Seboruco III

Por: Sandelis (Mal Nombre)

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Viernes 19 de abril del 2013

Con esa obstinación irremediable de los malnombristas, pactamos vernos a las cinco de la tarde en Cien y Autopista para partir a la revancha con el Seboruco de Artemisa. Esta vez mi habitual puntualidad se vio violada debido a la inocencia con la que salí de mi casa a las cuatro de la tarde, en horario de salida del trabajo.

Otros nuevos integrantes tendría la tropa. Con la intención de crear un movimiento de excursionismo, había invitado a Liset, su hermana Liz, a Janett y a Alejandro, todos de la CUJAE, motivados por la formación de nuevos grupos de excursionismo, y esta guerrilla les serviría para ganar en experiencia. Oscar, un joven escultor, ayudante de Andrés, también se incorporaba a Mal Nombre. Alberto, su novia y su gigante hermano de doce años llamado Manuel, Daniel y Mery, y una pareja invitada por Wilfredo, completaban el equipo.

Después que todos nos juntamos, preocupados porque alguien estuviera esperando debajo del puente, Alejandro fue hasta allá sin hallar a nadie. Mientras, Alberto y su novia fueron a pedir dinero prestado a unos cuentapropistas amigos suyos, sin avisarnos de su gestión. En ese lapso de tiempo, dejamos ir un camión, después que hice un pacto con el chofer del camión siguiente. El trato era esperar para irnos en su camión sin que nos cobrara el asiento a veinticinco pesos, sino a veinte.

Ya a punto de partir, Alberto y su novia no aparecían y el hermano no me podía decir a dónde habían ido. Por fin se apreció la pareja, nos montamos y nos sentamos todos, no sin antes soltarle una crítica a Alberto. Arrancó el camión con trece malnombristas “a bordo”.

Tranquilo se inició el viaje y en el entronque de Guanajay Lorenzo se subió al camión. Tras pasar por San Cristóbal, les enseñó a Janett y a Alejandro dónde debían bajarse para ir al Cañón del Santa Cruz, lugar donde pensaban iniciar a sus nuevos grupos. También les mostré el final del Cañón.

Nos bajamos en Paso Real de San Diego sobre las siete de la noche. De inmediato Mery llamó a Justico, el chofer del camión que en el viaje anterior nos llevó hasta La Vigía. Hablé con el hombre, pero en esos momentos su hijo lavaba el camión a unos kilómetros de Paso Quemado, que era donde vivía.

Comenzamos a caminar por la carretera a San Diego, mientras la noche nos fue cayendo arriba. Al pasar frente a los edificios de Paso Quemado, vimos a Justico, pero su hijo no había llegado. Nos detuvimos a coger botella en la parada final del pueblo, con la garantía de que en última instancia teníamos seguro el camión de Justico.

Al rato de estar en el lugar, dobló un camión hacia el pueblo, y al pedirle botella, le entendí que nos respondía “Quítate el blúmer.” Otros me corrigieron, pues habían entendido algo de “lunes” y no “blúmer”.

Por fin llegó el hijo de Justico, nos montamos en el antiquísimo camión y partimos rumbo a La Vigía. Aunque aún no habían cambiado las hojas de los muelles de amortiguación del camión, como éramos pocos no hizo falta corrernos hacia un lado, como la vez anterior. Recorrimos los ocho kilómetros hasta La Vigía y al bajarnos, busqué un círculo social que había visto detrás de la guarapera, en el viaje anterior.

Llegamos hasta el lugar y no había nadie. Fui hasta una casa cercana y le hablé a un vecino de nuestra intención de pernoctar allí. Me dijo que era de una cooperativa, pero que no había problemas con que nos quedáramos allí. El lugar estaba cercado, pero una puerta lateral estaba abierta. Penetramos y nos hicimos dueños del recinto.

Un gran ranchón con techo de guano y piso de placa, ocupaba el centro de la instalación. En el extremo derecho del ranchón había un mostrador. En los exteriores, un buen césped se prestaba para levantar las tiendas de campaña.

Comenzó la acampada. Las grandes tiendas de Alberto y Alejandro sobresalían entre las demás. Pero la popularidad se la llevó la de Janett, pues solo tenía cubierto un lateral; el resto era solo varillas, y lo demás a la intemperie. El cuero no se hizo esperar: que si eran cristal los laterales, que si era la sensación de la acampada, y algunas otras ocurrencias más.

Acampada en el ranchón. La oronda tienda de campaña de Janet con un nylon negro para cubrir algo su intemperismo.

Acampada en el ranchón. La oronda tienda de campaña de Janet con un nylon negro para cubrir algo su intemperismo.

