Pico Caracas 2014

Por Miguel Alfonso Sandelis, integrante del grupo Mal Nombre

2 de junio del 2013

Aquella tarde en Minas del Frío tenía un confort especial. Habíamos cumplido con nuestra meta, y sobre todo, con el homenaje “al mejor amigo de Cuba”. Chávez quedaba junto a Bolívar en la cima del Pico Caracas, alzado en un monumento en el que se destacaba el busto con su inconfundible rostro. Entonces Edgardo, el carismático embajador de Venezuela en Cuba por aquel tiempo, me dijo que debíamos volver en el aniversario de la desaparición física de Chávez. René, el héroe también presente, formó parte de aquel compromiso.

Febrero del 2014

El hecho de que el aniversario de la muerte de Chávez fuese un miércoles me tenía la cabeza dando vueltas, pues significaba perder una semana completa en la excursión. Además, el propio día cinco de marzo yo estaría en un Taller Territorial de Valores de las provincias occidentales, que se haría en la Universidad Agraria de Mayabeque.

Pero María Teresa me dio la idea de usar el fin de semana, aunque no subiéramos el mismo día cinco. Ello no disminuiría en nada nuestro homenaje ni el cumplimiento de aquella promesa hecha en Minas del Frío. Ya Edgardo no podría estar, pues había terminado su misión en Cuba. René tampoco iría, pues tenía una misión importante en Londres por la liberación de los otros héroes que aún quedan en prisión. Pero estaba Mal Nombre y el homenaje se haría.

Jueves 6 de marzo del 2014

Los malnombristas comenzaron a llegar a la Estación Central de Ferrocarriles de La Habana alrededor de las cinco de la tarde. La hora fijada por el grupo era las cinco y cincuenta, exactamente una hora antes de la prevista para la salida del tren Habana-Guantánamo. A las cinco y cuarenta y cinco, me aparecí en la Estación proveniente de Mayabeque, con vestimenta del evento, nada apropiada para una guerrilla. Entré al salón principal, saludé a la gente y les pedí que me hicieran un ruedo para cambiarme de ropa. Pero unos pocos lo hicieron, pues la mayoría se apartó dándome cuero. No obstante me quedé en calzoncillos allí mismo y me puse el mono deportivo que saqué de mi mochila, la cual Mary me había traído desde su casa.

Mary no iría a la excusión, pero allí estaba para despedirnos. También nos acompañaban Yaser, Raine, Samuelito y algunos padres de los más jóvenes. Ana y Mary rectificaron los pasajes. Del listado final, solo no iría Rayner, el bioquímico carpintero. Éramos cuarenta y seis en total para montarnos en el tren. Adrián, residente en Suecia, y Cheo, un venezolano amigo suyo, también residente en Suecia, se unirían con la tropa en Bayamo, pues no consiguieron comprar pasajes en divisas en el tren Guantanamero.

Comenzamos a pasar al andén, luego de presentar nuestros boletos y carnés de identidad, pero a Lizet se le quedó la tarjeta de menor de Christopher, lo cual constituyó el primer rollo de la excursión. El hombre que chequeaba los boletos se paró en “tres y dos”. Que si con doce años ya Christopher no era un menor para ellos, pues pagaba pasaje completo; que así no podía viajar porque si le pasaba algo era su responsabilidad; que por qué no habían ido a buscar la tarjeta de menor cuando se dieron cuenta. Pero no había tiempo para más nada, solo para darle una buena muela al hombre y esperar por su condescendencia. Un argumento que ayudó fue el hecho de que Adrián llevaría mañana la tarjeta para Bayamo, pues su guagua partía esa noche a las diez. Así el hombre fue cediendo poco a poco, hasta que al fin lo dejó pasar.

Subió la tropa malnombrista al vagón número siete. Del uno al cuarenta y seis eran nuestros asientos. Ya en el vagón, Ana habló con Magela para que fuese a casa de Lizet, recogiera la tarjeta de menor de Christopher y se la llevara a Adrián a la terminal de Ómnibus Nacionales.

Las seis y cincuenta pasaron y el tren aún no salía. Finalmente, a las siete veinte de la noche, partió el “expreso”. Al poco rato de andar, inicié una reunión en pleno vagón. Primeramente presenté a los novatos. El hermano de Edgardo se llevó las palmas en la presentación, pues había cargado con una almohada y se anunciaba ya como un posible “Príncipe”. Luego anuncié a los grupos de cocina, que serían tres, casi con los mismos jefes que en el Caracas del año paso. Ana dirigiría el Uno, el cual estaba plagado de los jóvenes que habían entrado a Mal Nombre a raíz de la formación del movimiento de excursionismo; algunos ya tenían en su haber la guerrilla de verano pasada. El Dos sería guiado por Pedro, pues esta vez Alejo no iba en la expedición. Gente del IPK y del CIGB se unían a otros en ese grupo cocinero. El Tres lo conduciría Wilfredo, a pesar de las protestas de Elizabeth, pues esta era su despedida guerrillera antes de irse para Angola. La familia “Alfredo” colmaba parte de este grupo. Sobre el Uno, dije una peculiaridad: que haría la comida de la primera noche y el desayuno del día siguiente, para equiparar los trabajos. Así el Dos prepararía la merienda y la comida de ese segundo día, y el Tres, desayuno y almuerzo del día siguiente.

Después de la reunión, la gente fue sacando la comida que llevó preparada y se formó el banquete en el vagón. Con los kilómetros, el sueño se fue apoderando de la tropa, ya en tierras matanceras. El tren llevaba buena marcha.

Viernes 7 de marzo del 2014

El alto en Santa Clara de madrugada ni lo vi, aunque algunos se bajaron para estirar las piernas. El amanecer se asomó por Camagüey y el alto en la ciudad de los tinajones sirvió para calzar el desayuno de algunos. A las nueve y veinticinco de la mañana llegamos a Caocum. Nos bajamos todos y en una esquina hallamos un camión particular que nos esperaba, luego de la gestión que Alexis y yo hicimos con el Partido en el municipio. El precio por persona era de veinte pesos, pero hablé por los niños de primaria y cobraron veinte por los cuatro. Montamos y partimos rumbo a la ciudad de Bayamo. En el recorrido de unos cincuenta kilómetros hicimos un alto en tierras de Cauto Cristo, municipio del que Mal Nombre pisaba su suelo por primera vez. Después de que la gente vaciara las vejigas y Amelie hiciera el “dos”, continuamos. Desde el camión llamamos a Adrián por celular. Ya él y Cheo estaban en Bayamo y le dije que fueran para el Partido Provincial.

