Nado-navegación de la presa Hanabanilla

Por Miguel Alfonso Sandelis

Teniendo en cuenta la importancia que tiene en Cuba el evento MARABANA, pensé en algo parecido para la natación, es decir un evento popular de larga distancia, y el escenario sería la presa Hanabanilla, el embalse de agua más bello de Cuba, incluso con un hotel para facilitar el alojamiento a participantes que vengan de cualquier latitud. Las mediciones en el mapa dieron como resultado once kilómetros y medio de recorrido, una respetable tirada para quienes no somos nadadores profesionales.

Podíamos acercarnos con la idea a la Comisión Nacional de Natación, pero era preferible ponerla en práctica primero los malnombristas, para que ya no fuera tan solo una idea. De todos modos, independientemente de que en un futuro el evento fuera asumido o no por la entidad deportiva u otras instituciones, nadar la presa sería una guerrilla a disfrutar, con características muy particulares. Decidimos entonces meterle “manos a la obra”.El fin de semana escogido fue el de los días diez, once y doce de octubre, aprovechando que el diez es feriado.

Pero nadar no es correr. Una lesión en una carrera puede provocar que el corredor se detenga, sin alguna otra consecuencia. Pero un problema a un nadador en una presa de un ancho que oscila entre los trescientos y quinientos metros, requiere de una embarcación cercana para su auxilio, sino las consecuencias pueden ser funestas. Por eso desde un inicio pensamos en tener más de un medio de navegación para acompañar a los nadadores, y pensando también que del primero al último podía haber una gran distancia. También había que tener en cuenta a los que no nadarían, que serían la mayoría; ¿cómo se trasladarían estos desde Jibacoa hasta el Salto del Hanabanilla, los puntos de inicio y fin de la travesía?

Elizabeth, una joven malnombrista que estudia Historia del Arte y vive en Güinía de Miranda, se encargaría de gestionar los medios de navegación. Su abuelo, residente en el poblado La Campana, ubicado a solo diez kilómetros de la presa, haría los contactos necesarios.

El lunes de la semana de la guerrilla hablé con Elizabeth. Ella, después de las gestiones de su abuelo, me proponía dos variantes. En una, todos iríamos por la presa, unos nadando y los demás en tres botes con motor, costándonos quince CUC la travesía en cada bote. En la otra, los nadadores iríamos acompañados por una embarcación, mientras el resto del grupo se movería en camión desde Jibacoa hasta el Salto. Le dije que prefería la primera. Durante la semana hablé con varios del grupo sobre las dos variantes y todos coincidían en que era mejor ir todos por la presa. Mi mayor preocupación en este sentido era que los que no nadaran se aburrieran, pues la natación duraría más de seis horas, aunque estos también tendrían la posibilidad de darse un baño cuando lo quisieran, además de disfrutar la vista de tan bellos paisajes.

El día antes de la partida le envié un correo al grupo, explicando los detalles organizativos y de la travesía, e incluí en el correo el precio de los botes. Pero esa misma noche, a solo unas horas de la partida, me llamó Elizabeth para decirme que el precio de cada bote había subido a veinticinco CUC. Sin posibilidades de consultarle al grupo, tomé la decisión de mantener la variante de los tres botes, desechando el camión para los que no nadarían. Para ello, tendría que apelar al fondo del grupo, que era de mil cuatrocientos cincuenta y cuatro CUP.

Viernes 10 de octubre del 2014

Quedamos en vernos a las siete y media de la mañana en los Amarrillos del primer Anillo de la Autopista Nacional. Nueve residentes en Playa llegamos juntos a las y treinta y seis, cuando ya allí había otros diez malnombristas. Luego se aparecieron seis más. Raine, Yanieyis y Samuelito irían en guagua por la terminal de Astro, mientras que Alberta y Dayana saldrían desde Varadero. Elizabeth había partido desde la noche anterior rumbo a su casa y allá se nos uniría.

Como a las ocho y media llegó una guagua con destino a Granma. Eduardo le fue arriba al chofer y a este le pareció buena la oferta de veinticinco pasajeros hasta el entronque de Manicaragua; nos cobraría cincuenta pesos a cada uno. La guagua dio una vuelta para recoger a pasajeros que irían a lugares más lejanos que el nuestro y luego regresó a los Amarillos. Nos montamos los malnombristas y justo a las nueve de la mañana partimos todos sentados.

