Excursión a la cueva de La Pluma con el Movimiento de Excursionismo.

Por: Miguel Alfonso Sandelis

 Sábado 28 de septiembre

El presagio de una cueva nutrida se cumplió al agruparnos en el “intermitente” (aunque el semáforo, de intermitente hace rato que no tiene nada) de Alamar.

A partir de las seis de la mañana nos fuimos asomando en la parada, que estaba mojada, pues un aguacero de madrugada se había hecho sentir en La Habana.

A las siete exactamente se apareció una guagua con aire acondicionado, prácticamente vacía, y en ella nos montamos treinta y seis. El viaje se fue tranquilo, en una mañana nublada y con la “extraña” noticia de que Wilfredo había salido tarde. Con él habían partido Elizabeth, Martica y Violeta, pero ellas se fueron delante, pues al subirse en una guagua en Alamar, el chofer paró la cuenta cuando le tocaba a Wilfredo. A Violeta por poco le da algo, pues era su primera guerrilla y el Wilfre era quien la había invitado. No obstante, él partió pronto en otra guagua, e incluso se les adelantó.

Los del grupo grande llegamos poco después de las ocho a Cumbre Alta, el caserío que marca la entrada rumbo a La Pluma, ubicado en el kilómetro ochenta y cinco de la Vía Blanca. Allí nos esperaba Alberta, una amiga de Eledys, que vive en Varadero. Pusimos las mochilas en el portal de la bodega que hay en el lugar. Un viejito nos adelantó que se había perdido el camino de entrada a la cueva, que si queríamos, él nos guiaba. Acostumbrado a los malos presagios de los lugareños cuando uno la emprende por lugares complicados, le dije que no hacía falta, que la encontraríamos de todos modos.

Llegada a Cumbre Alta.

Llegada a Cumbre Alta.

Para hacer tiempo a que llegaran los retrasados, presenté a la gente, pues el grupo estaba formado por un verdadero variopinto de grupos, facultades y especialidades. Por la Universidad de La Habana, de Psicología había 3; de Bioquímica, 3; de Matemática, 2; de Física, 2; de Geografía, 2; y de Comunicación Social, 1. Por la CUJAE, de Eléctrica, 5 y de Industrial 1. Además, se sumaba 1 de Ciencias Médicas. Había también 2 muchachas de preuniversitario; el resto eran malnombristas y algunos otros invitados. Mientras se hacían las presentaciones, Liset, Liz, Idalmis y Eledys prepararon una merienda a base de galletas y dulce de guayaba. Merendamos y algunos se cambiaron de ropa, para ir en campaña por el terraplén de cuatro kilómetros que nos esperaba. Como era el cumpleaños de Ana, Héctor le hizo una llamada desde su celular y los malnombristas, a coro, le cantamos “felicidades”.

Pero los retrasados no llegaban y no debíamos esperar más, pues teníamos esa sola jornada para hacer los tres recorridos habituales de La Pluma, con el grupo más nutrido que habíamos visto en una exploración a la cueva. Oscar decidió quedarse a esperarlos y le expliqué en detalles el lugar para dejar el terraplén y enfilar rumbo a la cueva. Le dije que dejaríamos marcas sobre el suelo en el lugar. Poco después de las ocho partió la tropa terraplén abajo.

A poco de partir, agrupé a la gente delante de unas matas de guao, para que conocieran a la agresiva planta y no se fueran a equivocar tocándola. El camino se nos fue bastante rápido, viendo cómo Lian se entretenía en azorar a una manada de carneros. Como la mañana se había despejado, el sol nos acompañó todo el tiempo.

Mostrando una mata de guao.

Mostrando una mata de guao.

El terraplén.

El terraplén.

Antes de las nueve ya habíamos bajado la lomita que precede al sitio donde se debe dejar el terraplén, pero de camino no había nada, tal y como nos lo había presagiado el viejito. A lo lejos, hacia adelante, el mar se mostraba en toda su inmensidad, y en la costa hacia el oeste, un faro abandonado se anunciaba con toda su altura. La orilla derecha, la que da a La Pluma, estaba bastante tupida de vegetación, en la que no faltaban el guao el aroma.

A punto de penetrar en el potrero.

A punto de penetrar en el potrero.

Me adelanté buscando una abertura y solo hallé un pequeño claro para penetrar. Crucé una cerca y entré, pero el trillo que le continuaba se cerraba luego de avanzar unos pocos metros. Volví a salir al terraplén. La guerrilla se enredaba, pues la abridera de monte nos podía recortar más el tiempo para hacer toda la exploración en un día.

