Salto San Claudio

Por Miguel Alfonso Sandelis, integrante del grupo Mal Nombre.

Un diluvio causado por un frente frío en retroceso a inicios de diciembre, aplazó la búsqueda de un enigmático salto ubicado por la zona del Las Terrazas, en la Sierra del Rosario. Pero no queríamos quedarnos dados y el veintiuno del propio mes fuimos a la carga nuevamente en busca de San Claudio.

 

Sábado 21 de diciembre del 2013

 

Las siete y media de la mañana fue la hora acordada para vernos en la terminal del Lido. Poco antes de esa hora cayeron los primeros y ya a las y media estaba casi completa la tropa. Gladys llegó unos minutos después y decidimos partir cuando el reloj marcaba las siete y cincuenta. Éramos veinticinco.

 

Un camión con destino a Guanajay por la Autopista, estaba a punto de partir y nosotros lo rellenamos. El viaje se fue tranquilo, con los malnombristas de pie. Antes de las nueve ya estábamos en la terminal de Guanajay y fuimos caminando hasta la casa de Lorenzo.

 

Allí supimos que Amelie cumplía años y le cantamos su respectivo “Felicidades”. También conocimos que tendríamos una singular guerrillera para el fin de semana: Lía, la noble y grande perra del Loro. Gladys, al bajarse del camión, aterrizó de inmediato en un sofá de la casa, pues prácticamente no había dormido por estar de parranda la madrugada pasada. Mary, de la facultad de Industrial en la CUJAE, cayó en otro sofá, mientras Liset y Janett lo hacían por el suelo.

 

Poco después de las diez llegó el camión que Lorenzo había cuadrado, con dos choferes. Nos montamos todos y partimos. La cama estaba techada y era bastante espaciosa.

 

Como en el módulo de comida para la guerrilla no había incluido sal, pensé en pedirle a Lorenzo, pero solo me acordé cuando el camión ya había salido del poblado. Pregunté quién tenía y solo Mary, “la Subdirectora,” me respondió, pero la cantidad que llevaba era poca. Paramos en una bodega ubicada al borde de la carretera, pero no había sido abastecida. Entonces Liset pidió en una casa ubicada al frente y una mujer le dio un poco, sin cobrarle.

 

Durante el recorrido recogí veinte pesos por cada uno, excepto por dos niñas: Celia y Amelie, por las que recogí diez pesos. Seguimos el viaje y nos incorporamos a la Autopista. Siguiendo el trayecto, se formó una guerrita con trozos de zanahoria, en la que participaron varios. Ale, el Rafa, Héctor y Alfredo llevaban la voz cantante en el tiroteo. En un momento en que contaba el dinero recogido, fui el blanco principal del tiroteo y para parar aquello, empecé a acumular los trozos de zanahoria, hasta que los atacantes se quedaron sin “proyectiles”. Más adelante entramos a la derecha por el entronque a Las Terrazas.

 

En la barrera que hay antes de llegar a Las Terrazas nos detuvimos. Me bajé y pregunté por Nuria, la gerente del lugar. Esta me recibió y le dije que venía de parte de Roberto, quien tenía una responsabilidad importante en Las Terrazas. Su hijo Alejandro, quien fuera compañero de estudios de Ernesto en la CUAJE y vivía en Artemisa, nos serviría de guía, pues ya había estado en el salto. Ernesto también había estado, pero no recordaba la ruta.

 

Nuria habló con un custodio del CITMA y le dijo que era el camión con “los estudiantes” del que les había hablado Roberto. El custodio se comunicó con Roberto y nos levantó la barrera. Seguimos hasta la entrada de Las Terrazas, donde debía esperarnos Alejandro, pero al no verlo, decidimos entrar a la comunidad. Pasamos el puente sobre la bella presa que hay en el lugar y entonces Ernesto se comunicó con Alejandro por celular. Este nos esperaba en el entronque que acabábamos de dejar atrás. Viramos y lo vimos acompañado de su papá. Al preguntarle qué había pasado, nos dijo que llegó algo tarde al entronque, justo cuando el camión doblaba para la comunidad.

 

Subió Alejandro y seguimos. La cifra final de guerrilleros era de veintinueve, más Lía. El camión avanzó entre lomas, por la hermosa Sierra del Rosario. A unos cuatro kilómetros de Las Terrazas nos detuvimos y bajamos donde un cartel a la derecha señalaba el sendero ecológico ·”Los Mulos”. Le pagué quinientos pesos a uno de los choferes, según lo convenido, y le recordé que nos debía recoger al día siguiente a las dos de la tarde en ese mismo lugar.

