Un fin se semana a “Pan y Agua”

(Excursión al Pan de Matanzas y a Bacunayagua por los grupos Industrial-Tele, y Telecomunicaciones)

Por: Edgardo Fernández

Viernes 7 de febrero del 2014

Se asoman los rayos de sol del viernes 7 de febrero y comienzan los bostezos y vueltas en la cama de muchos habaneros para ponerse en función de llegar temprano a las clases, pero hoy algo nos hace levantarnos con más animo que de costumbre y no es solo porque se acerca el fin de semana, sino que se llega el día que todos esperábamos, el día de la partida para el tan anhelado Pan de Matanzas. Esa tarde fue algo ajetreada: buscar lo planificado para la comida, buscar lo que otros no pudieron encontrar, repartirse algunos de los objetos que no pueden faltar y poder poner de acuerdo a un grupo bien grande para salir todos juntos fue un trabajo arduo.

Alrededor de las nueve de la noche empezaron a hacer aparición en mi casa Mario, Gabriel, Jorge, luego Janett junto a Hectico y por último, Giselle, que sorprendió a muchos porque su presencia se había tornado algo dudosa. A las 9:35 PM salíamos en caravana para la parada del P4, donde nos encontramos con Mary y con Beatriz, la que junto a mi hermano Eduardo y Jorge conformaban la representación del personal de Ciencias Médicas y además, novatos todos en este tipo de actividades. Estando en la parada de 29 y 44 le hicimos una llamada a David para ver en qué situación se encontraban, pues no me había llamado al salir de casa de Carmenchu como habíamos acordado, a la cual nos respondió diciendo que se encontraban en 41 y 42, hacia donde caminamos al instante ya que en ese lugar hay mucho más transporte hacia 23 y G, lugar en el que se había quedado fijado el encuentro de todos los grupos a las 10:00 PM.

Llegamos milagrosamente en tiempo al destino después de dejar a David seguir en la guagua para ir en busca de Maidelys, que todavía estaba esperando el P1 en San Miguel del Padrón. Todos pensamos que le habíamos dicho adiós. Al doblar de 23 hacia G nos encontramos con Frank, del CIPEL, que llevaba ahí alrededor de media hora esperando. Se arrimó al grupo y así, fuimos a marcar en la cola de los sentados del P11 y alertar que faltaban ¨unos poquitos por llegar¨. Empezaron a hacer sus entradas unos minutos más tarde Liset y Alfre, seguidos por Ale, Anthony, Rosy, Fabián, el Migue e Iris. Después de haber dejado pasar el primer P11, nos quedamos rotando como los primeros para el próximo, el cual cogimos a la 11:00PM y nos apropiamos de todo el fondo ya que nos montamos todos menos Gabriel, Mario y Hectico, que se quedaron esperando a David y a Maidelys. El viaje fue corto, de aproximadamente 25 minutos, en los cuales nos dio tiempo a discutir si nos quedábamos en el Morro y caminábamos por detrás, pasando por el Cristo, o nos bajábamos en el Naval y avanzábamos por una calle que decían llegaba directo, adoptando la primera propuesta, que era ya conocida por varios de los que estábamos en el grupo, además, era portadora de vistas más bonitas de nuestra bella capital.

Los dueños del P-11

Los dueños del P-11

Sábado 8 de febrero del 2014

Hicimos un alto a los pies del Cristo para tomarnos unas fotos y disfrutar de la belleza nocturna, además de apreciar esa obra de mármol blanco que puede ser vista desde cualquier lugar de la bahía, nueva para algunos. Janett, Liset, Alfre, Ale y yo bajamos por unas escaleras al costado del Instituto Meteorológico, que llegaba directamente a la estación de Casa Blanca para verificar el horario de salida del tren, no sin antes tropezar con un grupo de tres muchachos tan cargados como nosotros, a los cuales reconocí al momento. Eran Juan Carlos, Rafael e Iván, que junto a David y Hectico integraban la fila de los mecánicos. Les comuniqué que el grupo se encontraba en el mirador del Cristo y les hice saber sobre la escalerita para que no caminaran nuevamente por la calle, la que entre curva y curva hacia mayor la distancia entre la cima y la estación. Ya en la terminal, nos ratificaron sobre la salida a las 4:45 AM y sobre la poca actividad en esa parada en los últimos días, lo que nos quitó la preocupación de tener que ir a dormir a la terminal, así que subimos junto a todos para darles la noticia: El de pie es a las 4:15 AM, para que a los que piensan dormir les dé tiempo a poner al día sus mochilas por la madrugada.

Esperando la salida del tren en la estación de Casa Blanca

Esperando la salida del tren en la estación de Casa Blanca


Bastó con terminar esas palabras y dar Liset una pequeña explicación sobre el tema de la repartición de los alimentos (aceptada satisfactoriamente por todos), para que Giselle y Carmenchu se encontraran ya horizontales una junto a la otra, con necesidad de tres sábanas y un saco de dormir para poder matarles el frío. Seguidamente se acostaron Liset y Alfre cayendo rápidamente en las manos de Morfeo y haciendo el intento después por hacerlo igual se encontraban Janett, Mary y Frank, los que no se pudieron resistir a la descarga con guitarra que se armó por todo lo alto, después de llegados en la 195 David, junto con su comité de compañía y Maidelys, otra que junto a Iris, daba la cara por la facultad de Química. Las cuerdas vibraban incesantes y las voces del público interpretaban las tan gustadas canciones de Melendi, Mana, Buena Fe, entre otras varias, según los gustos. También se contaba con un juego de cubilete.

