Acampada en el Cañón del río Santa Cruz

Por Sandelis

Una acampada masiva en la CUJAE, a finales de marzo, provocó el corrimiento de la segunda acampada del Movimiento Cubano de Excursionismo. Las nuevas fechas –los días 24 y 25 de mayo- corrían el riesgo de una menor participación por la cercanía del final del curso escolar. Una excursión previa realizada por Liset y por mí sirvió para contactar con algunos camioneros, explorar la ruta para llegar a la Peña y poner al tanto a Tomás -el hospitalario guajiro que vive a la entrada del Cañón- acerca de la idea de la acampada. La cuarta reunión del Movimiento sirvió para perfilar los detalles finales entre los organizadores de los grupos de excursionismo.

Sábado 24 de mayo

Las seis de la mañana fue la hora pactada para vernos en Cien y Autopista a Pinar del Río. Ya a esa hora, más de veinte excursionistas se agrupaban sobre el puente. Otros nos aparecimos unos minutos después para agrandar la tropa. Al llegar, bajé adonde parquean los camiones y conversé con uno de los choferes. Le dije que nosotros le llenábamos el camión de inmediato, pero el hombre me respondió que debía esperar, pues el pacto entre los choferes es salir cada cuarenta minutos, según la cola que ellos hacen. De todos modos, me dijo que fuera para el punto de salida, que se ubica en dirección a la Avenida Boyeros, en una callecita sin salida.

Amanecer en Cien y Autopista a Pinar del Río.

Amanecer en Cien y Autopista a Pinar del Río.


Nos dirigimos al lugar y allí esperaba un camión, lleno a medias. Al rato llegó el hombre con su transporte y me dijo que nos llevaba, a treinta pesos por persona, hasta el entronque de Sabanilla, que era nuestro destino. Le dije que a veinticinco y aceptó.

Nuestra gente se fue montando mientras algunos esperamos afuera. Como Liset y Liz no llegaban, las llamamos al celular y supimos que nos esperarían en la Autopista, cerca de su casa en Marianao. José Javier me dijo que Omar Luis vendría con otros estudiantes de Física, pero al rato se comunicó con él y supimos que no vendría.

A las siete de la mañana montamos los que faltábamos y partimos. Tras pasar bajo el puente de la CUJAE, el chofer paró para recoger a Liset y a Liz. Éramos en total cincuenta y siete. Por la CUJAE, la facultad de Eléctrica tenía representantes de las especialidades de Telecomunicaciones (ocho), Automática (cinco) y Electroenergética (dos). Industrial, Mecánica y Arquitectura contaban con dos representantes per cápita. Por Informática había un excursionista. La Universidad de La Habana estaba representada por un físico, un geógrafo y dos químicos. La UCI tenía un estudiante en la excursión. Del Polo Científico, La Guerrilla del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología contaba con ocho representantes y el Centro de Inmunología Molecular con uno. Mal Nombre estaba representado por trece excursionistas, incluyéndose entre ellos algunos de las dos grandes universidades y otros del Polo Científico. Además participaban otros invitados de diversas procedencias.

Durante el viaje hasta San Cristóbal, Janett recogió el dinero de cada uno, exceptuando a los dos niños participantes: Samuelito y Daniela. Yo pasé revista de cada participante, para irnos conociendo.

Sobre las ocho de la mañana llegamos al entronque de San Cristóbal, y al desviarnos rumbo a la Sierra del Rosario, nos detuvimos para hacer unas llamadas telefónicas. Liset había gestionado un camión particular para que nos recogiera al día siguiente a la salida del Cañón y yo tenía coordinada una guagua de mi trabajo con idéntico fin. Por la cantidad de participantes, todos cabríamos en el camión, por lo que ya no tenía sentido que viniera la guagua de mi trabajo, que tenía capacidad solo para veinticinco. Con el celular de Yaser, llamé a mi trabajo y pedí que la guagua no viniera. Después Liset llamó al dueño del camión y este le confirmó que nos recogería al día siguiente. En el alto, algunos aprovecharon para vaciar las vejigas, ocultándose detrás de algunos arbustos que crecían en un potrero.