Terminado el arme de las tiendas, comenzó el tiroteo con lo que cada uno llevó. Le “confisqué” momentáneamente un pomo de cinco litros a Jan y en él preparamos refresco instantáneo de naranja. En pleno tiroteo, algunos perros y un gato comenzaron a merodearnos. A los perros los sacamos y al gato por supuesto que no, pues sería en vano. Sobre las once de la noche se fue haciendo silencio en el acogedor campamento. Lorenzo –sobre una balsa inflada–, Oscar y yo –sin tiendas de campaña– nos tiramos sobre la placa, bajo el techo del ranchón. Janett fue invitada a dejar su intemperismo y durmió en la tienda de Alejandro. La paz reinó sobre el círculo social.

 

Sábado 20 de abril del 2013

A las seis y media, cuando la claridad mañanera comenzó a rondarnos, se inició el de pie de la tropa. Mientras, allá en La Habana, siete malnombristas se juntaban en Cien y Autopista para sumársenos. Mary, Yaser, Rafa, Ana, Magela, el Friky y Gladys, conformaban el septeto. Pronto se pusieron en camino, sentados cómodamente en una guagua. Un telefonazo de Mery al celular de Yaser, nos permitió conocer de su partida.

En el círculo social de La Vigía preparamos un desayuno a base de galletas, dulce de guayaba y refresco. Con calma recogimos, y partimos sobre las ocho de la mañana.

Tomamos el conocido terraplén rumbo a las lomas de la Sierra del Rosario. Un prime cañaveral, bastante escuálido, atrajo a Jan a coger caña. Le dije que avanzara más, pues estábamos aún muy cerca del pueblo. Más adelante penetró en el cañaveral e hizo su pequeña zafra. Luego, por la derecha, otro cañaveral se mostró con cañas más atractivas.

Comenzamos a subir lentamente, rebasamos la cantera y luego el entronque de la pérdida en el viaje anterior; allí dejamos una flecha sobre el camino, hecha con troncos de madera. Seguimos subiendo, mientras yo me apoyaba por tramos de mis muletas, aunque notaba que sentía menos dolor en mi cadera que la vez anterior.

Subiendo la Sierra del Rosario.

Subiendo la Sierra del Rosario.

Un nuevo entronque, aunque con un camino estrecho, nos hizo dejar una segunda flecha para los de atrás. Continuó el ascenso, con un buen ánimo en los novatos. Una bajada hasta un arroyo seco y una consiguiente subida, nos llevaron hasta el entronque con el terraplén de San Diego; allí dejamos una nueva flecha. Otra buena subida nos entroncó con el camino de la antigua unidad militar, donde habíamos acampado la vez anterior. Pero esta vez cogimos acertadamente a la izquierda, dejando otra flecha en el lugar, mostrando ya toda una “especialidad” en poner flechas. Lisett y Daniel eran unos expertos en buscar los palos para las flechas.

Comenzamos a bajar en dirección al río Los Palacios. A medida que descendíamos, veíamos más cercana la ladera opuesta al río, es decir, la ubicada en tierras artemiseñas. Un camino se nos asomó por la izquierda, pero menos claro que el terraplén que llevábamos, y lo ignoramos sin siquiera poner flecha. Luego un tocororo nos detuvo para disfrutarle su colorida presencia. Siguiendo la bajada, comenzamos a escuchar el provocador murmullo del río. Rebasamos una aguadita que corría apenas perceptiblemente y más adelante un boquete a la derecha del camino nos mostró la erosión provocada por las aguas en el lugar.

Llegamos finalmente a orillas del río Los Palacios. El cauce tendría unos ocho metros de ancho y la profundidad no rebasa el medio metro en el lugar. La vegetación elevada sombreaba la zona. Desde la otra orilla nos llegaba la visión de un bohío.

Impulsado por el deseo de mi piel, me quedé en trusa y fui al agua. El resto de la tropa comenzó a desvestirse. Tras disfrutar el chapuzón inicial, crucé el río y avancé descalzo por un llanito hasta el bohío. Al acercarme, pude ver a dos caballos amarrados bajo un bosquecito levantado que se alzaba a la izquierda de la casa. Cuatro perros flacos, al verme, comenzaron a amenazarme con unos escuálidos ladridos. Un gato blanco y negro se asomó por la derecha. A pesar de tantas señales de posible presencia humana en aquellos animales domésticos, el bohío estaba vacío. Llamé “familia”, pero nada. Cogí una vara larga por si alguno de los perros se hacía el “gracioso”, aún sabiendo que ese tipo de perros ladra más que lo que muerde. Le di la vuelta al bohío por la derecha y me acerqué al monte que se iniciaba detrás con la ladera de la montaña. Seguí un trillo que se adentraba en la espesura, y al rato de andar, comencé a regresar. Viniendo desde el monte, un guajiro me “sacó la veta” por detrás. Era joven, y su nombre, Arturo. Nos dimos la mano y conversamos brevemente.

