Visita al salto de San Claudio

Grupo de excursionismo MATCOM

Para ahorrar tiempo y ayudar cargando las casas de campaña Sahily, Dayán y yo nos quedamos en casa del Guille que queda bastante cerca de donde salen los camiones para Pinar del Río. El de pie fue temprano, y con él llegaron las primeras noticias de los que ya no iban. A las personas les encanta embarcar en el último momento y si es para una guerrilla de 10 kilómetros en el medio del monte… Así perdimos a tres de las cuatros mujeres que estaban en la lista; en total los fallos fueron cinco y dos injustificados.

Llegamos al lugar indicado a las 7:20 a.m. y no hubo que esperar mucho por Karell, Oscar, Samir y Arturo. La hora fijada era entre 7:30 y 8:00 a.m. y ya a las 7:50 a.m., Gelin, que sabíamos que venía, no había llegado. ¡Qué impuntualidad! Gracias a esta tardanza se nos fueron tres guaguas y dos de ellas se llenaron lentamente ante nuestros ojos desesperados y nuestros deseos crecientes de que la excursión de Gelin fuese muy corta. Finalmente nos montamos en un camión y Arturo se quedó esperando a Gelin con la indicación de coger algo hasta el kilómetro 51 donde está la entrada para Las Terrazas. A las 8:30 a.m. salió andando el camión y ahí quedaba el buen amigo Arturo, esperando. Cuando el camión avanzó en poco más por calle 100, adivinen quién estaba por ahí llegando… le hicimos señas para que siguiera y encontrara a Arturo.

El viaje fue bastante rápido y sin muchos problemas. A las 10:00 a.m. ya estábamos en la entrada de Las Terrazas, en una parada esperando que algo nos adelantara al pueblo de Polo. Además, estábamos preocupados por los que se habían quedado atrás que no respondían al teléfono. Allí había una mujer que nos hablaba de una guagua ¡a las 3:00 p.m.! Imposible, nos decíamos para adentro, tiene que pasar algo. Hablamos con un chofer de almendrón, lo que usualmente se conoce como un botero y cuando temimos que se bajara con un precio que fuera duro hasta oírlo, nos dijo que por $ 60 nos entraba a todos. Fue hablar y montar; todos hubiésemos pagado un poco más, no tanto, por quitarnos esos 8 km del camino. Ojalá aprendieran un poco los boteros de La Habana que ni cuando le ven la cara de estudiante insalariado a uno, lo llevan más suave. Este señor nos podría haber avanzado un poco más, 4 km, hasta donde empieza la loma que lleva al salto, pero le habíamos dicho a los retrasados que los esperaríamos en Las Terrazas y así hicimos. Hasta aquí el viaje había sido estupendo, eran las 11:30 a.m. y ya estábamos en el pueblo, “solo” faltaban 10 km y ya habríamos llegado, pero esta última parte no dependía de guagua ni camión alguno, así que si no nos perdíamos o algo del estilo, ya estábamos en el Salto de San Claudio. El pueblo de Las Terrazas es muy bonito y acogedor. Fuimos a casa de Polo Montañez, comimos churros de $5 y pan y refrescos en una cafetería de muy buenos precios y mejor atención; parece que aquí no ha llegado el Manual de Mal Servicios y Peores Tratos para cafeterías de moneda nacional que tan bien se pone en efecto en La Habana; ¡ojalá no llegue!

En el puente del pueblo Las Terrazas

En el puente del pueblo Las Terrazas


A la hora de recorrer el pueblo ya estábamos impacientes por salir y casi nos íbamos cuando llegaron los que faltaban, y ya sin ningún cargo de conciencia partimos a nuestro destino. La caminata es larga, son 4 km por carretera hasta llegar a un cartel que te mueres por ver que dice “La Mula” y después 6 km monte adentro. La gran primera parte es subiendo y el final ya es en bajada. Es un camino largo y bastante agotador. Recomendamos a futuros campistas llevar algo para picar en el camino y agua. Además de zapatos resistentes, preferiblemente botas, como las de Samir, que no se enteran del fango. No tuvimos pérdida ninguna, Sandelis tiene muy buena memoria y el mapa fue infalible.
Descanso a mitad de camino

Descanso a mitad de camino


Casi que era mejor quitarse los zapatos

Casi que era mejor quitarse los zapatos


Cuando uno llega al arroyito por el que hay que doblar izquierda, le entra una mezcla de felicidad, sed y cansancio que solo el que ha ido de guerrilla conoce. Después de pasar las casitas de madera que debieron ser muy lindas y caras cuando no estaban podridas, se llega a la zona de acampada, un poco más fangosa y estrecha de lo que uno espera y escucha el sonido del salto de agua que no se ve y lo que todos queríamos era montar el campamento para ir a coger río.
Rica poceta antes del salto

Rica poceta antes del salto


El salto

El salto


El Salto de San Claudio es muy bonito y tranquilo, el agua es fría pero refresca, en general creo que el lugar vale la pena aún después de todo el trabajo que se pasa. Así pasamos lo que quedaba de tarde merendando y bañándonos en el río. Con la noche llegó la hora de cocinar y vimos, una vez más, la falta que le hace a nuestra guerrilla pasar un post-grado de fogata. Los muñequitos y las películas hacen que este problemón no parezca ni un poquito complicado, ¡error! ¿La comida? Espaguetis, ¿qué si no? La última vez que tratamos de hacer arroz fue en el Escambray, y aunque dicen que la cocinera está un poquito orgullosa de lo que hizo, aquello estaba para tirarlo con su amiga la tierra y hacerla más fértil, lo que pasa era que el hambre lograba que las primeras cucharadas estuvieran bien, y las otras comibles. Los espaguetis estaban buenísimos. Después vino jodedera y esperar a que el sueño nos cogiera uno por uno.
Cocinando o al menos intentándolo

Cocinando o al menos intentándolo


Al otro día el de pie fue temprano, un poco de río y después recogida para empezar la vuelta. Si bien el camino de vuelta es casi toda bajada, la parte que es subida es bastante empinada, muy empinada. A la vuelta encontramos una mata de “mandarina-toronja” o si no se llama así debería, pero el hambre no perdona.

Llegamos a Las Terrazas y allí esperamos buen rato -recordemos que era domingo- hasta que algo nos sacara hasta la autopista. Finalmente una aspirina nos hizo el favor por dos pesos por cápita, y de allí, como es usual, un camión repletico, de veinte pesos hasta La Habana.

Conclusiones: recomendamos a todos los que se sientan y crean excursionistas, que vayan; el viaje aunque cansón es bonito y se disfruta mucho. También es bueno ir y no virar al otro día, así se le da un respiro a las piernas, ¡¡las pobres!! No hablamos tanto en la crónica de las bondades del salto porque una imagen dice más que muchas palabras, pero eso sí, ninguna foto se acerca a ver esos paisajes con nuestros propios ojos, así que embúllense y no dejen de ir.

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Una respuesta a “Visita al salto de San Claudio

  1. el excursionista nunca considera agotador un viaje por muy duro que sea, en todo caso es el mejor reto, de eso va el excursionismo. Pongan más tips en las historias, esto es mu útil para quien lee y se motiva a emprender el viaje. Que buena onda la de este movimiento. Saludos.

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