 

Algunos nos cambiamos de ropa para ponernos una más adecuada al monte. En ese trance, no encontré mis zapatos de guerrilla y pensé que me los habían escondido. Al decir lo sucedido, dije también que me iría descalzo si no aparecían. Ale me aseguraba que no me los habían escondido. Casi al partir el camión, encontré los zapatos situados en un descaso del camión que hay entre la puerta delantera y las gomas de atrás. Yo mismo los había puesto allí al cambiarme de ropa. Por supuesto que el cuero me cayó encima, con Gladys de protagonista.

 

Con todo el mundo junto, aproveché para presentar a los novatos en guerrillas puramente malnombristas, que sumaban trece. A Karidia le dimos un poco de cuero, porque dejaba de ser una malnombrista de fiestas para incursionar en su primera guerrilla. Ella venía invitada por Janett, y Mary también, quien estudiaba en la misma aula de la Jane y formaba parte del grupo de los “histoplasmósicos”, nombrado así por la propia Janett debido a la enfermad que puso a Alejandro Ferrer en terapia intermedia por unas semanas, en el Hospital Militar.

 

Liset, por su parte, había invitado a Mairelys, quien junto a varios malnombristas, corrió la media maratón del MARABANA. Sergio, el novio de Mairelys, también se sumaba a la guerrilla. Edgardo, de telecomunicaciones, y Alejandro el artemiseño, con su novia Indira, de cibernética, formaban parte de la tropa. También se estrenaban Ernesto, el novio de Liz, Lisandra y Samuel (ella bioquímica y él arquitecto), invitados por Mary, la Subdi, quienes conocieron a Mal Nombre en un camión rumbo a Baracoa, en la guerrilla de verano del dos mil ocho. Los otros novatos eran Frank, quien también corrió el MARABANA, y Bety y Laura, que aunque habían estado en la cueva de La Pluma invitados por Mal Nombre y ambas formaron parte del grupo en la acampada de Jardín de Aspiro, participaban por primera vez en una guerrilla solo malnombrista. Ernesto y Mairelys también habían estado en La Pluma y en Jardín de Aspiro, pero no por Mal Nombre.

 

Hechas las presentaciones, comenzamos la caminata por un terraplén que pronto mostró cuánto fango cargaba encima. Casi todo era ascenso, pero cuando algún plano se presentaba, el fango lo acompañaba. En esos casos había que coger por una de las dos orillas, aunque esto no evitaba que se nos enfangaran los zapatos. Solo un ligero descenso nos encontramos en el primer tramo; todo lo demás era subida, aunque no muy pronunciada. Las huellas de las ruedas de camiones matizaban la superficie del terreno. La vegetación era alta a ambos lados.

 

Tres cuartos de hora nos llevó llegar hasta un alto, que tenía un pequeño césped a la derecha. Detrás del césped, un camino algo perdido se adentraba entre la maleza. No obstante el terraplén continuaba en un descenso. Alejandro el artemiseño, Héctor y Edgardo se adentraron por el camino, pero Alejandro y Héctor pronto viraron hasta el césped. El de Artemisa nos anunció que por el camino se llegaba al alto del Mulo, que quedaba a unos cien, o cuanto más, trecientos metros de distancia, y que desde allí se tenía una buena vista desde la que se podían apreciar las costas norte y sur. También nos dijo que ese camino continuaba en bajada después del alto, hasta llegar al Salto San Claudio mucho más rápido que si se seguía el terraplén, pero el riesgo era que el camino estuviera cerrado.

 

Hubo cierta incertidumbre en la tropa. Que si ir al alto del Mulo o seguir ya por el terraplén, que si dejar las mochilas sobre el césped o llevárselas al alto del Mulo. En medio de la duda, todos cogimos las mochilas y avanzamos por el camino, pero al llegar a un sitio en que el aroma cerraba un poco el paso, la gente se detuvo. Dejé mi mochila y seguí con Alejandro agachándome a ratos.

