Un antes y un después: Topes de Collantes

Por: Alejandro Santoyo. Grupo de la Facultad de Eléctrica de la CUJAE.

25 de Abril de 2013:

 Día 1, Jueves, Pasadas las 7pm

Ya están todos los que deben partir en el primer grupo, ocho en total. Se respira un entusiasmo contagioso que pronto se mezcla con la euforia de tener un nuevo miembro en el grupo: Imprevisto, que llega vestido de megáfono y anuncia inexorable:

-BlaBlaBla…el ómnibus con destino a Cienfuegos se encuentra demorado por desperfectos técnicos… blablabla.

Ya comenzó la guerrilla.

No hay mucho que hacer, bromas gastadas, mordaces comentarios, un poco de veneno oral en cantidades sanas. Todo para que solo una hora después los guerrilleros estén todos adormilados en el semi-cómodo transporte hasta que una masa irredenta de vendedores toma por asalto la tranquilidad del viaje en la escala en la terminal de La Coubre y amenazan más que venden su mercancía, como perfectos acreedores del sobrenombre La Undécima Plaga. Para terminar de aderezar el viaje, aquí y allá un asiento demasiado reclinado provoca contracciones musculares, improperios y despierta instintos asesinos que son rápidamente sofocados por el sueño.

El viaje dura lo suficiente para que nuevos músculos crezcan en la parte posterior del cuello y otros lugares adyacentes, pero algunos han descansado algo y el día que por horario termina, comienza para la tropa con la llegada a Cienfuegos.

La Perla del Sur duerme y sus existencias más sublimes yacen ocultas a la vista. La terminal, descriptivamente un poco descuidada, los recibe vestida de gala: no hay transporte disponible para Cumanayagua en la mañana y la lista de espera hacia Trinidad (que por azar planificado del destino ya va por el número 15) abre a las 3 am.

Terminal de Cienfuegos.

Terminal de Cienfuegos.

Día 2, Viernes.

El peso de la noche, entre dominó, guitarra y el clásico debate sobre cómo arreglar el mundo y sus alrededores inmediatos, pasa imperceptible, mientras el grueso del grupo duerme a ratos, en estimulante complicidad con el piso.

La mañana llega a toda velocidad, la lista de espera nunca abrió (implicación directa: noche en vela innecesaria) y ahora que lo hace solo es para dar razón a los optimistas con experiencia[i] pues los 17 miembros de la guerrilla no alcanzan pasaje.

De manos de Liset, jefa de la expedición y genio en potencia, surge la solución. Celular mediante, la inevitable y sangrienta Batalla del Regateo culmina felizmente con un camión hacia Trinidad (Duda del cronista: ¿Clasifican 50 MN como precio módico?). Por no dormir, los ánimos están un poco agitados y la demora del transporte comienza a hacer tambalear el espíritu y a promover creativas variantes de llegar al destino, que pasan desde ir caminando hasta adquirir un helicóptero. Finalmente, luego de un desgaste neuronal importante y muchas soluciones que implican el suicidio económico, aparece el camión acordado y comienza una nueva parte de la película.

La costa sur es una maravilla que no puede ser descrita con exactitud y deriva en verdad absoluta: estamos en Cubita la bella y aún no hay tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto. Los contrastes bruscos hacen repensar el mundo, casas de madera en precarias condiciones a un lado de playas paradisíacas, envidia de todas las miradas citadinas del grupo. Cada mirada sucumbe ante tanto despliegue indescriptible que llega en forma de imágenes, suspiros, anhelos y otras maravillas subjetivas del realismo mágico cubano.

Un silencio pesado, con evidente perfume a expectante incertidumbre ahoga el ruido del motor: entronque hacia Topes de Collantes. El camión gira y enfila hacia…hacia el Olimpo. Una alegría muda se posa en cada mirada, la complicidad silenciosa pretende hacer olvidar al chofer lo pactado inicialmente (solo el viaje hasta Trinidad). Así como la mirada pesa, el deseo atrae la fortuna. Por 50 pesos (no confundir lo obvio: pesos ≠ CUC) el recorrido pactado se alarga hasta Topes.