Más atrás había una entrada con una cerca que avanzaba perpendicular al terraplén. Sandra y Ernesto, de Psicología, y Héctor, se embullaron a seguir aquella ruta. Cruzamos la cerca, pero al avanzar un tramo, les dije que lo mejor era virar, pues esa dirección  nos llevaba a la cueva del Jagüey y no a La Pluma. La cueva del Jagüey, con varias claraboyas, unos cien metros de largo y unos diez metros de altura en su salón principal, es vistosa, pero no da para una larga exploración.

Desde el terraplén se veían a unos doscientos metros dos agrupaciones de árboles. La mayor, la de la derecha, era la de la cueva del Jagüey; la menor, a la izquierda, la de La Pluma. El resto era maleza con aroma y guao abundante.

Buscando la entrada de La Pluma.

Buscando la entrada de La Pluma.

Fuimos todos hasta el clarito que se abría en la maleza. Teníamos un problema, no contábamos con machete, pues Ale decidió no traer el que había prometido, por no tener filo. Dejamos unas flechas sobre el terraplén y comenzamos a cruzar la cerca. Cuando algunos avanzábamos del otro lado, se aparecieron a lo lejos los cuatro retrasados con Oscar. Al llegar, Wilfredo sacó un machete y lo enviaron para la delantera. Comencé a abrir monte y al rato me sustituyó Héctor. Iniciamos una rotación de los macheteros de cinco minutos y así fuimos avanzando, a veces retrocediendo para evitar una mata espinosa o una de guao, hasta acercarnos al monte de La Pluma.

Llegando al destino, nos dividimos, y en un descenso, Héctor y yo nos aparecimos finalmente a la entrada de La Pluma. Llamamos a los demás y penetramos todos en el cascarón inicial de la cueva para salir al vallecito de grandes árboles, rodeado de farallones y detenernos en el “lobby” de la Pluma, donde debíamos acampar. Éramos en total cuarenta, un buen récord, comparado con los treinta y uno, que había sido la cifra más nutrida que yo había visto en una exploración a La Pluma.

Los que aún no lo habíamos hecho, nos cambiamos para ponernos la ropa que probaría el fango en toda su dimensión. Varios hombres buscaron leña para la comida de la noche. Luego atravesamos el vallecito y penetramos en el “escaparate”, que es un pequeño túnel donde solemos dejar las mochilas antes de explorar. Haciendo una revisión, comprobamos que las luces que llevábamos eran suficientes para la exploración. Designé a Wilfredo como retaguardia, más bien como sanción, por haber llegado tarde una vez más. Fuimos para la entrada principal y nos adentramos en la cueva para iniciar el primero y más fácil recorrido.

Con las linternas encendidas, comenzamos a descender. Al pasar junto a los gurs (pequeños charcos formados por el goteo del agua), se los mostré a la gente, anunciándoles que allí nos quitaríamos el fango al final. Avanzamos por la galería principal, y al pasar junto a la entrada del Salón de los Balcones, dejamos allí la larga soga de Liset y Liz, que nos serviría en el segundo y el tercer recorrido.

Seguimos avanzando por la amplia galería e hicimos un alto junto al pequeño estanque que contiene el agua más limpia de la cueva. Allí tomé un poco ante la mirada escéptica de algunos.

El grupo en la Salida del Sol.

El grupo en la Salida del Sol.

Continuamos, viendo ya la claridad de la “Salida del Sol”. Nos pegamos a la pared de la izquierda y subimos hasta llegar a la salida. A la derecha: el cascarón de la cueva; a la izquierda: los grandes jagüeyes dejando caer sus largas raíces aéreas sobre la entrada; detrás de ellos, sobre la pendiente en ascenso: la vegetación en su extensión.

Le mostré al grupo la pictografía del “Sol”, con su rojizo círculo adornado por pequeñas extensiones como rayos. El cuero de los malnombristas -principalmente de Héctor y Alfredo- no se hizo esperar: que si no la habían hecho los indios, que si aquello yo lo había pintado hacía unos años, etcétera, etcétera. Vinieron entonces unas fotos de grupo junto a la pictografía. Primero Wilfredo tiró una automática y después Alberta disparó varias con una súper cámara que había llevado.

La pictografía del Sol.

La pictografía del Sol.

Terminada la visita a la salida, comenzamos a adentrarnos nuevamente en la oscuridad, pero esta vez por la pared opuesta de la cueva.  Tras bajar un último paso con cierta complicación, llegamos a un nivel llano. Allí nos sumergimos uno a uno en un hueco que nos sacó a un pequeño salón, con una gran abertura por la derecha, con precipicio incluido. Aquella vía lleva hasta el Lago de los Peces Ciegos, el cual conocí en el 98, pero no lo visitaríamos. Cogimos a la izquierda, pasamos a otro saloncito y comenzamos a ascender el “tubo”, un húmedo túnel, que aunque parece resbaloso, no lo es por lo áspera de su superficie.

