Ascenso al Turquino por La Guerrilla del CIGB

Por: Yanieyis Álvarez

Esta es mi primera crónica. Y me parece increíble pues ya soy “vieja” en estas cosas de las guerrillas, pero es la primera vez que siento la necesidad imperiosa de escribir, de contarles de mi propia experiencia para animar a aquellos que dan por imposible el ascenso al punto más alto y desafiante de nuestro país: El Pico Real del Turquino.

La primera vez que le escuché a Alejo hablar de la posibilidad de acometer el ascenso me entusiasmé mucho, pero entonces reviví mi primera experiencia de hace exactamente 10 años, y mis recuerdos no eran precisamente gratos. Mi esposo espetó enseguida que no tenía la más mínima razón, pues mi supuesta vasta experiencia de más de diez años subiendo montañas, recorriendo el país en bicicleta, navegando ríos del Oriente cubano o explorando cuevas, bastarían para hacer llevadero mi recorrido por el sistema montañoso más elevado de Cuba, pero igual no logró tranquilizarme. En mi mente habían quedado bien grabadas las interminables taquicardias, los dolores en las piernas, el engarrotamiento y el sudor desmesurado. Es cierto que había llegado a la Aguada del Joaquín junto a las tres primeras personas de todo el grupo, pero no había llegado al punto culminante en buenas condiciones físicas. Me intranquilizaba por tanto la idea de cómo sería esta vez. Era menos joven, con 10 años demás en los huesos, pero la verdad que con más experiencia. Inmersa en mis pensamientos, y sin duda alguna por el deseo anhelante en la partida, preparé mi mochila garantizando el módulo para dormir, pues recordaba de mi primer ascenso, que el frío era el peor enemigo en aquellos parajes montañosos. Recuerdo aquella noche en la “Aguada del Joaquín” como la más fría de toda mi vida, y créanme que han sido varias las que he dormido bajo condiciones similares. El peso no me resultaba tan escalofriante por mis experiencias anteriores en Mal Nombre, así que después de confeccionar mi lista y preparar la mochila, me dispuse a partir.

Para el viaje tenía otro aliciente, iría acompañada de mi eterna amiga de más de 20 años, Juliette, una amiga de los añorados años del pre-universitario. También me entusiasmaba sobremanera el hecho de comenzar esta nueva aventura junto a un grupo grande de compañeros de trabajo, que en su mayoría viajaban con sus hijos para cumplir el sueño de alcanzar tan enigmática cima. A diferencia de ellos, esta aventura suponía la separación por ocho días de mi bebé de año y medio, así que la sensación de tristeza y angustia que me invadió estuvo presente todo el tiempo. Igual me sorprendía sonriendo al recordarlo y desear que estuviera compartiendo esos lindos momentos conmigo.

En total éramos un grupo de 35 personas, conformado por 10 niños, seis mujeres y 19 hombres. Sólo cinco compañeros del grupo habíamos vivido la experiencia, así que nos preocupaba el cómo se desarrollarían las cosas. Bien sabíamos que en una expedición de montaña, el éxito, exceptuando lo imponderable (el clima, la salud), depende en gran parte de nuestra condición física y de nuestra adaptación a la altura, sin embargo, conocíamos también por experiencia, que la mayor dificultad residía en la fuerza de voluntad de cada uno. De todos modos nuestra confianza descansaba en Alejo, el líder del grupo, a quien cariñosamente llamamos así con sus 70 años recientemente cumplidos. Contar con su presencia y guía nos daba mayor seguridad y una mayor posibilidad para alcanzar nuestra meta.

El viaje comenzó desde el mismo momento que partimos del CIGB el viernes 11 de abril de 2014. La hora pactada para la salida en una guagua de Vía Azul, era a las 7 de la noche. Sin embargo, eran las 6 y 45 y sólo había visto asomarse al lugar de encuentro a unos pocos guerrilleros, en lo que se suponía fueran más de 30. No podía dejar de fijarme en sus mochilas, en la gran cantidad de bultos. Entonces recordé mis primeros años en Mal Nombre, o en el mismo grupo de la Guerrilla del CIGB en el 2003. ¡No podía dejar de alarmarme imaginándome la subida al Pico Turquino con semejantes pesos! La realidad me demostró después que mi mochila era tanto o más pesada que cualquiera de las que me sorprenderían al inicio, pero más que el peso, me preocupaba que algunos de los compañeros de viaje tenían hasta más de una mochila y llevaban paquetes en la mano, lo cual no era para nada práctico en una caminata por las montañas.