 

Llegamos a un espacio sin mucha vegetación alta, pero cubierto de maleza. Alejandro vio un bloque sobre el suelo y dijo que ese era el lugar donde se alzaba una casa anteriormente. Pero Edgardo se apareció para decir que las ruinas de la casa estaban un poco más adelante. Seguimos y nos topamos con las ruinas. Una abertura servía de puerta. Adentro todo eran muros y paredes, pero nada de techo. La maleza se encimaba por todos lados.

 

Nos trepamos en lo alto de una pared y tuvimos una vista ampliada de la serranía. La costa norte, con la bahía de Cabañas por un lado y un central azucarero más al este, se nos mostraban a la vista. Pero nada de la costa sur. Las vistosas flores anaranjadas de unos tulipanes africanos adornaban los alrededores. En otras alturas se veían pinares. Tampoco faltaban en el paisaje las cubanísimas palmas reales. Dos cumbres cercanas se mostraban erosionadas y otra colmada de peñascos. Bastante cerca, hacia el noreste, una altura se veía mayor que la nuestra.

 

Paisaje visto desde el alto del Mulo, donde se aprecian las flores del tulipán africano.

Paisaje visto desde el alto del Mulo, donde se aprecian las flores del tulipán africano.

Al rato se sumaron otros a nuestro “mirador”. En otra esquina de la casa la vista era mejor. Allí subimos también, cuidando no arañarnos con unas cabillas que sobresalían. Las fotos no faltaron desde lo alto.

 

Edgardo me insistió en que el camino seguía loma abajo. Avancé un tramo por él y regresé a la ruinosa casa. Decidirse a ir por esa vía al salto era una decisión de alto riesgo, pues cabía la posibilidad de que el camino se cerrara y no estábamos en nada holgados de tiempo para una larga abredera de monte o una pérdida.

 

Poco a poco fuimos virando hasta el césped. Llegué entre los últimos cuando ya un señor banquete estaba teniendo lugar. En un correo previo a la guerrilla hablé de que el almuerzo del sábado lo debía llevar cada uno ya elaborado. Por eso todo el mundo sacó las provisiones para el momento y se armó la comelata, cuando estábamos cercanos al mediodía. Mary llevó un gran pozuelo lleno de arroz amarillo y pollo y nos calzó a Héctor y a mí. Lía cogió las sobras de unos cuantos.

 

Pasadas las doce del día, continuamos la marcha. Ahora casi todo era en bajada, pero los tramos de fangos eran más frecuentes y complicados. En algunos lugares, la única opción era agarrarse de los troncos del borde del camino para evitar el charco. Lía sí no tenía problemas, pues se paseaba a sus anchas por los charcos, siempre siguiéndole la pista a Lorenzo. Al rato de avanzar entre fangueros, algunos decidimos seguir descalzos. Aquello era la felicidad, el no importarte nada, mientras veíamos a los demás pasando con sumo cuidado por los bordes.

 

Los malnombristas evitan el charco y Lía lo disfruta.

Los malnombristas evitan el charco y Lía lo disfruta.

Entre charcos y tramos semi-secos, llegamos a un entronque de terraplenes, donde se alzaba un bello pinar. Alejandro no recordaba aquel entronque, lo que nos llevaba a tomar una decisión por instinto. De inmediato le dije a Alejandro que no sabía si el terraplén de la izquierda servía, pero estaba seguro de que el de la derecha sí, pues el camino del Mulo bajaba aún más a la derecha. Esa fue la ruta que tomamos.

 

Comenzamos a bajar viendo a los lados algunos árboles cortados y otros carbonizados como si fueran los restos de cocinas. Era frecuente ver orquídeas al borde del camino. Un montecito de guao se nos encimó por la derecha. Seguimos descendiendo y fueron apareciendo algunos charcos, aunque menos complicados que los anteriores. Llegó un tramo pedregoso y los descalzos nos pusimos los zapatos. El tramo de piedras se extendió por unos cientos de metros y dio paso a un camino algo enyerbado, en el que sobresalía un raro guisazo, que comenzó a dejarnos sus regalos en la ropa. A los lados, un bosque de ocuje colmaba la vegetación.

 

Orquídea hallada en el descenso rumbo al río.

Orquídea hallada en el descenso rumbo al río.