Subimos todos al camión y seguimos rumbo a la Sierra del Rosario. Dejamos atrás el llano y comenzamos la subida. En una extensa pendiente, el camión paró y el chofer le echó agua al radiador. Seguimos y doblamos izquierda en el entronque de Sabanilla, hasta acercarnos al inicio del camino de monte. El camión se detuvo en un lugar propicio para girar y nos apeamos todos en una explanada. Algunos nos cambiamos de ropa o de zapatos. Aproveché para hacer las presentaciones por grupos y precedencias. Designé a Yaser y al Rafa de retaguardia, alerté de que dejaríamos flechas con troncos en los entronques, nos despedimos del chofer y su acompañante y comenzamos entonces la caminata.

Descenso del camión para comenzar la caminata.

Descenso del camión para comenzar la caminata.


Me fui delante para seguirle la pista al camino correcto y evitar una pérdida. Junto a mí, varios del CIGB marcaron la punta. El tramo hasta el río Santa Cruz es de unos cinco o seis kilómetros, principalmente en bajada, por un camino ancho colmado de piedras en algunos tramos y rodeado de una exuberante vegetación. En algunos entronques dejamos las consabidas flechas sobre el camino, pues ya el grupo se había estirado bastante.
Llegada al río Santa Cruz.

Llegada al río Santa Cruz.


Sobre las diez de la mañana, hora bastante temprana para lo previsto, los primeros llegamos al río. Un tronco atravesaba la corriente, pero reclamaba de un gran equilibrio para llegar ileso al otro lado; por eso la mayoría pasamos sobre las piedras. Del otro lado, avanzando unos doscientos metros en leve ascenso por la izquierda, llegamos a la casa de Tomás, donde realizaríamos la acampada. La casa -de techo de zinc y paredes de madera- tiene un portal delantero y le antecede la placa de un secadero de café. Otras dos casas de madera hay por los alrededores. Un pequeño césped plantado a la izquierda de la casa principal es propicio para la acampada. Una mata de caimito al lado del secadero, otras de mamey al final, algunas de chirimoya por los alrededores, un reguero de chivos, carneros, gallinas, gallos, pollos, puercos y una pintoresca y mansa gata se mezclan en el entorno visual.

Comenzó entonces la gente a sacar las tiendas de campaña y a levantarse el campamento. Pronto el césped se vistió de colorido con el realce que le dieron las tiendas. Grité varias veces el nombre de Tomás, pero este no se hallaba por los alrededores. Cuando al fin llegaron todos, se apareció Tomás con uno de sus hijos. Nos abrazamos y él saludó a la tropa. Janett le entregó unos antibióticos que Héctor -un malnombrista- le enviaba.

Armándose el campamento. La Peña al fondo.

Armándose el campamento. La Peña al fondo.


La caminata matinal había hecho crecer el deseo de darnos un baño y también había despertado el hambre. Por eso nos fuimos hacia el río con los cacharros que guardaban la comida preparada en nuestras casas, según se había previsto para el almuerzo, no sin antes anunciarle yo a la gente que a la una de la tarde partiríamos en busca de “La Peña”, un mirador natural desde el que se divisaba la entrada del Cañón y la casa de Tomás. Un trillo en descenso bajo una gran arboleda nos llevó hasta una poceta del río, que mostraba un agua limpia y fría. Pero la limpieza duró poco, pues al meternos en el agua, se revolvió el fondo de hojas y tierra, y un olor a azufre “aromatizó” los alrededores.
Un buen baño en la poceta del río.

Un buen baño en la poceta del río.


A la entrada de la poceta, un rapidito les propició un masaje hidráulico a algunos. Otros preferimos andar río abajo para rebasar otros rápidos y unos peñascos enormes. Supimos entonces que Dubiel, un estudiante de Física, cumplía años. Como el cumpleañero ya se había secado en una orilla, fue mojado de inmediato, como “congratulación”. A la par del baño, almorzamos con lo que llevamos. Otros prefirieron almorzar alrededor del secadero.

Los del río fuimos subiendo poco a poco hasta la casa de Tomás y el ocio se apoderó por un rato de la tropa. Cerca ya de la una comenzamos a prepararnos para la salida para La Peña, pero la pereza hizo que partiéramos alrededor de la una y media. No obstante era más temprano que la idea previa a la acampada de partir a las dos. Algunos se quedarían en el secadero, pues la caminata mañanera les había quitado las ganas de seguir de excursión.