Finalmente el grupo se conformó y partimos a las 8 de la noche. Se movía La Guerrilla. La primera parada de sendero natural fue en el campismo La Sierrita en la provincia Granma después de casi toda una noche de “descanso” atravesando todo el país de Occidente a Oriente y recorriendo el centro de la bellísima ciudad de Bayamo. En La Sierrita pernoctamos solo la noche del sábado 12 de abril para comenzar nuestro peregrinar al día siguiente. La tarde noche transcurrió muy animada, con baños en el río Naguas, juegos de ajedrez, y hasta balanceos en columpios de un parque que a pesar de “anunciar” de “cero a 2 años”, no se escatimó esfuerzo para el disfrute.

Baño en el río Naguas. Foto Luis Laborit (Cabañitas)

Baño en el río Naguas. Foto Luis Laborit (Cabañitas)


Ese mismo día supimos de la infección en los riñones de Alejandrito con unos13 años de edad, lo que suponía hacer reposo, ¡qué ironía!, y nosotros que pretendíamos hacer todo lo contrario. Por suerte Alejandrito amaneció algo mejorado en la mañana del domingo 13 de abril y partimos pues, ese día, hacia nuestro primer destino bordeando el río Naguas. Minutos después de comenzar nuestras andanzas, Alejo, el líder del grupo, sufrió un percance al resbalarse por unas piedras y se hizo una pequeña contusión a un lado de la cara. De momento me asusté un poco, era como si hubiésemos salido con el pie izquierdo, pero no faltaba más, nos detuvimos unos pocos minutos para descansar, y emprendimos el viaje.

Desde la salida del campismo sabíamos que el recorrido desde Santo Domingo hasta el Alto del Naranjo era incierto. Ya no existían los camiones de hace 10 años, así que solo contábamos con nuestras piernas y el deseo y la voluntad de lograr nuestro objetivo. Pero milagrosamente se nos dio “La Estrella”, aquella que evocamos en Mal Nombre en los momentos más difíciles, y en Santo Domingo embarcamos en unos carros de turismo que nos llevarían hasta el mismo Alto del Naranjo. Mientras recorríamos la distancia de unos 5 km y medio, daba gracias a Dios por el beneficio del que disfrutábamos. Ya me imaginaba subiendo aquellas súper pendientes con la mochila en la espalda. Una vez reunidos todos hicimos un recorrido histórico por la Comandancia de La Plata, la casa de los Medina, de Fidel y finalmente al Pico Rebelde. Acto seguido partimos para la Comunidad Ecológica La Platica, un lugar hermoso, campestre, y de ensueño, no sin antes subir al Pico Mella. Del día sólo restaba organizarnos, comer y descansar, pues al siguiente, comenzaba nuestra gran prueba inicial y según mis recuerdos, la más difícil: el ascenso hasta el campamento en lo que llamaban “La Aguada del Joaquín” de unos 8 km, pasando las elevaciones del Rascacielos, y Loma del León. Recuerdo que hace diez años en mi primer ascenso, mastiqué infinidad de caramelos con sobrada desesperación, pues quería prevenir los engarrotamientos en las piernas que ya venía sufriendo, pero esta vez, realmente la experiencia daba sus frutos para conmigo. No obstante el ascenso de la elevación conocida como Rascacielos sacó todos nuestros jugos. ¡Dios Santo! Con cada paso que subía recordaba que estaba contrariando una ley física…la de la gravedad. ¡Qué osados! Yo en todo momento me mantuve al lado de Juliette dándole ánimos.

De derecha a izquierda: Juliette y yo. Foto Abel Caballero.

De derecha a izquierda: Juliette y yo. Foto Abel Caballero.