Las pendientes del Escambray son como diente perro y el camión anda descalzo. Una tras otra torturan sin compasión al viejo motor que tose asmático y por momentos se detiene, respira profundo, para luego continuar, aún sufriendo espasmos cada vez más violentos.

Las curvas son películas de terror, pero el paisaje se roba sin esfuerzo la atención de la mayoría. El verde majestuoso del lomerío cubanísimo y la inmensidad del mar, imponen su monólogo de sosegado infinito. Cada centímetro de piel es conquistado inevitablemente por aires de paz y la tranquilidad inherente a la naturaleza casi virgen. El olor a libertad y la pureza del monte inundan el ánimo.

Un avizorado mal momento no tarda en llegar:

-¿Seguimos?

La pregunta del chofer saca del éxtasis al grupo y un sentir común de “Acabamos de estafar al camionero”, apoyado por el hecho de que este no ha subido antes a Topes, comienza a generalizarse. Esto se repite un par de veces más, con crecimiento exponencial de la consabida pena y la inherente solidificación de las mejillas de Liset para lograr articular un cruel:

-Todavía, un poco más arriba

Entre abruptas subidas, fotos al paisaje y sobredosis de pastillitas de cumpleaños termina la carpenteriana travesía y el paisaje de la Dirección General de Topes de Collantes y el Kurhotel dominan el momento. Queda un trecho importante por andar (aproximadamente 1 Km, pero de lomas, así que más bien 1 Km * X, donde X es un factor variable inversamente proporcional a las capacidades físicas individuales) hasta la Facultad de Agronomía de la Universidad de Montaña del Escambray, donde la guerrilla tiene planeado pasar la noche.

Con las mochilas y demás equipaje el recorrido hasta la Facultad es una tarea titánica a pesar de ser todo el tiempo carretera. Hacia arriba cada músculo se tensa y todo el cuerpo contribuye al esfuerzo, como si cada paso fuese el último. Hacia abajo son las rodillas las que viven la peor parte y cada metro recorrido es un pasado sombrío que quiere ser borrado del ahora. Para algunos, por inexperiencia o mala planificación, las mochilas compiten por ganar el premio al mayor contenedor que surca los mares actuales. Como ejemplo se incluye un fardo de nada más y nada menos que 37 Kg de peso. Semejante bulto (con sus 37 kilos de mala palabra), gana por derecho propio el honor de ser bautizado como Bernardo (o Jessica si le preguntan al dueño, que se niega rotundamente a cargar a un macho en su espalda) y pasar a formar parte activa de los integrantes y anécdotas de la guerrilla. A pesar de los pesares, el entusiasmo no decae y al surgir la entrada a la facultad en la lejanía los ánimos vuelven a la frescura propia de la juventud universitaria.

El recibimiento en la facultad deja mucho que desear. No todo se había acordado con la debida autoridad y solo gracias a las habilidades orales (¿o psicológicas?) de Liset y al oportuno ofrecimiento de ayuda y alojamiento del vicepresidente de la FEU de la propia facultad, se logra aceptar a los guerrilleros y se les garantiza albergue y comida durante los tres días de estancia. De esta forma Erismany, el vicepresidente de la FEU, pasa a engrosar la naciente lista de héroes del grupo en esta primera experiencia guerrillera.

Tras el necesario acomodamiento de las mochilas y demás en un local, hasta tanto no se decida donde definitivamente se alojará la tropa, la Cueva de la Batata, distante unos 3 Km (entre carretera y trillos), se convierte en el primer destino a visitar.

El interrogatorio intenso a Erismany y Yanami (una amiga de este), que han decidido acompañar a la tropa, sobre la vida universitaria en el Escambray, el encuentro fortuito de un tocororo y la admiración de la naturaleza por unos y las quejas por la caminata de otros, ya llegan los primeros a la cueva y el calor del camino impulsa a los más osados a zambullirse sin mucho reflexionar en sus aguas friísimas.