El grueso de la tropa se me había adelantado y en esa composición llegaron a un río de unos cuatro metros de ancho. Cruzaron, buscaron por los alrededores y continuaron el camino del otro lado del río en subida. Cuando llegué al río, comprendí que ese debía ser el San Claudio, pues aunque la corriente era poca, no cabía otra mayor por la misma zona. Yo andaba con dos muletas, pues esa semana mi cadera izquierda se había hecho sentir. Aproveché las muletas para cruzar el río como si fueran pértigas. Del otro lado, busqué por la orilla izquierda algún camino, pero nada hallé más claro que el camino que ascendía. Lo tomé, y al subir unos metros, vi otro trillo enyerbado que ascendía por la derecha y más allá divisé las hojas de unas matas de plátanos. Seguí el camino que llevaba, bajé y me topé con la gente. Estaban parados en un lugar llano bajo una alta vegetación. Un charco se abría hacia adelante haciendo algo pantanoso el avance. Avancé un poco con Alejandro, pero consideramos que aquello no llevaba al salto.

 

Surgió entonces en las mentes la posibilidad de una pérdida y de un San Claudio Dos. Yo incluso dije que aquello pintaba hasta para un San Claudio Tres. Mientras el grupo esperaba, Alejandro, Ernesto y yo viramos por el camino del río y subimos por el trillo enyerbado que entroncaba con el camino. Unos metros más arriba vimos a la derecha unas matas repletas de toronjas. Seguimos y por la izquierda vimos entre la hierba las ruinas de un bohío. Más adelante nos topamos con otra casa en ruinas; y muy cerca estaban las matas de plátano que antes había visto. Alejandro se subió por un tronco del bohío, pero nada claro sacó desde su altura.

 

Algo quedaba claro: el lugar, que antes era habitado por la gente que mantenía unas cabañas para turistas en los alrededores del salto, había sido abandonado. Como consecuencia, los caminos se habían tupido y la zona había cambiado su fisionomía gracias al avance de la maleza. Alejandro me dijo que lo mejor era coger río abajo por la orilla, hasta dar con el salto. Le pregunté si estaba seguro de que el salto quedaba para abajo. Al no mostrar seguridad, decidimos que unos exploraríamos río abajo y otros río arriba.

 

Mientras nosotros explorábamos, Héctor había regresado al río, y sin cruzarlo, avanzó junto a la orilla en descenso, descubriendo unas cabañas abandonadas, tipos vara en tierra. Cuando Alejandro, Ernesto y yo bajamos al camino del río, nos topamos con Héctor y este nos contó su descubrimiento. De inmediato, Alejandro aseguró que esas eran las cabañas de los turistas y que el salto estaba un poco más abajo. Fuimos a buscar a la gente y regresamos todos a la orilla del río.

 

Avanzando en bajada, llegamos a donde estaban los vara en tierra. Entramos por un espacio entre la maleza y llegamos a la orilla del río. Río arriba se veía un pequeño dique del que se deslizaba el agua en cascada. Según Alejandro, el salto quedaba más abajo. El río en la zona corría sobre la piedra.

 

Comencé a bajar hasta ver un gran vacío hacia adelante, que no podía ser otra cosa que la caída del salto. Una pequeña, pero bellísima poceta verde-azul antecedía al gran brinco de las aguas.

La bella pocetica de arriba.

La bella pocetica de arriba.

Me asomé al borde del salto y vi que el agua caía en varios chorros por diferentes lugares. Abajo, una poceta mayor recibía las aguas tras la caída. Junto a mí llegaron Edgardo y Janett.

 

Vista desde arriba del salto San Claudio.

Vista desde arriba del salto San Claudio.

Los tres nos embelesamos admirando la belleza del San Claudio. Más de veinte metros saltaba el agua, mientras la vegetación, por todas partes, derrochaba el encanto del trópico, sin faltarles las caprichosas lianas ni las altísimas palmas de sierra, endémicas de la cordillera de Guaniguanico.

 

La bella vegetación que rodea al salto.

La bella vegetación que rodea al salto.

Al poco rato vimos hacia abajo, por la derecha, como Héctor y el Rafa descendían fácilmente, como si siguieran un camino. Cuando llegaron abajo, les grité preguntándoles si un pequeño llano que veía entre las piedras servía para acampar. Dudaron un poco, pero en verdad el lugar no se prestaba para una acampada masiva.