Me dijo que la zona de Seboruco quedaba a unos cuatro kilómetros de donde estábamos. Debíamos continuar avanzando por la izquierda del río y más adelante el camino nos llevaría a cruzarlo. Después de rebasar un campo de tecas ya estaríamos en la zona de Seboruco. Me alertó de cerrar una puerta que debíamos rebasar. Le pregunté por la tumba de un médico de la que había oído hablar en la anterior excursión y me dijo que la hallaríamos por el camino. Le comenté que más tarde debían pasar otros excursionistas por la zona y le pedí que les señalara por dónde seguir.

Al regresar al río, la tropa estaba disfrutando de un buen baño. Comencé entonces a agitarlos, pues la jornada se presagiaba intensa; en el día debíamos conquistar la loma y regresar a acampar junto al río. Poco a poco fuimos saliendo del agua. Nos secamos malamente, nos vestimos y continuamos la caminata por la orilla izquierda del río.

Más adelante, unas elegantes pocetas nos sonsacaron, pero no cedimos a la tentación. Luego apareció a la derecha del camino la tumba del mentado médico. Realmente en el lugar habían caído dos combatientes del Ejército Rebelde: el médico mencionado y un muchacho de dieciocho años, lo cual se podía leer en la placa. Esta se alzaba a la altura aproximada de medio metro y estaba rodeada por un pequeño parapeto de ladrillos.

Cerca de la tumba, un ancho camino por la derecha nos sacó de paso. Este cruzaba el río, pero de él no me había hablado Arturo. Avancé con Oscar hasta la orilla. Crucé el río y noté con alivio que el camino no tenía continuidad. Al Regresar a la tropa, dejamos una nueva flecha en el lugar para evitarles pérdida de tiempo a nuestros perseguidores malnombristas.

Una pendiente le dio continuidad al terraplén. La rebasamos, cruzamos la puerta de la que me habló Arturo, la cerramos a nuestro paso y llegamos al cruce final del río. Pudimos atravesar la corriente sobre unas piedras, sin mojarnos, y ya del otro lado, a pedido de la gente –y sobre todo, de nuestros estómagos–, hicimos un alto para “almorzar”.

Sobre una piedra aplanada comenzamos la preparación del tiroteo. Barras de dulce de guayaba, tostadas y un vaso plástico con pasta de bocadito, llevada por Alejandro, salieron a flote. Janett insistió en repartir los mondongos de panes que había llevado. Le “confisqué” nuevamente el pomo de cinco litros a Jan y en él preparamos refresco.

Terminamos el “atracón” y continuamos caminando, ahora por la derecha del río. De inmediato apareció a nuestra vista el campo de tecas, justo por la derecha. Los árboles eran jóvenes y mostraban las enormes hojas que caracterizan a esta especie maderable. Rebasando las tecas vimos a un guajiro como a unos cien metros adelante. Me apresuré hasta dar con él. Al hombre le decían Pello; era alto, flaco y de unos cincuenta años, aunque la edad es difícil de determinar en los guajiros. Le caí a preguntas sobre la zona de Seboruco, la loma del mismo nombre, un camino posible y cuanto se me ocurrió. No pude sacar mucho en claro, solo que ya estábamos en Seboruco. Caminos sí había loma arriba, pero cuál nos llevaría hasta nuestra loma Seboruco, no era de su conocimiento; él no sabía de ningún pico con ese nombre. Me dijo que más adelante había unas casas y allí podríamos preguntar. Por los mapas que yo llevaba, ya estábamos en la zona desde la que podíamos comenzar la subida, la cual estaba marcada por dos firmes y una ancha cuenca entre ellos. Pero, ¿por dónde comenzar la subida?, era la gran pregunta.

Seguimos caminando y a nuestra vista apareció un bohío del otro lado del río. Continuamos avanzando unos cientos de metros más hasta llegar a una curva del camino hacia la derecha. Un tronco de palma permitía el cruce del río. Un césped ocupaba un amplio espacio tras la otra orilla y sobre él posaba una casa de madera con techo de guano y placa de concreto, a unos cien metros del cruce. Pasé sobre el tronco y volví a hablar con Pello, quien antes había cruzado. Esta vez le saqué las respuestas a pulso. Me habló del Pico El Toro, pero le dije que ese no era el nuestro. Me habló de un pico en la orilla de Pinar del Río, pero le dije que el nuestro estaba del otro lado. Le pregunté por el camino mejor para subir entre los firmes y me dijo que había uno que partía frente a unas cañas bravas que habíamos dejado detrás. Me volví un inquisidor preguntándole el lugar exacto donde estaban las cañas bravas. Usé como referencia la casa del otro lado del río y me dijo que las cañas bravas estaban justo en la otra orilla. Como Manuel me dijo recordar los bambúes, partimos de regreso.

Bohío al otro lado del río.

Bohío al otro lado del río.

Pero las cañas bravas no estaban justo frente al bohío. Seguimos y como a doscientos metros las hallamos. Frente a ellas se iniciaba el camino loma arriba. La suerte estaba echada, por allí cogeríamos; eran las dos y diez de la tarde.