Dejamos detrás el tubo y continuamos hasta ascender junto a los gurs de la entrada principal de La Pluma. Salimos todos y Liset y Liz prepararon una merienda a base de un trozo de maní molido por persona.

Temiendo que nos cogiera la noche al salir por Los Caguayanes, la más vistosa salida de La Pluma, decidí dejar el recorrido del lago para el final. Cuando íbamos a entrar, Wilfredo me preguntó si no se rotaría la retaguardia. Entonces dejé a Tony con esa misión para el próximo trayecto.

Volvimos a adentrarnos en la cueva para comenzar el segundo recorrido. Llegamos a la entrada del Salón de Los Balcones, recogí la soga y nos asomamos al abismo del Balcón. A la derecha: un estrecho borde para avanzar por el Balcón; en el fondo: un hueco que lleva hasta el final del Sándwich. Me asomé al borde y pregunté quiénes tenían buenas luces. Distribuí entonces a tres del grupo para ocupar posiciones en el paso. Ernesto, graduado de Tele, alumbraría en el inicio; Ale, también de Tele, al final; Alfredo, después de pasar, en la subida para el siguiente paso. Cada cual ocupó su lugar y yo me coloqué en el medio del borde.

Pasando "El Infierno".

Pasando “El Infierno”.

Comenzó entonces la gente a pasar. El lugar es el típico trance que uno ha visto en películas, donde tú vas por el borde de un abismo, pegado lo más posible a una pared. Por supuesto que la gente se incrustaba casi en la pared, con tal de huirle al hueco. La distancia del “excitante” trayecto es de unos quince metros. La adrenalina subió notablemente por primera vez en la excursión. Sandra le puso al paso “El Infierno”.

En el paso siguiente, donde había que subir por una pared algo inclinada, una correa colgaba amarrada desde lo alto. Eso me evitaría subir a mano limpia, para poner nuestra soga desde arriba. Los primeros treparon por la correa. Cuando más de la mitad de la gente ya había pasado “El Infierno”, subí adonde estaba Alfredo. Trepé entonces por la correa y amarré la soga larga, pues la correa aquella estaba algo corta y no daba mucha seguridad.

El paso del “Infierno” terminó, y el resto de la gente comenzó a subir por la soga. Los tres niños: Lian. Abelito y Lorena, lo hicieron con ayuda, pero con gran disposición. Sandra se convirtió en una majá, arrastrándose pared arriba. Jessica, la de Bioquímica, cuando iba a subir, pidió ayuda, y a coro los hombres la rodearon. Ya trepando, dijo que la empujaran por el fondillo, sin pena.

La bioquímica subiendo.

La bioquímica subiendo.

Cuando estuvimos todos arriba, avanzamos hasta llegar a “La Alcancía”, donde dos pequeños agujeros son la única posibilidad para continuar. Nos fuimos arrastrando, como buenos majaes, hasta el otro lado. Al principio, la gente solo cogía por el hueco de la izquierda, pero presioné para que se fueran también por el otro, si no, la demora sería grande. Solo hay que imaginarse a cuarenta personas pasando una a una por un estrecho hueco.

La "Alcancía".

La “Alcancía”.

Al rato de esperar, los primeros que pasaron continuaron avanzando. Llegaron a un ancho salón que ascendía y subieron en busca de la continuidad del paso. Pero la continuidad estaba por donde menos la esperaban. Cuando llegué, los vi perdidos pendiente arriba, por hacerse los exploradores. Corregimos el tiro, adentrándonos por la derecha entre una estrecha abertura. Descendimos a un fanguero, continuamos por varios salones, nos apretamos por la izquierda para dejar a un lado dos huecos que dan al abismo del “Salón de las Campanas”, pasamos por el “Salón de las Agujas”, que debe su nombre a tener el techo lleno de finas estalactitas -incluso algunas electitas- y nos asomamos al borde de un brusco descenso, que antecede al “Salón de las Campanas”.

El Salón de las Agujas.

El Salón de las Agujas.

Al descender el borde, amarré un extremo de la soga a una gruesa estalagmita. Bajamos todos y nos asomamos al “Salón de las Campanas”, que debe su nombre a unos cráteres que se hallan en el techo. Soltamos la soga, bajé por ella y comenzó el descenso de la gente. Cuando cada uno iba bajando, le mostraba donde debía poner los pies.

Bajando al Salón de las Campanas.

Bajando al Salón de las Campanas.

