Chávez junto a Bolívar en el Pico Caracas

Marzo del 2013

Todo comenzó el ocho de marzo, a solo tres días de la muerte de Chávez. Un correo que me envió Alejo echó a andar la rueda del homenaje. Se sentía conmovido, debíamos hacer algo, no sé, un busto al lado del de Bolívar en el Pico Caracas. Otro correo, esa vez mío a algunos malnombristas, le dio impulso a la idea, tras recibir entusiasmadas respuestas.

Abril del 2013

Corría el mes de abril cuando una reunión nos agrupó el día seis en la casa de Mary. Allí se decidió la fecha: finales de mayo y principios de junio, porque “ahora era el momento”, según la opinión de Andrés, nuestro entrañable escultor.

Mayo del 2013

Mi mes de mayo fue de pura locura, con muchas madrugadas despierto repasando las cosas pendientes. Los correos y llamadas a la embajada de Venezuela y al Partido en Granma se sucedían diariamente para amarrar cabos y destrabar rollos. Edgardo, el carismático embajador de Venezuela en Cuba, iría con nosotros, tras la llamada que le hizo Irmita para ponerlo al tanto de la idea.

El día seis fui con Gladys a la terminal de trenes a gestionar los pasajes. El once constituimos el Movimiento Cubano de Excursionismo en la Universidad de La Habana, pero “hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas”, hasta que maduren las circunstancias, y en el Salón de los Mártires, la misión del Caracas se mantuvo en secreto.

El busto estuvo en cuatro días apenas. Era Chávez, aunque primero hubiera barro en el molde y fibra de vidrio en la obra final. Pero los sentimientos podían más que los materiales empleados. Otra vez Andrés nos regalaba un héroe entrañable, con mirada y pasión. Ahora el joven Oscar lo acompañaba con el arte en las manos.

El Coppelia sirvió de pretexto para vernos el dieciséis, recoger el fondo, asignar misiones y perfilar el listado de los participantes.

Mary encargó la placa con la frase chavista: “Los que quieran patria: ¡vengan conmigo!” “No te la puedo cobrar”, le dijo a Mary el herrero que la confeccionó.

 

El domingo veintiséis el portal de mi casa estaba lleno de malnombristas, que acudían a la última reunión para la excursión. Les hablaba yo algo incoherente, mirando a Irmita, quien me decía que continuara. De pronto sentí en el ambiente que ya llegaba. Eduardo me lo confirmó: “Creo que hay que volver a empezar la reunión.” Con sus seis pies y algo más de estatura, un short azul y la sencillez en el rostro, se apareció René, el mismo de los catorce años en cárceles norteamericanas y diecisiete meses en el Hueco, por el solo hecho de ser “necio.” Saludó natural, sin exabruptos ni distancias, y se sentó a escuchar orientaciones, como uno más. Y Mal Nombre comprendió que aquel René, de andar por las calles levantando saludos y emociones sin quererlo él, el René que más nunca estará solo, como no lo están hoy sus cuatro hermanos, merecía ser uno más (aunque por dentro tragáramos en seco). Y todo continuó fluyendo, salvo la momentánea interrupción de un emocionado vecino. Completamos el encuentro envasando el cemento en los pomos llevados a mi casa por Eduardo.

El lunes de la última semana del mes fui a la terminal de trenes, gestioné la carta para comprar los pasajes y se las entregué en la agencia de La Coubre a País, Mery y Daniel. Roque fue a la Juventud Provincial e insistió hasta lograr las cinco cartas para las escuelas de los niños. Abraham se movió a prisa en busca del permiso de acceso a zonas montañosas. El martes Mery recogió los pasajes, pero ese día al Gaby no le bastó el día para completar la gestión del permiso por culpa de una factura perdida. El miércoles fue el Gaby a mi trabajo a mostrarme finalmente el dichoso permiso.

Jueves 30 de mayo del 2013

A las seis de la tarde quedamos en vernos en la Estación Central de Ferrocarriles. Un carro de mi trabajo me recogió en mi casa. Cargamos los noventa y cinco pomos de cemento en el maletero del Volga. Luego recogimos a Andrés en su taller de veintiuno y catorce, y con él, a Chávez, nuestro Chávez.

Llegamos a las cinco y veinte a la terminal. Pronto se apareció un equipo de filmación del Departamento de Divulgación de la embajada de Venezuela. Una bella muchacha cubana era la periodista, mientras Ibrahím, también compatriota, cargaba la cámara en su hombro y allí se enteraba que al día siguiente partiría con el embajador para sumarse a la expedición.

El busto de Chávez comenzó a atrapar miradas, tal y como lo quería Andrés, al considerar una acción plástica la transportación del busto hasta la Sierra Maestra, sin nada que lo ocultara.

Andrés con el busto de Chávez en la terminal de ferrocarriles de La Habana.

Andrés con el busto de Chávez en la terminal de ferrocarriles de La Habana.

Andrés con el busto de Chávez en la terminal de ferrocarriles de La Habana.Comenzó a inundarse de malnombristas la terminal, con mochilas y sin mochilas, pues a la despedida acudieron varios. Carlos Sierra llegaba desde Chile. José Javier le cargaba la mochila a su papá. Olguita, la madre de Ernesto, lo trajo desde Varadero. Idalmis se apareció con Luisito y con Lián, quien fue difícil de consolar. Los novatos Liset, Liz, Janett y Alejandro llegaban con brillo en los ojos, entre la alegría y la sana envidia. Yanieyis, con el bebé Samuel, despedían a Raine, y a todos. Marise no sabía cómo zafarse de Hainer.

Repartimos los pomos de cemento, a tres por hombre y uno por mujer. Mery y Daniel rectificaron los pasajes y lograron que el error en el boleto de Roque no tuviera consecuencias. Wilfredo, Elizabeth, Miladys y Celia se aparecieron rezagados.

Completos los cuarenta y uno del listado final, pasamos al andén y nos montamos en el vagón A-Trece del tren Habana-Bayamo-Manzanillo. Los asientos del uno al cuarenta y uno nos estaban destinados. Recibimos llamada de Irmita al celular de Yaser para decirnos que estaban en Camagüey. Es decir, René y su familia, con dos “segurosos” de acompañantes, pasarían la noche a mitad de la isla.

Con la tropa sentada en el vagón, se subieron Katie –mi interlocutora de la embajada de Venezuela– y otra muchacha venezolana. Con sus ojos de miel y voz exquisita, por fin la conocí. La despedida fue rápida.

A las siete y treinta y ocho, partió el tren a recorrer la alargada isla, mientras Marise se aferraba a los barrotes que limitan el andén de la calle, para darle el último adiós a Hanier, a lo Romeo y Julieta. Mi asiento, el número uno, me daba mala espina, pues tenía el baño en la cara, con todos sus olores. Andrés cargaba el busto sentado, pero luego lo convencimos de rotarlo, para evitarle la incomodidad en todo el viaje. Frente a mi asiento había un buen espacio y allí colocamos el largo tubo pintado de verde, que le daría sostén al pedestal.

El viaje comenzó en calma, bajo un cielo nublado. El presagio de lluvias para la excursión era inquietante, pues los finales de mayo habían estado anegados. Pasaron los elevados, pasó La Habana, pasaron los llanos de Mayabeque, y la ciudad de Matanzas nos recibió de noche, asomándose alumbrada en los bordes de su ensanchada bahía.

Siguió el tren con paso liviano mientras la tropa se estrechaba en relaciones. Cinco niños condimentaban al piquete con su inquietud: Coquito, Alejandrito, Celia, Cristopher y el novato César, que parecía hijo del Tin, todos de la enseñanza primaria, pues los de secundaria estaban ya en pruebas finales. Pedro Casanova un poco que se novateaba con Mal Nombre, aunque fue al Hombrito-Turquino del noventa y cinco, hecho entre el grupo y el Polo Científico. Orlando, el novio de María Teresa, y Alexander, el de Magela, sí eran completamente novatos en guerrillas malnombristas. La incallable de Gladys, no paraba de darle a la lengua.

En los límites entre Matanzas y Villa Clara, nuestro tren lechero le hizo honor a su nombre, sobre todo por culpa del Guantanamero, que se rompió delante y provocó un atraso de dos horas. Finalmente, nuestra locomotora lo empujó hasta un chucho, y continuamos el viaje.

Viernes 31 de mayo del 2013

La madrugada comenzó con las luces del vagón encendidas. Luego de un extendido pestañazo, abrí los ojos y pude ver a varios malnombristas apeados en el andén de Santa Clara. Siguió el tren su marcha, hasta que el amanecer nos avivó por los llanos de Camagüey. La parada habitual en la capital agramontina les sirvió a unas cuantos para comprar merienda. El Cruce de Martí nos desvió hacia el sur. Las llamadas de Irmita y Freeman por un lado y del Partido y el Gobierno de Granma por el otro, permitían tenerlos al tanto de nuestra ubicación. El juego del asesino entretuvo a buena parte de la gente durante un buen tiempo.

Aproveché la mañana para reunir a la tropa y anunciar los grupos de cocina. Eduardo comandaría el Uno, Wilfredo el Dos y Ana el Tres. En el Dos estarían René y su familia y en el Tres los venezolanos. Las tareas del monumento requerían otras misiones: El Rafa comandaría a los cargadores de piedra, Alejo a los del agua y Ana y Mary a los de los pomos de cemento. Sobre la arena, del Partido de Granma tenía la noticia que la habían colocado cerca de la cima del Pico Caracas.

Pasando el mediodía, llegamos a la entrada de Bayamo, y tras dividir el tren según el destino de los vagones, enfilamos rumbo a Manzanillo. Las siluetas de las montañas de la Sierra Maestra comenzaron a crecer y pude distinguir entre ellas a las lomas del Hombrito, el Infierno y La Gloria, pero el Turquino se hizo esquivo por las nubes que lo ocultaban. Poco a poco el cielo se fue encapotando hasta comenzar a chorrear agua sobre los saturados llanos granmenses que nos rodeaban.

A las tres de la tarde, con cuatro horas y media de atraso y bajo una lluvia pertinaz, el tren se detuvo en la estación de Yara. Allí concluimos nuestro viaje los cuarenta y un malnombristas. José Armando, un especialista de la Oficina de Asuntos Históricos del Partido Provincial en Granma, nos recibió. También nos esperaban, cámara en ristre, tres trabajadores de la Televisión Serrana, listos para acompañarnos durante la excursión.

Nos montamos en una Yutong de Transporte Escolar y partimos, mientras éramos filmados dentro de la guagua. Durante el viaje hacia Bartolomé Masó cantamos varios temas de la Nueva Trova. Al rebasar el poblado, los de la TV Serrana se pasaron para un microbús que nos acompañaba en el trayecto.

Llegamos al poblado Las Mercedes, al pie de la Sierra Maestra, y nos detuvimos junto a un bello y arboleado parque. Allí descendimos y supimos que a pesar de la tardanza del tren, éramos los primeros en llegar. Faltaban el grupo de René y el de los venezolanos. El avión que llevó a los venezolanos a Bayamo se había retrasado tres horas. Llevamos las mochilas para el parque y husmeamos por los alrededores en busca de comida. Frozzen y panes con cosas fueron nuestros hallazgos. Cientos de personas merodeaban por la zona sin comprar nada. Sin dudas, la noticia se había corrido: René González, el Héroe de la República de Cuba, llegaría a Las Mercedes.