Con un alto para merendar en el Conejito del kilómetro ochenta, se fue el viaje tranquilo hasta el entronque de Manicaragua. Allí llegamos sobre las once de la mañana, y al subir a la carretera que pasa sobre el puente de a la Autopista, se apareció un camión proveniente de Santa Clara, con destino a Manicaragua. El camión traía bastante gente encima y Eduardo, apoyado por otros escépticos, dijo que “no cabíamos”. Le respondí que esas palabras no se decían en Mal Nombre y comencé a presionar para entrar todos. Hablé con el chofer para que esperara a que subiéramos y este me dijo que podía llevarnos directo hasta Jibacoa. Con bastante apretazón, subimos todos al camión y partimos.

Al llegar a Manicaragua, se bajó el resto de los pasajeros y los malnombristas seguimos rumbo a Jibacoa. Aproveché el viaje para dividir el grupo en dos subgrupos de cocina; uno haría los espaguetis de esa tarde y el desayuno del domingo, y el otro haría el desayuno y la comida a base de arroz, que correspondían al sábado. A mitad de camino, ya por un tramo con subidas, bajadas y unas cuantas curvas, comenzó a llover. No obstante el chofer, que llevaba buena velocidad, no cedió y en una curva algo brusca, Patricia -una prima de Edgardo que se estrenaba con Mal Nombre- y Ana María, la hermana de Edgardo, soltaron sendos gritos.

Llegamos por fin a Jibacoa cuando la lluvia había amainado. Allí compramos bocaditos de helados, le pagamos al chofer, a veinte pesos por persona, y volvimos al camión. Seguimos rodando por un terraplén, que tenía por la derecha la faja de una loma, mientras a la izquierda había como una cuenca por la que pudiera correr el agua aliviada de la presa.

A las tres y cuarenta y ocho de la tarde nos bajamos junto a unas casas, a solo unos cientos de metros de la presa. El chofer del camión vivía en La Campana, es decir, cerca del Salto del Hanabanilla, y nos dijo que nos podía recoger a la vuelta y llevarnos hasta la Autopista Nacional. Quedamos entonces en que nos recogería el domingo doce a las diez de la mañana en el poblado del Salto.

Comenzamos a caminar por el terraplén y pronto tuvimos ante nosotros la parte trasera del dique de la presa, donde, con letras enormes y con mayúsculas, se podía leer: “PRESA JIBACOA”. Ni que hubieran dos presas: la Hanabanilla y la Jibacoa: ¿Acaso las aguas se pueden dividir?

Siguiendo el terraplén, pasamos junto a la estación del Instituto de Hidrología que atiende la presa y ascendimos por la izquierda hasta llegar al extremo izquierdo del dique, donde nos detuvimos finalmente. El terraplén continuaba en su ascenso y más adelante giraba a la izquierda para bordear el cauce del río Guanayara, rumbo a un caserío llamado Manantiales.

Desde aquella altura podíamos divisar el extremo sur de la presa Hanabanilla. Una gran ensenada se veía limitada en su final por el dique. Hacia adelante, a la izquierda, se apreciaba la ensanchada entrada del río Guanayara. Al frente, una verde muralla montañosa ponía otro límite a la ensenada, el cual descendía desde el Pico Tuerto. También hacia adelante, pero a la derecha, se abría la presa.

Una cerca delimitaba la enorme área con césped que cubría la parte superior del dique. Del lado donde estábamos teníamos algo de hierba para acampar. También había una escalera de concreto que bajaba hasta la presa y una pequeña casa con un portalito. En la pared de la casa, con letras grandes, se podía leer: “PROHIBIDO BAÑARSE EN LA PRESA”. ¡Vaya noticia! ¿A qué se debería aquello? Nadie había por los alrededores como para poder salir de la duda con respecto a aquella prohibición. Héctor, con unas hojas, tapó una parte del cartel y lo transformó, de modo que decía: “A BAÑARSE EN LA PRESA”. Le dije que quitara aquello, porque podía crearnos problemas.

El terraplén que hasta allí llegaba, con alguna frecuencia era transitado por gente que iba y venía de Manantiales, según supuse. Incluso una guarandinga pasó y regresó por el ancho camino. Algunos avanzamos más por él. Tras doblar a la izquierda, este se extendía paralelo al río Guanayara, que se veía desde una altura de unos cincuenta metros. Luego volvimos al sitio donde habíamos parado.