Primeramente dejamos tres flechas sobe el camino, hechas con troncos gordos de caña brava, para que no hubiera despiste de los de atrás. Para rematar, Heisy escribió con palitos de caña brava: “no seguir”, en la dirección del terraplén. La idea era esconder las mochilas en un monte cercano, para subir ligeros.

Flechas sobre el terraplén, a la entrada del camino.

Flechas sobre el terraplén, a la entrada del camino.

Arrancamos por el nuevo camino que se adentraba en el monte. Tras rebasar unos cincuenta metros, salimos a un nuevo campo de tecas, pero este con plantas recién sembradas, por lo que más parecía un potrero. Lo atravesamos y volvimos a vernos dentro del monte. Avanzamos buscando un lugar para dejar los bultos, pero el monte no era muy tupido. En una curva a la derecha del camino, seguimos recto unos metros y en un lugar que nos pareció adecuado, despejamos de pencas de palma el suelo y sobre él colocamos las mochilas. Luego las tapamos, primero con nylon ecológicos y después con las pencas. Daniel buscó más pencas por los alrededores para lograr finalmente que no se vieran desde el camino los vistosos colores de las mochilas. Alejandro, con un machete que llevaba, hizo una marca en un árbol ubicado en la curva del camino. Yo dejé una muleta en el lugar, pues me sería más incómodo ir con las dos por el camino estrecho de monte; con una mano libre podría agarrarme de los troncos de los árboles.

Continuamos entonces la subida, llevando tres mochilas a rotar, con pomos llenos de agua y algunas linternas. Pero avanzamos solo unos metros porque escuchamos voces desde abajo. Gritamos, y al respondernos, descubrimos la voz de Mary. Evidentemente eran los siete que habían salido en la mañana desde La Habana. Manuel y yo bajamos a su encuentro. Rebasando el campo de tecas, los vimos y vinieron los saludos. Faltaba el Rafa, que había seguido por el terraplén, buscando un guajiro que le diera información.

Cuando el Rafa llegó, comenzamos a subir. Rebasamos el campo de tecas, nos adentramos en el monte y llegamos hasta el sitio donde estaban ocultas las mochilas. Levantamos los nylon y las pencas, los siete colocaron sus mochilas, Daniel requisó más pencas de palmas por los alrededores y dejamos cubierto todo el cargamento.

Continuamos la subida con la tropa más numerosa; ahora sumábamos veintiuno. Entre los siete incorporados cargaban otras dos mochilas con agua. El camino hizo un faldeo en zigzag, y tras una curva a la derecha, nos topamos con una talanquera. Abrimos la puerta e hicimos un alto en el lugar para armar un tiroteo de maní y de paso reconcentrarnos, pues Gleidys se había retrasado con Alberto. Cuando al fin llegaron, ella se veía extenuada. Le dije a Alberto que no forzara la situación, que si no estaba en condiciones de seguir, lo mejor era volver al terraplén. Tras conversar entre los dos, decidieron regresar.

Al rato del descanso, continuamos la subida, mientras Alberto y Gleidys comenzaban el descenso, con Manuel de compañía. Sentí que el muchachón no se probara en la aventura que teníamos por delante.

El camino dejó de faldear y la pendiente se hizo más continua y pronunciada. Después salimos a una ladera con escasez de árboles, mientras a la izquierda subía el firme. El trillo se hizo más fino entre la hierba. Un hombre a caballo nos sorprendió en aquel paraje. Conversamos con él y nos dijo que el camino se encaramaba en el firme y que más arriba veríamos un campo de hierba de guinea, próximos ya a nuestro objetivo. Cerca del hombre a caballo, un mulo amarrado pastaba tranquilamente en la ladera.

Un alto en plena subida.

Un alto en plena subida.

Seguimos el ascenso hasta hallar un trillo que se trepaba en la cresta de la subida. Al ascender un poco más, el camino penetró en el monte. La subida que le continuó se extendió por un buen rato. Una estrecha cavidad por la derecha nos hizo asomarnos a algunos y por la abertura pudimos ver una cueva de unos treinta metros de profundidad. Continuamos el ascenso con el grupo más estirado. Pero más adelante se inició una bajada. Aquello no me gustó nada y le dije a Gladys –a quien tenía algo adelante– que le gritara a los punteros para ver qué hacía el trillo. Primeramente me dijo que el camino seguía bajando, por lo que le dije que llamara a los adelantados para que regresaran. Alejandro comenzó a ascender por la ladera derecha, pero sin camino que seguir, por lo que al poco rato regresó al comprender lo estéril de aquel intento. Pero para suerte nuestra, los adelantados gritaron que el camino que llevábamos volvía a subir, y seguimos la marcha por aquella dirección.

El Rafa llevaba un mapa y un altímetro, por lo que a cada rato revisaba nuestra ubicación. Llegamos a un cruce de caminos. El Rafa y yo conciliamos nuestra ubicación con los mapas que llevábamos y decidimos coger el camino que subía por la derecha.