Por equivocación o por poca atención, despertamos a todos una hora antes de lo previsto, cosa de la que algunos, o mejor dicho, casi todos nos alegramos ya que una vez llegada la caravana a la terminal dio tiempo a darse a conocer ¨el primer nailon ecológico¨, protagonista del primer ¨tiroteo¨ de la guerrilla, cosa que hacía una horas estaban reclamando los estómagos de todos los ¨cantantes¨. Unas tostadas con mantequilla y al final la, discutida por algunos, churrupia, sirvieron para hacer bocas hasta que por fin los dos vagones del tren eléctrico se pusieron en movimiento. Hacía un frío que pelaba y la oscuridad de la noche solo era perturbada por los destellos de color verde propio del roce del tren con la línea eléctrica y su chisporroteo, además de la linterna del cobrador del pasaje en cada una de las paradas, anunciándonos cómo se iba llenando el tren, por lo que se tuvo que hacer algo de guardia junto a las mochilas, labor de la que se encargó Hectico practicando sus habilidades con la guitarra. Pasados unos minutos casi todos se acomodaron hasta quedar dormidos en la ¿comodidad? de los asientos.

Todo muy lindo y tranquilo hasta que por fin, a las 6:10 ocurrió lo que nadie se esperaba excepto Gabriel que muy bromistamente, pero con algo de seriedad, lo llevaba anunciando desde la salida: SE ROMPIÓ EL TREN. Rápidamente empezamos a hacernos interrogantes sobre qué estaba más cerca, ¿la Habana o Matanzas? ¿Cuántas roturas esperábamos si seguíamos? (a la que respondí bromistamente que tres) entre otras; pero para la calma de nuestro cerebro, a las 6:22 el tren comenzó nuevamente a andar y la gente a ocupar sus antiguos puestos. Pero piensen bien y respóndanme si no sería un viaje muy aburrido y poco lleno de emoción si todo hubiese quedado ahí en interrogantes. !!!Sorpresa!!! Llegando a ser solamente las 6:31 AM volvimos a tener otro momento, vamos a decir que de receso al movimiento, por la rotura de un fusible del tren, situación que se aprovechó para ir al baño fuera del tren y comenzar a hacer chistes sobre nuestra desgracia momentánea y a observar la salida del Sol. A los 40 minutos se apareció otro tren igual al nuestro, pero que iba en sentido opuesto, el cual nos empujó por una buena distancia hacia atrás obligándonos a pensar que sí, la distancia para atrás era más corta, pero en el primer cruce de líneas este otro nos rebasó por un costado y el nuestro pudo seguir su curso normal, ya que el problema se pudo resolver. Una vez puesto en marcha y destino a Corral Nuevo, según lo planeado, ya todos estaban más erectos que una suricata y súper alegres de haber comenzado por tercera vez el viaje. Por un tiempo no faltaron las fotos y las jodederas en el medio del vagón. Pero mi profecía no podía dejar de cumplirse y en otro momento de tranquilidad no tan distante, vino la tercera rotura del tren, la cual conocíamos que se podía solucionar con un alambre, el que haría el papel del supuesto fusible que se había roto, pero alrededor de esa zona el único cable que había era el de corriente para el tren, así que imagínense. Dicen que la solución final fue la de utilizar por alambre un perchero que alguien llevaba consigo, aunque lo único que importaba era que fuese cual fuese la solución, había puesto en marcha los dos vagones cargados con 25 excursionistas y varios pasajeros de otros parajes.

Entre el sueño y la preocupación por la tercera rotura

Entre el sueño y la preocupación por la tercera rotura


Una vez llegado a Hershey, a las 8:30 AM, el conductor hizo un pequeño alto para que los pasajeros bajaran a comprar algo, pero de los excursionistas solo lo pudo hacer Anthony, quien tuvo tiempo nada más y nada menos que para un vasito de café, del cual probó la gran mayoría. Al arrancar, avanzando casi 100 metros, nos esperaba otro tren, solo que este contaba con un único vagón, en el cual tuvimos que acomodarnos los pasajeros de los dos vagones anteriores. Una vez mudados y despojados de nuestros asientos, ya que como estábamos en el último de los primeros vagones, fuimos también los últimos en entrar al nuevo, casi todos nos quedamos de pie. Solo algunos lograron sentarse, pero los que lo hicieron, al momento quedaron rendidos. Nuevamente comenzamos a poner caras largas porque el efecto de aquellas tostadas en Casa Blanca ya había desaparecido. Una vez más se armó el tiroteo, solo que esta vez en medio de aquel vagón lleno de personas, así que imaginen las miradas. Aquí algunos tuvieron la oportunidad de apreciar la altísima capacidad de Liset de partir la guayaba en pedazos iguales y de tan solo con mirar un pomo lleno de refresco, saber la cantidad que le tocaría a cada uno. Así comenzó la distribución de nuestro primer desayuno, el cual constó inicialmente de tres galletas saladas, un buen trozo de guayaba y un vaso de refresco. Poco a poco se fueron repartiendo las galletas y la guayaba hasta que se le dio fin al paquete que se había abierto, se recogieron las jabas ecológicas (como las llamamos) y se barrió un poco el piso para botar las sobras de las galletas.