Para recorrer la cueva en toda su extensión y visitar sus varias pocetas, hay que dárselas de alpinista y desandar una treintena de metros adosándose a la pared por medio de un cable (bendito cable puesto allí por los salvadores de la humanidad o sus descendientes directos) o nadar una distancia equivalente. Los guerrilleros casi todos padecen de forma crónica una misteriosísima enfermedad del frío, así que pronto la cueva experimenta una invasión de sherpas con insospechadas dotes para el alpinismo en interiores con cuerda de seg…o sea, cable de seguridad.

La vista es simplemente maravillosa. Multitud de helechos y otras plantas dan vida a las paredes de la cueva, que solo en su primer tramo está cerrada en su parte superior. Los farallones que ladean la última poceta dan al lugar un aspecto apacible y sosegado, como de recóndito lugar nunca antes visitado por el hombre.

Cueva de La Batata.

Cueva de La Batata.

Cuando ya casi todos los guerrilleros están sufriendo las consecuencias terribles de su enfermedad, unos tiritando a nivel de dientes y otros con la piel en estado de shock, se emprende el regreso, no sin antes realizar, a la salida de la cueva, un almuerzo frugal compuesto por pan (hecho en casa por Mayrelis, la ingeniera automática devenida maestra panadera) y queso, milimétricamente repartidos por la jefa de la expedición (que implanta un dictadura con la premisa de: “No al doble”), que alcanza para silenciar momentáneamente los rugidos estomacales de la tropa.

Al retorno es visitada la Casa de las Historias Topeñas y algunos toman un café de montaña que resulta exquisito pasaporte a las raíces de la cubanía. La venta de plantas ornamentales secuestra la atención de la mayoría y en algunas miradas se pueden detectar pichones e intenciones al estilo Arsenio Lupin, que por suerte, no deciden ejercer sobre el patrimonio vegetal local y los fugaces destellos de pretensiones oscuras no pasan a mayores.

De regreso en la facultad, ya se ha preparado el cuarto que albergará a la tropa y cada cual se agencia el lugar y litera de su preferencia. Tras un baño reparador y la tan necesaria comida, a pesar de un par de aislados intentos de activar la noche (Scrabble, dominó y pantomima peliculera mediante), el cansancio pronto es entronizado por decisión unánime y la mayoría acatan su orden de rendirse al sueño. En esta rendición temprana al plano onírico, se desaprovecha la oportunidad de adquirir una borrachera memorable, pues están vendiendo en el poblado cercano cerveza a 2.50 MN, el arrepentimiento vendrá después y los guerrilleros sufrirán la ira implacable del dios Baco.

Día 3, Sábado.

El de pie es a deshora, no es hasta casi las 9am que todos están listos para desayunar. De la cruda guerrilla planificada se ha pasado al turismo ecológico. En plan vacacional de shorts, camisetas y bikinis, con el corazón contento por el pan en plena digestión, el camino hasta el Salto del Caburní al inicio no parece ser gran cosa. Es solo 1 Km de trillo y luego un tanto más de carretera hasta el sendero hacia el salto.

Ya este último tramo es otro cuento. Un cartelito malnacido proclama una distancia de 45 minutos (3 Km) hasta el destino. ¡Flagrante mentira para el sentido habanero de la distancia! Aquí los metros están multiplicados por un criminal factor que ahora juega malas pasadas. Casi demora una hora y aproximadamente mil y una quejas llegar al salto, justo el tiempo necesario para escuchar de Erismany los cuentos macabros de cuatro accidentes de excursionistas con ínfulas de alpinistas. El ruido inconfundible de la caída de agua se siente desde hace rato y sin preámbulo surge de entre la vegetación la poceta principal. El salto, sin embargo, está unos cien metros más adelante.

Salto del Caburní.

Salto del Caburní.

La vista es impresionante. Los farallones enormes están plagados de exuberante vegetación y una bandada de aves corona sus alturas, formando un coro de riqueza sonora asombrosa. Algunos atrevidos, también con ínfulas de alpinistas pero mucho sentido común, suben hasta el nacimiento de la cascada (tal vez 50 o 60 m de altura) donde hay una poceta de aguas infinitamente límpidas y frías que son la tentación irresistible del momento.

