Tercera acampada del movimiento en Seboruco

Por Sandelis

En la reunión correspondiente al tercer cuatrimestre del año, realizada en septiembre, decidimos hacer la tercera acampada del Movimiento Cubano de Excursionismo en la zona de Seboruco, justo donde hacía un año y unos meses Mal Nombre hizo una excursión. El mismo lunes de la semana de la acampada hicimos otro encuentro en el parqueo del Coppelia para ultimar detalles.

Un frente frío anunciado para entrar el viernes, justo el día de partir, le dio un toque de incertidumbre a la acampada. Conociendo del frente, llamé a Meteorología para pedir el parte del tiempo para el fin de semana, el cual les envié después por correo electrónico a los organizadores de los grupos. Indiscutiblemente, el frente provocaría la ausencia de algunos a última hora. Pero la acampada iría de todas, todas.

El camión para los viajes de ida y vuelta era el mismo que había llevado a un grupo de la CUJAE hacía un mes, cuando se fueron de excursión para el salto de San Claudio. Edgardo me dio el teléfono y coordiné los viajes con el dueño del camión.

Viernes 31 de octubre del 2014

Poco antes de las siete de la noche comenzamos a caer excursionistas debajo del puente de Cien y Autopista Habana-Pinar. Desde temprano allí estaba el camión esperando por nosotros. Unos rubios y sobre todo rubias de ojos claros nos llamaron la atención entre los presentes. Alejo llegó tarde, Frank muy tarde y Edgardo recontra-tarde; este último se apareció con un cuarteto de la facultad de Tele, que estaba mareado, esperando al camión donde no era.

A las siete y veinte partimos treinta y seis por la Autopista. Catorce eran del Centro de Inmunología Molecular, once de Mal Nombre, los cuatro de Tele, uno de la facultad de industrial, también de la CUJAE, quien venía acompañado por cinco alemanes (tres muchachas y dos muchachos, que pasaban un post-grado en la CUJAE), más Alejo, de “La Guerrilla” del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología. Al día siguiente debían sumársenos Idalmis y Yordanis, ambos de Mal Nombre. Cinco del grupo eran niños: Los jimaguas Laura y Ariel, los también hermanos David y Darío, más Samuelito, el menor de todos, con dos años.

Uno de los de Tele llevaba una guitarra y amenizó el viaje, a pesar de la bulla armada por el concierto de reguetón que nos recetaron desde unas bocinas que tenía el camión.

Sobre las nueve de la noche llegamos al poblado La Vigía y nos bajamos junto a la guarapera del caserío. Karina y yo fuimos hasta la última casa de una hilera ubicada a la derecha del círculo social, donde un año atrás habíamos acampado los malnombristas. Conversamos con un hombre de la casa y este nos dijo que podíamos acampar nuevamente en el lugar. Tomándole la palabra, nos despedimos de los del camión y fuimos hasta el círculo para ubicarnos.

El círculo, rodeado por un muro, tenía un área de césped, y en el centro, un amplio ranchón sin paredes y con piso de concreto. Le dije a Karina que podía armar su litera en el césped. Esto era un cuero proveniente de una pregunta que ella mandó a que me hicieran en la reunión del Coppelia. El caso era que en el reciente viaje de la gente del CIM al Turquino, todas las noches durmieron en literas. Y entonces Karina se creyó que en el Seboruco todo podía ser igual.

La mayoría armó las tiendas de campaña sobre el césped, salvo dos tiendas que fueron armadas dentro de un local interior, dentro del propio el ranchón. Alejo y yo, también en el ranchón, escogimos el suelo para tirarnos.

Después de armado el campamento, la gente sacó lo que llevó de comida y se formó la comelata por grupitos. Luego se armó una descarga a guitarra, protagonizada por el músico de Telecomunicaciones. El hombre de la casa a la que fuimos Karina y yo, se apareció con su hijo y conversamos un rato. Entre las cosas que hablamos, me dio que podíamos coger agua de una pila que estaba en el patio. Después de las diez de la noche, con el frío creciendo poco a poco, fuimos cayendo en brazos de Morfeo.

Sábado 1ro. de noviembre

A Alejo y a mí, por estar sin tienda de campaña, los mosquitos nos sonaron una serenata de madrugada, hasta que Alejo, cansado del acoso de los insectos, armó su tienda, mientras yo me tapé la cara con un pulóver. También de madrugada, Frank y Pablo formaron una tertulia y tuve que mandar a callar a los dos cotorrones. Frank había hecho la misma gracia en la excursión de Mal Nombre a la presa Hanabanilla, hacía menos de un mes.