Subimos por detrás de la casa de Tomás, por un trillito que surcaba bajo una elevada vegetación. Formábamos una larga hilera que era casi imposible ver en toda se extensión de un solo vistazo. Algunos llevaban pomos con agua para rotárselos después con otros en la cargadera. Llegamos hasta una cerca de alambres de púas, la cruzamos y cogimos a la izquierda. Seguimos ascendiendo, caminando entre la cerca y un maizal, y al rato comenzamos a bordear por la derecha una extensa cañada. Bajo las sombras de grandes árboles, junto a un platanal y escuchando los cantos de varios tocororos, hicimos un primer descanso para propiciar que se juntara toda la tropa. Daniela y Samuelito habían llegado al lugar en los hombros de sus padres.

Un descanso en la caminata hacia La Peña.

Un descanso en la caminata hacia La Peña.


Al poco rato de aparecerse los últimos, continuamos. El camino se hizo empedrado, siempre en ascenso. Un dolor de barriga me aceleró el deseo de hacer un nuevo descanso, y tras dejar detrás un malangal por la izquierda, en un sitio bastante sombreado provoqué el alto. Avancé entonces un poquito y subí por la ladera derecha para sumergirme en un matorral. La gente se congregó, y al terminar mi “operación”, alargamos el descanso para que los últimos pudieran descansar un poco, lo cual no ocurrió la vez anterior. Algunos buches de agua contribuyeron al relax.

Seguimos al rato, con Liset en la punta. Luego algunos del CIGB se le adelantaron y tomaron bien el camino que giraba a la izquierda, tras rebasar la cañada, donde se ofrecía una bella vista de la serranía. El camino, nuevamente empedrado, volvió a penetrar en la espesura. Más arriba rebasamos un lugar llamado Benítez, donde antaño hubo un caserío, pero ahora solo había árboles. Al girar a la derecha, un gran hueco de unos diez metros de profundidad nos hizo asomarnos a su borde. Tras matar la curiosidad, seguimos, mientras la pendiente iba cediendo. Hicimos un nuevo alto antes de salir a un claro. Como faltaba Mayte y alguien dijo verla retrasada en un descanso anterior, Yaser fue a buscarla. Al demorarse Yaser y alargarse el descanso, regresé un tramo y le grité. Este me dijo no haberla visto, por lo que supusimos que había regresado al campamento.

Continuamos la marcha por el claro, pasamos un montecito y salimos a un potrero que cubría las elevaciones más cercanas. El camino allí se bifurcaba y tomamos el de la izquierda. Subimos hasta la falda de una loma, la bordeamos y pasamos a la falda de otra elevación también despoblada de árboles, salvo un pequeño bosquecito de arbustos que fue invadido por varios de la tropa, en busca de la anhelada sombra.

Caminando por el soleado potrero.

Caminando por el soleado potrero.


Insté a la gente a continuar y varios me siguieron, pero un grupito se quedó allí. Comenzamos a bajar mientras ya veíamos hacia adelante el borde de La Peña. El descenso fue intenso hasta llegar a la entrada de un bosquecito. Les dije a los que me acompañaban que esperaran allí a la sombra mientras regresé para ver por qué el resto no aparecía. Varios se cruzaron conmigo en mi regreso. Ya arriba, vi al piquete acomodado bajo la sombra y los compulsé a bajar, pero no lo logré con todos. Realmente estaban en un oasis en medio de aquel soleado potrero.
En el osasis del potrero.

En el osasis del potrero.


Volví a bajar hasta el bosquecito donde se había agrupado bastante gente en pos de llegar a La Peña. Yaser tomó entonces la punta por un trillo que yo había despejado unas semanas atrás y comenzamos a avanzar. Pronto la vegetación arbórea desapareció y unos arbustos casi sin hojas nos acompañaron en el breve recorrido del trillo. Más adelante todo alrededor se convirtió en hierba, con alguna que otra mata de guao acompañante, hasta que por fin llegamos a un claro que también yo había abierto en mi viaje anterior con Liset.