Al poco rato se hizo realidad. Tras descender de una especie de jeep, Avanzó René con Olguita por la calle central del poblado. El coro junto a René lo acariciaba con las miradas. Aquel hombre, tan sencillo como gigante, les hablaba con voz gentil y hasta deudora, a pesar de que nuestra deuda con él es impagable. Después se dirigió al parque y saludó a los malnombristas. Luego lo invitaron a ver un monumento ubicado sobre una colina. Una tanqueta destruida por tropas del Che ocupaba el centro de la altura. Mientras recibía la explicación de lo ocurrido, se aparecieron los venezolanos y subieron también a la altura. Allí se abrazaron René y Edgardo. Este último le presentó al joven teniente de navío Luis Manuel y al Sargento Primero Juan Bautista, aquel que le salvó la vida a su Comandante Chávez al llevarle su mensaje a los paracaidistas cuando el golpe de estado de abril del 2002. Los acompañaba Ibrahim, cámara al hombro.

Encuentro de René con Mal Nombre en Las Mercedes.

Encuentro de René con Mal Nombre en Las Mercedes.

La subida a la altura donde estaba la tanqueta dilataba la partida de la tropa completa rumbo a Minas del Frío. Eso me preocupaba, pues ponía en peligro la posibilidad de que acampáramos esa noche en El Roble. Yo llegaba a Granma predispuesto, pues días atrás me habían hecho una propuesta de poner el busto en un solo día. El plan aquel proponía levantarnos el pedestal antes de que llegáramos, para que a nosotros solo nos tocara colocar el busto. El resto de los días se cubrían con visitas a lugares históricos de Granma. El insulto que cogí los detuvo en el plan, pero no podía confiarme porque las intenciones de facilitarnos demasiado las cosas permanecían en pie. Una muestra de ello fue la afirmación de que en El Roble ya no existía un añejo círculo social, pero respondí que en el dos mil cuatro no acampamos en ningún círculo social, sino en la placa del secadero de café. A la gente del Partido en Granma solo les había pedido arena para el monumento, un camión para subir a Minas del Frío y dos mulos, uno para Andrés –infartado años atrás– y el otro para Olguita, quien hacía unos años había sufrido una fractura en una rodilla, a lo que se le adicionaba su falta de entrenamiento para andar por las montañas.

Partimos por fin, los malnombristas en dos camiones Kamaz y los demás en jeep. Irmita y Freeman iban con nosotros en el camión delantero. Comenzamos a ascender las estribaciones de la Sierra Maestra. Tras nueve kilómetros de subidas y bajadas, descendimos al poblado de San Lorenzo. Allí se detuvo el jeep de René y lo convidaron a visitar unas casas donde lo esperaban. Desde mi camión no pude más que molestarme por la nueva pérdida de tiempo. Gladys y yo, con claras señales de nuestros estómagos, nos sumergimos en un matorral –primero ella y después yo– ante las “cueristas” miradas de los malnombristas. Por fin apareció la comitiva con René, pero entonces faltaba Alfredo, quien los había seguido con una cámara fotográfica en la mano. El primer camión partió detrás de los jeep mientras el segundo Kamaz esperó al pintor malnombrista.

Los dos Kamaz con los malnombristas en San Lorenzo.

Los dos Kamaz con los malnombristas en San Lorenzo.

Las pendientes se acrecentaron mientras nos acercábamos a Minas del Frío. El concreto sobre la carretera en las mayores inclinaciones se alternaba con la superficie de terraplén. Bordeamos la loma de las antenas, pasamos bajo el arco de la entrada y penetramos en Minas del Frío cuando la tarde iba pereciendo.

Nos detuvimos frente a un policlínico y descendimos todos de los transportes, con los equipajes. De inmediato, las miradas y alusiones de la gente del Partido, el Gobierno y dirigentes de la zona, para que acampáramos en el poblado y no siguiéramos hasta El Roble, vinieron hacia mí. La situación era tensa. Seguir era casi una locura con la lluvia que se había reiniciado, la noche casi encima, el fango esperándonos en el camino y la leña mojada para impedir cocinar a nuestra llegada al secadero del Roble. A eso se le adicionaba la heterogeneidad de la gran tropa de casi sesenta personas que conformábamos, unos cuantos sin el fogueo de los malnombristas en lides guerrilleras.

Pero mi predisposición pudo más, acompañada por el aliento de Irmita, para adentrarnos en la locura. Pregunté por los mulos que había pedido para Andrés y para Olguita. Me dijeron que ya los buscaban y entonces indiqué partir loma abajo, en busca del río Magdalena (o Roble en la zona).

En ese momento se apareció un lugareño en un jeep. Se bajó y me dijo que eso era una locura, que ya el secadero no existía ni la casa que allí había, y que el río estaba crecido. Me le viré insultado y le respondí que podía no haber casa, pero a la placa del secadero no la levantaba ni un ciclón. Le dije también que él bien sabía que la lluvia caída no hacía crecer el río. Pero el hombre me hizo pensar. Una cosa es estar dispuesto a enfrentar lo más difícil y otra ir a lo difícil sin necesidad.

Cambié la indicación anterior e insté a la gente a ir a acampar al policlínico. Ya País y Pedro Casanova se habían adelantado, de tal manera que se pasaron del entronque frente a la unidad militar de la zona, y en lugar de doblar a la derecha, seguían equivocadamente la ruta a Mompié. Regresaron al oír mis gritos y fuimos todos para el policlínico.

La instalación era relativamente moderna y con muchos locales. El suelo mostraba varios charcos. La gente comenzó a buscar dónde acampar mientras Eduardo probaba un montón de llaves para abrir el local mayor. Al fin logró su acometido en lo que la comida se iba ubicando sobre las mesetas de la enfermería. El grupo Uno de cocina agrupó las provisiones y separó lo que se cocinaría esa noche. El grupo Dos separó el desayuno del día siguiente. Como tocaba arroz para la comida, se contaron unas treinta latas. Separé también varias latas de carne y de puré de tomate para la cocina. Sal, aceite y espacias completaron los aseguramientos para confeccionar el menú nocturno.

Los del Uno fueron al frente y se dirigieron a la esquina de una amplia instalación. Penetraron en ella en busca de una hornilla para cocinar, pero en la hornilla la comida no estaría ni al amanecer. Por eso País y yo fuimos, guiados por una mujer que padecía de miopía, hasta la casa de una cocinera del restaurante del pueblo. Despertamos a gritos a la doña y esta se dispuso amablemente a brindarnos la cocina del restaurante para cocinar. Mientras esto sucedía, otros del Uno se dirigían a la unidad militar para cuadrar dónde cocinar. Aquel lugar era ideal para nuestro empeño, por lo que me dirigí hacia allí con el resto del Uno, mientras País le avisaba a la del restaurante que ya su esfuerzos no hacían falta, y le daba las gracias por su disposición.

Al llegar a la unidad, vi a René hablando por teléfono con el Jefe de la Región Militar. De la conversación surgió la idea de acampar en la unidad, casi como una orden. Pero el lugar era inmejorable. Nos enseñaron un albergue con literas, colchones de espuma y un baño exquisito y amplio, dispuesto todo para el grupo.

Sin perder tiempo, partí rumbo al policlínico. Al llegar, vi a la mayoría de la gente instalada, incluso, los del grupo Tres les habían hecho espacio a los venezolanos. Les dije la nueva idea de acampar en la unidad, donde sobraban las condiciones, y algunos refunfuñaron un poco, pero finalmente todos recogieron y partieron hacia nuestro destino definitivo para aquella movida noche.

Los malnombristas nos ubicamos en el albergue mientras el grupo de René halló lugar en el cuarto de la Comandancia. Pero los venezolanos aún no habían llegado. Fui entonces a buscarlos y los hallé en un local del edifico ubicado al frente del policlínico, en una intensa tertulia con la gente de la Televisión Serrana. Les dije dónde estábamos ubicados y me afirmaron que más tarde irían para allá. Regresé entonces a la unidad militar. Más tarde se aparecieron los compas y los ubicaron en un local ubicado al lado de nuestro albergue.

Las condiciones en la cocina eran inmejorables y los del Uno tuvieron la comida lista más pronto de la cuenta. A las diez de la noche se anunció el tiroteo para todo el mundo y en un comedor bien acondicionado se efectuó la operación. Hubo suficiente arroz y carne en salsa para llenar a los más hambrientos. El refresco completó el menú. Finalmente todos buscamos nuestras camas y sobre las once de la noche caímos con todo el peso del cansancio del agitado día.

 

Sábado 1ro. de junio del 2013

A las cinco de la mañana comencé a darle el de pie a la tumultuosa tropa. Los del grupo Dos de cocina se habían levantado antes. Buena sorpresa me llevé al entrar al comedor. Sobre las mesas estaba servido el desayuno. A cada cual nos esperaba un muslo de pollo, galletas de sal, queso y un plátano maduro.  A su vez, los sirvientes del Dos ofertaban como opciones yogur y leche con café o con chocolate. ¡Todo un escándalo! Wilfredo estaba eufórico en la repartidera de la comida. Resulta que a las doce de la noche llamaron a las tías del comedor de la unidad y estas se pasaron la madrugada preparando el suntuoso desayuno. El Gaby y su primo Alfredo controlaron malamente la entrada al comedor; el problema era que adentro no cabíamos todos de un golpe.

Al regresar al albergue, me esperaba el cuero de Gladys, Ana, Mary y otros. Resulta que la cama en la que dormí mostraba su sábana de un color carmelitoso y unos bichos con grandes alas cubrían la superficie sobre la que había dormido. La puercada de mi ropa era evidente. Otras camas también mostraban algunos bichos, pero nunca como la mía. Gladys y otros secuaces se anotaban así un tanto a costa mía.

El plan para la colocación del busto comprendía que los días primero y dos de junio durmiéramos en el secadero del Roble, pero René debía estar en La Habana el día cuatro para prepararse para una teleconferencia que habría el cinco, con motivo de la jornada “Cinco por los Cinco”. Por esa razón, previmos entonces que el día dos regresaríamos por la tarde a Minas del Frío, donde nos esperarían los transportes para bajar de la Sierra. Así el día tres René y su tropa podrían viajar a La Habana para amanecer allá el cuatro. El tiempo para terminar el monumento en jornada y media era suficiente, pues el pedestal llevaría menos tiempo que el de Bolívar. El cambio en el plan llevaba implícito que no habría que cargar para El Roble la comida del día dos. Para guardar esa comida y otras cosas que no quisiéramos llevar a la montaña nos dieron el local de la Comandancia.

Al agruparnos en el pasillo de la unidad para partir, supimos que el albergue donde dormimos era el de los reclutas. Dónde durmieron ellos, era la pregunta que nos hacíamos. Después supimos que les dieron un albergue de oficiales. En lo que nos agrupábamos, Juan Bautista provocó un ruedo a su alrededor mientras contaba las peripecias que vivió para llevar el mensaje de Chávez a los paracaidistas, cuando el golpe de estado en Venezuela.

René y Olguita con los guardias de la unidad militar de Minas del Frío.

René y Olguita con los guardias de la unidad militar de Minas del Frío.

Sobre las siete y media partimos por fin rumbo al Roble. Andrés se quedó a la espera de un mulo, pero como no llegaba su “transporte”, arrancó loma abajo caminando despacio. Olguita partió a pie desde el principio junto a René. El fanguero en la bajada era indescriptible. Las tortas de fango hacían bastante pesada la caminata. A veces cogíamos un trillo por uno de los bordes del terraplén para esquivar el fanguero mayor. La tropa se fue estirando poco a poco. Los pinos nos acompañaron en el primer tramo, pero al descender sobre el nivel del mar, la vegetación tropical fue ganando espacio. A diferencia del dos mil cuatro, el camino estaba bulldozeado hasta abajo. La gente de Televisión Serrana e Ibrahim iban filmando constantemente. Algunos cantamos algunos temas, entre los que no faltó “La silla” de Silvio, muy oportuna para estas circunstancias.