Sin darnos tiempo a acampar, se desató un aguacero y nos cobijamos apretadamente en el portalito de la casita, junto con las mochilas. Algunos salieron a bañarse bajo el aguacero. La casita estaba cerrada y Eduardo intentó abrir la cerradura, pero le puse freno, pues aquello podía complicar nuestra estancia en el lugar.

La lluvia amainó, dejando la leña mojada. Bajé entonces con María Karla por el terraplén de regreso, en busca de un lugar donde poder cocinar. A la derecha del terraplén, en bajada, un largo farallón se levantaba imponente, mostrando en su pared la entrada de una pequeña cueva. Descendimos la pendiente y frente a la estación hidrológica entramos a la derecha por el patio de una casa. Allí hablamos con el dueño de la casa y de inmediato este nos propició cocinar en una cocina rústica y techada que había en el patio. Por él supimos que la prohibición de bañarse en la presa se debía a unos casos de cólera que se habían producido por los alrededores. No obstante a aquello, no desistiríamos de nadar la presa. Aquel gran control en Jibacoa nada tenía que ver con el hecho de que en El Nicho la gente se bañaba a sus anchas y aquella agua iba a parar a la misma presa. De eso conocía yo, pues recientemente había ido un grupo de excursionismo al Nicho. La opción en la que pensé fue en salir en los botes, y ya fuera de la vista del dique, tirarnos a nadar.

Regresamos María Karla y yo adonde los malnombristas hacían estancia. Ya la gente comenzaba a levantar las tiendas de campaña cuando llamé a los del grupo Uno para cocinar. Agrupamos espaguetis, latas, especias y refresco instantáneo y partimos hacia la casa. Llevamos también calderos y mi tanqueta.

La hospitalidad recibida en la casa fue exquisita y el grupo de cocina se dio a la tarea de garantizar la comida. Los hombres nos concentramos en buscar leña, picarla, pelarla para quitarle la capa de humedad, levantar la candela y cocinar los espaguetis. En esas faenas, Yoandri mostró sus dotes de cocinero. Las mujeres se dedicaron a preparar la sazón junto con la carne. En una arboleda junto a la casa había una jaula con dos jutías, una de ellas de un tamaño pronunciado.

Al rato de estar en las labores cocineras, se acercó el jefe de la estación hidrológica para hablar conmigo. Era un hombre de tez colorada y me explicó el por qué de la prohibición. Me dijo también que tenía que informar a su jefe superior. Le respondí que era una contradicción que allí impidieran bañarse mientras que en El Nicho la gente se bañaba a su gusto. Al rato Alexis le pidió combustible para levantar la candela y el hombre le dio un pomo con petróleo.

Ya al oscurecer, se apareció el jefe de sector y subí con él hasta el lugar de acampada. El oficial nos dijo que tenía la orientación de no dejarnos acampar allí. Hery y yo le respondimos que no hacíamos nada ilegal; le hablamos de la composición del grupo y de que al día siguiente vendrían tres botes a buscarnos, pero por supuesto no le dijimos que nadaríamos la presa. Le pedimos que le explicara todo aquello a su superior, porque no veíamos cómo irnos de allí a esa hora para acampar en otro lado.

Como la comida ya estaba lista, llamamos a todos a bajar a la casa, y ya abajo, formamos el tiroteo. Los espaguetis dieron para llenarse y sobrar. En medio de la repartición, se apareció nuevamente el jefe de sector y me llamó. Me dijo que habían autorizado a que durmiéramos en el lugar, pero que iban a fortalecer el control sobre todas las entradas de la presa. Antes de partir, les agradecimos a la gente de la casa, les dejamos un nylon lleno de coditos junto condos paquetes de espaguetis y regresamos a nuestro sitio de acampada.

Una gran piedra aplanada sirvió para que varios nos sentáramos sobre ella y formáramos una tertulia. En eso estábamos cuando se aparecieron Alberta y Dayana, provenientes de Varadero. Tras los saludos, les di la comida y se enfrascaron en matar el hambre que traían. Luego armaron su tienda de campaña. Más tarde llegaron Raine, Yanieyis y Samuelito. Raine se dedicó de inmediato a armar su tienda, pero Yanieyis, con su reconocido apetito, le partió para arriba a los espaguetis.