El tema a tratar durante el desayuno fue sobre lo que íbamos a hacer finalmente, pues a causa de las tres roturas llevábamos alrededor de dos horas más tarde de lo planeado, pudiendo estar muy apretados de tiempo para subir el Pan y poder llegar a Bacunayagua el mismo día, ya que el transporte era una cuestión que por esa zona no nos acompañaba mucho. La decisión se sometió a votación, elevándose la propuesta de bajarse en Canasí y coger un camión hasta Bacunayagua ya que la idea del snorkeling era más llamativa para la mayoría, excepto por Giselle y Hectico, que sí querían llegar a la cima del Pan. Ante la inconformidad de dichos compañeros, se comenzó a averiguar con los pasajeros del tren cuánto demoraba este desde Canasí hasta Corral Nuevo, dándonos por entendido que era alrededor de 20 minutos y volviendo a hacer una valoración de la situación física del grupo y del tiempo restante, surgió nuevamente la idea de hacer la guerrilla tal y como se planeó desde un principio: primero el Pan y luego la Costa Norte. Al instante todos nos encontrábamos alzando la mano y con la sonrisa de oreja a oreja. En ese momento comenzamos a contar las paradas restantes, las cuales eran un total de nueve, lo que nos resultó un poco raro para tan solo 20 minutos; y más aún cuando al ver en la ruta en el pasaje, las estaciones iban lo mismo para adelante que para atrás, no acorde al papel. No fueron solo 20, pero a la media hora ya se divisaba el cartelito blanco con letras negras que decía ¨Corral Nuevo¨. Eran ya las 9:40 AM cuando estábamos todos en el terreno, firmes y ansiosos por estirar los pies.

La instalación de bienvenida

La instalación de bienvenida


Para comenzar el viaje, la gran mayoría orinó detrás de la casetica de bajada y posteriormente nos tiramos una foto de grupo. Empezamos nuestra travesía siguiendo a Janett, que era la que conocía el modo de llegar al Pan, apoyada en un croquis dibujado por Sandelis. En el recorrido teníamos que pasar por un poblado, en el cual Janett y yo nos adelantamos para buscar información sobre cómo salir en la tarde de allí y dirigirnos a Bacunayagua, cosa que las personas de esa zona respondieron al instante dando varias opciones, decidiéndonos por la primera, por lo que el ascenso y la bajada debían ser lo más rápido posible, preferiblemente antes de la 1:00 PM. Ale también se dirigió a hablar con el dueño de un camión que se veía en el portal de una de las casas para cuadrar si podía transportarnos a la vuelta, pero no sirvió de mucho ya que dijo el hombre que no tenía combustible. Volviendo a nuestro interés, seguimos en la avanzada, doblando izquierda en el final de una calle que parecía ser la principal del pueblo y no muy larga, por cierto. Allí, nacía un trillo bordeado por árboles, de aproximadamente 200 metros, a partir de entonces comenzó a despejarse el área, dando lugar a una vasta y hermosa llanura dotada de solo una casita, algunas vacas y en el fondo, a lo lejos, rompiendo con el marco de aquel paraje, el Pan de Matanzas de un color verde intenso y blanco en una de sus esquinas gracias a una formación pedregosa. También a la derecha del camino se hallaba una pequeña presa de un agua bastante cristalina, que de no ser por la escasez de tiempo, hubiera sido motivo de frescura para todos.
En la cercanía de la base del Pan y este último en el fondo

En la cercanía de la base del Pan y este último en el fondo


Aproximándonos más a la base encontramos dos caminos, uno de ellos con una cerca de alambre de púas que impedía el paso, pero mantenía un más marcado camino a seguir, así que abrimos la cerca y continuamos a través de este, que era de tierra y con varias elevaciones por una corta distancia. De repente el camino se convirtió en una carretera con una pendiente lo suficientemente inclinada como para quitarte la ganas, así que se acordó por mayoría de votos el dejar escondidas entre las matas las mochilas con comida y con bultos innecesarios. En medio de aquel momento salieron disparados a correr la loma Mario y Gabriel, quedando este último caído en primer lugar como a unos cincuenta metros y más tarde Mario diez metros por delante.
Segundos más tarde comenzó a caminar Giselle, con paso lento hasta llegar más menos donde Gabriel. No pude contener la invitación a desafiar tan semejante loma, por lo que me armé de valor junto a mis botas y mi mochila (al igual que los ya mencionados) y comencé a correr cuesta arriba. Se sentía como si la distancia no pasara y estuvieras trotando en el mismo lugar. Pude pasar unos pocos metros por delante de Mario antes de poder hacer otra cosa que no fuera casi arrastrarme porque ya estaba, como quien dice, ¨gateando¨. Para lo único que me quedaba energía era para acostarme, cosa que disfruté por varios segundos mientras la gente subía. Luego, poniéndome en posición de sentado en el medio de la calle, caí embobecido de lo que tenía en frente: una vista magnífica del Yumurí y de la costa norte, el puente de Bacunayagua, entre otras cosas cautivadoras por su sencillez. Fotos a esto no faltaron, ni tampoco del grupo avanzando los primeros pasos ya en el Pan.
Una de las vistas del valle Yumurí y de la tropa