Piscina natural del Salto del Caburní.

Piscina natural del Salto del Caburní.

La poceta es un paraíso natural que hace olvidar el cansancio del camino. La frescura de la vegetación, el canto de las aves, el agua transparente y seductora y el Sol que se filtra por entre el follaje hacen vivir una desenfrenada orgía de tranquilidad y placer en perfecto equilibrio con la flora y fauna topeñas. Parte de la tropa disfruta el calor del astro rey luego de un chapuzón vigorizante y otros atan su destino al agua como si fuera lo último que les faltase por hacer en el mundo. La poceta es profunda y refrescante, pero entre el almuerzo de galletas con mayonesa y la camaradería guerrillera el día pronto se escurre.

En un edificio abandonado en Topes de Collantes.

En un edificio abandonado en Topes de Collantes.

El camino de retorno es arduo, las lomas se antojan difíciles y poner un pie detrás del otro se hace acompañar de una maldición en puro cubano de la más sucia alcantarilla. Un hambre generalizada desvía el regreso hacia la cafetería El Bosque, en cuyos alrededores, en un pinar que rodea la construcción conocida como Aviario, estaba planificada la acampada antes de la posibilidad de albergue en la facultad de montaña. Allí unos panes con tortilla, con auténtico sabor a gloria y un jugo de guayaba enriquecido con abundante agua, calman la huelga estomacal de la tropa y se trastoca en virtual transporte del ánimo hasta la facultad, donde un baño reparador y la tan necesaria comida esperan.

La noche promete. El después de la comida transcurre en la recogida de lo necesario para acampar en el poblado de Vegas Grandes, desde donde a la mañana siguiente los guerrilleros persistirán en su empeño de subir el Pico Potrerillo.

Ya está todo listo y comienza la caminata. Son quizás 2 Km de carretera en modo loma que con las mochilas al hombro son un juego de niños (sarcasmo de por medio) muy recalcitrante y de mal gusto. La música de Habana Abierta, magistralmente reproducida por un celular, más que ayuda evita el cansancio y la distancia desaparece como por arte de magia.

En el césped aledaño a una escuela primaria de Vegas Grandes se arma el campamento, son seis casas de campaña y dado que ha llovido comienza la odisea de encontrar leña para la fogata. Unos fallan estrepitosamente en el intento y de no se sabe que rincón sagrado, violando no se sabe que normas, principios éticos u otras regulaciones similares, el Johnny y René se aparecen con la necesaria madera seca y pronto el crepitar de las llamas reúne a todo el grupo. Se conversa de varios temas pero la bebida turbia (alias vodka con un sustituto artificial y de dudosa eficacia del jugo de naranja) que sirve de combustible no dura y poco a poco, aún temprano, cada quien se retira a su cubil a sabiendas de que hay que madrugar.

Día 4, Domingo

Las 6am. El frío se siente aún dentro de las casas de campaña aunque la diferencia entre interior y exterior es abismal. Con cierta lentitud todos recogen el campamento y se prepara la partida, pero hay un problema.

Danelys tiene asma y necesita un aerosol, el hospital está a una distancia insalvable a pie para ella en el estado en que se encuentra, así que debe esperar en compañía de Johnny a que un alma caritativa en su caritativo vehículo acceda a adelantarlos hasta el Kurhotel. Pasado un tiempo y pasadas varias almas no caritativas que hacen al grupo creerse de vuelta en La Habana, finalmente ambos parten hacia el hospitalito más cercano y el resto de la tropa sigue camino hasta la casa donde, por buena voluntad de sus dueños y gestiones de Liset, podrán parquear las mochilas, para subir Potrerillo solo con lo estrictamente necesario. Allí se toma el desayuno traído de la facultad, consistente en un pan con mayonesa y jamonada y un líquido de dudosa presencia, cuyos ingredientes (azúcar, cinco litros de agua y tan solo una lata de mermelada de mango) implican que solo a lo lejos o con papilas gustativas de acero inoxidable, la vista y el sabor puedan ser confundidos con jugo de mango. No obstante no hay quejas y cada cual devora más que come, pues la combinación de hambre y montaña hace al gusto menos exigente.