Sobre las diez de la noche, el sueño comenzó a hacer mella en los malnombristas y cada cual fue buscando su lugar. Yo pensaba dormir con mi súper nylon tirado por encima, pero Imirta me lo cogió para proteger su tienda y me insistió en que durmiera adentro de ella, junto con Luced y Yoandri. Yo no acepté la invitación y me tiré bajo el techo del portalito. Edgardo -con un balsón- y Frank, se tiraron sobre la piedra aplanada. Hery había armado su tienda en la orilla opuesta del terraplén y allá se fue con Lian. Un buen piquete se metió en una de las tiendas donadas al grupo por el amigo puertorriqueño Ramón Frontera, la cual había llevado Alexis. El resto, a sus tiendas habituales.

En esos momentos éramos treinta. Solo faltaba Elizabeth, pero a esa hora era difícil que llegara. Lo más probable era que viniera directo desde Güinía de Miranda, al día siguiente por la mañana.

Sábado 11 de octubre del 2014

En plena madrugada la lluvia hizo aparición en el campamento. Pronto las tiendas de campaña chorrearon agua y sus pisos se encharcaron. Frank y Edgardo se me unieron, buscando cobija bajo el techo del portalito. Al rato escampó, pero un segundo aguacero le volvió a hacer la “gracia” al sueño.

A las seis de la mañana di un tibio de pie. Poco a poco la gente fue saliendo de sus tiendas y el grupo Dos comenzó a mezclar leche con chocolate, sin calentar, pues la mojazón de la leña haría una odisea del intento de levantar candela, y no teníamos tiempo que perder.

Como a la siete menos cuarto llegaron los tres botes al borde de la escalera, provenientes del Salto del Hanabanilla. Cada uno tenía un techo para proteger del sol y la lluvia. Nos demoramos en recoger las tiendas de campaña, devorar el desayuno y recoger el dinero para pagar las lanchas. Recogí treinta pesos por trabajador, veinticinco por estudiante y veinte por cada uno de los tres niños: Daniela, Lian y Samuelito. El resto lo completé con el dinero del fondo. Luego hicimos una guardia vieja, de modo que sobre las ocho de la mañana fue que estuvimos listos, a pesar de que habíamos previsto partir a las siete y media.

Estando en ese ajetreo, llegó Elizabeth con su papá, en una moto, proveniente de Güinía. Pero solo venía a comprobar si los lancheros cumplían, y a saludarnos, pues no se iría con nosotros. Sentí el hecho de que no se sumara a la expedición, pues ella había sido clave en lograr lo que estaba a punto de comenzar.

Bajamos todos a la presa y nos distribuimos en los botes. Uno era verde, otro anaranjado y el tercero gris con franjas azules. Designé a Alexis, a Eduardo y a Irmita como jefes malnombristas de cada uno de los botes, y al mismo Alexis como el jefe de todos. Yo pregunté por el que estaba de jefe entre los tres timoneles y me dirigí a él. Le pagué el viaje de las tres lanchas y le dije que un bote fuera a la delantera, otro en el medio y el tercero al final. Le dije también que el primer descanso lo hiciera tras rebasar la salida del río Negro, en un saliente de la orilla izquierda. Arrancaron los botes y comenzamos a navegar. Mi bote era el anaranjado y tenía menor estabilidad que los otros dos, por lo que comenzó a menearse. Patricia se asustó, y entre gritos, echó una ligera lagrimita.

Edgardo iba navegando sobre un balsón forrado, enganchado del bote en el que yo iba. Al coger velocidad el bote, Edgardo se soltó y hubo que esperar a que se arrimara hasta agarrarse. Pero el bote no podía mantener el motor encendido en baja y perdimos algún tiempo en lo que el timonel lo arrancaba.

Calentando antes de nadar.

Calentando antes de nadar.

Por todas esas demoras, al rebasar la punta de salida de la ensenada, ya había varios del grupo dándose el baño que nos había sido negado. Me quité la ropa, quedándome en trusa, le dije a la gente que se alistaran para la natación y a las ocho y veintiséis minutos de la mañana me lancé al agua.

La presa tiene un largo de once kilómetros y medio desde el dique de Jibacoa hasta el dique del Salto, pero nos ahorraríamos los seiscientos primeros de la ensenada y mil seiscientos al final, para no ser vistos nadando al llegar. El primer tramo a nadar sería el más largo. Era de unos tres mil cuatrocientos metros, hasta poco después de la boca de río Negro. Salimos a nadar Hery, Janett, el Rafa y yo a cappella, mientras Edgardo, Tony y Héctor iban con patas de rana, caretas y snorkel.