Caminata de Minas del Frío al Roble, con fango y neblina.

Caminata de Minas del Frío al Roble, con fango y neblina.

Los primeros llegaron al río o más bien al arroyo del Roble. El cruce fue sencillo, pues el cauce no pasaba de los ocho metros de ancho y el nivel del agua era bajo, muy alejado de la supuesta crecida que nos anunció el hombre llegado en el jeep el día anterior; incluso, el agua estaba transparente, señal de que no hubo crecida en los últimos días. Una cabaña de madera cercada por una empalizada posaba en la otra orilla. Al atravesar la pequeña corriente, el camino seguía bulldozeado y comenzaba a faldear hacia la izquierda.Después de avanzar un tramo por el camino de la falda, justo al llegar a un saliente, vi a lo lejos un grupito que se había adelantado demasiado. Les grité para que se detuvieran, pero no me entendieron. Seguí caminando y llegué a un entronque en el que subía por la derecha un trillo, mientras el terraplén continuaba su faldeo. Iba junto a Yaser y a ambos nos pareció que aquel trillo nos llevaría al secadero de café.; él también participó en la guerrilla del dos mil cuatro. Dejé la mochila en el entronque y subí con Yaser por el trillo, teniendo algunas dudas, mientras un grupito que nos acompañaba se quedaba a la espera. A medida que avanzábamos las dudas se iban despejando. Primero nos topamos con una casa, similar a una hallada en el dos mil cuatro. Finalmente rebasamos una segunda casa, tal y como hallamos la zona la otra vez, y llegamos al secadero buscado. De inmediato le dije a Yaser que fuera a avisarles a los adelantados. El Yase, con sus buenas dotes atléticas, partió raudo por el trillo. Yo le seguí los pasos más despacio y llegué al terraplén. Les dije a los que esperaban y a otros que llegaron, que subieran por el trillo. Clavé en el suelo por la empuñadura una de las dos muletas que llevé a la excursión, mientras con el tubo indicaba la dirección del trillo.

Poco a poco nos fuimos reuniendo en el secadero. Andaba yo molesto porque a la delantera de los perdidos iba un supuesto guía venido desde Minas del Frío. Cuando solo faltaban los adelantados, empezó a llover. De inmediato comenzamos a proteger las mochilas en la casa del lugar, con la solidaria complacencia de sus moradores, que andaban ya impresionados por la sorpresiva presencia de René. La casa de madera, con techo de zinc y piso de placa, tenía una cocina techada al final, una sala intermedia y habitaciones a cada lado. En la sala ubicamos las mochilas. Aquel aguacero tempranero presagiaba un duro fin de semana para nuestras labores. Pero pronto escampó.

Campamento en el secadero de café del Roble.

Campamento en el secadero de café del Roble.

Volvimos al secadero y comenzamos a prepararnos para la subida al Caracas. Algunos armaron sus tiendas de campaña sobre la placa. Ana y Mary anunciaron un lugar para concentrar los pomos de cemento. Alejo, armando su tienda, se demoró algo en encontrar los siete pomos azules de cinco litros, previstos para cargar el agua de la mezcla. El Rafa buscó con su team de pedreros algunas mochilas para la carga. Llegaron también al secadero algunos mulos y Andrés sobre uno de ellos, estrenándose así en esas lides.

Llegando por un trillo lateral del secadero que surcaba bajo la alta vegetación de la zona, comenzaron a aparecer los perdidos. Edgardo, con el busto de Chávez en sus brazos, fue de los primeros en llegar. Cuando se apareció el supuesto guía, le partí para arriba, pero se defendió diciendo que el adelantado había sido el embajador, y al verlo, él lo siguió para detenerlo. Luego Hainer me dijo que el tal guía sí era el responsable, pues fue quien dijo que continuaran rumbo a un caserío cercano.

Supimos que trabajadores de Flora y Fauna, que tenían un campamento del otro lado del firme del Caracas, nos habían subido hasta la cima el agua y las piedras para la mezcla, además de dejarnos la arena en el camino del firme. A pesar nuestro, la cosa se simplificaba. Solo partiríamos del secadero con el cemento sobre nuestros hombros, la vara para el pedestal y una armazón cuadrada de cabillas, que le daría sostén a la base. El busto de Chávez se subiría al día siguiente.

Los del grupo Dos de cocina se quedarían en el secadero para preparar una merienda que luego nos subirían a la montaña. René, conociendo que formaba parte del Dos, le dijo a Wilfredo que estaba a su disposición, a lo que el Wilfre le respondió: “Lo voy a poner en mi currículum.”

Después de distribuirse los pomos de cemento, justo a las nueve y cuarenta y seis de la mañana, comenzó la subida de gran parte de la tropa, mientras el Dos se quedaba en el secadero. El Friky, Alexaner, Raine y Oscar se turnarían en el ascenso la larga vara para el pedestal y la armazón cuadrada de cabillas de la base, mientras Ale cargaba dentro de su mochila la placa con la frase de Chávez. El camino fangoso avanzaba primero bajo una mangal para luego seguir un firme definido con amplia vista a la izquierda, en el que se alternaban la hierba pangola con los sembrados de maíz. Desde nuestra alargado y empinado mirador podíamos divisar el caserío al que llegaron los perdidos y un ancho camino que se empinaba por las faldas del Caracas. ¿Aquel camino llegaría hasta la cima?, fue la duda que me surgió. La cumbre de la loma estaba oculta tras las tupidas nubes que dominaban la mañana.

La poca carga que llegábamos compensaba la incomodidad de pisar sobre fango en la subida. Acercándonos al firme que nos llevaría al Caracas, una maleza nutrida de zarza nos bloqueó el camino. El Rafa, Hainer, Yaser y un muchacho de la zona, machetes en mano, fueron despejando poco a poco la senda hasta dejar sobre el suelo el enmarañado espinoso. Como yo andaba descalzo “gracias” a no tener un calzado bueno para las caminatas de montaña, el Rafa quiso despejarme el suelo, pero le dije que lo dejara así para poder ver dónde pisaba, y con cuidado fui rebasando el escabroso trecho.

El hecho de habernos encontrado cerrado el camino era una muestra de que en la zona nadie sabía por dónde subiríamos, si no, lo hubieran despejado antes. ¿Por dónde entonces preveían nuestra subida? ¿Por el caserío, a través del camino que ascendía por la falda del Caracas? Esa duda la despejaría cuando llegara a la cima, pues para que esa ruta fuera válida, un nuevo camino –no existente en el dos mil cuatro– debía llegar a la cumbre del Caracas.

Ascendiendo un poco más, nuestro camino se adentró en el monte. En ese trecho, las ramas de los árboles permitían el agarre ante los resbalones.

Fuimos llegando a la altura del firme. Nuestra ruta cogería ahora a la izquierda, mientras un camino ya visto en el dos mil cuatro, descendía por la otra ladera. Algo nuevo nos topamos ahora: dos carteles que anunciaban “Pico Caracas” y “El Roble”, ambos mirando hacia el camino del otro lado. Es decir, por allí la ruta era más transitada. Eso concordaba con la intención de los granmenses de convencerme antes del viaje de que cogiera esa vía, pues por allí los transportes se podían acercar más al Caracas. Pero no acepté la propuesta por dos razones. Una: no sabía exactamente dónde nos dejarían los camiones y nuestra ruta era más corta desde Minas del Frío que por el otro lado. La otra: De coger por el otro lado, pasando por un lugar llamado La Juana, la conducción del viaje se nos iba de las manos a los malnombristas, porque ya sería una ruta nueva para nosotros, lo cual se prestaba para más variaciones, con sus consiguientes facilidades y alteraciones de nuestra forma de levantar un monumento, con busto incluido.

Llegada al firme del Pico Caracas.

Comenzamos a andar por el firme del Caracas. Unas matas de guayaba, un tramo de hierba con descenso y los restos de la placa de un antiguo secadero de café o tal vez de una casa, matizaron los primeros metros. La tropa iba avanzando por grupos, como suele ocurrir en las caminatas, es decir, no de forma compacta.

Tras algunos ascensos y descensos, llegamos hasta un bosque de jóvenes majaguas, que descendía por la ladera izquierda. Allí nos esperaban los sacos de arena;  estos eran demasiados para nuestra empresa. A esa altura del recorrido, varios trabajadores de Flora y Fauna, llegados del lado de La Juana, formaban parte de la tropa. Ellos eran quienes habían subido el agua para la mezcla hasta la cima y la arena hasta la majagua, quienes pusieron los carteles en el entronque y quienes mejoraron el camino abierto por nosotros en el dos mil cuatro, lo cual comprobaríamos más adelante. También sus manos sembraron aquel bosque de majagua donde antes había un maizal. En fin, habían hecho una gran labor en la zona en los últimos años. Tenían un campamento por el lado de la tal La Juana, que les propiciaba su presencia en la región.

Cragando la arena rumbo a la cima.

Cragando la arena rumbo a la cima.

Comenzamos a reenvasar la arena para poder cargarla, de modo que dejábamos menos de la mitad en cada saco que se subiría. En medio de la operación, llegó Andrés montado en su mulo. Ya se le veía cierta confianza sobre el animal. Pero allí terminaba su viaje, pues más adelante el camino se estrechaba, e incluso tenía escalones y barandas para aliviar la subida, todo lo cual impedía el ascenso de un mulo.

Mary y Lizet acompañarían a nuestro escultor en la caminata que le quedaba, que debía ser lenta y con bastantes descansos para evitar que se agitara. Un grupito, con gente de Flora y Fauna incluida, cargaron con los sacos de cemento mediados. Otros nos quedamos, con mayor presencia femenina, para reunir todo el cemento y cargarlo también.

Partieron Andrés, Lizet, Mary y también los de la arena, con la contribución de algunos de Flora y Fauna y un muchacho del secadero. Al rato, cuando ya habían llegado todos los que traían pomos de cemento, partimos los demás, con el arriero sumado. Ya el trillo estaba completamente sombreado por los árboles.

Luego de un tramito más bien llano, el camino se complicó. Apareció la primera escalera con baranda lateral, pero al rebasarla, el fango siguió dando quehacer. En los tramos más inclinados y fangosos, la mejor opción era escoger un lateral para subir y así agarrarnos de los troncos de los árboles. Pero había espacios sin nada de qué agarrarse, en los que había que hacer maravillas para no ir al suelo, pendiente abajo.

Así avanzamos durante un buen trecho, hasta llegar a un tramo llano del firme, que servía de paso entre dos alturas. Allí hallamos a Andrés con la paciente compañía de Mary y Raine. Él avanzaba unos pasos y se detenía, para evitar agitarse mucho. Anduve un rato con él, mientras la pendiente volvió a ponerse majadera, y después seguí rumbo a la cima.

Otros tramos resbaladizos matizaron la subida. Seguimos loma arriba hasta que la pendiente cedió y pude ver hacia delante, entre la verde vegetación, los colores de las ropas de los que ya habían llegado. Unos pasos más y la cima del Pico Caracas era ya una realidad. Allí estaba Bolívar, nuestro Bolívar; bello, de mirada erguida y parte del elegante traje militar asomándose hasta el pecho. Sobre los dos metros se alzaba su figura, y la mirada puesta en el sur. Pero su nariz estaba rota; tal vez algún árbol arrancado por un ciclón le hubiera hecho aquel daño. Quizás Andrés pudiera hacerle alguna restauración, a la par de levantar a Chávez.