Aunque anuncié el de pie para las seis y media de la mañana, dejé pasar unos minutos más, pues el frío y la oscuridad aún estaban haciendo de las suyas. A las siete di el de pie y comenzó a moverse la gente dentro de las tiendas.

Amanecer en el círculo social de La Vigía.

Amanecer en el círculo social de La Vigía.

Tal como hicimos en las acampadas anteriores, a cada grupo de excursionismo le correspondía encargarse de la preparación de una comida. El desayuno de esa mañana le tocaba al CIM y pronto Karina y su gente se dispuso a prepararlo, y yo me sumé a los preparativos. Buscaron agua en mi tanqueta, mezclaron un refresco de limón en polvo que ellos habían llevado, estiramos un nylon ecológico y preparamos galletas con dulce de guayaba y con mayonesa para todos. Terminadas las labores, se “armó el tiroteo”; la gente tragó y hubo galletas y tostadas extra. Luego se terminó la recogedora de las tiendas y los bultos, hicimos una “guardia vieja” y a las ocho y veintidós partimos rumbo a las lomas.

La carretera pavimentada que partía del poblado pronto se convirtió en terraplén. Andando un poco más, vimos a la derecha de la vía un sembrado con varias gentes trabajando. Inesperadamente una mujer nos gritó desde allí: “Mal Nombre”. La razón era que el día anterior, el programa del Canal Educativo “Tengo algo que decirte”, estuvo dedicado a Mal Nombre y en él anuncié la acampada para el río Los Palacios.

Caminando hacia las lomas.

Caminando hacia las lomas.


Seguimos caminando, primero junto a unos cañaverales y después rodeados de bosques de ocuje, hasta que el terraplén comenzó a ascender y rebasamos una cantera ubicada a la derecha de la vía.

El camino comenzó a ser custodiado por matas de pica-pica y de aroma, cuando nos sobrevino un entronque que fue la causa de una pérdida de Mal Nombre, gracias a la desinformación de un tractorista.

Entre la aroma y la pica-pica.

Entre la aroma y la pica-pica.


Dejamos una flecha en el entronque, señalando el camino de la izquierda. Otro entronque cercano, con un pequeño camino por la izquierda, nos hizo marcar la derecha con una flecha. Continuó el ascenso entre grandes árboles y más adelante la subida se alternó con dos grandes descensos, rebasando un arroyo en uno de ellos, mientras la tropa se iba estirando en la caminata.
Uno de los descensos.

Uno de los descensos.


En el tramo nos encontramos unos tocororos sobre unas ramas, permitiendo el hecho que varios del grupo vieron por primera vez al ave nacional. Algunas fotos se llevaron guardadas a las hermosas aves.
Exposición de tocororos.

Exposición de tocororos.


En una subida llegó otro entronque, en el que el camino de la izquierda conduce a San Diego. Seguimos por la diestra, dejando otra flecha sobre el suelo, descendimos hasta un nuevo arroyo y ascendimos seguidamente. Pasamos por un pelado, donde reposaban grandes troncos de árboles cortados, y llegamos a un nuevo entronque, de suelo enyerbado y rodeado de aroma. Allí hicimos un alto para reagrupar a la tropa y dejar una gran flecha señalando a la izquierda. Las flechas no solo eran para los últimos del grupo, sino también para Idalmis y Yordanis, quienes ya debían estar en camino.
Decanso en el entronque.

Decanso en el entronque.


Tras una pequeña subida, comenzamos el descenso hasta el río. El bosque a cada lado mostraba grandes árboles y el canto de los tocororos amenizaba la bajada. Entre curvas y faldeos, fuimos descendiendo cada vez más. Pasamos un nuevo arroyo y más adelante escuchamos el murmullo del río Los Palacios.
Una vista del lomerío, en la bajada al río.

Una vista del lomerío, en la bajada al río.


Unas curvas más y llegamos finalmente al río. Allí hicimos un alto y después de pensarlo un poco algunos nos metimos en el agua, que mostraba un frío para respetar.

Más atrás llegaron Edgardo y Frank, quienes con otros más, descendieron al río un poco antes. Ellos dos eran la retaguardia designada para la caminata. A la otra orilla del río llegaba un camino que venía desde uno bohío.

Llegada al río Los Palacios.

Llegada al río Los Palacios.