Según mi experiencia, lo más importante era seguir cada uno su propio paso, lo cual estaba dado por la capacidad respiratoria o por “la bomba” de cada cual, como se dice en buen cubano. La fuerza en las piernas es también otro factor determinante. Yo tenía a mi favor el haber corrido media maratón en varias ocasiones, además de que acostumbraba con cierta frecuencia a hacer aerobios, y la verdad que me sentía de maravillas. Lo que se suponía un gran reto se convirtió en un viaje de placer pues podía disfrutar del paisaje, del sonido de los pájaros, de la humedad de la tierra. Me enorgullecía el paso de Juliette, en todo momento se mantuvo firme y solo me preocupaba el no perderle de vista pues a veces aceleraba ante las imponentes y agudas elevaciones, el peso en la espalda también jugaba su papel. Pasado el Rascacielos nos topamos con la Loma del León. La recordaba prácticamente sin vegetación, con sus laderas desnudas, lo cual me inspiró hace diez años atrás algo de temor. Esta vez supuse que habían sembrado arbustos a ambos lados de la montaña pues ya no era posible mirar al vacío, a ninguno de los dos lados, lo cual era un alivio, aunque una mera decepción, pues antiguamente podías disfrutar de la vista del vasto paisaje, de aquel escenario natural que se me antojaba espléndido. De momento comenzamos una subida escabrosa, tan empinada y extensa como el Rascacielos, supuse que estábamos subiendo la última elevación antes de llegar a la Aguada del Joaquín, el campamento donde pernoctaríamos esa noche. Intentábamos pues un último ascenso triunfal, cuando oímos las voces de los niños que iban en la vanguardia. Habíamos vencido los 8 km que nos separaban del Alto del Naranjo, había vencido sin ninguna dificultad lo que hacía diez años para mí constituyó el reto y el esfuerzo más grande realizado a mis 27 años de vida. Juliette se veía muy bien, lo cual me alegró sobremanera. Intuí que el venidero día sería más llevadero, teniendo en cuenta que ya llevábamos dos días de camino por el monte, ayudando la adaptación del cuerpo al nuevo régimen de ejercicio.

Al rato siguieron llegando el resto de los compañeros, cerrando las filas, Willy y Cabañitas que eran la retaguardia designada en todas las jornadas. Ya al final de la tarde logramos divisar el grupo montañoso en el que se erigía imponente el Pico Real del Turquino. La vista era preciosa. Nubes se entrelazaban unas con otras y daban al paisaje un toque mágico. No creo poder describir tamaña belleza. Al observar el cielo tan azul y las nubes tan nítidas, era imposible no estar de muy buen humor, a pesar del esfuerzo realizado. Era imposible no detenerse a observar las espectaculares vistas que se lucían ante nosotros. Esa tarde transcurrió tranquila. Era suficiente con observar aquel hermoso paraje y refrescarse con la brisa fría al paso de las nubes. En un momento ya entrada la tarde asomó el Sol. La vista se hizo aún más preciosa, entonces comprendí que lo que para mis compañeros se convertía en una experiencia “única e irrepetible”, para mí, unos deseos inmensos de volver a aquel lugar mágico e inolvidable.

Vista del Pico Turquino desde la Aguada del Joaquín. Foto Abel Caballero.

Vista del Pico Turquino desde la Aguada del Joaquín. Foto Abel Caballero.


Pero aún nos quedaba un último trecho por vencer: la subida de 800 metros del propio Pico del Joaquín, el Pico Regino y finalmente el Pico Turquino, nuestra meta final. El hecho de llevar dos días de “training” debía constituir una ventaja para el grupo. El primer tramo lo vencimos sin mucha dificultad al igual que el resto, excepto que la respiración se hizo cada vez más agitada hasta dejarnos sin aliento. Cada respiración profunda parecía ser insuficiente. Ello era apenas una señal de lo que vendría después. Recordé entonces con alegría el último entrenamiento que me propuse unos quince días antes de comenzar el viaje, me olvidé de la existencia de los elevadores del edificio central del CIGB, y como trabajaba en el séptimo piso, subía las escaleras de dos en dos sin paradas intermedias y la verdad que me ayudó sobremanera. Recuerdo a mis compañeros de trabajo que me tildaban de loca y exagerada.