El monumento a Bolívar en la cima del Pico Caracas y los cinco niños malnombristas.

El monumento a Bolívar en la cima del Pico Caracas y los cinco niños malnombristas.

La cima, rodeada de árboles, parecía algo más ensanchada a como la dejamos en el dos mil cuatro. Un bello detalle adornaba el frente del monumento: unas matas de rosas que los trabajadores de Flora y Fauna habían sembrado, luciendo varias flores rosadas, Al frente de la entrada del camino que seguíamos, estaba su continuación por el firme; este otro camino se iba enmarañando al paso y sus primeros metros pronto se minarían, pues allí serían satisfechas las necesidades fisiológicas de la nutrida tropa. Pero no había más camino, es decir, desde el caserío del Roble no llegaba ningún trillo hasta la cima. Evidentemente, el “semiguía” que embarcó a varios a la llegada a la zona estaba bien perdido.

La gente se fue acumulando poco a poco en la cima y las fotos junto a Bolívar no se hicieron esperar. Los cinco niños malnombristas allí estaban, entre los primeros.

Con los materiales del monumento reunidos en la cumbre, ya se podía comenzar a trabajar en el monumento a Chávez, pero faltaba Andrés. Oscar, algo impaciente, esperaba por él para decidir dónde empezar a abrir el hueco para la base.  El respeto por el autor pudo más que la impaciencia. Largos fueron los minutos de espera, hasta que Andrés, con su lento y atinado paso, se apareció en la cima, con la compañía de Mary y Raine.

A poco más de un metro de Bolívar, en la misma posición de este pero a su izquierda, indicó Andrés comenzar a cavar para fundir la base. Como la tierra estaba blanda por las recientes lluvias, fue relativamente fácil abrir el hueco donde cupiera la armazón cuadrada de cabillas, con la profundidad necesaria. Varias manos se sumaron para abrir el hueco. Oscar, Valdivia, Alexander, Hainer, Yaser, Alfredo y yo tiramos picazos y paletadas. Cuando el ancho y la profundidad parecían suficientes, y tras haber enroscado la vara a la armazón cuadrada de cabillas, Andrés comprobó que el conjunto cabía en el hueco. Entonces se colocaron cuatro grandes piedras en el fondo del hueco y Andrés puso la armazón sobre ellas.

Fundiendo la base del monumento a Chávez.

Fundiendo la base del monumento a Chávez.

A partir de ese momento, empezó a prepararse mezcla para fundir la base y levantar el pedestal. Hainer, Alexander, Ernestico, Eduardo, Ale, otros malnombristas más y algunos trabajadores de Flora y Fauna asumieron esta misión. Mi tanqueta sirvió de “concretera”, como en otros bustos. Ernestico se destacó en remover la mezcla dentro de la tanqueta. Con la mezcla se rellenó primero el hueco de la base, fijando así la armazón de cabillas y vara. Después comenzó a levantarse el pedestal, para lo cual Andrés iba colocado piedras sobre mezcla. Ale, Eduardo y el Rafa se sumaron a los trabajos de levantar el pedestal.

Como las piedras no alcanzaban, un grupito formado por malnombristas y gente de Flora y Fauna bajamos hasta la “cantera”. Se le puso la “cantera” a un lugar del camino ubicado a unos cincuenta metros de la cima, donde había una gran piedra y en sus alrededores abundaban las piedras de diferentes tamaños. Estas se sacaban y se partían hasta lograr el tamaño deseado, con una pica llevada por Andrés a la excursión.

Cuando se había alzado parte del pedestal, Dayana dio una idea que respaldó Edgardo: clavar unos troncos rodeando el pedestal, para darle más fortaleza mientras se endurecía la mezcla. Después de clavar los palos, Andrés completó la idea amarrando unos cordeles verdes de forma circular a los palos, para fijar más la armazón.

La base del monumento a Chávez casi terminada.

La base del monumento a Chávez casi terminada.

En medio de las labores, un sentimiento me llegó de súbito, al ver el rostro moldeado de Chávez, de ese Chávez que se nos hizo tan familiar, tan cercano, tan nuestro y que ahora ya no estaba para seguirnos regalando su especial carisma, su nobleza y su estatura moral. El sentimiento se me salió por la boca al expresar: “Ojalá no estuviéramos haciendo esto.”

Todas las labores eran filmadas por los tres de la Televisión Serrana y por Ibrahim, el camarógrafo de la embajada de Venezuela. Carlos, el Director de TV Serrana me dijo que ellos tres acamparían en el campamento de Flora y Fauna que está del otro lado del firme. Aquello no me gustó mucho, porque prefería que todo el grupo estuviera junto.

Un poco después llegaron Elizabeth, el Gaby, Roque, Daniel y Abraham con la merienda. Les pregunté por Wilfredo, que era el jefe del grupo de cocina, pues no llegaba con ellos. Elizabeth me dijo que estaba estresado por la dirección del grupo. Me dijo también que pensaban gestionar un puerco en el caserío del Roble.

Al decirme aquello, pensé en que realmente debió ser compleja la tarea de Wilfredo, pues le tocó dirigir un grupo de cocina bastante heterogéneo. El primer rollo lo tuvieron cuando esa mañana partió la gente del secadero. Allí se quedaron los del grupo Dos, y aunque se había orientado sacar toda la comida y ubicarla en un rincón adentro de la casa, no todos lo hicieron. Entonces, Wilfredo, Daniel y el Gaby tuvieron que abrir mochila por mochila para sacar lo que faltaba. En su búsqueda se incluían otras cosas necesarias, como las espumaderas de Mary, las agarraderas, los fósforos y el combustible.

Mientras ellos buscaban, las muchachas del grupo preparaban la merienda. Una pregunta cobró importancia: ¿cuántos éramos? Aparte de los malnombristas, el grupo de René y los venezolanos, había unos cuantos más “pegados”. La cifra que manejaron fue ochenta, algo no visto en las nutridas guerrillas malnombristas.

El otro rollo que cobró fuerza en el grupo Dos fue: ¿en qué recipiente preparar el refresco? Mi tanqueta andaba por la cima sirviendo de concretera y los pomos de cinco litros se subieron para cargar el agua para la mezcla, aunque al final no hicieron falta. Buscando nuevamente en las mochilas, aparecieron dos pequeñas “hijas” de mi tanqueta y algunos pepinos de litro y medio.

Teniéndose ya envases para el agua, los varones se dividieron en dos grupos: uno para buscar agua y otros, leña. Los del agua fueron a una aguada cercana. La aguada tenía poca corriente, pero el lugar era bonito por las grandes piedras que lo adornaban y la húmeda vegetación que allí crecía.

El grupo de la leña lo lideraba René. También iban en él, el Gaby, Freeman y su hermano. Al buscar por los alrededores, el Gaby vio un gran tronco y lo cargó, pero al sentirle bien el peso, decidió dejarlo. En eso vio a René con un tronco mayor, y al Gaby no le quedó más remedio que cargar con el suyo, pues no iba a aflojarse delante del héroe.

Cuando viraron los de la leña, el grupo del agua ya había regresado al secadero, pero otro problema se presentaba entonces: ¿en qué recipiente preparar el refresco?, pues todos estaban llenos de agua. A ello se le sumaba que los paquetes de refresco hallados alcanzaban para la merienda, pero no para la comida.

Ahí mismo se formó un debate que duró una media hora, provocando el mencionado estrés de Wilfredo. Cada cual tenía una idea de cómo preparar el refresco: unos, que en cantimploras, otros, que en las tanqueticas, Abraham, que en un nylon ecológico, y hasta hubo quien propuso no hacer refresco. En medio de aquel barullo, a Freeman y a un seguroso se les ocurrió comprar un puerco. Entonces a Wilfredo se le cruzaron los cables.

Por suerte, en medio de la discusión, las mujeres se pusieron a hacer el refresco, con Irmita a la cabeza. Prepararon el refresco en dos tanques plásticos de Raine, que aparecieron milagrosamente, y lo estiraron echándole azúcar. También juntaron las demás cosas a llevar. Luego vino el rollo de quién ponía las mochilas para cargar la merienda. Finalmente, el Gaby, Daniel, Elizabeth, Roque y Abraham partieron loma arriba. El Gaby, subestimando la subida, se fue delante cargando en su mochila los tanques de refresco y al poco rato se explotó y se tiró sobre el camino. Cuando los otros cuatro llegaron a él, se formó el debate sobre cómo redistribuirse la carga. Algo dispersos, llegaron al bosque de majagua. Allí, al ver los mulos, a Daniel se le ocurrió montarse en uno y cargar en él la merienda. Cabalgó Daniel hasta que el monte le jugó una mala pasada: una rama lo trabó por el pecho, Daniel fue al piso y el mulo siguió como en los muñequitos.  El resto del viaje del azaroso quinteto los llevó a pie hasta la cima, como a los demás.

En el secadero, el ambiente se relajó un poco tras la partida de los “merenderos”. René, uno de los segurosos y otra gente del lugar, fueron hasta el caserío del Roble, pues allí ya se sabía de su presencia y querían verlo. Los demás agruparon las cosas para la comida y se dieron cuenta que no tenían sal. En la casa les brindaron la necesaria e hicieron el compromiso de devolvérsela. Luego, guiados por una niña que les dijo que el río estaba cerca, partieron a darse un baño. Se fueron rumbo al río Olguita, Irmita, Freeman, su hermano y la novia, Mery y Wilfredo. Pero como son las cosas con las distancias de la gente del campo, el río estaba lejísimo. A mitad de camino pararon, porque Wilfredo, Olguita y Mery querían regresar. Freeman aprovechó para comunicarse por walkie-talkie con René, para decirle que si no habían comprado el puerco, que no lo hicieran. Pero la respuesta fue: “Ya está amarrado y lo estamos pesando.” Los tres que querían regresar, partieron de vuelta, mientras los demás siguieron rumbo al río con la encomienda de Wilfredo de volver al secadero a las tres para empezar a cocinar.

Los que fueron al río, llegaron al secadero a la hora acordada, con el refunfuño de Irmita por haber tenido que regresar tan temprano tras una larga caminata. Cuando empezaban a hacer los espaguetis, se apareció René, guiando al puerco con una soga, más sus acompañantes. Ahí mismo le volvió el estrés a Wilfredo, preocupado porque en matar al puerco y cocinarlo les cogería la noche. Pero René insistió en hacerlo, Mery apoyó a René y Wilfredo cayó en una cuenta: cómo impedirle a aquel hombre, que había estado tanto tiempo alejado de Cuba por una razón tan altruista, que hiciera algo de tanta cubanía como era matar un puerco y asarlo en medio de un lomerío. Quedaron entonces en que Wilfredo, Irmita, Olguita y Mery harían los espaguetis, mientras René y sus otros acompañantes, con la ayuda de la gente de la casa, se encargarían del puerco. En esos trabajos transcurrió parte de la tarde en el secadero.

Allá en el Caracas, cuando los cinco de la merienda llegaron a la cima, se tiraron en el suelo, sacaron un nylon ecológico y comenzaron a preparar la merienda. Haciendo un conteo rápido, nos dio unas setenta personas las que estaban en la cima en ese momento. Se demoraron un rato hasta que al fin se anunció el “tiroteo”, aunque algunos no comprendieron el significado que esa enigmática palabra tiene en Mal Nombre. El menú estaba conformado por galletas con dulce de guayaba, galletas dulces “cómicas”; más y más galletas, refresco y unas latas con leche condensada, que se pasaban de mano en mano; realmente un amplio “manjar” para ser una merienda malnombrista. Poco a poco la gente fue cogiendo hasta que nadie faltó.