Unos metros más y estábamos al borde de La Peña. Como no cabíamos todos de un viaje en el lugar, nos fuimos asomando poco a poco. Abajo, la casa de Tomás, el colorido de las tiendas de campaña y el río se distinguían perfectamente. A la derecha, el Cañón era una realidad. Al frente y hacia la izquierda, la serranía se expandía interminable. Las cámaras fotográficas comenzaron a accionar. Yaser primero y Lemar después se asomaron al borde peligrosamente. El descenso era perpendicular, abrupto, abismal. Algunos cactos ofrecían sus espinas al borde.

Asomados al borde de La Peña.

Asomados al borde de La Peña.


A las fotos de paisaje les siguieron las de grupo, para las que nos juntamos apretadamente en aquella maraña de hierbas. Después comenzó el regreso.

Subir lo bajado, bajo aquel sol empedernido, no era cosa de juego. Poco a poco se fue venciendo la primera elevación hasta llegar al oasis donde esperaban los más comodones. Comenzamos a pasar a la otra elevación y en el trance me embullé a cumplir un deseo de mi viaje con Liset: subir la loma mayor, la del primer faldeo. Poco a poco fui venciendo los seriados escalones naturales que ofrecía la ladera, hasta que logré conquistar la máxima altura. Un pequeño bosque se iniciaba para enlazarse con la elevación contigua. Lograda mi meta, inicié el descenso.

Cerca del entronque de los trillos, el hermano de María Libia había hallado cobertura en un celular. Como a esa hora se jugaba el partido final de la Champion League entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid, el empedernido aficionado futbolístico mandó mensajes a La Habana, y junto a otros, se coló en un montecito para buscar -a la sombra- información del partido.

Mientras esto sucedía, más atrás Elizabeth sufrió una hypoglicemia. Unos caramelos fueron la solución a mano para levantarle el ánimo. Cuando se sintió mejor, continuó la marcha, con el Rafa en compañía. Más adelante, ya en pleno monte, Janett y María Libia se apresuraron en la bajada, pues les tocaba preparar la merienda de la tarde.

Yo me quedé a esperar a Elizabeth y finalmente nos juntamos unos cuantos para formar una retaguardia improvisada. El paso que llevábamos en la bajada era algo lento, pero era mejor no apresurar a la futura telecomunicadora, a pesar de que ya se sentía mejor. En un descanso algo prolongado le dije a Elizabeth que la casa de Tomás no tenía rueditas y ella me respondió que podíamos caminar, que ya se sentía bien.

Cuando llegamos los últimos al campamento, la merienda preparada por las dos estudiantes de Industrial se estaba repartiendo. Unas galletas con dulce de guayaba y con mayonesa servirían para aguantar el hambre hasta la hora de la comida. Allí encontramos a Alberta, la malnombrista, que desde su casa en Varadero, pasó de prisa por La Habana y siguió en busca de la Casa de Tomás con las indicaciones que le dio Héctor, el malnombrista, a quien yo se las había dado anteriormente. Alberta dio sus vueltas de más para llegar, pero allí estaba finalmente, gracias a su deseo de guerrillear y su voluntad.

Al terminarse el aperitivo, la gente partió hacia el río a darse un anhelado baño, mientras los malnombristas comenzábamos las labores cocineras. La cocina se preparó al borde del secadero y en un gran caldero echamos todos lo espaguetis. Estos estuvieron listos más rápido que la sazón y la carne en salsa, nutrida a base de perros calientes, principalmente. En eso llegó Héctor desde La Habana y le dijimos que ya habíamos repartido los espaguetis, lo cual no se tragó. Con Héctor, la tropa finalmente llegaba a la cifra de cincuenta y nueve excursionistas.

A punto de formar el tiroteo de espaguetis.

A punto de formar el tiroteo de espaguetis.


Aún de día, repartimos la comida, que se completaba con refresco instantáneo. Liset -aunque no le tocaba- trabajó bastante en la cocina y sirvió el refresco. Yo serví los espaguetis y la carne en salsa. Priorizamos a Tomás y a su hijo en la repartición. Hubo doble de todo, llevándose las palmas la carne en salsa, de la que hubo triple y hasta cuádruple.