Sin complicación mayor, salvo la lentitud del paso, nos agrupamos todos abajo y partimos rumbo al “Lago de los Camarones Ciegos”. Por el camino, una gruesa columna sobre el suelo mostraba las huellas de un derrumbe.

Llegamos al laguito, pero el agua superficial estaba ausente. Una gruesa capa de guano de murciélago impedía ver el líquido. En la orilla, el guano formaba notables lomas. Aquello nunca lo había visto en mis incursiones anteriores a La Pluma. Un cangrejo posaba sobre la capa de estiércol del laguito. Tiramos algunos palos y notamos la densidad de la capa. Realmente, intentar bañarse allí era algo nada atractivo y decidimos regresar sin perder tiempo, después de que Tony inventara algunas teorías de por qué aquello se había llenado de guano.

El laguito de los Camarones Ciegos, con una gruesa capa de guano de murciélago.

El laguito de los Camarones Ciegos, con una gruesa capa de guano de murciélago.

Volvimos al borde donde nos esperaba la soga y se hizo la subida con más rapidez que la bajada, y menos adrenalina también. Cuando se acercaba Tony para subir, empezaron a recoger la soga para joderlo y yo pensé que la cosa era conmigo. Por eso subí a mano, sin ayuda de la soga. Luego vino Tony y lo hicieron pasar su trabajo. Ya arriba, recogimos la soga y seguimos hacia adelante para luego girar a la derecha y continuar por una galería que mostraba cierta claridad en su final.

Al rato ya estábamos asomados a la visión más bella de la cueva de La Pluma: “La Salida de Los Caguayanes”. Unos cien metros tiene la salida desde su fondo, con unos treinta metros de ancho, una inclinación notable, enormes piedras adornándole y una preciosa claraboya por la cual cuelgan las raíces de un caprichoso árbol. Al final, la luz solar se filtra entre la vegetación que redondea el increíble paisaje.

La Salida de Los Caguayanes.

La Salida de Los Caguayanes.

Poco a poco fuimos trepando sobre las piedras hasta llegar a la entrada de Los Caguayanes. Yo me puse un pantalón y una camisa  de mangas largas que me llevaba Liset en una mochilita, pues tocaba campo con guao y mis nefastas experiencias con esta planta son variadas. Héctor, en son explorador, se trepó por la izquierda por las primeras piedras que le salieron al paso; Martica y Liz le siguieron. Pero se habían adelantado, la verdadera salida de aquella maraña de vegetación estaba también por la izquierda, pero más adelante, en un espacio que se abre entre los farallones, y por allí cogimos. Los tres adelantados tuvieron entonces que bajar sobre las piedras.

Avanzando entre las rocas, salimos a un potrero, donde el guao, las espinas y el diente de perro pululaban. Con rotación del machete cada cinco minutos, avanzamos con rumbo norte hasta salir de la maraña mayor. Entonces giramos a la izquierda, cruzamos una cerca y seguimos por otro potrero, teniendo a la vista el bosquecito de la entrada principal de La Pluma, adonde debíamos llegar.

Atravesamos el potrero de unos cien metros de largo y penetramos entre la vegetación alta para salir junto al “escaparate”, donde habíamos los bultos. Un grupito que se retrasó, tuvo que bajar un farallón para llegar hasta el “escaparate”. Al agruparnos, Lorena nos mostró, muy tranquila, una pequeña partidura en su cabeza. Dentro de la cueva, en más de una ocasión le dijo al padre que aquello era lo suyo, que ella había nacido para eso. ¡Cómo imaginar aquellas frases en una niña de siete años!

Eran poco más de las tres de la tarde y nos esperaba ahora el recorrido más complicado, el del lago mayor, con el “Sándwich” incluido. Se imponía una merienda, y con los veinte panes que trajo Jessica, la periodista, más una buena tanda de maní molido, se dispuso el bocado para toda la tropa. Abelito, por esta vez, no pensaba llevar a sus niños, pero Abelitico estaba compungido, pues no se quería perder el tercer recorrido. Finalmente el padre cedió, dejándolo a cargo de Idalmis. Llamaba la atención la blanca camisa de mangas largas de Omar Luis, el físico. Con todo lo recorrido, inexplicablemente, su camisa no tenía ni una mancha. Pero ya habría un “Sándwich” para cambiar su situación.

Con Héctor de retaguardia para el tercer recorrido, volvimos a sumergirnos en la cueva. Llegamos al “Salón de los Balcones, se dispuso la misma organización de la vez anterior y comenzó el paso de la gente por “El Infierno”.