Una de las vistas del valle Yumurí y de la tropa


Uno que otro, que no lo habían probado, lanzaron un sprint desde puntos más altos, pero lentamente, sin uno darse cuenta, la pendiente se hacía cada vez más vertical y los tramos se tornaban infinitos, por lo que esa exhaustiva gracia se fue despejando con la altura. Poco a poco (a los que nos quedaban) también fuimos escondiendo las mochilas a lo largo del camino; primero Mario, Carmenchu y yo, seguidos de Eduardo, Fabián y el Migue un poco más adelante. Hubo un tramo en que lo que nos separaba de un precipicio no eran más que unos árboles, así que me adentré por un pequeño sendero que se desviaba a la derecha para ver si podía capturar un mejor plano de la zona no visible claramente, que por desgracia no pudo ser, ya que la maleza no daba oportunidad. Lo único que logré conseguir fue una flor de color violeta, que le regalé a Janett muy gustoso al retornar al camino. No me pareció ver otra flor en todo el Pan.

El reloj marcaba las 11:10 AM. Janett, Giselle, Eduardo y yo íbamos en la delantera cuando para nuestra satisfacción, todo comenzó a tornarse horizontal y no se divisaban más elevaciones adelante, señal de que la cima estaba rozándonos las narices. Ahora sí!!! Mi hermano y yo corrimos lo que faltaba con más energía que nunca hasta llegar a una estructura de cemento que tenía aspecto de pista de helicópteros. Desde allí la vista era más que genial. Todo lo visto anteriormente no se comparaba en lo más mínimo con aquello. Toda la provincia de Matanzas, el mar, la bahía y el Valle con visión de 360°, dotado de planos y otras pequeñas elevaciones, pero ninguna tan imponente como en la que nos encontrábamos. Hubo quienes comenzaron a hacer llamadas anunciando donde se encontraban, de lo más emocionados, mientras otros tan solo quedaron estupefactos grabando detalladamente tal espectáculo en su memoria.

Esperamos por un rato a que llegaran Liset y Alfre con el resto del grupo, ya que ellos se dedicaron a alentar a la retaguardia a seguir adelante, labor en la que se destacaron porque al final todos llegaron bastante rápido, incluso un caso especial del que pocos se dieron cuenta, que por poco no llega, pero después de tomar agua, algo de fresco y ver las barras de maní que llevaba Liset, se olvidó de su fatiga. Nadie pudo decir que no lo logró. Reunidos los 25 en la cúspide, nos tiramos una foto.

En la cima del Pan de Matanzas

En la cima del Pan de Matanzas


Mientras algunos comenzaron a bajar, otros se adentraron rápidamente en unas escaleras que se encontraban al lado de una construcción que según después pregunté, sirve como refugio. La curiosidad sí que les picaba. Entre ellos se encontraban Mario y los médicos. En la delantera del descenso lideraban Janett y Carmenchu, las que en un instante se perdieron del alcance de las miradas. Cuesta abajo todo era más sencillo. La primera parada la hicimos esperando al Migue y a mi hermano, para que recogieran sus mochilas, cosa que posteriormente nos dedicamos a hacer Mario y yo. Más que para sorpresa, fue motivo de preocupación cuando al llegar al lugar donde nosotros dos, junto a Carmenchu, habíamos guardado nuestras cosas. Estuvimos buscando por varios minutos y en gran parte lamentándonos de haberlas dejado allí. Durante este tiempo nos pasaron todos por al lado y mi hermano se sumó a la búsqueda. Solo después de llegados todos abajo, comentaron nuestra preocupación, a la que respondieron dándonos un grito de que Carmenchu y Janett las habían recogido, pero como nos llevaban tanta ventaja, ni cuenta nos dimos. Qué clase de apuro en el que nos pusieron. Estando todos reunidos en la base, volvimos a tomar posesión de nuestras pertenencias y nos pusimos en camino de regreso.

Eran las 12:05 PM, así que estábamos cumpliendo con el tiempo planeado, pero de todas maneras Janett me sugirió que me adelantara y me asegurara del horario del camión que pretendíamos tomar. Al momento salí trotando y luego a caminar con un paso más acelerado porque en realidad creo que no rendía para más que eso. En esta parte del viaje fui acompañado por Ale, que me alcanzó después de haber cruzado la cerca da alambre de púas mencionada anteriormente. A lo largo del viaje hablábamos sobre el paisaje, y al ver una mata de cocos, le comenté sobre lo que me gustaba el agua de esta fruta, a lo que el asintió que coincidíamos totalmente en ese gusto. Le propuse recoger unos cuantos que había visto alrededor de la mata cuando buscaba una ubicación mejor para fotografiar el Pan. Al parecer, más nadie los había visto. Terminando la propuesta, fuimos rápido hacia la mata y cargamos cada uno con tres ejemplares bastante voluptuosos.