Como a las once de la mañana entramos en la ciudad monumento. Fuimos directo para el Partido Provincial y nos bajamos en una calle lateral, justo donde una guagua parqueada nos esperaba para continuar rumbo a Bartolomé Masó. Al caminar hacia el edificio del Partido, vi en un parque al frente a Adrián y a Cheo. Nos abrazamos y les señalé dónde estaba el grupo.

Entré al edificio, subí hasta el segundo piso y allí hallé a José Armando, nuestro acompañante por el Partido en Granma cuando colocamos el busto de Chávez el año pasado; complicaciones de trabajo le impedían acompañarnos esta vez. Me dijo que tenían previsto dos camiones en Bartolomé Masó para subirnos a Minas del Frío. Yo había coordinado antes de la partida un camión para La Juana, pues Sara, la Directora del Parque Nacional Pico Turquino perteneciente a Flora y Fauna, me había pedido que no subiéramos por Minas del Frío, porque los vecinos del Roble se habían quejado de que dañaban sus sembrados, ya que el camino cruzaba por sus tierras. Por Minas del Frío es más cerca, pero el camino de La Juana me atraía por ser una zona desconocida por Mal Nombre, además de no contradecir a Sara.

Cuando bajé con José Armando, la planta baja del edificio había sido “tomada” por los malnombristas, que le cayeron en pandilla al baño y a un bebedero. Les dije que no hacía falta cargar tanta agua y los apuré, pues debíamos llegar caminando en el día al campamento de Flora y Fauna ubicado en la falda del Caracas, y la noche nos podía coger en la ruta.

Nos fuimos para la guagua que esperaba, pero aún no podíamos partir porque faltaban algunos que habían salido a buscar comida por los alrededores. Poco a poco fueron apareciendo los ausentes, pero aún restaban Wilfredo y Elizabeth. Ale y César fueron a buscarlos, pero el Wilfre y Eli aparecieron por otro lado, faltando ahora los buscadores. Por fin llegaron los que quedaban, y al subir a la guagua, metí una refriega y una alerta, pues el grupo, finalmente con cuarenta y ocho integrantes, era bastante grande y se requería de disciplina en la excursión.

El viaje hasta Bartolomé Masó se fue tranquilo, con la imagen imponente de las elevaciones de la Sierra Maestra, que al acercarnos a ellas, crecían. Nos detuvimos en una base de transporte ubicada a la entrada del poblado. Bajamos todos en una ancha explanada, le pagué al chofer de la guagua y busqué a los responsables del lugar. Hablé con Ferriol, el económico de la base, y este me señaló uno de los camiones que estaban allí parqueados, pero el otro faltaba. Le dije que si demoraba, nos íbamos en uno solo. Llegó entonces Fredy Garcés en bicicleta, que era con quien yo había coordinado el camión desde La Habana. Llegó también el otro camión. Los malnombristas se habían dispersado en busca de agua y nos volvimos a concentrar. El grupo se dividió en dos y cada parte subió a uno de los dos Kamaz de color azul. Definí con Garcés y Ferriol que iríamos hacia La Juana y no a Minas del Frío. También les dije que nos recogieran el domingo nueve a las cuatro de la tarde en La Juana.

Ya montados en los camiones, se apareció otro trabajador de la base diciéndole a Garcés que el costo era de diez pesos por persona. Yo había coordinado los viajes a cinco. Entonces me bajé del camión y le dije eso a Garcés, quien confirmó lo que habíamos cuadrado él y yo anteriormente. Por fin partimos.

Como el hambre del mediodía se hacía notar en la tropa, paramos en un lugar céntrico de Bartolomé Masó. Di hasta la una y cincuenta para regresar a los camiones y una plaga de malnombristas hambrientos se esparció por los alrededores, mientras los choferes se quedaban cuidando los transportes, y las mochilas dentro de ellos. Panes con cosas, refrescos y batidos calzaron los estómagos, y hasta unos sombreros de yarey formaron parte de las compras, adornando las cabezas de algunas chicas. La gente regresó en tiempo, montamos y partimos. Pero el camión en el que yo iba se detuvo un rato por una gestión del chofer, quedando en vernos nuevamente en la dirección del Parque Nacional Pico Turquino.

Llegamos a la Dirección del Parque, que ocupaba un local de dentro de la Empresa Forestal del municipio, pero Sara se hallaba en la Dirección Municipal de la Agricultura, ubicado a unos doscientos metros de donde estábamos, y Wilfredo y yo fuimos hasta allá a pie. Saludamos a Sara y le entregamos unos DVD con los documentales sobre la colocación del busto de Chávez, realizados por la Televisión Serrana y por la embajada de Venezuela en Cuba. También le dimos unos textos que recogían en síntesis detalles de la colocación de los bustos de Bolívar y Chávez, pues Sara el año pasado me había pedido información sobre el monumento a Bolívar.

Nos despedimos de nuestra amiga, regresamos a los camiones y continuamos el viaje. Como ambos camiones iban bastante cerca uno del otro, a algunas mentes traviesas del camión de la retaguardia se les ocurrió comenzar una guerra. Empezaron a tirar mangos y uno de ellos le dio a Daniela, provocando la molestia de Alexis. Un nylon con minutas de pescado compradas en Bartolomé Masó, impactó en un brazo de Alberta, provocándole un rasguño. Pero la cosa no quedó ahí; varios huevos volaron por los aires; uno de ellos se estrelló en un brazo de Héctor y otro se explotó en el suelo de la cama del camión, provocando un buen embarre. Solté entonces una “descarga” para el camión de atrás: que si estaban embarrando el camión, que si con nosotros iba una mujer que no era del grupo, y así otras cosas más. La cosa se aplacó un poco, aunque Ana, algo desconocida en esa fase jodedora, no estaba muy de acuerdo con parar la guerra.