 

Ya los tres debíamos volver al grupo para contarles lo que habíamos visto y decir dónde acampar. Pero al llegar a la pocetica de arriba, nos dejamos corromper por la tentación. De inmediato, me quedé en short y me tiré de cabeza. Janet, con pantalón, se tiró dos veces. Edgardo no se quedó atrás. El baño en la poceta fue lo más rico hasta el momento en las horas que llevábamos de guerrilla, a pesar de lo fría que estaba el agua.

 

Al volver a la tropa, les conté cómo, “sin querer”, habíamos resbalado y nos habíamos caído en la poceta. Hubo ciertas dudas de si bajar para acampar o hacerlo más arriba, donde el camino se ensanchaba un poco en terreno llano. Después de unos minutos de incertidumbre, decidimos acampar arriba, para lo cual despejamos un poco de hierbas el lugar. Pronto el colorido de las tiendas de campaña se confundió con el verde de la vegetación.

 

Luego de que cada cual armara su campamento, la mayoría fue a la pocetica de arriba a bañarse, mientras algunos bajábamos a la de abajo. Un trillo partía del campamento en bajada y a unos pocos metros se bifurcaba. La izquierda llevaba a la poceta de arriba y la derecha a la de abajo.

 

La vista del salto desde abajo era más impresionante que lo que vi desde arriba; realmente era majestuoso. Dos chorros de agua descendían sobre las piedras por el centro y otros chorros más finos se deslizaban por los extremos. La poceta tenía un ancho de unos cuarenta metros y un pequeño banco de arena la dividía en dos. Hacia la izquierda, la profundidad no era mucha; a la derecha se veían mayores profundidades, pues el color del verde-azul era más intenso.

 

El salto de San Claudio visto desde abajo.

El salto de San Claudio visto desde abajo.

Entré al agua y le sentí más el frío. Nadé hasta los chorros y metí la cabeza debajo de ellos, recordando cuando prometí hacerlo en Salto Fino. Nadé otro poco y me senté afuera, pues ya el frío del agua me obstinaba. Al rato de estar allí, los de abajo vimos cómo el Rafa se asomaba por arriba. Después se apareció Héctor, también en la altura, y comenzó a bajar por un cayito de monte que dividía a los dos chorros mayores.

 

Mientras esto sucedía, un grupo –la mayoría muchachas- comenzó a bajar el salto por la izquierda. Con cuidado fueron descendiendo hasta llegar a la poceta de abajo.

 

Por su parte, avanzando entre la maleza, Héctor pudo llegar hasta una mata y se subió en su tronco, que estaba jorobado. Después el Rafa llegó a donde estaba Héctor. La altura desde donde estaban hasta el agua era de unos siete u ocho metros. Abajo, varias cámaras se alistaron para filmar las escenas.
Héctor demoró un rato pensándolo, hasta que al fin se tiró, por supuesto, de pie. Rafa le siguió detrás. Luego Héctor subió hasta el campamento y buscó la soga azul de Liset y Liz, que yo llevaba. Le entró al salto por arriba y amarró la soga a un tronco. Esta cayó hasta la misma poceta. Entonces Edgardo agarró la soga desde abajo y subió por la pared del salto. Ya arriba, se tiró desde el tronco de la mata. Más tarde se apareció Alfredo por arriba y llegó hasta el tronco. Un buen rato se la pasó pensando en tirarse, pero al final no se decidió y regresó por donde vino.

 

Ya casi todo el grupo estaba reunido en la poceta de abajo. A medida que avanzaba la tarde, el frío era mayor. De vez en cuando se formaban tiraderos de agua. Pero poco a poco la gente fue quedando estática en el lugar donde estaba; casi todos estábamos temblando. Pasadas las cinco de la tarde llamé a cocinar, comentando que justo en ese día estábamos en solsticio de invierno, por lo que oscurecería más rápido que nunca. Como aquello no daba más, la gente fue saliendo del agua y comenzamos a subir hasta el campamento, mientras la soga se quedaba colgando en el salto.