Danelys y Johnny están demorando y hay preocupación en el ambiente. En primer lugar porque no se tienen noticias del estado de su salud desde que salieron y en segundo porque la subida a Potrerillo no se puede retrasar mucho para no imposibilitar la visita al Salto de Vegas Grandes en la tarde.

Un celular advierte que ya vienen en camino, todo salió bien y la guerrillera asmática decide vestirse de Guerrillera Heroica y ser digna émula del Che: “Espérenme que subo la loma con ustedes”.

Sobre las 9am ya caminan hacia el pico destino. Hay tres bajas, dos muchachas y el novio de una de ellas prefieren renunciar a la subida y esperar el grupo en el salto. Pocos han leído Descamisados, no corre el año 1958, ni una guerra de liberación se lleva a cabo, así que son liberados sin el odioso mote de rajados. Un topeño se ofrece de guía y comienza a abrir paso entre el campo trasero del caserío con todo el grupo siguiéndolo muy de cerca.

La primera hora de camino aproximada, transcurre entre subidas y bajadas de pendientes no tan abruptas, pero el trillo es poco transitado y no facilita el recorrido. El tibisí y el chichicate tienen alerta a la tropa, que no quiere salir magullada y mucho menos vencida por el monte.

El silencio de la marcha es roto por bromas de cualquier índole y conversaciones más orientadas a desviar la atención del cansancio y lo que falta, que a abordar tema alguno. Hay solo dos mochilas en el grupo con provisiones básicas (agua, barras de maní, chocolate, una o dos vendas) y justo 10 minutos después de iniciar el ascenso la voz de Liset retumba imperiosa:

-¡Cambio de mochilaaa!

Con esta sui generis orden se implanta un régimen de cambio de mochila cada diez minutos, que evita el desgaste de miembros únicos de la tropa por la carga de un peso que es de todos.

Pasada la primera hora de subida ya Pico Potrerillo muestra los dientes. El trillo es cada vez más tupido y hay que desempolvar y mejorar en grado sumo las lecciones de alpinismo de la Batata y el Caburni, sortear rocas, atravesar estrechos de dura piedra y hasta semi-escalar alturas sencillas, pero que tras hora y tanto de lomas y la visión de un despeñadero contraindicado para el que desee mantener su integridad física, se presentan como diminutos Everest que vencer con sentidos esfuerzos.

En camino a Pico Potrerillo.

En camino a Pico Potrerillo.

La riqueza natural del paisaje, una inobjetable maravilla visual, por momentos hace olvidar la tortuosa meta y acapara la atención de los más observadores. La costa sur siempre hermosa, en inefable contraste con el verde montañoso, la multitud de plantas y flores cubanísimas que Joanna, Liz y Liset nombran, admiran y casi quieren engullir o llevar de forma masiva (¿o furtiva?) a sus casas, el canto de multitud de aves entre las que siempre destaca el tocororo y el aire puro del Escambray, conforman una cofradía misteriosa digna de los mejores recursos de la lengua española.

La ebriedad ecológica solo se sufre esporádicamente, pues Potrerillo es mucho pico y se deja sentir en todo momento. Ya falta poco para la cima. Un guerrillero ha quedado en el camino pues una rodilla inflamada y adolorida le impide seguir, so pena de comprometer su salud y la posibilidad de realizar el descenso por sus propios pies. A pesar de los contratiempos, ya el sendero se abre cada vez más al paisaje y luego de un par de acrobáticas escaladas y un tiempo aproximado de hora y cuarenta y cinco minutos, el conquistado pico se inclina majestuoso ante la voluntad suprema de la persistente tropa.