Atravesamos el poblado de Las Mercedes y la carretera comenzó a mostrar severas pendientes, pues ya estábamos en plena Sierra Maestra. La ruta nos llevaba un buen tramo por un firme. Luego iniciamos un descenso que nos condujo hasta el poblado de San Lorenzo. Allí tomamos un terraplén por la derecha, y colmados de alta vegetación, la montañosa vía nos llevó hasta el caserío de La Juana. En un entronque cogimos la izquierda, subimos un poco y nos detuvimos frente a una bodega. Allí comenzaría nuestra caminata de la tarde.

Mal Nombre en La Juana, a punto de comenzar la aminata.

Mal Nombre en La Juana, a punto de comenzar la aminata.

Bajamos todos, le pagué a uno de los choferes recordándole que allí mismo nos debían recoger el domingo a las cuatro, y comenzamos a vestirnos para la ocasión con nuestra ropa de guerrilla. También cargamos agua para el camino. Un arriero con tres mulos, llamado Ramón, y un guía nombrado Emiliano, ambos de Flora y Fauna, nos esperaban en el lugar. Varios aprovecharon la posibilidad de poner las mochilas en los mulos y poco a poco los animales se fueron cargando. No obstante unos cuantos preferimos seguir con nuestros bultos en las espaldas. Unas fotos de grupo con un cafetal de fondo, fueron el preludio de la partida, ante las miradas extrañadas de algunos lugareños. A las tres y cuarenta y cinco de la tarde arrancamos. Les di a Alfredo y a Adrián, dos veteranos malnombristas, la misión de la retaguardia.

El trayecto se inició con un ascenso pedregoso. Más adelante, un entronque nos hizo desviarnos por la izquierda para cortar camino, mientras Ramón y su arria cogían a la derecha, por donde los llevaba el firme. Cheo, retrasado del pelotón pero adelantado de la retaguardia, se fue por la derecha, y tras avanzar un tramo solo y gritar después, se encontró con Ramón y este le corrigió la ruta, regresando entonces a retomar el camino nuestro. Se consumaba así la primera pérdida de la expedición.

Tras avanzar cerca de dos kilómetros, hicimos un alto en una placa de concreto ubicada junto a una casa. Una mata de salvadera, con su tronco espinoso, nos brindó alguna sombra. En pleno descanso, con algunos buches de agua incluidos, se apareció Cheo cansado para contarnos de su pérdida. Lo dejamos descansar un rato y después continuamos.

La ruta ahora se abalanzaba sobre una empinada ladera. Varios trillos causaron alguna confusión, pero “como todos los caminos conducen a Roma”, no hubo pérdida y continuamos el recio ascenso, mientras la tropa se iba estirando. La conquista de la altura significó la llegada a un firme. Lo seguimos por la izquierda mientras el Pico Caracas se nos asomaba por primera vez desde su estatura. Un camino pedregoso y en ascenso nos llevó hasta un entronque donde un cartel nos anunciaba el camino del Caracas por la izquierda. El otro también seguía la misma ruta, pero marcaría el recorrido del arria de mulos.

Subiendo una corta e inclinada pendiente, llegamos hasta un bohío en ruinas e hicimos un alto en el lugar, pues la tropa estaba bastante fragmentada. Viré hasta el entronque y luego hacia la retaguardia, topando con ella en el tramo pedregoso. Cheo, con sus sesenta y tantos años y una vida plagada de sacrificios, se veía cansado, haciendo un gran esfuerzo, pero sin quejarse y con cara sonriente. Alfredo, Adrián y Lizet lo acompañaban.

Por fin nos reunimos todos en el bohío en ruinas, y como la noche se nos venía encima, pedí sacar todas las linternas. Algunos las habían dejado en las mochilas que iban en el arria, por lo que el parque de luces estaba menguado. Dije entonces que debía haber una linterna cada cuatro o cinco malnombristas y salí delante con un grupito, llevando mi linterna en la mano. Detrás se fueron organizando los demás, también por luces y grupitos, y la emprendimos todos por una pendiente que nada tenía que envidiarle a la del Joaquín, con el ingrediente de tener un buen fanguero. La elevada vegetación que nos cubría provocaba un oscurecer adelantado en aquel paraje.

Con los primeros metros del ascenso, la respiración de cada uno comenzó a acelerarse. Los árboles a los lados permitían agarrarnos de vez en cuando. En algunos tramos había escalones sobre el terreno para facilitar la complicada subida.

El grupo se estiró rápidamente, mientras la oscuridad comenzó a invadirlo todo y las linternas se fueron encendiendo. Aquello iba elevando poco a poco el “Factor Maceo”, pero en el fondo le vi su saldo positivo. Muchos novatos de la guerrilla de verano del año pasado y algunos recientes no habían caminado de noche por un monte así, y esa era una forma de que se probaran. Si llegábamos todos esa noche al campamento de Flora y Fauna, el éxito sería rotundo, más allá del trabajo que pasáramos en aquel endiablado ascenso. Además, como bien reza en Mal Nombre, “¿Para qué hacer lo fácil si puedes hacer lo difícil?”

Los grupos se consolidaron alrededor de las pocas linternas que llevábamos. Los patinazos por el fango se sucedían con frecuencia, y los tropezones en la oscuridad, también. A Eledys y a mí, las dos muletas que llevaba cada uno, ella por su rodilla maltrecha y yo por mi desmejorada cadera, nos facilitaban el afinque en el terreno, aunque tuviéramos que hacer un mayor esfuerzo con los brazos.

El primer grupito llegó por fin al firme que coronaba la ladera. Detrás arribamos los segundos, los terceros, y así la mayoría. Un cartel anunciando el Caracas era un aliciente en aquel ambiente. En el firme se cogía a la derecha y el camino se hacía mucho más llevadero, al no existir grandes pendientes, aunque la noche le daba a la caminata un toque fantasmal.