A punto de partir, Adriana me pidió más tiempo de descanso. Por fin seguimos el terraplén, que bordeaba la orilla izquierda del río. Algunas subidas y bajadas antecedieron a la tumba construida con ladrillos, de dos combatientes del frente guerrillero de Pinar Río (uno de ellos, un médico), quienes cayeron en el año cincuenta y ocho pelando contra el ejército batistiano.
Un rápido interesante.

Un rápido interesante.


Ambas orillas del río estaban pobladas de árboles, entre los que resaltaban las matas de pomarrosa. Llegamos a un lugar donde el camino tenía continuidad en la otra orilla del río. Fui alante pisando sobre piedras, llegué a un peñasco y pasé a la otra orilla a través de unos troncos que habían colocado sobre la corriente. Ya del otro lado, me senté en la orilla y extendí una vara larga para que la gente se fuera agarrando en el tramo más complicado.

Enfrascado el grupo en el cruce del río, llegaron a la otra orilla Idalmis y Yordanis, que con un buen paso, por fin nos alcanzaban, guiados por las flechas dejadas en los entronques. Aún sin terminar de cruzar los últimos, los alemanes se adentraron por un camino en el monte y llegaron a un claro. Al verlos, les dije que regresaran, pues el terraplén continuaba paralelo al río y no perpendicular a este.

Cruce del río con cuidado, pra evitar una caída.

Cruce del río con cuidado, pra evitar una caída.


Terminado el cruce, seguimos por el terraplén, rebasamos un bosque de tecas plantado a la derecha de la vía y nos detuvimos finalmente en un claro, teniendo a la izquierda del terraplén un montecito de cañas bravas, mientras que por la derecha subía el camino rumbo al pico Seboruco. Eran las dos de la tarde.
En el claro, antes de subir la loma.

En el claro, antes de subir la loma.


Preparado nuevamente por la gente del CIM, se repartió un tiroteo a base de galletas con dulce de guayaba y galletas con mayonesa. Terminada la comelata, le dije a la gente que se preparara para la subida de la loma. Debíamos cargar agua, todas las barras de maní y era preferible vestirse con pantalones y camisas de mangas largas, aunque no todos contábamos con esos atuendos. Algunos malnombristas recogimos leña y la guardamos en el monte, dentro de un nylon ecológico, por si llovía, aunque no parecía probable. También dentro de un nylon ecológico, y junto a la leña, dejamos la basura resultante del tiroteo. Una pareja del CIM acotejó un espacio en el monte para plantar su tienda de campaña al regreso de la loma.

En medio de los preparativos, se apareció una pareja de alemanes que venían de bañarse en el río. La muchacha se me acercó, y haciéndome señas, me dijo que no habían merendado. De inmediato les preparamos una merienda y critiqué a Pupo -el de Industrial que había invitado a los alemanes- por no darse cuenta que ellos no habían merendado.

Terminados los preparativos, nos sumergimos en el monte por el trillo, atravesamos un bosque joven de tecas y cuando volvimos a internarnos en el monte, giramos a la derecha y avanzamos sin camino hasta alejarnos de la vista del trillo que llevábamos. Ya seguros de miradas ajenas, juntamos todas las mochilas, las tapamos con mi súper-nylon y regamos unas ramas cortadas por encima. El objetivo de la operación era subir la loma sin carga, dejando a esta oculta.

Volvimos al camino y seguimos rumbo a la cima de Seboruco. Bien pronto la pendiente se hizo pronunciada. Dando zig-zag, llegamos a una puerta de madera y alambre de púa. Allí hicimos un breve alto para reagrupar a la tropa, y al rato continuamos. Mi mayor preocupación eran Yanieyis, Raine y Samuelito, pues los dos padres iban cargando al niño y ocasiones las ramas estaban a baja altura.

Subiendo el Seboruco.

Subiendo el Seboruco.


Siguiendo la pendiente, salimos a un claro donde pululaba la hierba. El camino se estrechó y comenzó a girar a la derecha, descendiendo un poco. Aquella dirección me preocupó, por lo que dejé el trillo y seguí el ascenso por la hierba. Más adelante se terminó el pelado y me vi obligado a adentrarme en el monte, sin camino alguno. Pedí un machete y continué el ascenso abriendo monte, guiado por el firme que tenía a la izquierda a cierta altura.

La sombra de los grandes árboles impedía el crecimiento de la maleza en el suelo; no obstante el avance por el monte sin camino se complicaba por las matas de espinas y por las piedras que frecuentemente teníamos que vencer. Detrás de mí iban pegados los cuatro niños (sin contar a Samuel), quienes constantemente me preguntaban por cuánto faltaba. También me preocupaba su cercanía, por el machete.