 

Después de llagar al área de acampada, unos cuantos bajamos hasta la poceta de arriba para preparar la cocina. Yaser buscó piedras e instaló mi caldero. Yo, con la ayuda de Edgardo y Ernesto, instalé el caldero que había llevado Ernesto. Con leña de los alrededores y gasolina en pasta llevada por Yaser, comenzamos a levantar las candelas. Ernesto aportó también un pomo con luz brillante, aunque casi no hizo falta. La leña estaba algo mojada, pero poco a poco ambas candelas fueron tomando fuerza. En el caldero que atendía Yaser se hicieron cuatro paquetes de espaguetis, y en el que yo atendía, se hicieron tres. Miladys fue quien preparó el agua de los calderos, con aceite y sal. En plena operación, la noche fue cayendo. Liset, Glayds, Mary y otras mujeres fueron preparando las sazones y la carne en sala. Lorenzo picaba la leña cuando hacía falta. Janett buscó paquetes de refresco, que en verdad estaban escasos. Cuando estuvo la primera tanda en el caldero de Yaser, se calentó al agua para otros cuatro paquetes de espaguetis. De cada tanda de espaguetis se extrajo el agua y la preparamos con naranja agria y sal. Los novatos probaron por primera vez en sus vidas el agua de espaguetis.

 

En plena cocinadera.

En plena cocinadera.

Poco después de las ocho de la noche el tiroteo estuvo listo. Miladys sirvió el refresco; yo serví los espaguetis y la carne en salsa, que fundamentalmente estaba formada por perros calientes. Hubo doble, triple y hasta liberado de carne en salsa y de refresco. Los espaguetis dieron para un doble, pero fue suficiente para que la gente se llenara. Lía cogió su ración, como los demás. Varias linternas alumbraron el escenario mientras comíamos. Casi al final de la comelata, Janett instó a apagar las luces para ver el hermoso cielo estrellado.

 

Poco a poco la gente fue agrupándose arriba, en el área de acampada. En la tienda azul de Liz y Liset, para cuatro, comenzó a entrar gente y se formó una tertulia. Alfredo, que había llevado su guitarra, inició una descarga. Llegamos a entrar catorce a la tienda, más otros que hacían de mirones.

 

Pasadas las diez de las noche, la descarga se fue apagando, pues cada cual fue buscando su lugar. La noche no se mostró fría, a pesar de estar en diciembre.

 

Domingo 22 de diciembre del 2013

 

Con la luz del amanecer, la gente se fue despertando sin mucho apuro. Pronto Liset y Gladys comenzaron a preparar el tiroteo. Veintinueve inusuales trozos de guayaba, por su gran tamaño, fueron colocados sobre galletas de sal. Como había poco refresco, pensamos hacer leche en polvo llevada por Miladys, pero no había azúcar y Mary alertó de no endulzarla con refresco, pues una experiencia anterior había sido funesta. Finalmente preparamos poco más de media tanqueta de refresco. Con todo listo, se formó el tiroteo. A Lía la calzamos con bastantes galletas, pues la guayaba y el refresco no eran su fuerte.

En el área de acampada, recogiendo las tiendas de campaña temprano el domingo.

En el área de acampada, recogiendo las tiendas de campaña temprano el domingo.

Después de digerir su desayuno, Héctor fue al salto por arriba y zafó la soga. Algunas tiendas fueron desarmadas mientras tanto. Poco a poco nos fuimos acumulando en la poceta de abajo.

 

Pero el frío no daba tregua, y tras bañarnos un poco, algunos salimos del agua y otros se fueron quedando en una posición estática. De vez en cuando, algún tiroteo de agua sacaba a la gente de su marasmo. Las fotos no faltaron para el grupo que estaba en la poceta. Sin soga de la que agarrarse, Edgardo mostró su valía al subir hasta la mata, agarrándose de cuando podía. Ya arriba, se tiró, cargando una buena picazón provocada por las santanillas. Héctor, por su parte, se trepó por la izquierda y se tiró desde una altura de unos tres metros.

 

Tiradero de agua, con frío.

Tiradero de agua, con frío.

A las once menos cuarto di la voz de salida para el área de acampada. Subimos, recogimos, se desarmaron las tiendas que faltaban, hicimos guardia vieja y partimos de regreso, para poder estar antes de las dos de la tarde en la carretera.
Caminamos por la orilla en ascenso hasta llegar al cruce del río. Después de pasar, un grupito se fue delante, pero al avanzar unas decenas de metros, el camino se enmarañó. Entonces Yaser, Alejandro y yo viramos hasta el río. Vimos otro camino que subía más a la derecha y comprobamos que ese era el correcto. Llamamos a los que se adelantaron por el camino errado y comenzamos todos a ascender por la ruta verdadera.