Más adelante llegamos a entronque donde había un arco de madera sobre el camino. Un cartel anunciaba el Caracas siguiendo recto mientras que otro señalaba el campamento de Flora y Fauna por un trillo que cogía a la derecha. El grupo fue tomando a la derecha.

Al llegar a aquel lugar, me encontré con Héctor y Laura y les dije que se quedaran un rato allí para señalarle a la gente la ruta por dónde coger. Yo llegaría al campamento y regresaría para alcanzar a la retaguardia. Seguí por el trillo, que comenzaba a bajar. La luz del campamento se comenzó a ver a lo lejos.

Al rato de andar por el trillo, este salió de la alta vegetación, dio algunas curvas con un descenso y un ascenso a continuación, hasta que el campamento de Flora y Fauna se dibujó en la noche.

Un busto de Martí nos recibió al llegar. Una explanada con una tienda de campaña se ensanchaba hacia la izquierda. A la derecha, una primera casa de madera con techo de guano y una segunda de similar construcción, con cocina incluida, completaban el campamento.

La gente fue buscando su lugar y las tiendas de campaña comenzaron a levantarse. El grupo Uno fue pronto para la cocina y empezó su labor. Una buena cantidad de espaguetis estaba destinada para esa noche, según previmos desde La Habana. Me asomé a la cocina, vi a Ana organizando y a su juvenil tropa trabajando, revisé la proteína a consumir -principalmente compuesta por perros calientes- y partí de regreso en busca de la retaguardia.

Me llevé para el camino mi linterna, con una luz amarilla que parecía a punto de expirar, más otra linterna de Ana, que tenía una buena luz blanca. Iba con una muleta para calzar el paso. Recorrí de prisa el trillo hasta el arco de madera y allí me encontré a WiIfredo y a Héctor, que venían desde la retaguardia. Me dijeron que Cheo había vomitado y era conveniente montarlo en un mulo. Les dije que el arriero había cogido por otro camino porque el que nosotros seguimos era más complicado para las bestias. Pero ellos siguieron rumbo al campamento con la decisión de convencer al arriero. Trataron de convencerme de que regresara, pero eso era en vano.

Seguí por el firme alumbrándome con mi linterna hasta que la luz no dio más. Entonces encendí la de Ana y el monte se me alumbró. Cuando ya llevaba un tiempo andando por el firme, comencé a buscar el camino que bajaba por la ladera. Al fin encontré uno que bajaba y me lancé por él. Comencé a descender por el fanguero, pero me llamó la atención que no veía ningún tramo con escalones de madera. Seguí bajando con recelo por una posible pérdida.

Cuando había descendido unos trescientos metros, escuché algo mágico en aquel tremebundo monte. Era una voz que cantaba Madrigal: “Una rosa en tu pelo parece una estrella en el cielo”. ¿Un guajiro a aquella hora por aquel paraje?, fue la primera pregunta que me hice. “Y en el viento parece un acento tu voz musical”. La voz la escuchaba por la derecha, como si aquel fantasma siguiera un camino paralelo al mío. Grité entonces y me respondió más de uno. No entendí bien lo que contestaban, pero algo me quedó claro: mi camino no era el correcto. Viré sobre mis pasos y recorrí el tramo de ladera andado, ahora en ascenso.

Al llegar nuevamente al firme, avancé por él hacia la izquierda y rápidamente di con los carteles que ya había visto al subir por primera vez la ladera. Descendí de prisa por el camino correcto y di por fin con la retaguardia. Era interesante el espectáculo que se abría ante mí. Cheo, montado en un mulo, era el orondo cantante que había escuchado, mientras Alfredo, Adrián, Lizet y el arriero le acompañaban como buenos escuderos. El ánimo de nuestro amigo venezolano era inmejorable, a pesar de que hacía solo unos minutos había soltado toda su bilis.

El trecho hasta el campamento se nos fue ligero. Al llegar, el tiroteo de espaguetis estaba casi listo. Carne en salsa, refresco en mi tanqueta y un cubo de plátanos hervidos, donados por los trabajadores del campamento, completaban el menú. Cuando todo estuvo listo, me dispuse a repartir, con la ayuda de la gente del Uno. La cuota per cápita sirvió para matar el desmesurado hambre que se había apoderado de la tropa. Los plátanos hervidos fueron liberados, pero el cubo solo fue bajado hasta la mitad. De lo preparado le dimos también a la gente de Flora y Fauna, como siempre hacemos en cada lugar donde acampamos.

Luego del atracón, cada cual buscó su lugar en la tienda de campaña y yo me enrosqué en mi súper nylon, luego de haberme colado dentro de mi saco de dormir. La noche más bella no podía ser, pues las estrellas la colmaban entera. La sombra del Caracas se alzaba imponente hacia el sureste, como a la espera de nuestro próximo ataque. El sueño dio cuenta de nosotros sobre las diez de la noche. El silencio reinó entonces en aquel hermoso paraje de la Sierra Maestra.

Sábado 8 de marzo del 2014

El frío no se hizo esperar de madrugada, pues a mil metros de altura sobre el nivel del mar es muy difícil que se ausente alguna noche. A las seis y cuarenta y cinco di el de pie, cuando la claridad del alba aportaba ya suficiente luz al campamento. La frialdad hizo que a la gente le costara trabajo salir de las tiendas. El grupo Uno comenzó a trabajar en el desayuno.

Realmente la jornada no se presagiaba complicada, pues subiríamos al Carcas sin las mochilas y daba tiempo a regresar temprano. El mayor reto era el día anterior, y lo vencimos al llegar al campamento de Flora y Fauna en la jornada.

Delante, las casas del campamento de Flora y Fauna; detrás, la cima del Pico Caracas

Delante, las casas del campamento de Flora y Fauna; detrás, la cima del Pico Caracas

Con el desayuno listo, se armó el tiroteo de leche con chocolate, galletas con dulce de guayaba y galleta liberada, pues habíamos llevado unos cuantos nylon de galletas. Como era el Día de La Mujer, les cantamos “felicidades” a todas nuestras encantadoras féminas. Después vino el “felicidades” para Edgardo, quien cumplía años, y de inmediato volaron dos huevazos buscando su anatomía. El primero se lo lancé yo, pero fallé en un movimiento suyo. No obstante el segundo, de Ale, le dio en la espalda. “Bonito” regalo para el cumpleañero.