En cuanto llegamos al parque soltamos los seis cocos en un banco y las mochilas para luego preguntar sobre el camión, que nos dijeron que estaba por llegar. También hablamos con el chofer de un camión que acababa de parquear para ver si nos podía llevar hasta el puente, pero tenía la parte trasera llena de herramientas, y como estaba solo, nos dijo que no podía. Al rato comenzaron a llegar los primeros integrantes del grupo y a adueñarse del parque: de los bancos así como del césped. Compraron varias latas de refresco en un kiosco del pueblo, que se repartieron entre todos y más tarde los que tenían machetes pelaron dos cocos para disfrutar de su masa y un poco del agua, que en parte se perdió mientras se pelaban. Mientras esto ocurría, llegó un camión, al que Liset, Ale, Janett y yo fuimos de inmediato para hablar con el chofer. No logramos mucho, ya que pretendía cobrarnos 20 pesos a cada uno por llevarnos hasta Bacunayagua apoyándose en un cuento chino que nadie se tragó. Al final nos montamos en ese mismo camión, pero esta vez por 5 pesos hasta la cuidad de Matanzas, como lo era normalmente, no sin antes recoger las latas y las cáscaras del coco y botarlas en unos cestos.

Risas y toma de fotos en el camión

Risas y toma de fotos en el camión


Por el camino contactamos por teléfono con unas amistades de Matanzas que se unirían allí con nosotros, esperándonos en el comienzo del Viaducto. El camión nos dejó en la calle Milanés en la cual nos montamos en una guagua que nos dejó en la ubicación del futuro encuentro. Por unos minutos pudimos apreciar la entrada de la ciudad, decorada con varias obras de arte en homenaje a Bonifacio Byrne (poeta oriundo de Matanzas), especialmente un parque dedicado al artista. Giselle no pudo contenerse la tentación de retratarse junto a unas pinturas en las paredes de una esquina. La de la derecha, daba la impresión de la continuidad de un camino a través de esta, mientras que la de la izquierda simulaba la entrada a una casa colonial con una niña recostada a una columna. De repente vi a lo lejos a la pareja de matanceros que estaba esperando: Yosniel, compañero de aula mío y de Giselle, acompañado por Jenny, su novia, que ya habían encontrado al grupo. Al llegar allí, rápidamente nos dieron unos trozos de una barra de maní, que serviría como almuerzo, junto a unas galletas y un poco de masa de coco que pelaron bajo la sombra de una mata, en la que dejaron los cocos que sobraron. Rápidamente llegó una guagua.

Eran ya las 2:25 PM cuando comenzamos a montarnos el primer grupo, ya que Liset se iba a quedar esperando a Mayre, otra matancera que se nos uniría. Por suerte, montándose el último del primer grupo, ella hizo aparición, así que al final nos fuimos todos ¨bien junticos¨. El pasaje tuvo un costo de 10 pesos por persona y una duración de tan solo 25 minutos. Andando por la carretera, nos bajamos en una curva que tenía una desviación hacia la derecha que llegaba hasta la base del campismo ¨Bacunayagua¨. La carretera era larga y poco inclinada, dotada de flores de romerillo, matas de aroma y de guao a ambos lados, todas de baja altura, además de una vista al mar bien clara, lo que distante. Con paso lento y alguien con uno más retozón, comenzamos la avanzada el grupo de ahora 28 guerrilleros. Por el camino nos cruzamos con un grupo de vacas de buen peso hacia las que muchos tuvieron pensamientos malintencionados, pero mejor cambiar el tema, no vaya a ser que me censuren la crónica.

De repente la pendiente de la calle cayó abruptamente pegándose casi a la costa y siguiendo su camino paralela a esta. La brisa en esa parte ya refrescaba nuestros cuerpos del sol que habíamos cogido por todo el camino. A las 3:25 PM se observaba a una distancia bastante corta la reja de entrada al campismo, al que entramos rápidamente a sentarnos a la sombra y a descansar por unos minutos. Allá nos recibió el encargado del campismo, ofreciéndonos rápidamente alguna cabaña para quedarnos, lo que no era la idea desde un principio. Le explicamos que pensábamos acampar a la orilla del mar en nuestras casas de campaña, advirtiéndonos que eso no iba a poder ser porque el personal de guardacostas no nos lo iba a permitir, pero hacía falta más que eso para quitarnos la ilusión.

Tomando un descanso en la entrada del campismo

Tomando un descanso en la entrada del campismo


Seguimos por la orilla en busca de Yaser y el Rafa, que se encontraban ahí desde temprano en la mañana, preparados con caretas, patas de rana e isotérmicos para bucear por la zona. En menos de un abrir y cerrar de ojos estaban armadas todas las casas de campaña y todo el personal disfrazado para meterse al agua. Janett fue de las primeras en meterse con todo el equipo para disfrutar el hermoso paraíso que nos reservaba el lecho marino, seguida de Yaser y Liset. Asimismo me embullé y salí tras ellos con solo una careta. Avanzamos hacia las afueras una distancia bastante considerable porque en esa área de costa, que tenía forma de bolsa, la profundidad era muy baja. Solo después de una piedra que resaltaba en el medio del agua a la salida de la bolsa es que comenzaban indescriptibles cambios.