Al poco rato de seguir la nueva ruta, salimos a una ladera descampada, que evidentemente era el campo de hierba de guinea que nos anunció el guajiro a caballo. Un hermoso paisaje se abrió ante nosotros. Hacia el norte, antes del mar, el Pan de Guajaibón nos daba un filo entre dos montañas. Al sur, nuestra mirada llegaba hasta el llano, e incluso me pareció ver el mar del sur, aunque no pude convencer a los demás de tal aseveración. A lo lejos, algunas elevaciones se veían difusas por la lluvia que sobre ellas caía. Un aguacero sobe nosotros complicaría la aventura, pero por el momento, no parecía ser posible.

La hermosa vista desde la hierba de guinea.

La hermosa vista desde la hierba de guinea.

En lo inmediato, a nuestras espaldas se erguía una respetable elevación. Al frente teníamos otras dos elevaciones juntas, más elevadas aún. Entre estas alturas y la de nuestras espaldas, el terreno descendía por la derecha hasta perderse en la espesura. A la izquierda, el firme permitía que el camino continuara sobre él. Avanzamos por el trillo que se hizo más fino. Todo nos hacía indicar que de las dos lomas que teníamos al frente, la de atrás era la que buscábamos. No obstante, Mary la halló menor que la de alante, mostrando serias dificultades con su visión en perspectiva.

Seguimos el camino del firme hasta pegarnos a las dos lomas del frente. Yaser continuó por el camino, el cual volvió adentrarse en el monte. Lo seguí un tramo hasta rodear a la primera loma, sin hallar trillo alguno que subiera. Pero Yaser continuó mientras yo regresaba al campo de hierba.

Al rato Yaser aún no regresaba. Le grité y no me respondió. Entonces Jan y Liset fueron a buscarlo. Estábamos en un momento clave de nuestra pesquisa y una pérdida de tiempo podía malograr nuestros planes de conquistar por fin aquel esquivo Seboruco. Algunos comenzamos a avanzar entre la hierba, acercándonos a la ladera de la primera loma. Por fin regresó Yaser con Jan y Liset, y todos se incorporaron al avance entre la hierba. Alejandro tomó la punta con su machete en ristre y nos adentramos en la espesura de la primera elevación. El Rafa también cargaba con un machete.

El avance se fue complicando más y más, pues la maleza se hizo más densa y la zarza comenzó a agarrarnos con sus desafiantes espinas. Al pegamos a una ladera escarpada con piedras filosas y bastante zarza, noté cierto escepticismo en la tropa. Cogí el machete de Alejandro y me abrí paso a como pude. Al avanzar unos metros por aquel laberinto de enredadera, llamé a los hombres para organizar una rotación en la chapea. Cada diez minutos por dúo fue el pacto. Las mujeres se rotarían las mochilas mientras los hombres habrían camino a como fuera.

Comenzó la labor, y luego de un esforzado esfuerzo, logramos vencer la mayor altura de la primera loma. Giramos entonces más a la derecha para descender al encuentro entre las dos elevaciones. Por suerte, no hubo que bajar mucho. Nos vimos entre hierba de guinea en un pequeño tramo y comenzamos el ascenso final. Alejandro y el Friky se batieron por un tiempo en la chapea. Subimos un trecho entre piedras filosas, mostrando las muchachas bastante arresto. Luego el Rafa y el Yaser tomaron los machetes y continuaron la subida. Finalmente la pendiente fue cediendo.

Pasadas las cinco de la tarde, logramos conquistar la cima del Seboruco de Artemisa, es decir, la segunda mayor elevación  de todo el Occidente cubano. Nada señalaba el lugar. Solo maleza y árboles alzados sobre esta copaban la mayor altura. El altímetro del Rafa marcó seiscientos noventa metros de altura sobe el nivel del mar, aunque un mapa revisado anteriormente señalaba seiscientos setenta y ocho, y otro seiscientos setenta y cuatro.

Entre el Rafa y yo abrimos un claro en la cima para dar espacio a que cupiéramos a una vez los veintiuno. Luego Alejandro y yo nos subimos en un árbol para buscar una visión mayor. Desde nuestra altura nos quedó claro que no había elevación mayor por los alrededores.

Tres tipos diferentes de flores de roja coloración hallamos en la cima, y las cámaras fotográficas se recrearon con ellas. Nos juntamos entonces para posar para las fotos de la ocasión. La bandera malnombrista salió a relucir. Las instantáneas recogieron el momento del triunfo, para guardarlo en el amplio archivo de fotos malnombristas.

En la cima del Seboruco de Artemisa.

En la cima del Seboruco de Artemisa.

El descenso comenzó a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde. Por supuesto que la bajada de la loma mayor fue más fácil que la subida; ahora notábamos el trabajo hecho al abrir el camino. Descendimos entre la piedras, pasamos el hierbazal entre las dos alturas, volvimos al monte y al poco rato estábamos surcando la hierba de guinea.