Cuando ya había pasado una parte de la tropa, dejé a Alfredo en mi lugar y fui en busca del “Sándwich”, para organizar su descenso. Me sumergí en el hueco que hay por la izquierda, al final del “Infierno”, pasé el saloncito que allí se abre y subí sobre piedras para situarme al borde de la entrada del “Sándwich”. Amarré la soga a una estalagmita, la solté y descendí por ella. Ya abajo, pude ver el “Sándwich” en toda su extensión: el descenso inclinado hasta el descanso entre piedras y el largo descenso final sobre la piedra algo lisa y fangosa, para terminar en un “exclusivo” fanguero.

Había que preparar entonces el paso del “Sándwich”. El sugerente nombre estaba dado porque allí se baja entre dos piedras, que son los panes, y en el medio va uno, que es el jamón. Justo en el borde opuesto del Sándwich se veía el hueco del final de “La Gatera”, sobre la cual existían grandes expectativas al saberse que implicaba arrastrarse por ella entre cincuenta y setenta metros.

Patricia, la psicóloga, bajando al Sándwich.

Patricia, la psicóloga, bajando al Sándwich.

Arriba del Sándwich se quedaría Héctor para organizar a la gente al bajar. Llamé entonces a Alfredo y a alguien más, que en este caso, fue Josué, el Matemático. Llamé también a Liset para que nos alumbrara. Alfredo se ubicó en el descanso mientras Josué bajó hasta el final. Liset se quedó donde yo estaba, para alumbrar la bajada inicial. Le dije a Alfredo que su tarea era servirle de punto intermedio a la gente, antes de que se tiraran a deslizar, pero para ello, debía recoger la soga y evitar que se aguantaran, para que tuvieran que deslizarse de nalgas.

Con todo listo, empezó el “show”. Comenzaron a bajar los primeros. Debían coger la soga, ponerse de frente a la pared e irse dejando caer. Yo los agarraba para que descendieran lentamente, hasta que los pies tocaran el suelo. A medida que uno bajaba, lo instábamos a que siguiera hasta el paso de Alfredo. Para llegar al Alfre, debían coger la soga nuevamente, ponérsela entre los pies e ir bajando poco a poco. Este lo agarraba y lo conminaba a que se deslizara, lo cual la gente no comprendía bien. ¡Cómo era eso de deslizarse de nalgas unos seis o siete metros! Para amenizar el ambiente, cada vez que uno se iba a deslizar, yo anunciaba más o menos así: “Amenaza el corredor, el picther lo mira con el rabillo del ojo, se va, se va, se va… y se fue.” La deslizadera casi siempre iba acompañada de un grito salido de la voz del deslizante. Abajo lo esperaba Josué… y un charquito con fango.

Cuando bajó el primer grupito, Liset me dijo que era mejor “almacenar” a algunos donde ella estaba, para, al tirarse el primero, los demás vieran cómo era la cosa. Así lo hicimos y siguió bajando gente. Entre los que esperaban arriba su turno, fue creciendo la expectativa, y también la adrenalina. Escuchaban los gritos que llegaban desde abajo, tanto los de los que se tiraban, como los míos, pero no alcanzaban a ver nada. Era como una película del sábado, pero tan real como que su turno les iba a llegar irremediablemente. Oscar llegó adonde estaba Liset y se estuvo allí un rato, disfrutando de una buena “platea”.

Alberta bajó entre los primeros y ocupó posiciones para, con su buena cámara, captar las imágenes de la deslizadera. No obstante, la cámara le demoró en llegarle. Yordanis bajó también entre los delanteros y contribuyó a crear un ambiente de tiradera de fango. Pero después se convirtió en un verdadero catcher, capturando a quienes bajan a alta velocidad. Eledys, por su parte, descendió armando tremenda gritería.

El tiradero de fango se fue contagiando, y a medida que uno bajaba, se sumaba a la tiradera. El que se deslizaba era el blanco y los que esperaban abajo, los francotiradores. Desde arriba escuché los comentarios de que estaban a la espera porque bajara Omar Luis con su camisa blanca; ¡pobre físico! Ale bajó la deslizadera como un trueno, que casi no dio tiempo a tirarle; también Leonel, de Automática. Luisito, en cambio, se deslizó suavemente, y al llegar abajo, subió un poco y ocupó una privilegiada posición para disparar fango. Wilfredo también subió y llegó incluso adonde estaba Alfredo.

Deslizándose por el Sándwich.

Deslizándose por el Sándwich.

Más arriba, al tocarles el turno a Lian y a Abelito, sentí como los niños sentían el miedo de verse solos, descendiendo, agarrados de la soga. Pero no retrocedieron. En ambos casos, Alfredo subió un poco para agarrarlos antes de que llegaran a su posición habitual. Sandra, por su parte, nuevamente se arrastró como un majá para llegar a Alfredo.