En la parte trasera de la tropa el mismo del CIM que me había dado el machete, buscó otro machete y comenzó a ensanchar el camino. Al demorarse en su faena, se retrasó de la delantera, al punto de quedar dividida la tropa. Alejo, quien iba de último del primero grupo, me gritó para que me detuviera, de modo que pudiéramos reencontrarnos. Yordanis detrás, le pidió el machete al del CIM y avanzó de prisa hasta por fin dar con Alejo.

Más de media hora estuvimos ascendiendo por el monte sin camino, hasta que por fin vi los rastros de una senda que cada vez se me hizo más clara. Ya seguro de haber retomado el camino, seguimos el ascenso y comenzamos a faldear por la izquierda de la loma. En plena subida, pasamos junto a un hoyo de unos quince metros de profundidad, el cual recordaba de la excursión de Mal Nombre por la zona. Seguimos la marcha cuando el tiempo para el regreso comenzó a preocupar. Sabía que antes del pico Seboruco, debíamos salir a un pelado cubierto de hierba, desde el que se tenía una vista maravillosa de la serranía. Pero aquel pelado no acababa de aparecer. Sabiendo que había mucha gente novata en el monte, me viré y pregunté si había incertidumbre o iban seguros. La prima de Karina me contestó que siguiera, que no había problemas.

Unos metros más adelante, se apareció un claro por la izquierda y nos asomamos a él. Desde el lugar se abría un gran paisaje de las lomas e incluso podíamos ver una esquina del Pan de Guajaibón, la mayor altura de la cordillera de Guaniguanico.

El claro por la izquierda del camino.

El claro por la izquierda del camino.


Algunos siguieron subiendo y yo me sumé a ellos hasta llegar rápidamente al gran claro cubierto de hierbas que antecedía al pico Seboruco. Realmente son dos picos, uno primero más bajo y después al mayor, el verdadero Seboruco. Pero para llegar a ellos había que romper monte, pues encamino que abrimos el año anterior debía estar cerrado.

Nos juntamos todos en la base del pelado y formamos un tiroteo de maní. Dos del CIM, que habían llevado un trípode, se recrearon tomando fotos desde la altura. Después de la merienda subimos un tramo por el pelado para ganar mayor altura. Edgardo, Frank y Pablo se subieron en una mata y otros más los imitamos. Yo seguí subiendo hasta el borde del monte y comprobé que no quedaban restos del camino que abrimos los malnombristas.

La mata de la trepada.

La mata de la trepada.


Después, todos juntos delante de la mata, nos tiramos unas fotos de grupo. Como eran las cinco de la tarde, no nos daba tiempo a conquistar la cima de la loma y regresar de día hasta el terraplén para acampar. Además, no llevábamos linternas a lo que se le sumaba la incertidumbre de poder seguir en la bajada el camino sin tener que volver sumergirnos en el monte sin vía segura. Por otra parte, no me arriesgaba a subir el pico con algunos dispuestos y dejar que el resto bajara solo, con grandes posibilidades de perderse.
El grupo en el Seboruco.

El grupo en el Seboruco.


A las cinco y diez partimos de regreso. El trayecto de bajada se nos hizo más rápido. Pude seguir todo el tiempo el camino, incluso en el pelado enyerbado donde había perdido la senda al subir.
Bajando la loma.

Bajando la loma.


Llegamos sin problemas al lugar donde escondimos las mochilas, y ya con la carga encima, hicimos un alto en el bosque de tecas. Bajo los árboles de grandes hojas se formó un debate, pues algunos querían aprovechar el césped bajo las tecas para acampar, mientras otros preferían hacerlo junto al terraplén. Incluso los alemanes querían acampar en el pelado que hallaron cerca del cruce del río. Después de varias opiniones, hicimos una votación y el área junto al terraplén ganó por un voto. Dando unos pasos más, llegamos finalmente al sitio destinado para acampar esa noche, cuando ya las luces del día comenzaban a menguar.

Sin pérdida de tiempo, las tiendas de campaña comenzaron a alzarse. La pareja del CIM, que había limpiado un terreno bajo los árboles, ocupó su lugar. Idalmis y Yordanis plantaron su tienda junto al terraplén, a unos cincuenta metros del resto. Como yo no tenía que armar ninguna tienda y dado que a los malnombristas nos tocaba cocinar espaguetis esa noche, me enfrasqué en preparar la cocina junto a las cañas bravas. Varios de la tropa, al terminar de preparase para la acampada, se fueron al río. Con la baja temperatura del agua y con la noche entrando, había que pensar más de una vez si quitarse el churre o dormir con él.