A las ocho y cincuenta y siete de la mañana partimos a conquistar el Pico Caracas. El camino subía al final de la explanada del campamento. Rápidamente pasamos el entronque que se comunica con el camino del arco de madera, y de ahí en adelante la pendiente se hizo más pronunciada. Algunos llevábamos mochilas pequeñas con agua. Los del grupo Dos se repartieron la carga de la merienda a repartir en la cima.

Íbamos subiendo entre el monte, por un camino algo fangoso y pedregoso. Los árboles altos primaban, aunque los helechos adornaban los alrededores. Alguna que otra majagua aparecía a la vista.

Con rapidez y sin que se estirara mucho la tropa, llegamos a la altura del firme. Allí un cartel conocido anunciaba hacia a la derecha el Pico Caracas. A partir de ese punto, el camino nos era conocido a quienes ya habíamos incursionado en la zona anteriormente, ya fuera de cuando el busto de Bolívar en el dos mil cuatro o de cuando el de Chávez en el dos mil trece.

Sin hacer alto en el lugar, tomamos el camino de la derecha, que continuaba por el firme; el de la izquierda bajaba rumbo al Roble. Siguiendo el firme, descendimos un poco, pasamos entre unas matas de guayaba y más adelante llegamos al bosque de majagua que unos años antes había sembrado la gente de Flora y Fauna. Allí en el suelo quedaban restos de la arena que los de Flora y Fauna nos subieron para hacer el monumento a Chávez. Allí también recordé mi felina caída un año atrás, cuando el tronco sobre el que estaba sentado junto con Yaser, se rajó de a cuajo, lanzándome unos metros ladera abajo sin mayores consecuencias que la de un buen chiste para los espectadores del momento.

Dejamos el majagual atrás y comenzamos a subir al alto que le antecede al Caracas. Unos tramos de escalones con barandas facilitaron la fangosa subida, pero la mayor parte del trayecto implicaba pisar y agarrarse con cuidado para no caer de un patinazo. Con el grupo algo estirado, fuimos pasando el semi-llano del firme entre las dos alturas y la emprendimos ya por la cresta del Pico Caracas. El cansancio y el sudor salieron a relucir, a pesar del frescor de la mañana, y la expectativa, a crecer, por la proximidad de la cima.

A las nueve y cincuenta y siete minutos, exactamente uno hora después de nuestra salida del campamento, el grueso de la tropa llegó a la cumbre del Pico Caracas, ubicada a mil doscientos noventa y dos metros de altura sobre el nivel del mar.

Allí estaban erguidos los monumentos de los dos próceres venezolanos, como esperando al grupo que les había hecho honor en el dos mil cuatro y en el dos mil trece. Bolívar y Chávez, el maestro y el ejemplar discípulo, sobre los dos metros de altura, aguardaban al caminante con miradas firmes y profundas, muy bien logradas por Andrés, nuestro amigo y malnombrista escultor. Cumplíamos con nuestra llegada la promesa de regresar en el primer aniversario de la desaparición física de Chávez.

La nariz de Bolívar, restaurada por Andrés en junio pasado, mantenía la hidalguía propia del Libertador. El rostro de Chávez se había aclarado, al ir perdiendo la pátina inicial. Las rosas sembradas por los de Flora y Fauna al frente de los monumentos embellecían el entorno. Por detrás, ambos monumentos ostentaban en sus bases las mismas letras grabadas: MALNOMBRE. Sobre la tierra, restos de arena nos recordaban el trabajo constructivo para erigir al Chávez. Dos placas de Geodesia y Cartografía marcaban en repetición la cima conquistada. Los árboles custodiando el redondel de la cima realzaban el entrañable panorama. Un trillo rumbo al sur, menos despejado que el que traíamos, seguía la senda del firme.

Tras el impase inicial por la llegada y la contemplación, comenzó el ajetreo en la cima. Ale se trepó pronto en un árbol para colocar las banderas cubana, venezolana y de Mal Nombre. Carlos subió más arriba, buscando la copa, y desde ella, el Turquino hacia el este. Laura trepó también por un tronco. Decidimos entonces esperar por los últimos antes de comenzar el homenaje que habíamos previsto.

Al inicio de la jornada se me había olvidado designar la retaguardia, pero sin falta allá venía Cheo con sus fieles amigos Alfredo, Adrián y Lizet. Cheo subió en mulo hasta el majagual, pero desde allí continuó a pie, pues los escalones, barandas y pendientes les impedían el paso a las bestias.

Llegó al fin jadeando nuestro amigo venezolano y se paró contemplativo ante las efigies de sus dos compatriotas. Cantamos entonces nuestro Himno Nacional y seguidamente el de Venezuela, con el apoyo de una grabación que Pedro había llevado. Siguieron las grabaciones de Pedro con la canción “El regreso del amigo”, de Raúl Torres, mientras las emociones, de par con las lágrimas, afloraron fáciles. Después, igual que en junio pasado, recité las dos décimas que compuse y declamé el día en que colocamos el busto de Chávez:

“La Maestra serranía
le dio a Caracas un alto
y a su cumbre, cual asalto,
subió Bolívar un día.
En libertaria porfía,
lanzó hacia el sur su mirada,
y otro día de alborada
su hijo Chávez subió
y su mirada juntó
con fuerza de llamarada.

Así, con igual destino,
los dos gigantes están
y de su cumbre verán
a Martí allá en el Turquino.
Allí, donde abrió camino
Fidel en son guerrillero,
tiene América un cimero
lugar, que en luz se rebela,
donde Cuba y Venezuela
se dan un abrazo entero.”

Ana Beatriz, a continuación, leyó un texto con una anécdota entre Chávez y Fidel. Adrián habló de Cheo, de su lucha de toda la vida. Yo conté la pérdida que tuve la noche anterior y el reencuentro gracias a la voz mágica que cantaba “Madrigal” en el monte. Cheo terminó contando detalles su vida.