Por fin le tocó el turno a Omar Luis. Decir “ensañamiento” es poco para lo que sucedió. El caso es que su camisa, en breves segundos, tomó el color carmelita que la gente extrañaba en ella. Pero el físico, ni corto ni perezoso, a partir de ese momento se volvió el francotirador más activo.

Todo no fue pura diversión, pues a Joel, el estudiante de medicina, le dio una perretica al recibir el fuego graneado. Loraine también se molestó al principio, pero pronto comprendió que lo mejor que hacía era sumarse a los tiradores.

Así fue bajando la gente, hasta que se acercaba el turno de los últimos. Al bajar Tony y Héctor el primer paso, la escena quedó lista para el final. Nuestra idea era tirarnos en trencito. Pero lo haríamos con municiones en las manos, pues estábamos claros que seríamos un blanco perfecto de los disparos. Bajamos todos hasta donde estaba Alfredo, recogimos el fango que pudimos y nos dispusimos a armar el trencito. Ya escuchaba yo los comentarios desde debajo de quienes esperaban ansiosos y apertrechados mi deslizamiento. Pero la suerte estaba echada y yo sería la delantera del tren.

Yo primero, después Liset, Alfredo, Héctor y Tony: me solté y comenzó la función. El primer disparo lo recibí por la derecha de Luisito y le solté uno de riposta. Pero un poco más abajo, Omar Luis me sonó un fangazo por la cara, que el fango me entró por la fosa nasal izquierda. Antes de llegar abajo, me trabé y Liset salió disparada por un costado. De lo demás, no recuerdo mucho; solo sé que al llegar abajo los del tren, comenzamos a tirar fango a trocha y mocha, y a recibir también. Alrededor de un minuto más tarde la guerra fue disminuyendo en intensidad, hasta que todo terminó. Con aquella facha denigrante, parecíamos unos seres salidos del infierno.

Enfangados al final del Sándwich.

Enfangados al final del Sándwich.

Seguimos entonces el recorrido, que nos llevó hasta la entrada de “La Gatera”. Se las mostré a la gente, pues por ella regresaríamos. Al comenzar a descender en busca del lago, perdí el equilibrio, me fui de lado y me llevé un señor trastazo en la espalda y una herida en la canilla derecha. Casi un minuto me llevó en recuperarme.

Continuamos por una ancha galería, llegamos a un entronque de túneles, cogimos a la derecha y proseguimos descendiendo en dirección al lago. Tras una curva a la derecha y otra a la izquierda, el suelo se nos mostró anegado en agua y guano de murciélago. Estábamos justo en el pasillo que desemboca en la entrada del lago.

Me quedé en trusa, me acerqué al borde del lago y comencé a despejar su superficie de la nata de guano de murciélago que siempre la cubre. Cuando logré un claro en el agua, me tiré y nadé hasta la orilla opuesta, distante unos veinticinco metros de la entrada. Allí subí la montaña de fango con guano, para quedarme literalmente sentado sobre la mierda.

Poco a poco la gente se fue embullando y metiendo en el agua. Algunos se lanzaron a cruzar el lago, entre ellos Ale, Tony, Alfredo y Oscar. Tony y Alfredo quedaron impactados por sentarse sobre tanta mierda de murciélago.

El Lago de la cueva de La Pluma.

El Lago de la cueva de La Pluma.

Después de un rato de baño y de restregarnos el fango para quitárnoslo, comenzamos a salir. En un nefasto paso, Liset, quien también se había bañado, patinó y se fue de boca contra una piedra, chocando un diente contra la roca. Milagrosamente, el diente quedó en su lugar, pero un labio salió abollado.

Los bañistas comenzamos a vestirnos y partimos todos de vuelta. El regreso hasta “La Gatera” fue rápido. Aunque la retaguardia le tocaba a Héctor, Tony la había reasumido. Al criticar a Héctor por eso, me dijo que Tony se lo había pedido.

Como yo me iría a la delantera en función de organizar el paso por “La Gatera”, le dije a Tony que distribuyera a la gente de modo que nadie estuviera alejado de una linterna. Me sumergí de primero, con Lian detrás y luego Sandra. Poco a poco la gente fue entrando y avanzando a rastras. En un trance complicado, Sandra me pidió que la halara por los pies. Parece que la expectativa creada alrededor de “La Gatera” hizo que la gente estuviera preparada para algo más difícil, por lo que no se sintió tanto el tiempo de arrastrarse.

Entrando a La Gatera.

Entrando a La Gatera.

Gateando en La Gatera, y valga la redundancia.

Gateando en La Gatera, y valga la redundancia.