Arranca la natación-navegación.

Arranca la natación-navegación.

Pronto me fui quedando atrás. Yo sabía que esa sería mi posición en todo el trayecto, porque aunque era el que más había entrenado en los últimos meses, soy lento al nadar, teniendo en cuenta que mi etapa de nadador tiene menos de dos años y mi técnica aún presenta bastantes deficiencias. Además, no pateaba con la pierna izquierda para evitar dolores en la cadera y avanzaba bastante hundido en el agua. El bote verde sería el último de la flotilla y estaba destinado a acompañarme en toda la trayectoria.

Raine se lanzó al agua desde el inicio sobre un bote anaranjado inflable, y remando con un remo doble, se movía bastante ligero, por lo que podía acompañar a los nadadores sin dificultades. A Eduardo se le vería buena parte del tiempo nadando a capella, y en ocasiones, navegando sobre el balsón de Edgardo.

El sol se dio a respetar desde el inicio y casi también desde el inicio la presa se llenó de olitas, que tenían una ligera componente a favor de la dirección que llevábamos, aunque hubiera sido preferible no contar con ellas para llevar mejor el ritmo de las brazadas. Algunos tomaban como referencias al nadar algún punto de las orillas, yo prefería tomar el saliente que tenía mirando hacia adelante, en la orilla derecha. Aunque inicialmente había planificado tres tramos a nadar, con dos descansos, cambié la decisión y le dije a la gente que descansaríamos según la necesidad. No obstante mantuve la distancia del primer tramo, que sería el más largo, para aprovechar y avanzar antes de que llegara el cansancio. En los primeros dos kilómetros todos los nadadores tuvimos el desayuno casi en la boca, pero después, con el esfuerzo y la digestión, la sensación se apaciguó.

Dejando atrás el peñón de salida de la ensenada, comenzó a verse por la izquierda la cordillera que tenía su punto culminante en el Pico Tuerto. Luego se apareció por esa mano la playita a la que llegamos después de subir al Tuerto, en medio de una espectacular pérdida en el año dos mil once. En ambas orillas se apreciaba una hermosa vegetación tropical, donde el tronco de las palmas reales parecían blancuzcos travesaños en medio de tanto verde. El avance casi no se notaba dentro de tanta agua, por lo que había pensar en mil musarañas entre cada vistazo a la orilla y al frente, para ver cuánto se había adelantado. Por momentos, uno se sentía un autómata, que daba brazadas y más brazadas, como si la vida solo fuera eso: bracear. Era la soledad del nadador de largas distancias.

Cuando ya pasaba de las dos horas de nado, comencé a ver por la izquierda la entrada de río Negro. Pero una cosa era verla y otra rebasarla. Al sitio los lugareños le dicen la cueva de La Vieja y por su entrada se va también al río Trinitario. También a la izquierda, el restaurante llamado “Río Negro” marcaba el punto de descanso. En esos momentos vi acercarse una gran lancha anaranjada, que sirve de transporte público a través de la presa. Yo tenía cerca el bote verde y le dije al lanchero que me cubriera para que no me vieran nadando, aunque realmente, a la distancia a la que estaba la lancha grande, era difícil que me vieran. La lancha entró por el río Negro y al rato salió para partir de regreso al Salto.

El alto se hizo en medio de la presa. Allí se unieron dos botes, mientras que el verde me seguía acompañando. Una merienda no faltaría en el lugar y para ello salieron a relucir barras de maní y plátanos maduros. Cuando me acerqué al sitio, los dos botes delanteros se habían corrido hacia la izquierda, y molesto, me resistí a ir hasta allá, porque los botes debían estar a disposición de los nadadores, no al revés. Eduardo se me acercó con su balsa y me agarré de ella para iniciar el descanso, pero sin merienda a mano. Al rato llegó Hery nadando, con un gran trozo de turrón de maní y un plátano maduro para mí. Luego se me arrimó el bote de rayas azules y me subí en él para completar el descanso. Ambos hombros, pero sobre todo el izquierdo, eran mi mayor preocupación para nadar la presa, pues los dolores me vienen con frecuencia cuando nado largas distancias. Ya a esa altura, comenzaba a dolerme el izquierdo, por lo que Eledys me dio una pomada de mentolán y Nadia me la frotó en ambos hombros.

Los botes junto a los nadadores.

