuelos nos anunció la proximidad del Cabo. La visión del faro de Roncali clamó por la llegada hasta que al fin la curva de la costa, que allí se troca en sur y norte, declaró oficialmente el arribo al Cabo de San Antonio, mientras el faro, desde su cumbre, nos recibía con orgullo peculiar.

 

Bajamos del camión, y a la altura de unos tres metros a la que se encuentra la base del faro de la orilla, contemplamos la curvatura de la línea costera. Algunos descendimos hasta el agua para sentirnos en el límite del extremo occidental. Allí apreciamos el espacio arrancado a la roca frente a la costa, que aportó la materia prima necesaria para construir la torre del faro.

 

Luego, en la casa aledaña a la torre, hicimos las gestiones para subir el faro, pero trabas y más trabas malograron la intención. Dejamos para la tarde la visita a la playa de Las Tumbas, la caminata por el agua doblando Punta Cajones y llegando hasta Los Morros, donde la arena le da paso al mangle, y luego el largo regreso en camión hasta El Cayuco. Al partir de vuelta, dejábamos atrás un extremo de la isla vencido por nuestras huellas. Detrás también, quedaba pendiente una subida hasta la “cima” de Roncali.

 

●●●

 

Sábado 11 de agosto del 2001

 

El mar era una paz visto desde la altura del faro. La leve nubosidad atenuaba la incandescencia de un mediodía de agosto. Un barco se movía hacia el sur, a unas pocas millas de distancia. Detrás, la espesura verde arrastraba la mirada hacia el horizonte. Debajo, el camión esperaba.

 

A unos kilómetros de allí, en un bohío de Los Cayuelos, Diego descansaba sentado en un taburete. Gracias a su gesto, nuevamente Mal Nombre llegaba al Cabo para esta vez, por fin, ascender descalzo los escalones postergados en el noventa y tres.

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