¡Que vista tan espectacular! 360° y 954m sobre el nivel del mar de asombro, sorpresa y muda admiración. Por una parte el océano del sur en amplísima extensión visual, por otra el Kurhotel dominando imponente Topes de Collantes, aquí y allá el dominio irrefutable de un verde todo pasión y amor al terruño. Hay un pequeño trozo de Cuba en cada mirada que recorre el paisaje, en cada centímetro de tierra pisada, en cada suspiro y en cada exclamación. Haría falta un García Márquez, un Carpentier, un Lezama Lima, para describir con justicia lo que los ojos devoran hambrientos.

En la cima de Pico Potrerillo.

En la cima de Pico Potrerillo.

La roca casi desnuda de la cima apenas alcanza para dar cabida a los catorce del grupo, que ya se apretujan y alistan para la inaplazable sesión de fotos, el brindis con maní y la repartición de chocolate y agua. El esfuerzo ha valido la pena con creces y ciertamente ha superado las expectativas de la mayoría, que necesita sin falta inmortalizar el momento y es entonces que cada celular y cámara se convierten en héroes de la epopeya.

Luego del coro de felicidades para el hermano no presente de un guerrillero, contactado vía celular, de las muchísimas instantáneas que las agonizantes baterías y memorias de las cámaras fotográficas permitieron, comienza el descenso. Después de tanta emoción por la meta cumplida, ahora la bajada se perfila más sencilla, como si el Salto de Vegas Grande diera nuevos bríos o una silenciosa alarma de incendio acelerara el paso. Las rodillas y tobillos son ahora el centro de atención, el descenso les cobra su precio y nadie escapa de los malestares propios de descargarles todo el peso del cuerpo y frenar la inercia de cada paso. No obstante, contrario a la lógica que dicta el inherente cansancio, el tiempo de descenso es menor que el de subida.

De vuelta en la casa donde quedaron las mochilas, el agua fría que su moradora ofrece es elixir de vida con propiedades milagrosas y se adquieren en las cercanías, a precios irrisorios comparados con el inflado mercado habanero, enormes mangos maduros para el almuerzo, otra vez compuesto por galletas con mayonesa y otros agregados, además de la ya usual bebida de dudoso talante.

En total se han recorrido aproximadamente 11 Km, tal vez un poco más, en la “Batalla de Potrerillo”, pero aún no termina el extenuante esfuerzo, pues el recorrido hacia el Salto de Vegas Grandes se transforma en 3 Km de sudor frío y contracciones poco agradables, acompañadas de toda una barahúnda inobjetablemente creativa de mudos insultos e improperios genéricos a la Madre Tierra, al hombre y a la ausencia de teleféricos, túneles y elevadores que humanicen la caminata que tal parece hecha para bestias.

No es hasta pasada la 1pm que los primeros llegan a la poceta del salto y se reúnen allí con los tres guerrilleros que desde la mañana disfrutan los encantos del lugar. Un miembro de la tropa ni siquiera espera a soltar la mochila y casi instantáneamente se lanza al agua, en intento desesperado por expulsar el calor, el cansancio y otros demonios derivados de la combinación macabra loma arriba y loma abajo.

Poco después del merecido descanso ya se puede asimilar adecuadamente la belleza del sitio. La poceta es mayor que la del Caburni y el salto de agua cae sobre dos grandes piedras sobre las cuales se puede disfrutar de una ducha en su más natural acepción. El denominador común es la temperatura ártica del agua, aunque el intenso Sol y el calor reinante, ayudan a paliar en gran medida, sus efectos nocivos para la enfermedad adquirida por la tropa en la Batata.

Salto de Vegas Grandes.

Salto de Vegas Grandes.

Una rato después, un condumio no apto para la vista, compuesto de variados embutidos y todo un pomo de mayonesa, que hace pensar en una vejez de colesterol asesino (pero el hambre tienes sus mañas y no cree en futuros), viene a resolver la catástrofe del hambre, devuelve el color a las mejillas y hasta resucita a aquellos a punto de desfallecer por el esfuerzo extremo.

Las horas pasan imperceptiblemente una tras otra. El Salto de Vegas Grandes, en su condición indiscutible de paraíso natural, por demás liberador y afrodisíaco, también ha valido la pena, pero la amenaza de lluvia pone fin al éxtasis colectivo y devuelve con brusquedad los pies a la tierra.