Los botes junto a los nadadores.

Sin que aún yo terminara mi descanso, cinco salieron a nadar. Daba gusto verlos con el ritmo que llevaban. A los veinte minutos de mi alto, volvimos al agua Hery y yo. Pronto Hery se me alejó y yo seguí con mi lento y pertinaz braceo, acompañado por el bote verde y a ratos por Raine, que no dejaba de darme vueltas con su bote inflable. Hery también se había comido un buen trozo de turrón de maní, pero no le cayó nada bien, por lo que tuvo que nadar “con la vida” el segundo tramo.

Brazadas y más brazadas.

Brazadas y más brazadas.

Esa segunda tirada llevó entre dos y tres kilómetros de nado continuo, suficiente distancia como para que se me desatara el dolor en el hombro izquierdo. Alternaba la respiración, de la derecha a la izquierda, para ver si con alguna posición el dolor era menor, pero nada. Nadando el tramo vi a los lejos otra lancha anaranjada. Los nadadores delanteros hicieron el alto en medio de la presa, después de pasar la boca del río Hanabanilla, el mismo que surte de aguas al Nicho. Yo llegué algo después, cuando ya ellos habían seguido. Hery ya se había recuperado de su indigestión y siguió nadando ágilmente.

Al andar por la zona en que los delanteros habían parado, le dije a Eduardo que detuviera el bote verde a la altura de un saliente de la orilla izquierda. El bote se pasó un poco del saliente, pero al fin se detuvo y al rato llegué hasta él. Al subir, me tomé dos duralginas para menguar el dolor del hombro. Vi a Frank con una gran trucha en sus manos y me vino con el cuento de que la había pescado, pero luego supe que la encontró el lanchero muerta, flotando en el agua. En esos momentos, Yanieyis se bañaba junto al bote, con Samuelito en brazos. Para ella subirse al bote, le dio a Samuelito a Nadia, quien lo cargó hasta el bote. El niño comenzó a llorar y tratamos de calmarlo diciéndole que mamá ya iba a subir. Yani subió, pero el niño siguió con su protesta, demostrando que no quería mamá, sino baño.

Samuelito, el más pequeño de la flotilla.

Samuelito, el más pequeño de la flotilla.

Comí un trozo de turrón de maní y a los pocos minutos del descanso, María Karla le dijo al lanchero que arrancara para que yo pudiera adelantar sin nadar. Le dije entonces que si lo hacía, me tiraba al agua, y el lanchero no hizo el intento. A los quince minutos de descanso volví al agua.

Otros dos kilómetros de nado continuo llevaron al grupo hasta una playa ubicada en la orilla derecha de la presa. Llegaron los seis nadadores junto con los dos botes delanteros y sus pasajeros, y allí formaron un tiroteo de galletas con dulce de guayaba. Al rato llegué yo, con mi bote verde de custodio. Seguía con el hombro en candela, pero no me sentía cansado. De cierto modo me había acostumbrado al dolor, a pesar de que a cada brazada izquierda, éste me martilleaba.

Salí de agua y fui a conversar con los tres lancheros, que estaban sentados bajo una sombra, a unos metros de la orilla. Nos quedaba un último tramo de algo más de un kilómetro y le dije al lanchero principal que, justo antes de aparecernos a la vista del hotel, detuviera los botes para ponerle fin a la natación y así evitar que nos vieran.

Después de comerme dos galletas con dulce de guayaba, me tiré al agua de primero, para comenzar el nado del tramo final. Pronto Hery me pasó por el lado y después los demás. En una punta que había al final de la playa, la presa giraba a la derecha y seguimos su cauce. Ya al doblar, vimos el saliente de la izquierda que marcaba el fin de la natación. Al principio del tramo no sentí casi dolor en el hombro, al parecer debido al efecto de las duralginas, pero poco a poco fue reapareciendo, hasta hacerse sentir con la misma intensidad que en el tramo anterior.

Raine en su útil bote inflable.

Raine en su útil bote inflable.

Una lancha desconocida llegó hasta el ensanchado lugar que se abría después de la punta, y varios bañistas se tiraron al agua, mientras nosotros seguíamos, dando las últimas brazadas. Varios malnombristas aprovecharon para tirarse también, entre los que se encontraba Bety, quien estaba siendo asesorada técnicamente por Janett en el afán de mejorar su nado. Janett se había tirado con patas de rana en el último tramo y parecía un delfín deslizándose por la presa.