Entretenido en Lian y en el ruidito que hacía Sandra para energizar su linterna, la boca del Sándwich me sorprendió. Me ubiqué apoyado en sus paredes y la gente comenzó a pasar por un extremo, apoyando los pies en dos cavidades que facilitaban el paso. Cuando había pasado un buen grupo, les dije a Héctor y a Alfredo que organizaran el paso por “El Infierno.” Allá fueron los dos, con Ernesto el de Tele y Ale, y se ubicaron todos en puntos estratégicos para que pasara la gente.

Cuando Tony pasó por encima del Sándwich, nos fuimos para el Infierno, y al llegar, noté que Héctor estaba pasando a la gente por un lugar peligroso, al borde del hueco. Me molesté con él y le corregí el tiro, haciendo pasar a la gente pegada a la pared.

Terminamos el paso del Infierno, llegamos a la galería central y luego salimos por la entrada principal de La Pluma cuando eran algo más de las siete de la noche. Ya afuera, Abelito hijo llamó la atención por lo grande de su pulóver. Pero pronto se aclaró el problema; resultó que Ernesto, el psicólogo, se había trocado de pulóver al salir del lago y andaba con el del niño, con la mayor tranquilidad del mundo.

Recogimos las mochilas en el escaparate y nos agrupamos todos en el lobby de la cueva. Allí, en el centro, Abelito había colocado unas piedras para sostener los calderos encima. Pronto Alfredo se centró en levantar la candela y comenzó a calentarse el agua en mi caldero. Otro caldero mediano, llevado por Ale, ocupó un lugar intermedio mientras se colocaba un caldero más chiquito en el otro extremo.

Mientras duraba la espera, Lorena, con sus siete años, refiriéndose a la exploración a la cueva, le soltó al padre que esto era lo suyo.

La noche fue penetrando y la gente comenzó a bañarse en los gurs. Wilfredo, Héctor y yo también nos centramos en la candela mientras varias muchachas preparaban las sazones y picaban los perros calientes para los presuntos espaguetis que nos esperaban. El apoyo de los calderos no era muy seguro y en un descuido mío, se botó el agua del caldero del centro. Comenzó entonces la esforzada labor de levantar nuevamente la candela. Unas pastillas combustibles, aportadas por Ale, y la persistencia de quienes estábamos de cocineros, determinaron en que se rescatara el fuego bajo los tres calderos.

Allá por los grus, cuando Alfredo fue  bañarse, resbaló y se dio un trastazo en la cabeza, llevando una heridita de regalo.

Sobre las diez de la noche, cuando todo el mundo ya estaba bañado, se comenzaron a repartir los espaguetis, acompañados por un caldero de salsa con perros calientes, otro de salsa solamente y una buena tanda de refresco, preparada por Wilfredo en mi tanqueta y en un pomo de cinco litros. Los espaguetis dieron para llenarse y aún así sobraron. El refresco sobró también, mientras que los perros y la salsa alcanzaron para dar doble y triple. Luisito, Lian y Lorena habían caído de sueño antes de la repartidera y no se levantaron para probar bocado alguno.

Patricia, la psicóloga, tenía un tobillo hinchado, debido a un virón de pie en la cueva; habría que ver cómo le iba mañana en la caminata hasta la Vía Blanca. Yo le ofrecí la muleta que llevé a la guerrilla, pero me dijo que no sería necesario usarla.

Con varias hamacas amarradas y muchos más nylon y lonas sobre el suelo, la tropa se acostó, ocupando varios lugares de los alrededores. Un grupito nos quedamos hablando un rato más, hasta que caímos en brazos de Morfeo, cuando daban las doce de la noche.

Domingo 29 de septiembre

Con el silencio del campamento, avanzó la madrugada, pero a las cuatro de la mañana, el vozarrón de Héctor despertó a buena parte de la tropa. El susodicho profirió varias protestas, debido a un celular que sonó. Al rato se repitió la historia con otro celular y la protesta de Héctor, y así se repitió la escena otras veces más, que ya no nos importaban los celulares, sino que Héctor se callara. En esos trances, Lorena se despertó y le preguntó al padre si quedaban espaguetis, pero Abelito no tuvo esa pervisión y Lorena se quedó con las ganas.

El amanecer no significó mucho para los soñolientos guerrilleros. Pasadas las siete de la mañana fue que comenzaron a levantarse los primeros. A las ocho, ya el campamento estaba en movimiento y varias muchachas, bajo el mando de Liset, prepararon galletas con dulce de guayaba y perros calientes. Yo preparé el refresco en la tanqueta y en un pomo de cinco litros. Repartimos el desayuno y se liberaron más panes y galletas. Varios nos deleitamos preparando panes con aceite y sal.