Al llegar al descampado, una llovizna amenazó con complicarnos el final de la tarde y Ana nos recordó que siempre puede ser peor: “podía estar lloviendo”. Pero la llovizna que nos caía no era lo más amenazador, sino los aguaceros que veíamos cercanos desde nuestra altura. El grupo se fragmentó al sumergirnos nuevamente en el camino de monte.

Inserto en un piquete formado por Ana, el Rafa, Magela, Gladys, el Friky, Lorenzo y Heidy, llegué a un entronque en la bajada. El camino de la derecha se veía más claro, pero el de la izquierda tenía una marca de machete en un árbol cercano. Me decidí por este último, pensando en que nadie haría esa marca por donde no debíamos coger. Pero pensé mal.

Al poco rato de avanzar por donde no era, un aguacero se desparramó sobre el monte y en poco tiempo nos vimos empapados y caminando sobre un terreno con fango. Un pedazo de madera rojiza tirado a un lado del camino, con forma de ortoedro, me hizo ver que andábamos mal, pues aquel curioso hallazgo no lo recordaba de la subida. Pero Lorenzo me dijo que sí creía haberlo visto. Continuamos entonces bajo la lluvia. Pero más adelante el camino se fue cerrando, y como no acababa de aparecer el descampado donde vimos al guajiro a caballo, le dije a la gente que debíamos regresar a tomar el otro camino. Lorenzo entonces fue menos seguro en lo de haber visto antes el curioso tronco perfectamente cortado.

Mientras nuestro grupo andaba perdido, otro piquete formado por Mary, Yaser, Daniel, Mery, Liset, Liz, Oscar, Alejandro y Janett iban a la retaguardia, pero al complicarnos nosotros por un mal camino, ellos nos rebasaron. Janett, desde el principio de la lluvia, comenzó a tener problemas con el fango. Dos caídas le hicieron jurar que a la tercera se quedaría descalza. Y pronto tuvo que cumplir su promesa, pues por tercera vez cayó de nalgas sobre el suelo. Pero lo de andar descalza no le mejoró la situación, pues se cayó unas diez veces más.

Este grupo llegó antes que nosotros al descampado, pero ya en la ladera, no encontraron el trillito que bajaba. Se detuvieron un rato, pero comprendiendo que parados nada resolverían, siguieron bajando y se acercaron al mulo, que seguía amarrado en el mismo lugar donde lo dejamos. Avanzando un poco más, dieron por fin con el camino que volvía a sumergirse en el monte.

El grupo en el que me hallaba llegó al descampado sin ver a los de alante, cuando ya había escampado. Bajamos cuidadosamente para no desviarnos, hasta que vimos la entrada del camino al monte. Seguimos juntos para no perdernos unos de otros, mientras el fango del camino nos recetaba resbalones constantemente. Con la tarde muriendo poco a poco y nuestras ropas mojadas, avanzábamos sin detenernos, pues pasar una noche en aquella ladera y sin las mochilas sería una verdadera odisea. Rebasamos la talanquera donde comimos maní en la subida y al poco rato llegamos al sitio donde dejamos guardadas las mochilas. Solo quedaban las nuestras, lo cual nos tranquilizó al comprender que los últimos nos habían rebasado en nuestra pérdida.

Pasamos el campo de tecas y llagamos finalmente al terraplén con la noche apoderándose de la serranía. Dos tiendas de campaña se habían levantado: la de Alberto y la de Yaser y Mary. Algunos se bañaban en el río. Mi mayor preocupación en el momento era la leña. Alberto me señaló algunos palos que había intentado “proteger”, pero tal “protección” parecía un chiste, pues sin un nylon con qué taparlos, se les veía la humedad a simple vista. Me dijo entonces que el guajiro dueño de la casa de madera con techo de guano y placa de concreto, ubicada del otro lado del río tras la curva del terraplén, se le había ofrecido para que acampáramos bajo su techo.

En aquellas circunstancias, la opción del guajiro era la única a mano para poder cocinar los espaguetis que previmos desde La Habana, pues no teníamos combustible, y con la leña mojada, el éxito en la cocina era muy poco probable. Además, algunos sin tiendas de campaña para pernoctar, ya reclamaban aquel techo. Improvisé una especie de reunión llamando a la gente al terraplén. La mayoría optó por ir a acampar a la casa, aunque esta se hallaba ubicada a unos cientos de metros de distancia.

Aproveché entonces para darme un liviano baño en el río. Al salir, Yaser me dijo que él se quedaba allí. Fui rápido para donde estaba y le dije que ya lo habíamos discutido y la decisión de ir a la casa primó por las dos razones mencionadas: gente sin techo y leña mojada.