La gente tragó, cayó la noche y Yaser le prendió fuego a una fogata que levantamos en el mismo lugar donde habíamos armado la cocina. Realmente la fogata no dio mucha luz, pero el embullo era grande y comenzó una descarga a guitarras, que duró hasta la media noche. Tres guitarristas se rotaron el instrumento mientras “el público” pedía una y otra canción para después corearlas. También amenizó la noche un raro equipito electrónico que reproducía canciones, llevado por Omar y Leyda. Liset se había acostado temprano, pues tenía fiebre.

En plena descarga nocturna.

En plena descarga nocturna.


Domingo 25 de mayo

A la media noche comenzó el desfile, pero hubo algunos, con el protagonismo de Janett, que prefirieron esperar hasta las dos de la madrugada para ver el espectáculo celeste anunciado para el día anterior. Por supuesto que no vieron nada diferente al estrellado cielo, salvo alguna que otra estrella fugaz y demasiados cocuyos. Por fin se hizo silencio en el campamento. Las tiendas campaña y el portal de Tomás eran el mejor de abrigo de la tropa.

Tras una madrugada matizada por los sonidos del monte, el alba comenzó a asomarse en el espacio de la Sierra del Rosario donde estábamos tendidos. Dejé que el de pie fuera natural, pues el tiempo no nos apretaba para pasar el Cañón. A la siete y media ya todo el mundo estaba despierto y el grupo de Liset y Liz, es decir, cujaeños todos, tenía listo el desayuno, en el que algunos malnombristas colaboramos. A Liset la fiebre se le había bajado y se sentía mejor.

Repartimos el desayuno conformado por galletas con guayaba y con mayonesa, refresco y galletas liberadas. También se repartió el maní que cargamos, para que se lo comiera la gente cuando deseara; algunos lo guardaron para el paso del Cañón y otros no esperamos para devorarlo.

Las tiendas de campaña fueron desapareciendo de la vista, hasta que todo quedó recogido. Hicimos una guardia vieja para no dejarle ningún reguero a Tomás y nos juntamos en el secadero para las fotos de grupo con nuestro anfitrión y su hijo. Después de las fotos, les dimos el adiós a los anfitriones y partimos rumbo al Cañón del río Santa Cruz, con la expectativa sembrada en los que lo pasarían por primera vez.

Una foto de despedida con Tomás, nuestro hospitalario anfitrión. Tomás al centro, con camiseta azul.

Una foto de despedida con Tomás, nuestro hospitalario anfitrión. Tomás al centro, con camiseta azul.


Pasamos de largo el trillo que nos había llevado a la poceta del río, subimos un poco faldeando por la izquierda de una ladera y descendimos finalmente al río. Rebasamos la menguada corriente sobre unas piedras y en la otra orilla tomamos un trillo que avanzaba bajo la espesura. A nuestros lados, los farallones ya se erguían para anunciarnos que habíamos penetrado en el Cañón.

Más adelante hicimos un nuevo cruce sobre las piedras, y como la tropa se había estirado, los primeros nos detuvimos en la orilla derecha, rodeados de la flor de la mariposa. Algunas fotos fueron tomadas a la caravana que se acercaba.

Un cruce previo a un descanso en el Cañón para reagrupar a la tropa.

Un cruce y un descanso en el Cañón para reagrupar a la tropa.


Ya juntos, continuamos entre el monte, hasta salir nuevamente a la corriente. Otro cruce nos llevó a un tramo entre paredones. Recordando un trance igual, de cuando fui con Liset, le dije a la gente que lo mejor era coger por la izquierda, pero algunos pasaron por la derecha con tal facilidad, que el cuero sobre mí no se hizo esperar. Poco a poco el caudal del río fue desapareciendo, sumergido en las profundidades del suelo, hasta que pudimos caminar por el lecho del río sin mojarnos los pies. En tiempos de seca es común ver esa situación en que el río corre subterráneo en el tramo del Cañón, hasta reaparecer en la superficie cuando se acerca el final de los paredones.
En pleno Cañón del río Santa Cruz.

En pleno Cañón del río Santa Cruz.