 

Caminamos en hilera continua hasta el bosque de ocuje, pero en el tramo pedregoso la tropa se fue estirando. Llegamos al terraplén y continuamos subiendo hasta topar con el entronque de terraplenes, donde hicimos un alto para reagrupar a la tropa. Ernesto pudo comunicarse por celular con uno de los choferes y así supo que el camión se atrasaría una media hora, pues se había ponchado una goma.

 

Ya juntos, continuamos rumbo al césped del alto del Mulo. Laura se quedó descalza para pasar los charcos, aunque estos se habían secado un poco. Llegamos al césped y Gladys y Liset picaron el maní llevado para la ocasión. Luego seguimos por el terraplén en bajada, rumbo a la carretera.

 

Paisaje de la Sierra del Rosario desde el camino en el regreso.

Paisaje de la Sierra del Rosario desde el camino en el regreso.

Por el camino recogimos una buena cantidad de papeles de caramelo y de rizos de maíz tirados por gente inconsciente. Nos topamos también con un hombre que estaba cazando pájaros, utilizando el canto de un mayito que tenía en una jaula.

Bajando a la carretera.

Bajando a la carretera.

A las dos y trece minutos llegó el grueso de la tropa a la carretera. Al ver un puente como a unos trescientos metros de distancia, en dirección contraria a Las Terrazas, fui hasta allí con Gladys, para disminuir el churre que cargaba encima. Un limpio arroyo corría bajo el puente. Me quedé en trusa y me bañé en un lugar donde el agua tenía muy poca profundidad, pero la suficiente como para limpiarme un poco. Luego llegaron hasta el arroyo Frank, Celia y Amelie. Frank avanzó un poco, corriente arriba, y halló una poceta cercana donde comenzó a bañarse. Gladys y yo regresamos a donde estaba el resto, cuando otros se embullaron a darse un baño.

 

Esperando el camión para el regreso.

Esperando el camión para el regreso.

A la espera del camión, me instaron a que recitara las décimas de mis enfermedades, y casi terminando la declamación, se apareció el esperado transporte. Les gritamos a los del arroyo, quienes se demoraron un poco en llegar. Finalmente partimos los veintinueve, más la buena de Lía.

 

El viaje hasta Guanajay se fue tranquilo. En el trayecto, recogí el dinero para pagar el viaje de regreso y algunos me dieron también sus veinte pesos para la cercana fiesta del Primero de Enero, por el aniversario de Mal Nombre. No hizo falta recoger dinero por las niñas.
Al llegar a la casa de Lorenzo, ya los choferes estaban dispuestos a seguir con nosotros para La Habana, justo hasta la Novia del Mediodía. Nos despedimos de los “guanajeños” y de Alejandro, y sin tiempo que perder, el camión partió para La Habana. El precio del este nuevo trayecto era trescientos pesos y para ello recogí diez pesos por persona, incluyendo a las niñas.

 

El camión enfiló por la Carretera Central. Caimito, Anafe, Bauta y Punta Brava quedaron detrás, hasta finalmente concluir el viaje en la Novia del Mediodía. Le pagué al chofer mientras una TRANSMETRO se detenía en una parada cercana. Unos nos montamos en la TRANSMETRO y otros se quedaron a esperar el Pe-Catorce, cuando apenas habían pasado las cuatro de la tarde.

 

Terminaba así una pequeña guerrilla nutrida de novatos. Después de tanto andar por Cuba, el cercano Salto San Claudio nos mostraba cuánto aún nos quedaba por conocer en este bello archipiélago.

 

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9 Respuestas a “Salto San Claudio

  1. ke buen lugar y lo mejor es que esta cerca de la ciudad ya sty planificando ir cuando regrese les cuento como me fue. Embullence todos

    • oe cuando te haga falta algo nos contactas, embullate a participar en una acampada general con todos los grupos en el cañon de Santa Cruz en el sitio hay una crónica de ese lugar

    • sí, la idea del Movimiento es genial, pero créeme, por mucho que leas no podrás imaginarte las emociones que vivimos en cada guerrilla. incluso las menos complicadas son una experiencia sin igual, por el simple hecho de las excelentes compañías

      • Y dielo. Deja que vayamos una pila de gente al Can del Sant Cruz. Esa ser la segunda acampada del Movimiento. La haremos el ltimo fin de semana de marzo.

  2. Guille, me encantaría. Por ahora me es imposible, pero más adelante seguro. Voy a ver esas crónicas que me recomiendas.
    Saludos.

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