Vino detrás el tiempo de las fotos; el grupo completo, individuales por dúos, tríos, cuartetos, que sé yo; fotos al gusto; fotos entre Bolívar y Chávez; fotos en el Caracas; recuerdos para el futuro.

Mal Nombre nuevamente en la cima del Pico Caracas.

Mal Nombre nuevamente en la cima del Pico Caracas.

Llegó entonces el momento del reconfortante tiroteo. El grupo Dos, con Pedro al mando, sacó las provisiones, las contó y distribuyó. Galletas con dulce de guayaba, barras de maní molido y refresco constituyeron el menú.

Terminó todo en la cima. Un descanso espiritual se respiraba. Habíamos llegado y cumplido con una promesa. Solo quedaba partir de aquel lugar que tenía mucho de Latinoamérica, de Cuba, de homenaje, de historia y hasta un pedazo de Mal Nombre.

Antes de las once bajábamos ya por el camino que una vez abrió Mal Nombre y que nuestros amigos del Parque Nacional Pico Turquino habían mantenido, ensanchado y acondicionado. El fanguero en la bajada era un reto para evitar caídas. Con el ánimo disparado, me pasé el regreso hablando y cantando hasta aburrir a algunos. Llegando al campamento, Pedrito tomó el camino de la derecha, que llevaba al arco de madera. Finalmente llegó al campamento, luego de caminar de más.

Al llegar, Elizabeth planteó bajar en el día hasta La Juana para bañarnos en el río. A mí me gustaba el hecho de que estuviéramos una tarde juntos en aquel lugar, para estrechar más los lazos entre los de reciente incorporación al grupo y los veteranos malnombristas. Además, si salíamos a esa hora para La Juana, del río íbamos acoger poco por la hora a la que llegaríamos. Por esas razones pensé que quien quisiera partir ya, que defendiera con fuerza su opción -porque yo no lo iba a hacer-, lo cual no ocurrió.

Como a trescientos metros del campamento, bajando por el lado opuesto al camino de La Juana, había una pequeña aguada. Poco a poco la tropa fue llegándose hasta el lugar para asegurar el baño, pues el día anterior habíamos “volado turno”. El lugar tenía un pequeño murito que represaba el agua, pues lo que bajaba por la aguada era un simple chorrito. Unos metros más abajo del estanque nos tirábamos el agua por encima para no contaminar el lugar donde la cogíamos para tomar.

Con la tarde avanzando, en un trecho de explanada entre las dos casas se formó un juego al taco, con tapas de pepinos como pelotas y un tronco como bate. Los equipos se conformaban por dúos. Mario Luis y José Julián comenzaron ganando varios partidos, hasta que Ale y Christopher los desbancaron e iniciaron una racha vencedora. El público, principalmente sentado en unos bancos de madera que había en el borde de la explanada, aclamaba el espectáculo. Al rato de jugar, frente a una de las casas, cuatro muchachas comenzaron a practicar. Después de coger entrenamiento, Ana y Bety por un lado, y Liset y Janett por otro, se enfrentaron en el “terreno” principal. El juego estuvo bastante reñido, hasta que Ana y Bety se despegaron y lograron el triunfo. Wilfredo fue el entrenador del equipo vencedor y yo del derrotado.

El grupo Dos de cocina comenzó temprano su labor y al oscurecer el tiroteo estaba listo. Arroz amarillo, carne en salsa, refresco y fufú aliñado conformaron el apetitoso menú.

Desde que partimos de La Habana en el tren le estuve anunciando a la tropa que había “cuadrado” un aguacero con Rubiera, para amenizar la guerrilla. Pues terminando de repartirse la comida, comenzó a llover. Cada cual buscó un techo, ya fuera en las tiendas de campaña o en la casas, para terminar de engullir su bocado. La lluvia se fue extendiendo en el tiempo y las tiendas de campaña, filtrándose a la par. En la tienda grande, que encontramos armada al llegar al campamento, nos metimos más de diez. Finalmente yo salí de allí y me tiré delante de esa tienda con mi súper nylon y mi saco de dormir, tal como hice el día anterior. La mojazón en las tiendas de campaña fue creciendo y algunos buscaron refugio en las casas: Ale Ferrer, Dailín, la familia de los Pedros, Ana Beatriz y José Julián, en la casa donde estaba la cocina; Alexis y Daniela en la otra. Así, con bastante y humedad por todos lados, a las diez de la noche reinaba el silencio en el campamento, solo violado por el sonido de la llovizna perenne al caer y el ruido de unos perros rastreando comida, que eran de Carlos, un trabajador de Flora y Fauna que vivía en un loma aledaña y los había dejado en el campamento por esa noche.

Domingo 9 de marzo del 2014

De madrugada me asomé para ver el cielo, y la noche ya se había vuelto bellamente estrellada, como la anterior. A las seis y cuarto di el de pie. Pronto se formó el ajetreo de recogida en el campamento. Al rato vimos a Jorge sobre una ladera enyerbada, contemplando el amanecer.

El grupo Tres, con el Wilfre al mando, se dispuso a preparar el desayuno. El menú fue idéntico al del desayuno del día anterior. Tiroteamos el desayuno, y la comida que sobró se la dejamos a la gente del campamento. Allí estaban Emiliano, quien nos había servido de guía en todos los recorridos; Ramón, el arriero; Pedro Blanco, que nos conoció el año anterior; Emérito y Carlos, el vecino de la otra loma. Adrián, otro de Flora y Fauna, llegó al campamento esa misma mañana.

Lo recogimos todo, hicimos guardia vieja, algunas mochilas fueron a las arrias y sobre las nueve de la mañana partimos, despidiéndonos antes de aquella buena gente. Emiliano seguía con nosotros, y Ramón, con su arria, también. Cheo ocupaba nuevamente su lugar sobre un mulo. La soga de Liset, que yo había llevado a la guerrilla, sirvió para amarrar las mochilas sobre uno de los mulos. Designé a Ale y a Alexander como retaguardias de la jornada.