La descripción del paisaje de ahí en lo adelante se la dejo a otro del grupo, ya que yo no tengo palabras para hacerlo ni tampoco pude apreciarlo en su totalidad debido a que tuve que regresar porque no podía seguir el paso de Janett y Yaser. Discúlpenme pero no me gustaría dejar a medias tal maravilla. Alcanzando la orilla acompañé a Giselle a que alquilara una cabaña en el campismo para ella y para otras niñas, que por una que otra razón la necesitaron. A los 5:30 PM comenzaron los preparativos para la comida, bajo una mata de uva caleta en la parte trasera del campamento. En esta su utilizó la diminuta cantidad de 12 paquetes de espaguetis, 8 paquetes de perro, una lata de carne, un buen trozo de jamonada, puré de tomate de todos tipos, entre otras cosas. Yaser y Alfre se encargaron de hervir los espaguetis mientras Mayre, Mary, Liset y yo picábamos los cárnicos y las especias, a la vez que masticábamos de un trozo de chicle distribuido según las indicaciones de esta última: marca el dedo y pica.

Preparando la cocina

Preparando la cocina


Por otra parte, Mario, Fabián y otros ayudantes buscaban buena leña para armar una fogata para la actividad nocturna. En medio de aquello pasó la patrulla de guardacostas, así que aprovechamos para explicarle al teniente que estaba frente al grupo sobre lo que teníamos planeado hacer, respondiéndonos que no había ningún tipo de problema, que hasta incluso íbamos a estar acompañados por una patrulla nocturna para seguridad nuestra. Recogieron los carné de identidad de todos los que estaban presentes para realizar los protocolos establecidos y un rato más tarde se los devolvieron a Liset. A las 7:30 PM ya la comida estaba casi terminada, solo le faltaba un poco de fuego a la salsa. Durante la espera, varios de los que estaban allí degustaron por primera vez una bebida autóctona de las guerrillas: el ¨Agua de Espaguetis¨, siendo de gran aceptación por todos los que la probaron. A las 8:45 comenzó el momento más esperado: La comida!!! Con la organización y racionalización que nos caracteriza, se comenzó a repartir el banquete, primero por las féminas y luego por los varones. En esta ocasión no había niños.

Después de haber satisfecho a todos y guardarles su parte a los mecánicos que todavía no llegaban, se procedió a pasar al doble al personal más hambriento, donde todos participamos. Qué curioso, ¿no? Terminando aquello fueron todos a la orilla a conversar mientras que Fabián y yo prendíamos la fogata, que se convirtió en un dolor de cabeza. Pero… cuando se quiere se puede, así que al rato ya habíamos formado un círculo alrededor del fuego y cantábamos bajo el sonido de David junto a su guitarra. Uno de los guitarristas, Alfre, ya había caído en sueño. Más tarde, entre la maleza, apareció repentinamente una silueta dando tumbos con algo que brillaba en la oscuridad de aquel monte: su muleta. Era Sandelis. Con tremenda alegría fue a saludar a los ahí presentes dando su ¨tropezón¨ accidental como de costumbre y cayendo completamente arriba de Mary, el Rafa y Hectico. En un instante se sumó a la tertulia y un rato más tarde se metió en el agua, apoyándose del calor de la fogata al salir, porque el agua estaba helada y además soplaba un viento tremendo. La velada fue disfrutada por todos y la imagen de la rueda alrededor de la fogata en esa noche me atrevo a asegurar que perdurará en el corazón de las 31 personas que asistimos a la guerrilla y que encontramos además, casi una nueva familia en medio de todas la vicisitudes. Con el paso del tiempo fuimos cayendo poco a poco hasta quedar todos rendidos. Recuperar energía para continuar la aventura al día siguiente también era algo importante.

Domingo 9 de febrero del 2014

Bastó solamente que se alzara el astro rey en el horizonte para que comenzaran a abrirse las tiendas y salir de uno en uno a coger un poco de sol para quitarse el frio interior, propio de una noche playera. Jorge y yo fuimos a llenar de agua tres pomos grandes de cinco litros y cuatro sencillos para el refresco del desayuno y posterior travesía. Después de disfrutar del desayuno nos separamos en dos grupos: uno iba a ir buceando hasta las costas del antiguo campismo ¨El Narigón¨, actualmente abandonado, que se encontraba como a 2 kilómetros del campamento, mientras que el otro planeaba ir caminando por la costa hasta el mismo lugar. Yo fui por tierra con el segundo grupo. Por el camino tuvimos que hacer buena escalada para alcanzar la cima del precipicio y entonces proseguir desde la altura. Nos tomamos varias fotos encima de piedras que se encontraban en el camino y nos detuvimos un buen rato en una bajada que daba a como una pequeña piscina natural lo suficientemente profunda como para lanzarse desde las rocas que la rodeaban, que en su punto más alto alcanzaban alrededor de 7 metros.

Los viajeros por tierra

Los viajeros por tierra


El primero en lanzarse fue Mario, al clavado, seguido por mí y por Yosniel. Más tarde lo hicieron Rosy y Eduardo de pie. Es una experiencia bastante emocionante, si no lo piensas mucho. Un poco más adelante, doblando un pico de costa, se observaba un plano de puro diente de perro y a su izquierda una peña de piedra de varios niveles, muy tentadora, que comenzó por subir Frank, llegando hasta la cima y siendo el único en llegar hasta allá, pues nadie del resto se atrevió. Su premio fue una pluma de al parecer una tiñosa, pero de un tamaño inmenso y de gran belleza. Su foto en la cúspide no faltó, ni otras después acompañado por mí, Giselle, Yosniel, David, Gabriel e Iván, en orden de aparición, solo que estas últimas en un nivel inferior. Desde abajo Jenny fue la fotógrafa. Todos seguimos adelante después de despedirnos de Yosniel, porque Jenny tenía dolor de cabeza por el sol y por haber comido maní, que le hace algo de daño, además, tenían que virar rápido para Matanzas y preparar las cosas para ir para la CUJAE, donde Yosniel esta becado.
Una foto por todo lo alto