Un bañito de los que no nadan.

Un bañito de los que no nadan.

Cada bote tenía un salvavidas detrás, amarrado con una cuerda. Lian aprovechó el suyo y se tiró al agua, siendo arrastrado por el bote en pleno disfrute. Daniela, al ver como gozaba Lian, le pidió a su papá hacer lo mismo. Al ratico estaba Daniela dentro del salvavidas, siendo arrastrada por el bote.

Eduardo nadando pecho, para relajar.

Eduardo nadando pecho, para relajar.

Por fin las tres lanchas se detuvieron y llegué yo a nado para cerrar la travesía cuando mi reloj marcaba las tres y tres minutos. Nueve kilómetros con trescientos metros era la distancia vencida, brazada a brazada. La conquista a nado de la presa Hanabanilla ya era una realidad para los malnombristas. Otra vez el grupo vencía una osada meta.

Doblaron los botes el saliente que se mostraba por la izquierda y la visión del hotel nos llegó de súbito. A sugerencia de los lancheros, atracamos a los pies de una ladera cubierta de hierba, construida para hacer de dique a la izquierda del hotel. Nos despedimos de los lancheros y subimos la ladera para comenzar la acampada sobre el firme del dique, justo por donde pasa un camino que se sumerge en el monte y recorre un sendero ecológico llamado “La Atalaya”. Desde arriba, a un lado teníamos la hermosa vista de la presa y al otro una amplia visión que incluía el poblado de Cumanayagua, más atrás la fábrica de cemento Carlos Marx, y al final, por la izquierda, la ciudad de Cienfuegos.

Acampada en el césped, sobre el dique de la presa.

Acampada en el césped, sobre el dique de la presa.

Las tiendas de campaña fueron alzadas y la mayoría partió en busca de la cafetería del poblado llamado El Salto del Hanabanilla, mientras Janett, Giselle, María Karla y yo nos quedábamos para cuidar las cosas. Al rato volvieron los primeros de la cafetería y nosotros cuatro partimos hacia allá. Por el camino se nos unieron Alexis y Daniela, quienes andaban por el hotel. Pasamos sobre el gran dique de concreto que cierra el otro extremo de la presa y desde arriba pudimos ver a varios bañistas disfrutando del agua de la presa, justo al pie del poblado. ¡Mucho control en Jibacoa y mucho relajo en El Salto! Es decir, pudimos haber llegado nadando hasta allí sin que nadie nos lo cuestionara.

Al regresar de la cafetería los seis, entramos en el hotel para tomar unos refrescos. Justo en esos momentos, se desató un vendaval sobre la presa Hanabanilla. La lluvia y el viento arreciaron de tal manera, que los que estaban en el lugar de acampada tuvieron que aferrarse a las tiendas de campaña para evitar que estas no salieran volando. En medio del ajetreo causado por la tormenta, en el afán de proteger las cosas, Héctor andaba con un cuchillo e hirió a Nadia en una mano. En pocos minutos, todo quedó mojado, mientras seis malnombristas se tomaban con calma unos refrescos y unos jugos en el hotel.

Al regreso del hotel me fijé en una construcción que quedaba a la derecha del camino y subí hasta allí. El lugar tenía un portal delantero techado, donde cabía la tropa entera. Solo había que limpiar el suelo, que estaba lleno de boñigas de caballo. Según nos dijeron después, allí se impartía el idioma Esperanto, pero por las evidencias, hacía tiempo que no era utilizado.

Regresamos al área de acampada y vimos los efectos que había hecho el vendaval. Lo más importante, todo estaba mojado. Gente del grupo Dos había abierto algunas latas de carne y preparado en salsa perros calientes y pescado, en dos calderos. Al contarle del local techado, la mayoría decidió ir a acampar allá. Como en el firme se quedarían Alberta, Dayana, Hery, Lian, el Rafa, Eduardo y Yalieska, les dejé parte de la carne preparada. Los demás partimos hacia nuestro nuevo albergue.

Vista de la presa dede el lugar de acampada.

Vista de la presa dede el lugar de acampada.

Nadia fue hasta el pueblo a curarse la mano. La herida era pequeña, pero profunda y le dijeron que llevaba algún punto. Ella se resistió y le aplicaron un punto de mariposa.