Recorrimos el trillo hasta el arco de madera, rebasamos el trecho de firme y comenzamos a bajar por la ladera enfangada. En la ladera, Edgardo y yo nos deteníamos al final de los tramos complicados para coger “platea”. Él, con su cámara, cazaba cualquier patinazo, pero la gente bien se cuidaba de no caer al suelo. Como trampa, pusimos un palo falso y por poco María Teresa “peca”. Janett nalgueó unos tramos, como es acostumbrado en ella, y Edgardo la captó con su lente. Luego Edgardo y yo quisimos hacer un trencito deslizándonos a dúo en una yagua, pero la cosa no funcionó bien.

Fuimos llegando poco a poco a la casa en ruinas e hicimos un alto en el lugar. Yo aproveché para hacer el “dos”, para lo que me adentré por un trillo y me escondí entre unas cañas. Edgardo quiso descubrirme para “malearme el grato momento, pero no me halló.

Ya juntos, continuamos, pasamos por el entronque de carteles, seguimos el firme y descendimos por la ladera hasta la placa con la mata de salvadera, donde hicimos un nuevo descanso. En el lugar, Alexis, otrora desatacado jabalinista de la CUJAE, le enseñó nociones técnicas de cómo tirar la jabalina a Janett y a Edgardo, utilizando una vara de madera.

Como la retaguardia se demoraba, le dije a la gente que continuara, sobre todo para que el grupo Tres de cocina se adelantara en preparar el almuerzo a orillas del río que pasa por La Juana, mientras yo me quedaba en la placa esperando por los últimos. Al rato se aparecieron Oscar, Eledys, Alberta, Roque y Lupe. Luego llegaron Ale y Alexander, con Ana en compañía. Continuamos todos y pronto el grupo retrasado se estiró.

En un entronque más adelante, Roque y Lupe bajaron por la derecha. A mí me entró la duda al llegar al lugar, pero finalmente me decidí por el camino que cogió el dúo, pues recordaba el entronque en el que Cheo se perdió a la ida. Por suerte se apareció un guajiro y nos dijo que ese camino llevaba hasta El Tabaco, que debíamos virar y coger el otro. Tras rectificar la ruta, vi más adelante el otro entronque y en ese sí bajamos por la derecha.

Al entrar a La Juana, descendimos hasta un entronque de terraplenes y doblamos a la derecha en busca del río. Al llegar al puente sobre el cauce, calculé la profundidad del agua, me quité la ropa y me tiré, ante la preocupación de varios por lo bajito que estaba el río en el lugar y la altura de unos tres metros y pico que tenía el puente. Repetí la tirada tres veces más, recordando lo aprendido en la Playita de 16 en tiradas con la marea baja.

El río tenía una playa pedregosa en la zona, donde la gente extendió ropa mojada para secar. Unas decenas de metros río abajo, junto a la orilla, el grupo Tres había plantado los calderos y ya cocinaba los espaguetis previstos para el almuerzo. Unos cuantos jabones y algunos champuses salieron a relucir para mejorar el “porte y aspecto” de la gente. Hasta alguna que otra maquinita de afeitar jugó su papel, incluyéndome a mí entre los afeitados. Pasando el puente, río arriba, una buena parte de la tropa aprovechó la transparencia del agua y algunos rapiditos para lograr un relax en la corriente.

Baño en el río de La Juana.

Baño en el río de La Juana.

Al rato del baño, se pareció uno de los camiones que nos debía recoger y el chofer nos dijo que en ese solo camión nos iríamos todos. Le confirmamos las cuatro de la tarde como hora de recogida y el chofer partió hacia un lugar cercano, confirmando que volvería a la hora prevista. Ese fin de semana había ocurrido un cambio de hora, por lo que teníamos una hora menos de excursión.

Mientras la comida se terminaba, un caballo hizo las delicias de unos cuantos malnombristas. La montadera estuvo tranquila hasta que a Daniela el caballo se le soltó a correr y detrás del caballo partieron unos cuantos a la carrera ante la mirada lejana y asustada de Alexis. Pero el trance solo fue eso, un susto.

Por fin, con un hambre crecida y generalizada, anunciamos el tiroteo. La carne en salsa y el refresco no faltaron en el menú, ni la nutritiva agua de los espaguetis. En plena repartidera, se me rompió el fondo del nylon ecológico y algunos espaguetis se embarraron de arena y piedrecitas, tocándole a Héctor un lote de aquello. Finalmente, el atracón fue notable. Las cosas de comida que sobraron se las regalamos a Emiliano, el guía, y Ramón, el arriero.

Llegó puntual el camión y se formó la recogida, con guardia vieja incluida. Yo fui el último en recoger, pues como casi siempre, dependía del fin del refresco y de la limpia de los calderos, para guardar la tanqueta y mi caldero grande. Algunos me ayudaron en el trance. Nos despedimos de nuestros ya buenos amigos Emiliano y Ramón, y partimos.

El viaje hasta Bartolomé Masó, pasando por San Lorenzo y Las Mercedes, se fue tranquilo, teniendo con frecuencia la vista de la serranía, con la cordillera del Turquino al final, pues la tarde estaba despejada. Amenizamos el trayecto cantando a coro cuanta canción se nos ocurrió. En Be Masó el chofer penetró en un estrecho callejón para salir luego en retroceso. Continuamos la travesía y sobre las cinco de la tarde llegamos a Yara, nuestro destino final para coger el tren rumbo a La Habana. Como la hora de partida era las ocho y cincuenta de la noche, podíamos hacer algún recorrido por el poblado.

Nos bajamos en el parque principal de Yara, tal y como lo hicimos en nuestro anterior viaje al Caracas, y tras despedirnos del chofer del camión y yo pagarle, fuimos directo hasta el monumento a Hatuey. Después de tirarnos unas fotos junto al monumento, fuimos hasta el centro del parque para tirarnos otras instantáneas junto al busto de Céspedes que hay en la explanada. Luego, también como en el dos mil trece, penetramos en el restaurante Danubio, aunque en esta ocasión no teníamos comida garantizada. Allí tomamos agua y refresco de laticas, que estábamos bastante sedientos, e hicimos un descanso.