Una foto por todo lo alto


Después de atravesar el lapiés encontramos otra poceta con una altura menor que la anterior y con una bajada hasta el agua mucho más cómoda. Me costó solo unos minutos el convencer a Carmenchu y a Maidelys de tirarse, al igual que todos, cosa a la que terminaron cogiéndole el gusto, pues no se atrevían a hacerlo. Allí nos quedamos por un buen rato. También se buceó con la careta que yo llevaba para regresar nadando. Mario y Gabriel decidieron seguir avanzando por la costa, hasta que llegaron a un lugar donde para continuar había que bordear un peñasco bastante complicado. Mientras ellos se dedicaban con esmero a la labor, Giselle, Frank y yo caminamos por el otro costado, el de la izquierda, que quedaba todo por tierra. Desde allí se tenía una vista fabulosa de lo que continuaba de costa: como si fuese un puerto, por la rectitud de la orilla y el cruce tan perpendicular al acercarse la montaña que quedaba de frente. También al fondo se podía divisar como una pequeña gruta que nos invitaba a continuar.

Lástima que el reloj marcaba ya las 11:00 Am, por lo que debíamos apurarnos para volver, almorzar, salir de aquella zona hasta la carretera y volver para la Habana. Fue una pena el no contar con tanto tiempo como para explorar en su totalidad aquella zona. Comencé a darles gritos a Gabriel y a Mario, que todavía estaban bordeando las piedras. A la vuelta, los de la poceta estaban listos para irse, así que, en conjunto otra vez, volvimos sobre nuestros pasos. Llegando al primer lugar de donde nos tiramos, me lancé al agua, junto a Juan Carlos -que venía por el agua desde la poceta- apoyado de unas patas de rana que me habían prestado. Desde aquel lugar viramos nadando, Juan Carlos con las patas de rana y yo con mi careta. Había que cuidarse de no acercarse mucho a la orilla porque la profundidad era casi nula y el erizo estaba sato en esa zona. Hubo una parte donde todo cambió repentinamente. Juan Carlos me pregunto qué cuan profundo estaba, porque el agua se puso más oscura, por lo que miré hacia abajo. Estaba tan profundo que lo único que se me ocurrió responderle fue: tú nada, solo nada y rápido. Qué mala impresión en medio de aquella nada. Al cabo de pocos minutos ya estábamos parados en la mismísima orilla.

Vistas a ambos lados de la Playa. A la derecha el campismo y a la derecha el camino al Narigón

Vistas a ambos lados de la Playa. A la derecha el campismo y a la derecha el camino al Narigón


Vistas a ambos lados de la Playa. A la derecha el campismo y a la derecha el camino al Narigón

Vistas a ambos lados de la Playa. A la derecha el campismo y a la derecha el camino al Narigón


Llegando a las sombrillitas, Liset mandó a sacar las cosas para el almuerzo, que esta vez fue más variado que en otras ocasiones. Maní hubo más que de costumbre, ya que cuando se preparó el almuerzo en el viaducto el día anterior, yo no estaba presente y conmigo ausente también el bolso con la mayor parte de la comida; por tanto, el domingo lo que había era mucho. También se armó la discusión por probar los turrones que tenían granos dentro, por lo que se procedió a picar los siete que se tenían, para que todos pudieran tomar un pedazo de estos. El resto del maní se picó de igual manera, equitativamente entre los 29 que quedábamos, pues Yosniel y Jenny ya se habían marchado.
Los custodios del almuerzo

Los custodios del almuerzo


Un plato no visto anteriormente fue garantizado por Jorge, que sacó un pomo de mayonesa y dos latas de jurel, con lo que se preparó un pozuelo enorme lleno de pasta, a la que minutos más tarde se le añadió otra lata, casualmente también de jurel, que llevó Ale. Después de satisfacer nuestro estómago y reposar unos instantes, se recogieron las tiendas que aún quedaban en pie, se devolvieron las llaves de las cabañas y nos centramos todos en recoger gran parte de la basura que había en la orilla, llegando a abultar una cantidad mucho mayor que la brindada por nosotros en esa noche, la que llevamos posteriormente hacia los cestos del campismo. ¡Que diferente se veía ahora la playa!

A las 2:15 PM, mochila a la espalda y con conocimiento de lo que nos esperaba, se comenzó a caminar. Los cuerpos ya se habían acostumbrado al llano, por lo que una loma nuevamente fue un duro golpe. Una cosa sí era ya segura: era la última de ese fin de semana. El sendero era de tierra, mucho más corto que la carretera al campismo y más plano que la calle al Pan. Nos llevó no más de 20 minutos alcanzar la cima, marcada por una torre de comunicaciones inmensa, situada a un lado de la autopista Habana-Matanzas. Varios propusieron hacer una visita rápida al mirador de Bacunayagua, que sin dudarlo, aceptamos los 29 ahí presentes porque era un lugar nuevo para muchos. El lugar es pequeño, con una feria artesanal a la entrada y una cafetería con varias mesitas en una especie de terraza, de donde se podía observar nuevamente el Yumurí y el puente de Bacunayagua en todo su esplendor, maravilla de la ingeniería civil cubana y el más alto del país.
A la izquierda una vista del Pan desde el mirador y a la derecha el puente de Bacunayagua