Al rato de andar sobre piedras, se nos apareció a la vista “Quitacalzones”, el sitio más enigmático del Cañón. El lugar es como un embudo, donde los farallones le estrechan el paso al río, mostrando a ambos lados unas piedras grises y lisas en la parte inferior, mientras más arriba las laderas se presentan en forma de estratos. Un cable facilita a medias el paso por la ladera derecha, pero para ello, los pies deben buscar las pequeñas y pocas oquedades que hay para apoyarse. El fondo, es decir, el embudo, nos mostraba un agua, turbia cubierta de hojas.

Llevábamos sogas para facilitar el paso, pero primeramente Yaser y yo nos aventuramos por el agua. Yaser delante, avanzó casi hasta el centro, pero como le alerté que estaba hondo, lanzó la mochila hasta el otro lado, sin evitar que se mojara un poco, y de inmediato se lanzó a la larga. Yo avancé lentamente, hasta que noté que podía pasar con el agua al pecho, pisando sobre un fondo bastante inestable. Al notar la gente que se podía pasar caminado, el cuero le fue a arriba a Yaser por su aparatosa tirada y a mí por echar un miedo injustificado. Comprendí entonces que la profundidad en el lugar se alcanza con el río lleno, pero no en aquel estado.

Comenzó entonces la gente a pasar de dos modos: unos por arriba, agarrados del cable, y los menos, caminando sobre el turbio fondo. Algunos fuimos pasando las mochilas más pesadas por abajo. Yo cargué en hombros a los dos niños. José Javier y Edgardo se sumaron a la cargadera por debajo, mientras que Héctor se trepó para ayudar por arriba. Algunos novios cargaron amorosamente a sus parejas. Poco a poco se fue venciendo sin grandes contratiempos el complicado paso.

Cruzando "Quitacalzones".

Cruzando “Quitacalzones”.


Juntos todos del otro lado -algunos enfangados y otros secos-, continuamos la marcha. Las piedras sobre el lecho del río en ocasiones se mostraban grandes y había que hacer marabales para pasar sobre ellas. En la altura, los farallones del Cañón nos mostraban plantas espinosas prendidas de sus salientes, junto a los anchos y verdes ceibones y las delgadas y elevadas palmas de sierra, ambas especies endémicas de la cordillera de Guaniguanico.

En una curva a la derecha se nos apareció la “Cueva del Indio”. En el lugar, grandes peñascos anteceden a la cueva, que se ubica justo en la curva, en la orilla izquierda. Rebasamos los peñascos y nos agrupamos a la entrada de la cueva para contemplar el lugar y tirarnos algunas fotos. Un charco quedaba como huella de las lluvias de la pasada semana.

Un alto a la entrada de la cueva del Indio.

Un alto a la entrada de la cueva del Indio.


Luego del relax, seguimos desandando el fondo del Cañón. La tropa volvió a estirarse, formándo varios grupitos. Pasamos bajo un arenazo, donde el elevado farallón de la izquierda se encimaba sobre el lecho del río, formando con este un ángulo que parecía superior a los noventa grados. Doblamos a la derecha y seguimos andando sobre las piedras.

Más adelante nos detuvimos frente a una enorme piedra con una forma algo aplanada, que sobresalía como en voladizo. Decidimos esperar allí para juntarnos todos nuevamente. Algunos nos trepamos en el borde del peñasco aplanado, otros se cobijaron debajo de él, mientras que el resto contempló el escenario desde las piedras cercanas.

En la gran piedra aplanada.

En la gran piedra aplanada.


Al poco rato de continuar la marcha, comenzaron a aparecer unos charquitos. Luego se vio el agua corriendo y finalmente se cubrió completamente de agua el lecho del río. Eran poco más de las dos de la tarde y estábamos ya próximos a la salida del Cañón. Sentimos entonces por la derecha el ruido de un chorro de agua en su caída. Era el “Ojo de Buey”, nombre dado en la zona a la caída de un manantial en el río. Algunos se quedaron allí disfrutando del masaje hidráulico del agua en su torrente. Otros seguimos bordeando el río, la mayoría por la izquierda y algunos por la derecha, hasta llegar al saltico final, previo a la cerca que marca la salida del Cañón. Allí los de La Guerrilla de Biotecnología comenzaron a preparar la merienda final. Los demás nos recreamos bañándonos, nadando, tirándonos y hasta cogiendo sol en el tramo del cauce cubierto de agua.
Relax en el Ojo de Buey.

Relax en el Ojo de Buey.