Poco a poco la gente fue recogiendo y partiendo rumbo a la casa. No obstante Yaser se quedó allí con su tienda armada. La caminata la hicimos de noche. Cruzamos con cuidado el tronco sobre el río y llegamos hasta la bendecida casa.

El hombre de la casa, de unos confusos cincuenta años, se llamaba Nardo y entenderlo al hablar era más difícil que cocinar con leña mojada. Pero su gran desprendimiento relegaba a un segundo plano el enredo de su lengua. La casa tenía un área de placa a la entrada. En su interior tenía una sala, dos cuartos con sendas camas y un área trasera destinada a la cocina, pero que no estaba siendo usada por tener problemas en el techo. En el medio de la sala Nardo tenía una parrilla con candela, mientras las ventanas estaban cerradas. Se lo dije y abrió una de las ventanas sin darle mucha importancia. También en la sala Nardo tenía su cama. La gente se fue ubicando, algunos en los cuartos, mientras Daniel y Mery armaban su tienda de campaña en el portal, y Jan y Heidy sobre la hierba, en un lateral. Alejandro se tiró temprano en el primer cuarto, pues le dolían un poco los músculos. Gleidys se sentía bien, tras su sofocón en la loma. Como el hambre estaba disparada, hicimos un tiroteo de maní.

De inmediato nos pusimos en función de la cocina. Mary, Ana, Gladys, Liset, Liz, Janett, Gleidys, Alberto y Oscar comenzaron a preparar la carne en salsa, mientras yo me encargaba de cocinar los espaguetis. Magela preparó en la tanqueta un refresco con sabor a uvas. Cocinamos ocho paquetes de espaguetis, hechos en dos tandas de mi caldero grande. Lorenzo me ayudó a sacarle el agua a los espaguetis de cada tanda de caldero, mientras Manuel la recogía debajo en un módulo de mi cantimplora, para que luego de echarle sal, la gente se la tomara con gran gusto.

Muertos de hambre y seño, esperando por los espaguetis.

Muertos de hambre y sueño, esperando por los espaguetis.

A las once de la noche se formó el tiroteo. A pesar de que le dije a Magela que echara tres paquetes de refrescos de ocho litros, echó menos cantidad y este quedó un poco aguado. Los espaguetis dieron para doble, triple y liberado, al igual que el refresco. Incluso, por primera vez en Mal Nombre, la carne en salsa también se liberó, aunque realmente fue solo un poquito lo sobrante.

Al terminar la orgía, todo el mundo buscó su lugar para dormir, mientras Mary partía con la cuota de comida de Yaser rumbo a su tienda de campaña. De este modo, en dos disparejas partes, la tropa malnombrista quedó rendida luego de una jornada extenuante pero exitosa.

Domingo 21 de abril del 2013

La madrugada fue sumamente incómoda para Manuel y Oscar. A ambos, las santanillas los pusieron a “gozar”. Un gallo también hizo de las suyas, amenizando cíclicamente con su canto las horas nocturnas. A las siete de la mañana unos cuantos ya estábamos de pie. Comenzamos de inmediato a preparar el desayuno a base de galletas, dulce de guayaba y refresco, pues los pocos de leche en polvo que llevaron Jan, Alejandro y Janett no daban para todos. Mientras esto sucedía, algunos hallaban unas cuantas garrapatas prendidas en la piel, entre los que no podía faltar Gladys, a pesar de ella darle a Oscar el título del “garrapatero”.

Después del tiroteo, recogimos nuestras cosas e hicimos una guardia vieja. Finalmente nos tiramos unas fotos con Nardo y la bandera a la entrada de la casa, y tras despedirnos de nuestro buen amigo, partimos camino a La Vigía.

Cruzamos todos el tronco sobre el río sin lamentar ningún patinazo. Avanzamos por el terraplén y nos detuvimos al ver a Mary y a Yaser, quienes ya habían desarmado la tienda de campaña. Al preguntarme Gladys por el desayuno de ellos, me hice el olvidadizo para inquietarlos, pero después se los di. Yaser se había comido los espaguetis por la mañana, pues en la noche el sueño pudo más que su acostumbrado voraz apetito. Por ellos también supimos que un toro nocturno le sacó un susto a Mary.

Cruzando sin patinazos.

Cruzando sin patinazos.

Continuamos los veintiuno la caminata. Poco a poco la tropa se fue estirando. Cruzamos el río y ocho nos fuimos quedando detrás. De los ocho, los cuatro primeros vimos un tractorista con su tractor y este nos alertó que más adelante había otro tractor que tal vez nos pudiera llevar. Les gritamos entonces a los de atrás, pero el resultado fue que se apareció un hombre con una escopeta, con una tremenda cara de drama y sofocación. El hombre y otros más habían llegado con el tractorista, y tras cruzar el río, desandaban la ladera del frente a la caza de puercos jíbaros. Al oír nuestros gritos, el tipo se alarmó y bajó corriendo la ladera. Al comprender el error, el hombre puso cara de lamento y nos señaló una ceiba en un lugar alto de la ladera desde donde había llegado corriendo. No nos reímos en su cara de milagro.