Mientras tanto, la construcción del pedestal continuaba. En un momento, Oscar me llamó aparte y me dijo que Andrés estaba algo estresado porque había mucha gente encima de él dando opiniones de cómo hacer el pedestal. Traté de despejar un poco el área del monumento y luego le comenté a Andrés lo que me dijo Oscar. Entonces Andrés me respondió´: “El que me tiene estresado es Oscar.”

A esa altura de la tarde, un problema nos preocupaba: la subida de Andrés al día siguiente, pues el tramo que recorrió a pie después de bajarse del mulo significó una tirada bastante fuerte para él y no debía someterse nuevamente a la misma prueba. Una fuerte agitación podía traer graves consecuencias en quien había padecido un infarto no hacía mucho. Una solución surgió entre los malnombristas: el Rafa y Oscar bajarían hasta el secadero en la tarde y luego subirían con una tienda de campaña, ropa para dormir y comida para la noche, para acampar los tres en la cima del Caracas. Con la decisión tomada, partieron los dos, loma abajo.

Poco a poco la gente comenzó a abandonar la cima para regresar al secadero. Abraham tenía una rodilla “chillando gomas” y le di una muleta que usé en la subida. Quedamos solo unos diez o doce sobre el redondel de la cumbre. Mientras Andrés trabajaba, comenzó entonces un fuerte “cuero” entre Gladys y yo, que se extendió por un largo rato. El ocio de esos minutos dio pie a emplear el tiempo de esta “amena” forma. Mientras nos tirábamos uno al otro, Magela dormía enroscada de tal forma que parecía una contorsionista. El ocio de los que allí estábamos propició que el frío se nos fuera colando entre las ropas. Finalmente decidimos abandonar la cima y dejar solo a Andrés, porque corríamos el riesgo de que nos cogiera la noche en plena bajada, lo cual sería funesto.

La tirada hasta el majagual fue bastante relajada, salvo algunos patinazos en las fuertes pendientes fangosas. Allí hicimos un alto; Yaser y yo lo aprovechamos para descansar sentados sobre un tronco caído. En plena conversación, el tronco se rajó y Yaser, que estaba más cerca del extremo, logró caer sobe sus pies, en cambio yo no corrí la misma suerte. Como estaba en voladizo, salí disparado loma abajo, y tras dar un brusco giro, caí sobre la ladera unos metros abajo, en lo que se da en llamar “cuatro patas”. Al verme “volar”, Dayana gritó asustada “Cójanlo, cójanlo”. En mi última posición, quedé mirando al grupo muerto de la risa y me gané unas fotos en aquella pose.

Después del pintoresco trance, continuamos la marcha. Cerca del entronque del extremo del firme, en un tramo de hierbas, nos topamos con el Rafa y Oscar, que ya iban de vuelta a la cima. Como la tarde iba cayendo, no nos demoramos mucho en el encuentro y ellos continuaron loma arriba mientras nosotros seguíamos en bajada. Pasamos el entronque, doblamos a la derecha y comenzamos a descender la ladera, ya confiados en que llegaríamos de día al secadero. Así lo hicimos al rato, completando la llegada de la tropa al secadero.

El secadero ya era todo un campamento. Las tiendas de campaña, con su colorido, se apretujaban dando poco espacio para circular. A los pocos que no teníamos tiendas nos quedaban algunos claros al inicio del secadero. Otros ya tenían su sitio reservado dentro de la casa campesina. Juan Bautista, el buen venezolano, armó su hamaca para la noche. A Edgardo y a Luis Manuel, el grupo Tres de cocina los cobijó en una tienda grande, en hospitalario gesto.

Aún sin llegar la noche, la comida estaba lista. Una buena cantidad de espaguetis, metidos en un nylon ecológico, carne en salsa y refresco, conformaban el menú. A ello se le agregaba el puerco gestionado por René, que aún no estaba listo. Pero el hambre no estaba para esperas.

Con el oscurecer, comenzamos a disparar el tiroteo. Priorizando primero a los niños y después a las mujeres, como se acostumbra en Mal Nombre, entre Wilfredo, Daniel, Mery y yo repartimos la comida. La suma total de comensales llegó a setenta, pues incluimos a los lugareños.

Tiroteo nocturno en el secadero del Roble.

Tiroteo nocturno en el secadero del Roble.

Ya en plena noche, me anunciaron que en la cocina de la casa estaba listo el puerco para repartirlo. Fui hasta allí a tirotearlo. A través de una ventana fui dándole la cuota a cada uno de aquel puerco hecho en fricasé.

Al concluir todos los tiroteos, la gente fue buscando su lugar para dormir, pero un grupito de malnombristas nos sentamos en una esquina del secadero y allí armamos una descarga a guitarra. Alfredo, el primo del Gaby, Abraham y hasta yo, con mi mala ejecución, servimos de acompañantes con la guitarra, mientras Silvio se robaba el show de los autores por nosotros interpretados. Un momento especial vivimos al cantar “El necio”. Olguita y René estaban sentados cerca como dos tórtolos y ya los habíamos invitado a sumársenos. Tal vez por alguna timidez o por no perder su momento romántico, se habían mantenido a distancia, pero al cantar el Necio, se pararon y la corearon con nosotros. Al terminarla, aproveché para instar a René a que nos contara cómo se aprendió la canción, lo cual hizo buenamente. El caso es que él se fue de Cuba antes que Silvio estrenara la canción, por eso no la conocía. Gerardo, en el tiempo en que estuvieron juntos en El Hueco, le escribió  la letra y le enseñó la melodía.

Al acostarnos los cantantes sobre las once de la noche, el silencio se apoderó del secadero. Terminaba así la primera jornada de trabajo en la construcción del monumento. El clima se había comportado especial: ni lluvia ni sol. La siguiente jornada se presagiaba llena de emociones.

Domingo 2 de junio del 2013

A las cuatro de la mañana me desperté, desvelado una vez más, como se había hecho costumbre en mí en las semanas de intensa organización, previas a la excursión. Tras unos minutos de infructuoso intento por volverme a dormir, opté por emplear el tiempo de una manea útil: componer unas décimas para recitarlas al inaugurar el monumento.

A las cinco y media, el grupo Tres de cocina, liderado por Ana, Mary y Gladys, se puso en pie y comenzó a preparar el desayuno. Poco a poco, mientras andaba yo en pleno esfuerzo de composición poética, el temprano amanecer oriental se fue asomando, hasta que a las seis en punto, mi reloj hizo sonar su despertador.

“De pie” comencé a vocear por todo el secadero. La gente fue respondiendo al llamado y poco a poco las tiendas de campaña se fueron vaciando de inquilinos. No faltaron las anécdotas nocturnas, como el ronquido de Edgardo y su defensa de que lo hicieron dormir boca arriba sin posibilidad de moverse, o las tres veces que Juan Bautista se cayó de la hamaca.

Sobre las siete de la mañana el tiroteo estaba listo. El Tres repartió la cuota de cada uno y después se intensificaron las acciones de la tropa por alistarse. Algunos recogieron sus tiendas de campaña, aunque la mayoría de ellas quedaron alzadas para ser desmontadas a la vuelta.

Antes de las ocho de la mañana, Edgardo estaba listo con el busto de su Comandante en brazos. De esa forma sería bastante incómodo para él llevarlo hasta la cima, por lo que vacié mi mochila y entre los dos colocamos el busto adentro. Ahora lo podría cargar mucho más cómodo en la espalda.

Poco a poco la gente fue partiendo loma arriba. La mayoría de los del grupo Dos de cocina se estrenaban en la subida, por haberse quedado el día anterior en el secadero, cumpliendo con sus deberes culinarios. Ahora ya se veía a Olguita encima del mulo, cabalgando camino arriba.

Por grupos fuimos venciendo la pendiente que lleva al firme. Este tramo estaba menos enfangado que el día anterior, pues aunque el sol estuvo oculto, el viento que batía sobre el despejado camino contribuyó a que se secara con mayor rapidez.

Al llegar al firme, seguimos por este hacia la derecha sin tropiezos. El tramo de trillo bajo la vegetación seguía enfangado, pues el viento allí no batía. Yo iba calzando mis tenis, pues la inauguración del monumento a Chávez merecía un mejor “porte y aspecto”. En el majagual me encontré con el grupo de René. Hasta allí había llegado Olguita en su mulo, pero me preocupaba que debía continuar a pie, como lo hizo Andrés el día anterior.

Comenzó entonces el tramo más duro por su inclinación y enfanzagón. Con el entrenamiento del día anterior que varios teníamos, fuimos rebasando los trances más complicados sin caídas aparatosas; solo contando con algunos resbalones. La gente de René se fue quedando detrás, sobre todo cuidando el ascenso de Olguita.

Antes de las diez de la mañana unos cuantos ya nos hallábamos en la cima del Pico Caracas. Edgardo llegó con contracciones en los músculos. Tras el encuentro con Andrés, el Rafa y Oscar, escuchamos sus historias de la acampada en el lugar. Cuando Andrés se quedó solo en la cima, aprovechó para emparejar con piedras la parte baja del pedestal. Comida tuvieron suficientes los tres para matar a gusto el hambre. Ya de noche, el trío se coló dentro de la tienda de campaña, pero como la tienda era de dos, la apretazón adentro era grande y Andrés decidió salir a dormir fuera, enroscado en unos cuantos nylon que llevó. Así pasó la noche nuestro escultor, sin que el frío le hiciera mucho daño. Cuando amaneció, Andrés se puso pronto en pie y gracias a sus laboriosas manos de artista, la nariz de Bolívar volvió a tomar forma, como si nunca se hubiera dañado.

En la mañana, la cima continuó llenándose de gente. Los de la Televisión Serrana junto a José Armando el del Partido y los de Flora y Fauna, con Sara, la Directora del Parque Nacional Pico Turquino al frente, ya estaban allí. Todos ellos durmieron en el campamento de Flora y Fauna, ubicado del otro lado del firme.

Con el pedestal listo, Andrés decidió colocar ya el busto. Le comenté que faltaba gente, pero me dijo que no debíamos esperar, que después de ubicado, se le colocaría algo por encima para que fuera develado cuando no faltara nadie. Entonces juntamos varias manos con gusto hasta que el rostro impecable de

Las manos se juntan para colocar el busto de Hugo Chávez.

Las manos se juntan para colocar el busto de Hugo Chávez.

Chávez quedó erguido junto al Libertador. Edgardo colocó una pequeña bandera venezolana para cubrir el rostro de su Comandante. Detrás de ambos monumentos, atadas a los árboles, dos banderas cubanas, una venezolana y la de Mal Nombre -esta algo más pequeña- completaban el conmovedor panorama. Una tercera bandera cubana se hallaba posando sobre otros árboles, hacia el oeste.

Llegaron René y Olguita más rápido de lo que imaginé. Realmente a ella no le fue tan mal; tenía más resistencia de lo que yo pensaba y su rodilla respondió sin problemas. Ahora faltaba un cuarteto formado por Alfredo, Lizet, María Teresa y Orlando. Para María Teresa el reto había sido grande. Ella tenía una experiencia algo amarga de pequeña, cuando en una subida al Turquino se perdió con Ale, Mary, Carlos Sierra, Karina y su padre. En esa ocasión los cogió la noche por el camino al río Palma Mocha y tuvieron que volver al firme de la Maestra para luego enrumbar hacia el campamento del Joaquín. Ahora ella estaba subiendo por segundo día consecutivo al Pico Caracas.