Pues bien, al día siguiente nos levantamos bien temprano en la mañana, llenos de expectativas por lo que estaba por venir. Oí a pocos compañeros quejarse del dolor en las piernas por el trayecto ya recorrido, así que supuse que todos estábamos súper listos para partir. El cielo sobre las montañas estaba impregnado de un azul delicado, una señal de buen tiempo, sin embargo, el clima nos jugaría más tarde una mala pasada. Yo por mi parte perdí el palo que generosamente me diera Willy (el esposo de mi mejor amiga) y que me ayudara en los días previos con las bajadas sin baranda hecha con troncos de arbustos. Juliette me insistiría en que me buscara otro, pero no le presté atención. La bajada por Santiago horas más tarde, me recordaría que debía haberla escuchado.

Emprendimos pues el vuelo, o mejor dicho, el ascenso, para llegar a la cima del Pico Joaquín. Recuerdo la hilera de “guerrilleros” avanzando con sus mochilas, algunos de ellos con una al frente y otra en la espalda, sin dejar de observar que debía ser súper incomodo, sobre todo en las subidas que les debía chocar con las rodillas. Juliette y yo avanzamos sin detenernos en todo el trayecto. Creía que era fundamental subir muy despacio, controlando la respiración pero de forma constante, como mismo hago cuando corro los Marabanas. Juliette se mantuvo guapa, así que alcanzamos la primera cima sin muchos contratiempos. Allí nos detuvimos y aprovechamos para cargar baterías (comimos caramelos) y tomamos agua. Luego el terreno por un tramo extenso, estuvo matizado de una vegetación muy verde y “aplanada”, como si hubieran sembrado un césped. Pensé entonces que ello constituía una de las ventajas de la subida por Granma, cualquier elevación podía conducirte hasta su cima sin aliento alguno, pero después te regalaba una amplia meseta donde descansar o seguir camino estirando los pies para relajarlos, y eso fue lo que hicimos. También era el momento idóneo para agilizar el paso y ganar tiempo. El sendero continuó con pocas variaciones, aunque se fueron sumando algunas escaleras formadas con troncos de árboles que hicieron que el camino fuera más llevadero.

Escaleras hechas por el hombre para facilitar el ascenso. Foto Jesús Noda.

Escaleras hechas por el hombre para facilitar el ascenso. Foto Jesús Noda.


Me extrañó entonces no ver el cartel que en mis dos ocasiones anteriores divisé anunciando “El Paso de los monos”. En algún punto cerca ya de nuestro destino principal afloró la lluvia. Realmente casi todo el tiempo el cielo se mantuvo nublado, por lo que en el llamado “Teatro de Nubes” no logramos tener la vista esperada del vasto paisaje montañoso. Alguien mencionó que estábamos cerca ya de la base del Pico pues habíamos tropezado con una piedra gigante que asomaba interrumpiendo el camino. Y si, efectivamente, estábamos ascendiendo por una ladera al firme del Pico Turquino. En ese punto nos detuvimos a tirarnos unas fotos, entonces me preocupé ante la cara angustiada de Alejandrito que había tomado la decisión de subir el Turquino pese a su malestar. ¡Y para colmos llevaba una mochila! No lo pensé ni por un segundo y me la coloqué al frente, constatando lo que supuse de mis compañeros que llevaban más de una mochila, realmente era muy incómodo. El tramo final de ascenso a la cumbre del Pico estuvo matizado por una lluvia torrencial, de modo que la neblina nos opacaba la vista. Pero no pasaron ni siete minutos y allí estaba el Martí, su efigie. Eran cerca de las 11 de la mañana. Enseguida se fueron sucediendo el resto de los compañeros, y ya para la una de la tarde, todos habíamos alcanzado la cima del punto más alto de nuestro país, un deseo de muchos cubanos. No podía faltar el beso a la efigie de Martí que hacía ocho años que no divisaba en mi segunda incursión al Pico Turquino, ni la lectura de esa frase emblemática que dicta: “Escasos como los montes son los hombres que saben mirar desde ellos y sienten con entrañas de nación o de humanidad”.
Grupo La Guerrilla en el Pico Turquino. Foto Abel Caballero.