En ese trance, nos alcanzó una mujer que llevaba un paso envidiable. Nos dijo que conocía un camino que cortaba junto al río y evitaba así una loma del terraplén. Pero por temor a que el otro tractor estuviera justo en el tramo de la loma, nos dividimos. Ana, el Rafa, el Friky y Magela su fueron loma arriba, mientras la mujer, Gladys, Mary, Yaser y yo nos fuimos junto al río.

Los de mi grupito, al reencontrarnos con el terraplén, esperamos un rato a que nos alcanzaran los de la loma. Pero a los veinte minutos aún no los veíamos. Aquello ya era preocupante y comenzamos a pensar en lo más difícil: que hubieran llegado antes de nosotros al lugar, a pesar de haber subido la loma. Entonces se nos acercó un guajiro a caballo, y al preguntarle, nos dijo haber visto a cuatro personas pasarle por el lado hacía muy poco. Le preguntamos si alguno llevaba una pluma en la cabeza, pues el Friky se había encontrado una, y nos dijo que no. Continuamos la marcha y junto al mausoleo al médico, vimos la pluma. Ya no quedaban dudas: habían hecho el recorrido más rápido que nosotros y ahora iban a nuestra delantera. Siguiendo el camino, vimos el otro tractor, pero sin carreta detrás.

Más adelante, un grupito se había detenido junto a una riquísima poceta y hacía las delicias en el agua. El piquete lo conformaban Liset, Liz, Alejandro, Janett, Oscar, Daniel y Mery. Mientras se bañaban, Mery y Daniel continuaron la marcha. El cuarteto que se nos había adelantado se unió con los bañistas y siguieron juntos rumbo a La Vigía.

Un baño en la poceta.

Un baño en la poceta.

Los más retrasados seguimos el camino con la mujer. Ella se llamaba Diamisel, pero le decían Yayi. De solo verla, se le notaban sus piernas vigorosas, capaz de desandar aquellas lomas como si nada. Más adelante vimos en el agua a unos pescadores submarinos, es decir, subríos, con unas aparatosas escopetas. Dejamos la orilla del río y comenzamos la subida de la ladera. Cerca del primer entronque de terraplenes, Yayi nos guió por un camino de monte que cortaba. Mi paso era el más lento, pues trataba de evitarle esfuerzo a la cadera izquierda usando las dos muletas.

Poco a poco fuimos venciendo el trayecto del lomerío hasta que comenzamos a descender hacia el llano. Justo donde en la excursión anterior aquel tractorista nos embarcó al no anunciarnos el entronque que provocó nuestra pérdida, los bañistas y el cuarteto nos esperaban. Al juntarnos, seguimos todos la marcha e hicimos un alto junto a unas matas de mangos. El Rafa y Lorenzo tumbaron unos cuantos y le repartieron a la tropa.

Unos minutos más tarde nos agrupábamos los veintiuno junto a la guarapera de La Vigía. Daniel ya había hablado con el vendedor, y al llegar nosotros, le avisaron al hombre. Al comenzar la venta, el Friky entró al trapiche y ayudó al hombre al repartir los guarapos. Tal fue la confianza del Friky con el vendedor, que logró sacarle una jarra gratis para la tropa.

Desde nuestra llegada, Mery le hizo una llamada a Justico, el chofer del camión de Paso Quemado, y este me dijo que vendría a buscarnos. Luego, mientras esperábamos, hicimos una repartición de tabletas de ajonjolí, galletas con dulce de guayaba y una barra de maní en trocitos.

Sobre la una de la tarde llegó el hijo de Justico en el camión. Montamos y partimos en una tarde soledad. Al rato nos bajamos en la Autopista y tuvimos que apurarnos para coger la misma guagua que había llevado a los siete desde La Habana hasta Paso Real de San Diego.

El viaje en la guagua se fue tranquilo, con un poco de sueño y no muy apretados, aunque todos íbamos de pie. Un alto en el punto de control de Candelaria nos hizo perder unos minutos. Luego Lorenzo se bajó en el puente del veintinueve. Finalmente llegamos a Cien y Autopista, después de caer un recio aguacero, pues los charcos en las calle así lo delataban.

Despidiéndonos de la Sierra del Rosario desde la guagua.

Despidiéndonos de la Sierra del Rosario desde la guagua.

Cuando nos separamos por grupos, la guerrilla concluía. Varios saldos nos había dejado esta excursión a los límites entre Pinar y Artemisa. Uno primero, la incorporación de jóvenes malnombristas con suficiente madera de guerrilleros, dispuestos a formar nuevos grupos en la CUJAE. Otro, haber tenido una guerrilla variada, con río, lluvia, pico hallado y pérdida.  El último, y no menos importante para muchos, saber que no habrá Seboruco Cuatro.

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