Como la llegada de los últimos demoraba y la gente se impacientaba, nos  organizamos en un ruedo, unos sentados y otros de pie. Le pedí entonces a Juan Bautista que narrara todo lo ocurrido aquel día en que salvó a la Revolución Bolivariana.

Juancito, como le decían sus “compas”, comenzó dándonos los antecedentes de aquella jornada. Él era un chavista y distribuía medicamentos en las farmacias militares. Previo al día señalado lo habían colocado en el Fuerte Tiuna atendiendo los servicios de las casas de descanso de los oficiales. Aquel trece de marzo notó algo diferente en el ambiente. A él, que siempre lo habían tratado los oficiales con cierta deferencia, comenzaron a tratarlo en un tono seco. Otra cosa que le llamó la atención fue que las casas de descanso de los oficiales estaban vacías. Trató entonces de averiguar qué pasaba. Por fin logró conocer por uno de los oficiales con los que tenía más confianza, que tenían a Chávez prisionero.

Juancito cuenta cómo salvó a su Comandante.

Juancito cuenta cómo salvó a su Comandante.

De inmediato Juancito empezó a hablar mal de Chávez, para ganarse la confianza de todo el que estaba en función del golpe de estado. Así pudo llegar a su Comandante y en un desliz de sus custodios, lo instó a que escribiera algo. Como a Chávez le habían dado con qué escribir, en el intento infructuoso de que firmara su renuncia como presidente, le hizo dos notas a Juan Bautista, una para la familia de Juancito –por si no salía vivo del trance– y otra para las fuerzas leales, con ciertas palabras cifradas.

Al terminar Chávez las notas, las echó entre los papales sucios. Juancito recogió entonces la preciosa carga y al alejarse del lugar, extrajo ambas notas y partió del Fuerte en una camioneta que tenía asignada. Por el camino recogió a una mujer a la que le pidió que lo llevara hasta donde estaban los paracaidistas. La idea se le había ocurrido al recordar que Chávez, en su tiempo de militar, había permanecido un tiempo con esta fuerza.

Al llegar a donde estaban los paracaidistas, el jefe de la guarnición le hablaba a la masa de soldados y oficiales. Entonces Juancito pidió que lo interrumpieran para que le entregaran el mensaje. El alto oficial por fin pudo leer la nota y ver un croquis que también había hecho Chávez del lugar donde lo tenían apresado, del cual Juancito no se había percatado. Lo demás era más conocido: la llegada de los paracaidistas, el recate de Chávez y la llegada a Miraflores del Presidente legítimo. Juancito había salvado la Revolución y hacía el cuento como si contara una travesura de muchacho. Después recibió varias amenazas por lo que había hecho, y como su vida corría peligro, fue enviado a Cuba.

Antes de concluir Juan Bautista, el cuarteto retrasado ya había llegado. Es decir, no faltaba nadie en la cima. De Mal Nombre, solo se quedó en el secadero Abraham, pues su rodilla no estaba para otra fuerte subida.

Comencé entonces a hacerle preguntas a René para dar pie a que nos contara. René comenzó a hablar desde su estatura, como creciéndole metros al Caracas. Contó cómo nació la hermandad de los Cinco, de los tres días de angustia tras el arresto, pensando en Olguita y las niñas, el saludo de Irmita al verlo pasar esposado, las jornadas del juicio, la prisión de Olguita, el piropo que le dijo con aquel traje de prisionera, la impiedad del imperio con ellos, las condiciones del hueco; todo tan sencillo, como si su gesta fuera el más simple de los pasos de un día cualquiera.

René nos habla en la cima.

René nos habla en la cima.

Habló de la filosofía del imperio: tratar de aplastarte con todo su poder para que te sientas humillado. Pero él sacó como conclusión que era todo lo que tenían; si querían, podían destruirlo, matarlo, pero les faltaba la moral: No tuvieron moral en el arresto, ni en el juicio, ni cuando estuvieron en el Hueco, ni durante los catorce años de prisión, ni siquiera durante el tiempo que estuvo en libertad supervisada. Habló también de la necesidad de seguir luchando, sobre todo por Gerardo, que tiene la condena de por vida. Hablando René, la emoción iba subiendo de tono, se sentía en el ambiente, se respiraba.

Llegó entonces el momento de develar el busto. Las manos de René por un lado y las de Edgardo por el otro descorrieron la bandera, para quedar por siempre a la intemperie el rostro de Chávez. Y de momento, entre las nubes tumultuosas del día, nos llegó a la cima un rayo de sol, algo mágico, insólito en aquel cercano mediodía; un rayo de luz bolivariana y cubana, un símbolo de que no ha muerto quien nunca debió morir tan temprano. Allí estaba inmenso, junto a Bolívar, el entrañable amigo de Cuba, entre venezolanos y cubanos, para quedar por siempre sobre los mil doscientos noventa y dos metros de altura que ostenta el Pico Caracas. Ese era nuestro homenaje, el de René y Olguita, el de Edgardo, Juan Bautista y Luis Manuel, el de Andrés y Mal Nombre, el de Flora y Fauna y los granmenses, el de Cuba y Venezuela.

René y Edgardo develan el busto de Chávez.

René y Edgardo develan el busto de Chávez.

Luego cantamos el himno nacional de Venezuela; lo que nos aprendimos durante el viaje, “Gloria al bravo pueblo…” Y Edgardo, con un celular haciendo oír la voz de Chávez, cantando aquel himno. Nosotros coreando y Edgardo callando de la emoción que no le dejaba cantar y nosotros callando también a ratos, y los ojos aguándose, y los nudos en las gargantas, y Chávez tronando su himno desde el celular, y la cima del Caracas creciendo.

Al terminar el himno venezolano, se escuchó atronador: “Al combate corred, bayameses…” Y cantamos todos, cubanos y venezolanos, estremeciendo la cima. Cantamos como expulsando lo poco que quedaba aguantado, como un desahogo de emociones en voz alta. Voceamos hasta soltar “…a las armas valientes corred.”

Habló entonces Edgardo como pudo, con pausas. Dijo de aquel símbolo en aquella cima caraqueña, Chávez junto a su padre el Libertador. Cómo Bolívar nunca pensó solo en Venezuela, sino en América, y Fidel ensanchó el horizonte hasta África. Si la batalla del siglo diecinueve fue Ayacucho, la del veinte fue Cuito Cuanavale, y la del veintiuno, ojalá no sea de grandes pérdidas humanas, sino de alfabetización, de educación, de cultura, de justicia.

Terminó Edgardo, y de inmediato, aquel despertar madrugador que tuve, se disparó en las décimas que declamé ante todos:

“La Maestra serranía

le dio a Caracas un alto

y a su cumbre, cual asalto,

subió Bolívar un día.

En libertaria porfía,

lanzó hacia el sur su mirada,

y otro día de alborada

su hijo Chávez subió

y su mirada juntó

con fuerza de llamarada.

Así, con igual destino,

los dos gigantes están

y de su cumbre verán

a Martí allá en el Turquino.

Allí, donde abrió camino

Fidel en son guerrillero,

tiene América un cimero

lugar, que en luz se rebela,

donde Cuba y Venezuela

se dan un abrazo entero.”

Y un abrazo grande le di a Edgardo al terminar, y atraje también hacia mí a René y nos abrazamos los tres, y a Andrés, como fundiendo algo sólido, puro, eterno.

Luego, el relax llegó sobre la cima. Las fotos, la alegría compartida de haber cumplido la misión, el regocijo de no fallarle al mejor amigo de Cuba, la huella que allí quedaba para otros y para nosotros mismos, para los que ascendieron el lomón de Caracas en busca del padre y el hijo, del Libertador y el Comandante, de Chávez y Bolívar.

René fue asediado en fotos de grupos, subgrupos, dúos y hasta individuales; los bustos, también. Mientras las cámaras se activaban, las líderes del grupo Tres prepararon y “tirotearon” la merienda, que esta vez era la típica de Mal Nombre: un trozo de turrón de maní. Los de la Televisión Serrana le sacaron entrevistas a aquel tiempo. Ibrahim, por su parte, tampoco paraba de filmar, aunque su hombro derecho andaba ya algo adolorido. Terminaron las fotos con aquel gran grupo unido, aquella mezcla de humanos movida por un homenaje.

Poco a poco la cima fue quedando despejada. Los de Flora y Fauna, antes de partir, me pidieron que los esperáramos en Minas del Frío, por si al llegar nosotros ellos aún no estaban. Su ruta sería diferente a la nuestra, por haber acampado en el campamento de Flora y Fauna. Pero ellos debían bajar de la Sierra en nuestros camiones.

Algunos malnombristas nos quedamos, viendo a Alfredo cumplir la tradición de otros tres bustos: escribir “MALNOMBRE” en la base, por detrás. Algo complicada se hizo la escritura, pues la mezcla húmeda anegaba las letras acabadas de escribir.

En ese ínterin, Lizet sacó la carne de puerco que le había tocado ayer. Ahora, a plena luz del día, pudo ver bien que en la repartición le había correspondido nada más y nada menos que la mandíbula del puerco. El agudo galillo que ella tiene se prodigó de insultos y exclamaciones. En su exaltación, no paraba de hablar y de enseñarnos los dientes y las muelas del animal. Por supuesto que aquello era una crítica a mí, pues fui quien repartió cada ración. El drama terminó en un puro “cuero”, en el que se alegaba que le habían dado perro en vez de puerco.

Mientras tanto, su novio Alfredo continuaba inmutable en su labor de escribir MALNOMBRE detrás del monumento. Al concluir el pintor, nada más quedaba por hacer, y partimos, en un hasta luego, pues quedaba el compromiso de volver allí el próximo cinco de marzo, en el primer aniversario de la muerte de Chávez.

Chávez y Bolívar en la cima del Pico Caracas.

Chávez y Bolívar en la cima del Pico Caracas.

El regreso fue tranquilo, aunque habíamos decidido recoger en la tarde y partir hacia Minas del Frío. César aprovechó un mulo libre y descendió sobre él desde el tramo de hierba del firme hasta el secadero. Entre los malnombristas que íbamos a la zaga, yo me retrasé un poco y Dayana más aún. Al llegar al majagual, esperamos por ella, pero no estaba muy distante. Seguimos recorriendo el firme, llegamos al entronque y comenzamos el descenso final hasta el secadero. Nos topamos con el hermano de Freeman y su novia y estos se fueron quedando de últimos. Finalmente llegamos todos al campamento y nos sumamos a la recogida.

Los venezolanos partieron rápido del secadero rumbo a Minas del Frío. Abraham partió con ellos para evitar que su maltrecha rodilla lo retrasara. Abelito, uno de los que acompañaban a René, me preguntó si no veía mal que los transportes descendieran hasta el río a recogernos, para no tener que subir a pie hasta Minas del Frío. Lo pensé un instante y acepté su ofrecimiento.

En plena recogedora, les regalamos a los campesinos que allí vivían gran parte de los suministros que nos sobraron. Como el grupo de cocina del día había utilizado sal de los lugareños, les prometimos devolvérsela en Minas del Frío. Para ello, una mujer nos acompañaría hasta allá en una yegua blanca. René había ido a la aguada cercana a llenar algunos pomos de agua. Olguita me pidió que fuera a ayudarlo y al llegar a la aguada, lo hallé sumergido en un interesante monotema con varios malnombristas. De regreso al secadero, Ale aprovechó para hacerle algunas preguntas.