Grupo La Guerrilla en el Pico Turquino. Foto Abel Caballero.


Cuando llegamos a la cima, el alivio y la satisfacción se apoderaron de nosotros. Enseguida llovieron las fotos. Cada uno quería su foto individual, o estar presente en todas las fotos colectivas, con la bandera cubana, con el mejor amigo, con la persona que le dio el mayor aliento para subir…La fila era interminable, no faltaba más. Algo nuevo a diferencia de mis viajes anteriores, es que brindamos con sidra por el éxito alcanzado. Pero aún quedaba un largo trecho por recorrer, debíamos descender unos 11 km hasta la costa sur de Santiago de Cuba, por un macizo montañoso bañado por la incesante lluvia, convirtiendo el terreno en un lodazal y haciendo el esfuerzo titánico. Pero la sensación de triunfo por la meta lograda nos daba una fuerza adicional para terminar el viaje, sin dejar de sentir esa calidez interior y esa satisfacción por el esfuerzo desplegado en los días anteriores. Ya estábamos de regreso, y psicológicamente eso ayudó a acrecentar la voluntad. Desde el Pico Turquino tomamos la decisión de rendir viaje ese día en el Campamento “La Majagua”, a sólo 3 km de nuestro destino final, pero no teníamos tiempo para más, así que comenzamos el descenso. La posición del Sol en el cielo marcaba las 2 de la tarde. Para mí, al igual que para la mayoría de los compañeros que nos alistamos en aquella aventura, la bajada por Santiago de Cuba pasando el Pico Cuba contaba como la primera experiencia. A diferencia de la subida por Granma, sentí esta vez que el viaje se me hizo extenso y aburrido. La mayor parte de las veces no lográbamos divisar el paisaje debido a la espesa neblina, y otras, los senderos habían sido construidos atravesando las montañas, lo que semejaba el cañón de un río. Por el camino fuimos dejando atrás a muchachos de La Habana que igualmente habían cumplido su meta de subir el Pico Turquino. El sendero no nos atrapó tanto como el que disfrutamos por Granma, pero no dejó de ser un buen recordatorio de cómo la geografía cubana puede albergar lugares llenos de vitalidad y paz, en contraposición con el ruido de la ciudad que habíamos dejado días atrás. Ese día, martes 15 de abril, sorprendió a algunos de nuestros compañeros (incluida la retaguardia) en medio de aquel paraje bien entrada la noche. Los vimos regresar a las 9 y 38, pero para los que hemos vivido experiencias como esas, sabemos que después de un día intenso de ajetreo y ejercicio, el cuerpo lo que más necesita es un lugar seco para dormir tranquilamente. Lo que sucedería pues al día siguiente no tendría la más mínima importancia, porque “lo peor” ya había pasado, sin embargo era el día de cumpleaños de mi amiga Juliette, mi fiel compañera en aquel viaje y por decisión y respeto a ella no lo mencionamos en el grupo.

Hasta este punto podíamos decir que nuestra deuda con la historia y para con nosotros mismos estaba saldada. “Una historia única e irrepetible”, ni pensarlo. Aún no había llegado al campismo La Mula y ya comenzaba a trazar estrategias con vistas a participar del segundo viaje en el año que prepararía Alejo para subir al Pico Turquino. Así pues, aquí cierra esta historia, que más que una crónica, son las impresiones que me he llevado de este mi tercer ascenso al Pico Turquino, esperando que cuando las leas, te sirvan de ayuda por si te decides a emprender el largo y desafiante camino para alcanzar la elevación más alta de nuestro país, y con ello recorrer la historia.

No quería despedirme sin antes agradecer a:
Juliette, por hacer su sueño realidad y con él el mío propio, el de compartir la experiencia.
A Alejo, que ya lo siento amigo y guía incansable.
A David, Claudia y Andy por permitirme compartir “el tiempo de locura”.
A Willy y Cabañitas, por encargarse de la retaguardia durante todo el trayecto.
A todos los integrantes de “La Guerrilla”, nuevos y viejos, muchas gracias.
A mi bebé y esposo por esperarme impacientes en casa.
Gracias.

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