Todos ponen pies en polvorosa, aunque la velocidad supersónica solo dura los primeros… ¿diez? metros de subida, pues Pico Potrerillo aún se lleva fresco en cada músculo y la otrora incómoda bajada con escalones naturales difíciles, ahora es endiablada subida con asquerosos e inservibles piedras y palos mal colocados, más para destruir los pies que para facilitar el ascenso.

Para colmo de males pronto rompe un aguacero digno de las peores metáforas y casi tiene que aparecer Noé con el arca para rescatar a la tropa en pleno. Unos hacen estancia en una casa a medio camino, mientras otros deciden seguir adelante resguardando sus preciadas mochilas y a sí mismos con insuficientes capas. El resumen es una caminata de casi 3 Km donde un surtido “fanguinolento”, de vivísimos colores, va decorando cada indumentaria. Entre las olímpicas caídas de unos (que terminan empanizados como inmejorables exponentes de barro artístico) y uno que otro rescate heroico de damisela a punto de caer en las fauces del fango, todos llegan pasados por agua a la facultad de montaña y comienzan las peripecias y acrobacias del secado de ropas y zapatos para la partida hacia la ciudad a la mañana siguiente.

La noche llega sin aspavientos y una excelente comida de despedida, en estrecha conspiración con las emociones y experiencias del día, impregna en los corazones de la tropa una desbordante de alegría. No obstante, el cansancio y la perspectiva del de pie a las 4am pesan y tras lo acostumbrados intentos fútiles de animar la noche, cada cual se retira a soñar con sus respectivos ángeles, demonios y otras fantasías prohibidas.

Día 5, Lunes.

Los ojos se niegan a abrirse del todo, pero el ruido inconfundible de Liset, Liz y compañía recogiendo su casa de campaña (vuelven a escucharse y olerse los despertares de instintos asesinos pues aún son las 3:30am), martillan en los oídos y un par de epítetos insufribles y recalcitrantes surcan el aire con obvios destinatarios.

En poco más o menos de media hora todos han recogido sus pertenencias y encima de la mesa del dominó se estaciona la mesa buffet con toda la comida disponible para el desayuno de campeones. Pan, mayonesa, la insustituible jamonada y algún otro ingrediente que milagrosamente ha escapado anteriores matanzas componen el suculento manjar mañanero.

La despedida de la facultad de montaña que les dio albergue, comida y nuevas amistades es rápida pero emotiva. Unos miran todo detenidamente para no olvidar y otros respiran hondo intentando retener un poco de paraíso bien adentro.

El trayecto hasta el Kurhotel es una tortura medieval extrapolada al ahora por el conjunto diabólico de las mochilas y la subida con su pendiente hoy más larga y empinada (el recorrido se hace por carretera pues no se puede tomar el trillo-atajo dada la oscuridad y las seguras caídas debido al lodazal imperante). Sobre las 6am ya están los más rezagados en el punto donde un transporte, por pura caridad, los debe adelantar hasta Trinidad, para de allí utilizar el mismo camión (previo acuerdo con el chofer de recoger al grupo al mediodía) que hizo la travesía desde Cienfuegos como vía de vuelta a la Perla del Sur.

Luego de quizás media hora de frío y varias falsas alarmas, un potente camión de origen ruso (benditos rusos y su maquinaria eterna), surge de improviso y accede a transportar lomerío abajo a los quince guerrilleros restantes (pues dos han debido salir el domingo en la tarde rumbo a Cienfuegos). El viaje se hace en un suspiro, gracias al poderoso motor del camión y al espíritu suicida de su conductor. La frialdad de la mañana impone un espectáculo de cuerpos envueltos en sábanas, formando simpáticas masas informes que, somnolientas, solo atinan de vez en cuando a observar el paisaje y observar triunfantes, por última vez, el vencido Pico Potrerillo.