Una vista del Pan desde el mirador y el puente de Bacunayagua

Una vista del Pan desde el mirador y el puente de Bacunayagua


La distancia entre el Pan y la costa se podía apreciar claramente que era ¨grandísima¨; y así querían atravesar el valle: ¡qué locura! Al entrar, todos nos miraban con cara de… ¿De dónde salieron todos estos locos? Así nos tiramos unas fotos de grupo y otras sueltas hasta que se fueron adaptando a nuestra presencia los demás visitantes del mirador. Se compraron varias latas de refresco que vendían allí, que todos disfrutamos, al igual que el sabor, digo, del olor de los tragos de piña colada de no quiero recodar el precio. Al rato nos fuimos a coger la guagua, o al menos a hacer el intento, porque mientras esperábamos a que alguna nos parara, algunos durmieron una siesta, otros comieron del polvo de palitroques que quedaba en el bolso donde guardaba yo la comida y la gran mayoría, de uno en uno, pasaron a entonar una que otra canción mientras David o Alfre tocaban la guitarra. El cantante más destacado fue el Rafa, con sus temas de Marc Anthony.

En esa situación estuvimos hasta las 4:50 PM, que al no ver manera alguna de salir, decidimos que la mejor opción era regresar para Matanzas. Para hacerlo, nos montamos en un camioncito que casualmente nos paró y se atrevió a montar a aquella turba de gente. Si las sardinas en lata van apretadas, no se quieran imaginar cómo íbamos nosotros. En ese paso perdimos a Iván, que pasado ya un tiempo, llamó informando que estaba en la Habana. La incomodidad no es motivo de disgusto en una guerrilla, cosa que se demostró cuando a Sandelis le dio por cantar durante el viaje un tema de Maná, y la agrupación terminó acompañándonos hasta el ya conocido Viaducto matancero.
Las sardinas de fiesta en el camión

Las sardinas de fiesta

Las sardinas de fiesta


La situación allí estaba también bastante fea. ¡Qué cantidad de gente en aquella calle! Janett, Fabián y yo fuimos hasta un centro de trabajo de ahí cerca a pedir permiso para llamar a nuestros compañeros de Matanzas becados en nuestra escuela, pero no pudimos dar con ninguno. Por otro lado, David habló por su móvil con un compañero de clase suyo, también de esta provincia que sí nos pudo dar información sobre una guagua que transporta estudiantes desde Matanzas hasta la CUJAE los domingos en la tarde, de la que desconocíamos el lugar y la hora de salida, cosa que nos aclaró al momento. El nuevo reto ya estaba planteado: llegar al puente de la Plaza antes de las 6:00 PM. Antes de empezar a caminar, Eduardo y Jorge se cruzaron con una muchacha de su aula que viraba en carro para su casa, también en Playa, que les hizo el favor de llevárselos. Otros fueron más gustosos de seguir de guerrilla y partieron en dirección contraria, esta vez para Varadero, a pasar allí la noche. Este grupo fue formado por el Migue, Iris, Ale, Fabián, Anthony y Rosy. No sin antes volver a tomar los cocos escondidos anteriormente, los 22 que quedábamos fuimos casi que volando, guiados por Mayre, que conocía la ciudad, hasta el parque indicado, en el cual pudimos saludar a muchos conocidos y a unos que otros compañeros nuestros de la escuela. La guagua que supuestamente salía a las 6:00 PM, tuvo una demora bastante prolongada, durante la cual tuvimos nuevamente tiempo de sobra para recrearnos.

Un momento bastante gracioso fue la toma de fotos de David en una esquina del parque tocando guitarra y con un pedazo de coco que simulaba una vasija, dando la impresión de una recogida de limosna para montarse en la guagua. Algunos le echamos unas pesetas. También tuvimos un accidentado: Sandelis, sacándole la masa a un coco con un cuchillo de mesa, que de manera descuidada se cortó profundamente el dedo del medio de la mano izquierda, botando gran cantidad de sangre. Aquí tuvo el papel protagónico Betty, que aplicó sus conocimientos de medicina para detener el sangramiento y cubrir la herida. Ya caída la oscuridad de la noche, llegó la guagua al parque. Liset fue al instante a hablar con el chofer para ver si podía cargar con todos los viajeros extras por el precio al que estábamos preparados: 20 pesos. No hubo problema con eso y alrededor de las 7:00 PM ya nos encontrábamos camino a casa. En el viaje hubo más guitarra, para variar, pero esta vez con un nuevo guitarrista que venía en la guagua, con varios temas de mayor gusto para David. El resto del grupo se mantuvo esta vez más en silencio. Con mucha alegría nos despedimos de los que se iban quedando por el camino que se abría paso por la Carretera Central desde San Miguel hasta la CUJAE, destino final del ómnibus.

Al fin en la Habana, para la alegría de todos, y no solo en la Habana, sino en un rincón de ella tan querido por todos los ahí presentes. A solo unos minutos de nuestras casas, nos despedimos, deseando en lo más profundo volvernos a encontrar todos juntos en otra experiencia tan maravillosa como esta. Aquello no fue un adiós, sino un hasta pronto.

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