Preparando el desayuno en el lobby de La Pluma.

Preparando el desayuno en el lobby de La Pluma.

Recogimos todo, hicimos una guardia vieja y sobre las diez de la mañana partimos rumbo a la Vía Blanca. Sin perderlo, pudimos recorrer el  mismo camino que habíamos hecho el día anterior. Salimos al terraplén y comenzamos la caminata bajo un sol alebrestado. La tropa se fue esparciendo por el camino y a menos de un kilómetro de llegar, un grupo se cobijó bajo una buena sombra. Algunos fueron a buscar agua a una casa cercana, entre ellos Liset, quien dejó en la casa las cosas de comida que nos habían quedado.

Llegando a la Vía Blanca, una guagua salió de un camino y al enfilar por el terraplén, Wilfredo la detuvo para hablar con el chofer. La guagua iba para Matanzas, pero el chofer estaba apurado, y al no hallarse Alberta cerca, se fue.

Como a las once de la mañana llegaron los últimos a la bodega de Cumbre Alta, junto a la Vía Blanca. Patricia pudo hacer el viaje sin muchos contratiempos, a pesar de su tobillo hinchado. Un quiosco, del otro lado de la carretera, ofertaba pan con lechón a diez pesos y limonada a tres (un robo). Unos pocos compraron. Sandra había traído un maní en granos y justo fue ese el momento de repartirlo entre la gente.

Oscar y Martica ya habían partido rumbo a Rincón Moderno, ubicado a tres kilómetros de donde estamos. La premura era de Martica, pues su papá estaba enfermo.

Para el resto de la tropa comenzó la espera en Cumbre Alta. Pronto se fue Alberta en un carro particular directo hasta Varadero, pero en dirección a La Habana la cosa no estaba muy halagüeña. Joel, el estudiante de medicina, se apartó un poco del grupo para pedir botella. Liset, Liz, Alfredo y yo nos juntamos para sacar la mano para todo el grupo. Wilfredo recogió veinte pesos por persona y surgió entonces la idea de que las muchachas en short sacaran la mano con un fajo de billetes. Liset, en pantalones, dirigió la operación. Sandra y Jessica la periodista, se prestaron para la escena. A Liset la apodamos “la dueña del Doce y medio”. Al rato pasó una guagua, pero no paró, por lo que catalogamos el hecho como “el primer strike”. Héctor se arremangó su short, y mostrando buena parte de las nalgas, se paseó por la orilla de la Vía Blanca como una chica más. Luego llegó una guagua de escolares, amarilla, y se detuvo, anunciando el chofer su destino en Santa Cruz del Norte. A punto de montar el grupo, Lorena vomitó junto a la bodega. El trance duró solo un momento y nos montamos todos finalmente.

El viaje hasta Santa Cruz se fue tranquilo. Allí descendimos y cuando Liz preparaba una merienda a base de galletas y dulce de guayaba, llegó un camión particular con rumbo a Guanabo. El viaje a Guanabo era a diez pesos y el chofer nos propuso seguir hasta La Coubre por veinte. Nos trepamos los treinta y nueve y partimos rumbo a La Habana.

En camión desde Santa Cruz del Norte hasta La Habana.

En camión desde Santa Cruz del Norte hasta La Habana.

Cuando todo parecía indicar que ninguno de los participantes en la excursión se arriesgaría a llevar a su grupo a La Pluma, supe que Eduardo el geógrafo y los matemáticos se habían embullado a ir nuevamente, para llevar a su gente. Quedé con Eduardo en que nos veríamos después, para hacerle mapas de los recorridos.

Al pasar por Guanabo, se bajaron Ale, Miguel Ángel y Eledys, dispuestos a darse un buen baño de playa. Lorena vomitó nuevamente en el camión. En Alamar se bajó Martica, mientras que el resto llegamos a La Coubre sobre las tres de la tarde. Nos despedimos y partimos por grupos, concluyendo así la primera excursión conjunta del recién fundado Movimiento Cubano de Excursionismo.

Más allá de la no muy lograda intención de que los organizadores de los grupos conocieran La Pluma para después llevar a su gente, varios saldos positivos nos dejó el fin de semana. Tal vez entre los principales hayan estado compartir juntos, estrechar lazos de amistad y soñar con un Movimiento que crezca, tal y como varios crecieron adentrándose por primera vez en las entrañas de la cueva de La Pluma.

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Una respuesta a “Excursión a la cueva de La Pluma con el Movimiento de Excursionismo.

  1. oeoe caballero estuvo muy bueno el viaje hicimos cantidad de amistades y nos divertimos mucho los invito a ir de nuevo, que l+astima que no pueda ir a la acampada del movimiento cuelguen fotos

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