Un conocido de cuando subí el Turquino con Plazas Martianas en agosto pasado, me reconoció y conversé un rato con él. Le pedí que le avisara a Moya, el Presidente de Plazas Martianas en Granma, quien vive en Yara, para que pasara a vernos por la estación de trenes, pues yo no tenía tiempo de llegarme por su casa.

Salimos del Danubio, dejamos el parque atrás y enfilamos por una calle, hasta detenernos en la esquina donde la calle se cruza con la carretera Bayamo-Manzanillo. Como en otras tantas ocasiones ha sucedido en la hambrienta historia de Mal Nombre, los vendedores de los quioscos de la esquina pensaban que ese era un día cualquiera, pero se equivocaron. El asalto malnombrista provocó que de inmediato crecieran las ventas de batidos de mamey, pizzas y panes de cuanto había.

A la esquina llegó Moya con el otro conocido. Nos saludamos y se lo fui presentando a la gente de la tropa. Moya es un tipo carismático, que no es de mucho verbo, pero las pone buenas. Por él supe que a René no le habían dado la visa para participar en el evento en Londres, alegando las autoridades británicas el burdo pretexto de haber estado tantos años en prisión. Así no René no pudo estar ni en Londres ni en el Caracas, gracias a otra patraña imperial contras los Cinco.

Partimos todos para la estación de trenes de Yara, ubicada unas cuatro cuadras de donde estábamos. Al entrar, rectifiqué los pasajes con Gisela, la jefa de la estación, a quien ya conocía del anterior viaje al Caracas. Incluí a Adrián en la lista para el pago en moneda nacional y hablé de Cheo. Ella llamó a Bayamo y gestionó la venta del pasaje del venezolano en divisas al pasar por la ciudad. Por un televisor de la estación supimos que Yarisley Silva ganó el oro en pértiga, en el Campeonato Mundial de Atletismo Bajo Techo. También conocimos de la plata y el bronce de Cuba en triple salto.

La noche cayó y ante el ocio de la espera, un grupo de malnombristas se entretuvo en empujarse de la línea del ferrocarril. En ese juego, a Janett se le rajo pro detrás el pantalón y tuvo que cambiarse con la ayuda de Liset. Con todos los boletos en la mano, los repartí, haciendo que fueran a la estación los que estaban entreteniéndose por los alrededores. Noté entonces que faltaba Adrián, quien había salido con Moya a cargar agua en un pomo de cinco litros. La ausencia de Adrián me tuvo tenso y molesto, hasta que se apareció y le solté su crítica. Tras consultar con Cheo, le regalamos a Moya una pequeña bandera venezolana.

Sobre las nueve de la noche llegó el tren. Nos despedimos de Moya y del otro amigo, subimos todos en un vagón y partimos rumbo a Bayamo. Pronto notamos que teníamos una nutrida compañía de cucarachitas dentro del vagón.

En camino a la Ciudad Monumento, se estableció un debate sobre quién o quienes eran los Príncipes de la guerrilla. El Rafa bromeó sobre el tema, pero al final no llegamos a nada. Después le hablé serio a la tropa. Tenía la preocupación por la gran cantidad de malnombristas activos. La guerrilla que estábamos concluyendo era un ejemplo de ello, con cuarenta y ocho participantes. Por eso le dije a la gente que había que detener la entrada de nuevos miembros al grupo, pues de lo contrario sería un problema para la organización de las actividades, sobre todo de las guerrillas, pensando en la del verano. Después surgió la idea de hace la fiesta post-guerrilla en casa de Alberta, para socializar las fotos. Esa sería una fiesta sui géneris, pues Alberta vive en Varadero. Entonces, más que fiesta, sería un fin de semana en la mejor playa de Cuba; ¡vaya opción!

Al llegar a Bayamo, Adrián, Cheo y yo nos bajamos, y con la guía de un policía, caminamos un largo trecho por el andén, hasta el lugar para la venta de pasajes. Cheo pagó su boleto y regresamos a nuestro vagón. Tras el habitual cambio de locomotora que ocurre en Bayamo, continuó el viaje rumbo a La Habana, pasadas las once de la noche.

Lunes 10 de marzo del 2014

La madrugada se comportó bien fría, mucho más para los que ocupábamos los asientos delanteros del vagón, pues la puerta de entrada tenía un gran hueco al faltarle un cristal que lo cubría. El tren hizo un alto de unos minutos en el puente sobre el río Cauto, pues un camión se había interpuesto en la vía. El sueño a intervalos ocupó parte de la noche malnombrista.

El amanecer nos asaltó en tierras camagüeyanas. Se me ocurrió entonces cubrir el hueco de la puerta del vagón con un nylon ecológico, pegado con marking-tape de un rollo que había llevado Cheo. En la ciudad de los tinajones, el alto habitual sirvió para comprar y tragar. Siguió la marcha el tren lechero y tras el otro alto en Santa Clara, una vaca en la vía causó una nueva demora.

En Matanzas se bajó Alberta, con la encomienda de preparar su casa para el asalto malnombrista del próximo fin de semana. En tierras mayabequenses se formó una guerrita de papeles, en la que Alfredo y Ale llevaron la voz cantante. Mientras tanto, Janett, Liset y algunas aprendices se dedicaron a hacer origamis.

A las tres y doce minutos de la tarde llegó el tren a la Estación Central de Ferrocarriles de La Habana. Al bajarnos, nos juntamos todos en el parquecito que hay delante de la terminal y Fidelito, el esposo de Ana Beatriz, que venía a recogerla a ella y a José Julián, nos tiró las últimas fotos de la excursión.

Después, cada cual cogió por su rumbo, terminando así una corta pero intensa guerrilla a la Sierra Maestra. Con el viaje, cumplíamos el compromiso de volver al Pico Caracas en el primer aniversario de la desaparición física de Chávez. Nuevos malnombristas pudieron conocer aquella cima, que ya forma parte entrañable de la historia malnombrista. Por Moya supimos que varios grupos habían ascendido el Pico Caracas en aquellas semanas, lo cual nos reconfortaba, pues la huella dejada unos meses atrás había fructificado. Allá quedaban Chávez y Bolívar, unidos como símbolos de la América que se transforma en estos tiempos, con vientos libertarios.

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