Con la noche cayendo, hicimos una limpieza del suelo en la escuela de Esperanto y nos acotejamos para dormir. Pero antes juntamos galletas y dulce de guayaba y formamos un tiroteo, incluyendo la carne preparada, la cual estaba bastante salada. Como no teníamos suficiente agua allí, pasamos trabajo para tragarnos el salado condumio. Como al día siguiente cumpliríamos años Patricia y yo, previo a los festejos ambos recibimos “amenazas” de varios jodedores. En un momento, Bety le dijo a Edgardo que sacara las manos de los huevos y yo me burlé de ella, sacándole chispas al doble sentido. Pero al instante caí en cuenta de que su interpretación podía ser literal, es decir, que pudieran haber huevos de gallinas, esperando por mi cumple.

Acampada en la escuela de Esperanto.

Acampada en la escuela de Esperanto.

Unos tirados sobre un piso de granito y otros en sus tiendas de campaña alzadas sobre el firme del dique, fuimos siendo atrapados por el sueño, justo en el día en el que siete malnombristas habíamos vencido a nado la presa Hanabanilla.

Domingo 12 de octubre del2014

De madrugada Frank inició una tertulia con Giselle, justo al lado mío, pero no me arriesgué a protestar porque ya era mi cumpleaños y podía terminar mal mi protesta; Raine, por su parte, no dejaba de roncar. Al amanecer Edgardo me embarró la cara con pasta de diente. Luego fui con Eledys al dique de la presa a ver cómo habían amanecido los que allí quedaron acampados. Realmente la noche estuvo espléndida, sumamente estrellada y no hubo complicaciones.

Al regresar a la escuela de Esperanto, vi a Héctor con un huevo en una mano y me le tiré a explotárselo, antes de que me lo explotara él encima. En el forcejeo, Edgardo me reventó un huevo en la cabeza y Alejandro otro en la espalda. Finalmente logré explotar el de Héctor, justo encima de la tienda de campaña que sirvió de suelo a la familia de Edgardo. Después nos hicieron una pilita a Patricia y a mí y finalmente nos cantaron “felicidades”. Para limpiarme de los desmanes de los jodedores, fui al baño del hotel y allí hallé a Janett, Gisselle, Bety y María Karla, que se estaban dando un “lavadito de gato”. Después fui con Edgardo al dique de la acampada y juntos bajamos a la presa a darnos un baño. Al rato llegaron otros y también se tiraron al agua.

El camión debía llegar a las diez y sobre las nueve comenzamos a recoger en los dos sitios de acampada. No preparamos desayuno organizado, sino que abrimos los nylon de galletas y la gente se fue sirviendo. También abundaban las barras de guayaba y algunas de maní. Un grupo partió para el pueblo y dio con el camión, que llegó con suficiente puntualidad. El resto cogimos el camión sobre el dique grande, salvo Eledys y Nadia, que fueron recogidas cerca del hotel. Justo a las diez partimos rumbo a la Autopista Nacional.

El viaje hasta la Autopista se fue tranquilo. Al bajarnos, le pagué al chofer y anoté su teléfono para futuras excursiones. Nos ubicamos bajo el puente y aprovechamos para seguir comiendo galletas con dulce de guayaba. Al poco rato paró un camión que iba hasta La Habana. Con aprieto, nos montamos todos excepto Eledys, Héctor, Tony y Nadia, que se quedaron a esperar una más cómoda opción. Nos cobraron cincuenta pesos por persona.

El viaje hasta La Habana se fue bastante rápido, pues al chofer le gustaba apretar el acelerador. Durante un rato amenizamos el viaje cantando temas tradicionales cubanos. Al llegar a La Habana, algunos se quedaron en el puente del Cotorro y la mayoría nos bajamos en el entronque de la CUJAE. Solo Hery y Lian siguieron, pues el camión ponía fin a su viaje en Santiago de las Vegas, justo donde vive Lian. Los cuatro que se quedaron en el puente de Manicaragua, no tardaron mucho en coger otro camión rumbo a La Habana, y aunque este no iba tan rápido, antes de las cinco de la tarde ya estaban en la capital.

Poníamos fin así a un viaje -con nado incluido- por la presa Hanabanilla. La idea de promover un evento para nadar cada año la presa, quedaba aplazada, dada la prohibición que existía de bañarse en ella, a pesar de que esta no se cumpliera en el Nicho y en el Salto. Pero las imágenes quedaban para un futuro, pues Mal Nombre había cumplido su meta.

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