Tras la despedida de los campesinos, partió el grueso de la nutrida tropa rumbo a Minas del Frío. Olguita y Andrés iban en sus mulos, Ulloa iba en otro mulo y la guajira avanzaba sobre su yegua blanca. Caminamos juntos en una gran masa hasta el menguado río. Allí hallamos a Oscar y a Martica dándose un saludable baño. Pero los transportes no se hallaban por todo aquello.

Cruzamos el río y comenzamos a andar la respetable subida. Bien pronto la tropa se fue estirando. El cansancio comenzó a aflorar, ayudado por el sol que se nos echaba encima. Cada pendiente se ascendía con la ilusión de que al llegar a la altura visible, el terraplén cedería en su inclinación. Pero era solo un deseo, pues aquello no cesaba en su pendiente. País, el más obeso de la tropa, no desperdició una invitación de la mujer de la yegua blanca y ascendió un tramo sobre la bestia.

Por fin los transportes aparecieron a la vista, y con ellos, los compañeros del Gobierno Provincial de Granma que nos habían recibido en Las Mercedes el día de la llegada. Allí estaban los dos camiones y varios jeeps. La gente de René y los venezolanos se juntaron alrededor de los jeeps y los malnombristas junto a los dos camiones. Poco a poco nos fuimos montando, hasta que partió la caravana de transportes loma arriba, a vencer el tramo que nos falta hasta Minas del Frío. Los camiones iban a la delantera.

Los que íbamos en el primer camión presenciamos cómo este le “fajó” a una recia pendiente. A mitad del ascenso vimos un terraplén que se desviaba por la derecha, pero el chofer continuó recto hacia arriba. Cerca de la cúspide, las gomas comenzaron a patinar sobre piedras y algo de fango. En un momento comprendimos que sería imposible la subida. De repente, el camión comenzó a retroceder, loma abajo. La tensión subió de tono, tanto en nuestro camión, como en el que venía detrás, pues sus ocupantes estaban presenciando claramente lo que pasaba. A la par, el jeep donde iba René con su gente adelantó por la izquierda al segundo camión.

En un instante sentimos cómo el chofer “clavó” la primera para detener el descenso, pero de inmediato, el camión volvió a ceder. El panorama sobre la cama del camión era cercano a lo tétrico. Miladys lloraba por Celia, Eduardo gritó desde atrás “Chofer, pon la primera y déjalo caer”; y yo, parado en la derecha de la parte delantera de la cama del camión, le grité al acompañante: “Dile al chofer que pare, para que se baje la gente”. Pero el chofer parecía seguro de lo que hacía y evidentemente confiaba en el camión que manejaba. Dejó caer el camión dos o tres veces más y en cada ocasión lo detuvo por un instante con la caja de velocidades. Finalmente llegó hasta la entrada del terraplén que cogía por la derecha, puso primera y el camión comenzó a vencer la altura por esa dirección.

Al poco rato el peligro había pasado y el aliento volvió a todos. Los demás transportes siguieron la nueva ruta que nos había sacado del atolladero. Continuó así la caravana ascendiendo por aquel terraplén que surcaba firmes y laderas y propiciaba hermosas vistas del lomerío, hasta que nos detuvimos junto a la unidad militar de Minas del Frío cuando eran alrededor de las cuatro de la tarde.

Al bajar y penetrar en la unidad, nos llevamos la grata y oportuna sorpresa de encontrarnos con una larga mesa esperando por nosotros. En ella las frutas abundaban, y a su lado, dos cantinas, una con agua fría y la otra con refresco, completaban la oferta.

Saciamos levemente el hambre y suficientemente la sed. Luego sacamos las provisiones que habíamos dejado en el cuarto de la Comandancia, le di parte de ellas a la guajira de la yegua y lo demás nos lo repartimos los malnombristas, pues sería suministro oportuno para la guerrilla del verano.

Un problema se presentaba de momento: no había llegado la gente de la Televisión Serrana. Los del gobierno me dijeron, que, según la gente de la zona, había un camino que llevaba directo desde el campamento de Flora y Fauna hasta San Lorenzo, sin tener que pasar por Minas del Frío. Pero les insistí en que los de la TV me pidieron que los esperara.

Raine tenía la intención de hacer un documental sobre la guerrilla. Al no tener cámara de filmación, le pidió a Ibrahim que filmara algunas entrevistas que él haría. De este modo, Andrés, Alfredo y yo respondimos en las afueras de la unidad a las preguntas de Raine, en lo que Ibrahim filmaba aquellos momentos. Mientras me tocaba el turno, uno de los camiones partió con parte de la tropa malnombrista. Al terminar mi entrevista, me molesté por aquello, sin saber aún quién era el responsable. Después supe que fue una iniciativa del chofer, aunque nadie del grupo lo paró.

Finalmente René y su gente, los venezolanos y los malnombristas nos despedimos de la gente de la unidad y también entre nosotros, pues desde allí Mal Nombre iría para una villa que nos tenían reservada y los demás se dirigirían a Bayamo, a un encuentro con las autoridades de la provincia. Terminaba así la guerrilla conjunta de aquel conglomerado, tras dos días de unir esfuerzos en pos de un valioso objetivo común.

Partieron los jeeps y quedó el último camión a la espera, hasta que al fin se aparecieron los de la TV Serrana, mostrando una imagen nada halagüeña. Luisito, el camarógrafo, tenía una pierna en “candela” y tuvo que ser cargado en mulos un tramo del recorrido. Por su parte, José Armando, el del Partido, que los acompañaba, caminaba con dificultades. Por fin nos montamos ellos y nosotros en el camión y partimos de Minas del Frío.

El  trayecto significaba la despedida de la Sierra Maestra. Fuimos descendiendo el lomerío hasta llegar a San Lorenzo. Allí estaba parqueado el jeep con la gente de René. Parece que en su visita la ida quedó un compromiso de dedicarles más tiempo. Al rato de continuar nosotros, el jeep se nos pegó por detrás y nos acompañó un tramo. Pudimos saludarnos desde nuestros transportes.

Rebasamos Las Mercedes y seguimos buscando llanos. Como la tarde estaba despejada y nos separábamos de las montañas, comenzamos a ver una buena imagen de la Sierra Maestra. Allá estaba el Turquino, erguido majestuoso sobre el resto del lomerío, empinado sobre su firme, que le llega transversal al firme de la Maestra. Tuvimos su visión durante un buen trecho del camino.

Al llegar al poblado El Caney de Las Mercedes, doblamos a la derecha, justo donde se halla la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos; allí el Che realizó su primer trabajo voluntario. Dejamos la Ciudad Escolar a un lado, rebasamos unos edificios, giramos a la derecha y nos detuvimos frente a una villa recreativa de Educación. Allí nos dio la bienvenida el Primer Secretario del Partido del municipio Bartolomé Masó. Él fue la persona de Granma con quien hablé por primera vez de la idea de la colocación del busto. Lo llamé a principios de mayo para pedirle la arena del monumento y un camión que nos adelantara a las montañas. El hombre estuvo al tanto de lo que hicimos en los días recientes y reconoció la disciplina del grupo, su comportamiento en todo momento. Nos tiramos unas fotos con él y nos despedimos de los amigos de la Televisión Serrana, quienes partían hacia San Pablo de Yao, la sede de la Televisión.

La continuación de esta historia no debería narrarla, pues “deteriora” la imagen guerrillera del grupo. De eso hablamos, de hacer un pacto de no contar lo sucedido, como si nunca hubiera ocurrido. Pero bueno, las letras se me van y aquí la narro.

Entramos a la villa cargando todo el churre imaginable de dos días de fanguero en la Sierra Maestra, acompañados por el director de la instalación. La villa estaba formada por varias construcciones de una sola planta. Tenía una casa central, varias hileras de cabañas, una piscina a la derecha, el restaurante al final de la piscina y otros locales para cafetería, discoteca y otros usos. Todo estaba cercado y contaba con un bello césped surcado por varias aceras. La mayoría de los malnombristas nos ubicamos en una hilera de cabañas que estaba situada a un lado de la piscina, y en otra hilera aledaña, construida algo más atrás. Había cabañas para dos y para cuatro. Nos repartieron las llaves y fuimos para las cabañas con el compromiso de no bañarnos en la piscina hasta que no nos quitáramos el churre. A mí me tocó una cabaña de cuatro personas, frente a la piscina. Esta tenía una sala con un televisor, un baño con buen porte y dos habitaciones con aire acondicionado cada una y un par de camas con colchones de espuma. Según el Gaby, en su baño había agua caliente, pero nunca se pudo comprobar. De todos modos, aquello era un verdadero “escándalo” para unos guerrilleros llegados de la Sierra Maestra.

Poco a poco fuimos saliendo de las cabañas, pasando por la ducha de la piscina y tirándonos en aquel bello estanque azul con un agua transparente; en fin, “la vida misma”. El resto de la tarde se nos fue en aquel relax, hasta que el llamado de las tripas nos hizo salir del agua, quitarnos el agua con cloro en el baño, vestirnos e ir al restaurante.

En cada cabaña había un cartel que prohibía entrar al restaurante en short y chancletas. Tratamos de cumplir aquellas indicaciones, aunque no todos lo lograron. Alfredo, el pintor, por ejemplo, entró descalzo. Realmente, éramos los únicos huéspedes de la villa y el director mostró flexibilidad por nuestros atuendos.

Como plato fuerte del menú nos ofertaron pollo. También había arroz amarillo, pepinos, refresco, dulce de mango con queso, etcétera, etcétera, etcétera. Todo servido sin que tuviera que poner sus manos nuestro grupo de cocina. No se podía pedir más.

La noche fue cayendo y nosotros llenándonos. Al terminar de comer, unos cuantos hicimos una tertulia alrededor de una mesa que estaba en las afueras del restaurante, y en la conversación, bordeamos el monotema sin llegar a sumergirnos en él. Como a las once de la noche, los exteriores quedaron libres de malnombristas, porque cada cual se entregó a un placentero sueño en un ambiente de aire acondicionado.

Lunes 3 de junio del 2013

Pasadas las siete de la mañana comenzamos a asomarnos los primeros y nos sentamos a tertuliar en unas sillas ubicadas bajo unas matas, junto a un extremo de la piscina. Andrés, Pedro, Eduardo, yo, y otros fuimos haciendo crecer el grupo de tempraneros. Sobre las ocho de la mañana le partimos al desayuno en el restaurante, que tenía como principal manjar un riquísimo yogur saborizado. Algunos muchachones se demoraron en despertarse y hubo que agitarlos.

El día se presagiaba bastante relajado: por la mañana, en la villa, y por la tarde, un recorrido que incluía La Demajagua y Manzanillo, con el cierre en Yara, pues cogeríamos el tren por la noche en la estación de ese poblado, para partir de regreso a La Habana.

La mañana se nos fue en la piscina o alrededor de ella. Andrés se destacó por no tirarse ni una sola vez en todo el tiempo en que estuvimos en la villa. Las cosas en la piscina iban tranquilas, hasta que el aburrimiento del ocio provocó a los inquietos malnombristas. Se formó entonces la “guerrita del pan duro”. Varios niños montaron sobre adultos y se formó el desparpajo. Gaby, aunque bastante crecidito, se montó también, y junto a Coqui, se destacó por “regalar” unos cuantos empujones y agarres por el cuello.

Foto que no debió publicarse. Sobran los comentarios.

Foto que no debió publicarse. Sobran los comentarios.