La conquista de Trinidad comienza por todo lo alto con una botella de líquido perturbador de la memoria que se rompe sin abrir, culpa de uno con exceso de sueño en el torrente sanguíneo. La ciudad va despertando para un día más de escuela, trabajo y ajetreo, ni siquiera se percata de que ha sido invadida por los guerrilleros del hoy. Aquí y allá reliquias vivas de la construcción casi prehistórica de la villa asombran al grupo. Casas con el techo a seis metros de altura, puertas y ventanas hechas para gigantes y rejas ancianas de dudosa utilidad cerrando el paso a los vehículos en determinadas calles.

La mañana transcurre en un deambular inexperto que protagonizado por la indecisión sobre los posibles destinos. La búsqueda desesperada de comida lleva a la guerrilla a una cuadra de cafeterías que es asaltada a mordidas y hambres y finalmente, es recorrido el Museo Cantero para deleite general del grupo ante la espléndida vista de su mirador.

Ya no queda tiempo para más y deben dirigirse a la terminal donde estará, a las 11am el camión que los transportará hacia Cienfuegos. Con anterioridad y celular mediante, Liset ha decidido adelantar la hora para evitar imprevistos (Duda del cronista: ¿Acaso Liset tiene crédito celular infinito?).

El tiempo de espera en la terminal de Trinidad parece eterno, ya son las 11am y a pesar de saber que el camionero ya está en camino todos se inquietan. A las 11:30am la preocupación es general y las masas agitadas comienzan un interesantísimo congreso sobre posibles rutas alternativas, nadie quiere aceptar la oscuridad de la situación y el tufo a jodido del futuro inmediato. Se indaga y la lista de espera hacia La Habana va por un asombroso setecientos y tanto y la guagua hacia Cienfuegos sale a las 3:45pm cuando ya es demasiado tarde, pues los pasajes Cienfuegos-Habana son para las 3pm. Por decisión unánime y luego de crucificar de múltiples y creativas maneras al informal camionero, el grupo de dirige hacia la carretera por donde pasan todos los vehículos hacia Cienfuegos. Estando allí, cuando ya una pareja ha logrado partir por obra y gracia de un eficiente inspector amarillo, se ve a lo lejos el camión en cuestión que llega. Se le hacen señas de euforia y algún que otro gesto propio del crimen organizado y unos instantes después la tropa, ahora con otros dos integrantes de menos, enfila hacia la Perla del Sur.

En Cienfuegos todo ocurre de forma vertiginosa, antes de la salida del ómnibus solo hay tiempo para comer algo en las cafeterías aledañas a la terminal y tomar un guarapo refrescante. El viaje comienza sin percances y en hora, aunque el ómnibus simula una masacre, pues todos duermen en posiciones contorsionistas. Entre chistes y conversaciones que intentan arreglar el mundo, la distancia a casa es recorrida sin tropiezos y luego de una parada de 45 minutos para ingerir alimentos, ya La Habana puede vislumbrarse en la lejanía.

Entre risas y la algarabía de corazones y mentes satisfechas en cuerpos deshechos, culmina la guerrilla “turística” a Topes de Collantes, que pasa a la posteridad bautizada como la “epopeya epopéyica” y seguramente no será la última, pues nuevas elucubraciones y planes macabros ya se están gestando.


[i] Alias pesimistas

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Una respuesta a “Un antes y un después: Topes de Collantes

  1. Saludos Alejandro!
    Te escribe Jose Maria, desde Bilbao en España. Soy ingeniero electrico y por cuestiones de trabajo conozco bien Cuba. Creo que llevo ya 18 viajes a mi querida isla. En enero 2012 intenté subir al Potrerillo desde Vegas Grandes con unos amigos cubanos, pero nos resultó del todo imposible por la tupida senda que encontramos especialmente en la parte final. Ni siquiera con machete en mano conseguiamos avanzar… Finalmente nos tuvimos que retirar pero al dia siguiente, para compensar, ascendimos el Pico San Juan que resulta muy sencillo al subir en todo momento por una pista asfaltada. Mi proximo objetivo en el siguiente viaje será el Pan de Guajaibon…Alguna recomendacion? Un abrazo desde tierras españolas!

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