Con la merienda lista y el hambre a cuestas, esta fue repartida. Galletas con dulce de guayaba, galletas liberadas y refresco en la tanqueta sirvieron de menú. Liset aprovechó que había cobertura y llamó al dueño del camión que nos debía recoger, confirmando este que el transporte no faltaría a la cita. Faltando alrededor de media hora para las cuatro de la tarde, que era la hora pactada con el dueño del camión, partimos por un camino que ascendía por la orilla izquierda del río. Subimos una lomita, la bajamos del otro lado, pasamos junto a una casa y bajo unas matas de melocotones, y la emprendimos por un terraplén, acosados por un sol que merecía respeto.
Baño al final del Cañón.

Baño al final del Cañón.


Avanzamos por el terraplén hasta un entronque, donde doblamos a la derecha, dejando una flecha para los de atrás. Unas vueltas del camino tomado nos llevaron hasta la entrada de una cantera -marcada por una casa y una barrera-, que era el lugar de recogida de la tropa. Como el camión aún no había llegado, nos tiramos por los alrededores para esperarlo.
Recorriendo el terraplén de la cantera.

Recorriendo el terraplén de la cantera.


Un grupito formado por gente de Automática y de Tele se sentó debajo de unas matas, al lado de la casa, y comenzó una descarga de rancheras con acompañamiento de guitarra de uno de los automáticos. Otro grupito descansó detrás de la casa, también bajo sombra. Otros se reunieron en una orilla de la carretera para jugar cartas. Frank se encargó de tumbar chirimoyas de una mata cercana. Yo me puse a batear piedras con mi muleta y al rato Janett se embulló y le empecé a pichear. Luego Liset se sumó al bateo. Más tarde cambiamos la muleta por un palo y terminó nuevamente Janett el bateo, hasta que se aburrió.

A las cinco aún no aparecía el camión y Mario –de Automática- se me acercó preocupado. Liset le echó otra llamada al dueño y este dijo que en diez minutos nos recogía. Pasó como media hora más, hasta que al fin se apareció el transporte.

Subimos todos, y ya adentro, Janett y Liset recogieron el dinero -veinte pesos por persona-. Con el dinero en la mano, bajé y le pagué al chofer, que venía con un acompañante. Subí nuevamente y por fin partimos con La Habana en la mira. El viaje se fue tranquilo, matizado en un buen tramo por unas cuantas canciones que cantamos a coro, acompañadas a guitarra por un músico excursionista y el de Automática, aunque realmente el sonido de las cuerdas no se oía bien debido al ruido del motor del camión. Un grupito en la parte trasera se encargó de sabotear el canto, tarareando cada vez que se empezaba una canción. Liset pasó una libretica para que la gente anotara sus teléfonos y correos y yo dispuse mi casa para que el viernes siguiente hiciéramos la fiesta de la acampada, donde nos pasaríamos las fotos tiradas.

Descarga en el camión de regreso.

Descarga en el camión de regreso.


Sobre las siete, aún con claridad solar, llegamos a Cien y Autopista. Al bajarnos y despedirnos, le poníamos fin a la segunda acampada del Movimiento Cubano de Excursionismo. Habíamos vivido un buen fin de semana, de hacer nuevas amistades, de que muchos conocieran un impresionante lugar de nuestra geografía y de que el Movimiento creciera y se consolidara, luego de poco más de un año de constituido, pues ya no era aquel espacio incipiente, con muchas expectativas y poca historia. La cueva de La Pluma, Jardín de Aspiro y ahora el Cañón del Santa Cruz, daban cuenta de esa historia común que se ha ido tejiendo con intereses comunes y con unas ansias enromes, aunque tal vez las excursiones de los grupos en estos meses hayan sido el mejor saldo. El verano será otro buen espacio para que cada grupo se consolide y conozca nuevos lugares de nuestro archipiélago. Más allá llegará noviembre, y con él, la tercera acampada del Movimiento, ¿y el lugar?; ya se verá.

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Una respuesta a “Acampada en el Cañón del río Santa Cruz

  1. Eh, Sandelis, gracias por la información. Está muy interesante el blog. Me tardé un poco en encontrarlo. Te deseo todo lo mejor.

    Tu amigo anticapitalista.

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