El director de la villa nos invitó a visitar, a eso de las diez de la mañana, una casa aledaña donde estaban expuestos varios equipos que funcionaban con energía solar. Pero sacar a la gente del agua era casi un sacrilegio, por eso le propuse hacer la visita al mediodía, cuando terminara nuestra estancia en la villa. No obstante fui con el hombre a la casa. Era de una sola planta, de estilo colonial y bastante bella. Allí funcionaban con energía solar un horno, un calentador y otros aditamentos. También había una batería de celdas fotoeléctricas. Un italiano había financiado aquello y el hombre venía de vez en cuando a quedarse en una habitación de la casa. El lugar funcionaba como un centro instructivo, para ganar en cultura acerca del uso de la energía solar.

Después me sumé nuevamente al baño en la piscina. Un grupo de divertidos hizo una rueda en el agua y se meneó todo lo que quiso al compás de una música proveniente de un equipo de audio colocado junto a la piscina. La cercanía del mediodía dictó la hora de salir definitivamente de aquella oportuna y deliciosa piscina. Almorzamos en el restaurante, esta vez carne de puerco. Después recogimos, y como José Armando nos apuraba, no dio tiempo a visitar el centro de energía solar. Nos despedimos del director de la villa, agradeciéndole tantas atenciones, nos montamos en la misma Yutong que nos recogió en la estación de trenes de Yara y partimos rumbo a La Demajagua.

El trayecto hasta La Demajagua nos permitió ver lo anegados de agua que estaban los campos aledaños a la carretera. Los charcos sobre el pavimento completaban el húmedo panorama. No obstante, los cabezazos no faltaron, ni las fotos que nos cogieron a algunos dormidos con unas poses que eran pasto del mejor “cuero”. A mí me colocaron una palito en la boca y así mismo salí en la foto, ante las chispeantes miradas de unos cuantos “cueristas”.

Doblamos a la derecha en el entronque de La Demajagua y nos acercamos por segunda vez en la historia de Mal Nombre al lugar donde se iniciaron nuestras guerras por la independencia. La finca cercada, la casa-museo bella, rodeada de majaguas, el césped de un verde intenso y los sitios más históricos al final de la finca, tenían como complemento las aguas del Golfo de Guacanayabo al fondo del paisaje.

Rebasamos la entrada y en la casa-museo nos esperaba el historiador, que tenía unos sesenta años de edad y había perdido la visión. En sus palabras de bienvenida notamos la pasión que sentía por la figura de Céspedes. José Armando lo corroboró al decir que si el hombre pudiera reencarnar, quisiera hacerlo sin dudas en el Padre de la Patria.

Fuimos con él caminando por la larga acera que lleva hasta la campana y el jagüey histórico. Nos detuvimos en el monumento. Un largo muro de piedra, semejando a un caimán, tenía una abertura en su parte más gruesa y adentro colgaba la histórica campana del ingenio La Demajagua. Delante se paró el historiador y comenzó a narrar los trascendentales hechos ocurridos el diez de octubre de mil ochocientos sesenta y ocho en aquel lugar. Su voz sonaba con un aire de dramaturgia, que le exaltaba la solemnidad a lo que contaba.

Allí fueron llegando desde la madrugada los cerca de quinientos hombres que se juntarían a Céspedes en el histórico grito. Ya en la mañana, el prócer comenzó a hablarles a todos. Fue juntando razones, que el historiador recitaba de memoria. Luego miró Céspedes en la dirección de un árbol cercano, junto al cual se hallaban los esclavos de su ingenio, y el historiador mencionó más de diez nombres de aquellos hombres y mujeres. Entonces la estatura del héroe creció a su máxima altura al decirles a sus esclavos: “Los que me quieran segur, que me sigan, los que se quieran quedar, que se queden. Desde ahora todos son libres.”

El historiador y la campana de La Demajagua.

El historiador y la campana de La Demajagua.

Al terminar su narración, y a sugerencia de Raine, le hablé al historiador. Le conté de los bustos que hemos colocado los malnombristas en la Sierra Maestra. El del Che, el de Bolívar, ahora el de Chávez, y dejé para el final el del Padre de la Patria, como para darle emoción al momento. Al terminar yo, el historiador preguntó de inmediato: “¿Dónde está el escultor?, lo quiero a mi lado.” Allá fue Andrés a juntarse con aquel hombre al que la falta de visión no le impedía conocer cada espacio de la finca. El momento concluyó con un pedido y un compromiso: que Andrés hiciera una escultura de Céspedes de pie, sobre la hierba, en señal de llamado. Andrés entonces alertó de que había que hacer algunas consultas, pues todo el sitial era una obra de arte de un artista, ya fallecido. El historiador y yo nos comprometimos entonces a destrabar cuantos obstáculos se pudieran interponer.

Luego el hombre nos instó a tocar con las manos las ruedas del ingenio, una de las cuales se hallaba curiosamente enlazada entre las raíces del jagüey. Allá fuimos los malnombristas a hacer cerco sobre las añejas ruedas. Después de tocar el hierro, vinieron las fotos.

Un rato estuvimos rondando el lugar hasta que el tiempo nos aconsejó regresar a la casa-museo. Recorrimos con las miradas los antiguos objetos expuestos en sus paredes y entonces me senté a escribir en el libro de visitantes. Esta décima brotó instantánea de mi inspiración:

“Tiene Cuba una raíz,

tan fértil como futura,

como una lanza segura

frente al acoso o el mentís.

Tiene aquel grito el matiz

del gran gesto que fue fragua,

como el torrente de agua

que de lluvia fertiliza.

Siento a Céspedes, su brisa,

batir en La Demajagua.”

Después todos los malnombristas firmamos el libro, nos despedimos del buen hombre y nos montamos en la guagua, cargados de un buen trozo de emoción.

El recorrido hasta Manzanillo se fue tranquilo, entre algunos nuevos cabezazos y la contemplación del llano paisaje. A la entrada de la ciudad, una gran valla recordaba a Celia Sánchez y su vinculación con la ciudad del Guacanayabo.  Llegamos hasta el parque principal y le di cuarenta y cinco minutos a la gente para recorrer los alrededores. La bellísima glorieta estaba en restauración, por lo que no pudimos tirarnos una foto dentro de ella, pero sí lo hicimos con su imagen de fondo. Luego nos dispersamos. Alfredo aprovechó para comprarse un short en una tienda ubicada en la equina del parque. Algunos fueron al Coppelia y otros a una cafetería instalada en una calle aledaña.

Malnombristas delante de la bella glorieta del parque de Manzanillo.

Malnombristas delante de la bella glorieta del parque de Manzanillo.

Cuando el tiempo se cumplió, la mayoría estábamos dentro de la Yutong o a punto de subir. Pero faltaba el grupito del Coppelia. No me dio tiempo a molestarme porque aparecieron a la vista, pero Abraham se demoró un poco más, pues le dedicó un tiempecito al baño. Finalmente instalados todos en los asientos, partimos hacia Yara, cuando ya corrían las cinco de la tarde.

Ya en Yara, fuimos directo hasta el parque principal y allí nos dirigimos a la estatua del indio Hatuey, justo donde se presume que fue quemado. El tamaño de la escultura impresiona y el gesto en el rostro también, mientras las llamas son logradas con unos pliegues del material utilizado. Detrás del bello parquecito que adorna el lugar, una pequeña galería exponía unas pinturas expresionistas.

Nos dirigimos al centro del parque y delante del gran busto de Céspedes que allí se expone, nos tiramos varias fotos de grupo. Luego nos dirigimos al restaurante El Danubio, donde nos esperaban para comer. En la entrada, un lugareño confundió a Andrés con René.

El lugar era bastante acogedor, hecho con un bello toque de cubanía. Unos deliciosos filetes de cerdo nos colmaron los gustos. Hasta unas laticas de refresco se gastaron en nosotros. Salimos de allí bastante preparados a fajarnos con las largas horas de tren que nos esperaban.

Llegamos a la terminal de Yara cuando aún no había oscurecido. Gisela, la jefa de la estación, estaba impuesta de nuestro arribo y pasé unos minutos en su oficina en lo que ella y una asistente llenaban los cuarenta y un pasajes del grupo. En esa operación, la gente aprovechó para posar sobre un vagón de carga, que no tenía ni paredes ni barandas. En un momento en que salí de la oficina, vi el panorama y me sumé a la pose. Un policía, argumentando que estaba en funciones de trabajo, se negó a tirarnos unas instantáneas. En verdad, allí había varios policías velando porque nada nos pasara. Las pintorescas fotos del nutrido grupo sobre aquel vagón quedaron para la posteridad, como recuerdo casi final de un viaje inolvidable.

En la terminal de Yara, a punto de coger el tren de regreso a La Habana.

En la terminal de Yara, a punto de coger el tren de regreso a La Habana.

Al caer la noche, el bueno de José Armando se despidió del grupo, cuando ya había hecho aparición uno del Gobierno Provincial, como para relevarlo y que no hubiera posibilidad alguna de fallo. A las ocho y cincuenta, exactamente a su hora, el tren proveniente de Manzanillo se detuvo en el andén. Nos montamos todos y partimos rumbo a nuestra siempre añorada Habana, dejando detrás un montón de recuerdos.

En esta ocasión, cinco de nosotros iban en un vagón aparte al del grueso del grupo. Alejo hizo un cambio con Roberto para estar con Alejandrito y finalmente los cinco fueron Pedro, Dayana, Hainer, Roque y Roberto. La llegada a Bayamo trajo una ligera demora por engancharse al tren los vagones de esa ciudad. Luego seguimos rumbo a tierras tuneras. Poco a poco se fueron apagando las conversaciones, pues el sueño dijo “aquí estoy”.

 Martes 4 de junio del 2013

El tradicional alto en Camagüey sirvió para hacerles caso a los vendedores ambulantes. Con el traqueteo del tren, la madrugada se fue pasando y las provincias centrales también. Una reunión en la mañana nos sirvió para intentar sacar un “Príncipe o Princesa”, y aunque algunas voces pronunciaron los nombres de Celia y María Teresa, la selección no se concretó porque ambas tenían bastantes méritos. Para los novatos se manejaron los nombres de Alexander, César y Orlando.

Pasando el mediodía y andando ya por tierras matanceras, una llamada al celular de Elizabeth nos trajo una buena noticia. Era Juan Bautista quien se comunicaba para decirnos que nos esperaba en la Terminal de Trenes de La Habana con una guagua de la embajada que nos llevaría hasta nuestras casas. Aquello era un hermoso y oportuno gesto de nuestros hermanos venezolanos.

Sobre las tres de la tarde el tren se apareció en el largo andén de la Estación Central. Al bajarnos, tuvimos que caminar un largo trecho hasta la puerta de la terminal. Al salir, sentimos una gran alegría al ver a Juancito. Junto a él, una cómoda guagua con aire acondicionado nos esperaba. Algunos se fueron con sus familiares. Oscar se fue a pie, dada la cercanía de su casa. País, a pesar de vivir cerca, aprovechó el adelanto de unas cuadras. El resto comenzamos a dar vueltas por La Habana hasta que por último Alejo se apeó frente a su casa, concluyendo así aquel viaje memorable.

Era el cuarto busto de un prócer que Mal Nombre colocaba en una alta cima de la Sierra Maestra. Este tenía la connotación de ser levantado a menos de tres meses del fallecimiento del homenajeado. Era el primer monumento a Chávez erigido en nuestro país. Era la honra merecida al mejor amigo de Cuba. Junto a los hermanos venezolanos, un invitado excepcional había juntado esfuerzos con Mal Nombre: de los cinco héroes prisioneros injustamente en Estados Unidos, justo René, el primero en llegar definitivamente a la patria, a juntarse con el pueblo del que nunca debió ser apartado.

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