Varios guajiros, ya fuera a caballo, con una yunta de buey o con un arria de mulos, atravesaron nuestro campamento.

Poco a poco los malnombristas nos fuimos concentrando alrededor de la cocina. Un gran tambuche que llevó Alejo fue llenado con diecisiete paquetes de espaguetis y él mismo se sumó a la cocina. Paula, la alemana que mejor conocía el español, me dijo que cuatro de los alemanes eran vegetarianos y necesitaban hacer aparte la salsa para los espaguetis. Le preparé una candela al lado del tambuche y allí calentaron la salsa. Idalmis, con otros sumados, protagonizó la preparación de los perros calientes con la salsa y las especias, y en un caldero llevado por la gente del CIM, pusimos la carne en salsa en la candela donde antes se había calentado la salsa de los vegetarianos. El agua del tambuche con los espaguetis se fue evaporando peligrosamente, pero Edgardo se batió duro con la candela y estos pudieron cocinarse. Sobre las nueve de la noche se formó el tiroteo.

Cocinando los espaguetis.

Cocinando los espaguetis.


La cantidad de espaguetis repartida fuer abundante, pero dio para un tin de doble. Del refresco y la carne en salsa hubo doble, triple y algo más. Después de comer, se formaron varias tertulias y después de las once, en una tienda de campaña el músico el dio un rato a la guitarra. A las doce el silencio reinaba en el campamento.

Domingo 2 de noviembre

Nos fuimos despertando con el amanecer, beneficiados por el cambio de hora que acababa de ocurrir, pues nuestro fin de semana tendría una hora más de lo común. Sin apuro, la gente se fue incorporando. Le pedí a la gente que sacara lo quedaba de comida y los alemanes se concentraron para preparar el desayuno. Luego se sumaron los de Tele y entre todos conformaron una casi mesa sueca, con galletas con dulce de guayaba, galletas con mayonesa, galletas extra y carne con mayonesa, de unas latas que quedaban, revuelta toda en mi caldero. Todo aquello fue devorado poco a poco, hasta saciarnos.

Preparando el “tiroteo” del desayuno.

Preparando el “tiroteo” del desayuno.


Luego varios le caímos al río, en una mañana que se sentía más fría que la anterior. Algunos amenizaron el baño con unos traguitos, mientras los brazos no dejaban de apretarlos a los lados del cuerpo para aguantar el frío.
Baño en el río con tronco de frío.

Baño en el río con tronco de frío.


Cerca del lugar de acampada había una tumba pequeña y un guajiro que trabajaba por los alrededores nos dijo que era de un muchacho que había muerto al tirarse en el río y darse en la cabeza. Varios puercos andaban rondado por el campamento y en dos ocasiones se pasearon sobre mi súper-nylon, que yo lo había tendido en el suelo para que se secara de la mojazón causada por el rocío. Al verlos, corrí de inmediato a espantarlos, pero el cuero de Edgardo y Frank no me faltó, diciéndome que los puercos buscan a los “puercos”.
Puercos merodeando por el campamento.

Puercos merodeando por el campamento.


En la mañana se pareció otro guajiro acompañado de un perro negro. El hombre me acercó y me preguntó ¿por qué no habíamos ido a dormir en su casa? De inmediato recordé que era el mismo que nos dio cobija un año atrás a los de Mal Nombre. Le dije que al bajar de la loma, ya era casi de noche y preferimos quedarnos allí. El hospitalario guajiro hablaba a tal velocidad que solo le entendí una parte de lo que decía. Entre sus cosas, le entendí que se habían levantado más casas junto a la suya.

Otros que pasaron por el campamento nos hablaron del Salto del Venado, que quedaba río arriba. Pero al preguntarle cuánto nos demoraríamos en ir allá, nos dijeron que tres horas.

A las diez de la mañana le dije a los del río que salieran ya, para partir a las diez y media. Unas tres horas debíamos tardarnos en caminar hasta La Vigía y con los del camión quedamos en que nos recogerían a las dos de la tarde.

La recogida fue bastante rápida, terminada con una guardia vieja. A las diez y veinticinco partimos de vuelta a La Vigía.

La partida del regreso.

La partida del regreso.


Pronto llegamos al cruce del río y Yordanis pasó hasta la piedra grande para ayudar en el paso. Yo fui descalzo hasta el lugar y me metí en el río, para dar la mano en el tramo más complicado. En medio de la operación, a Yordanis se le cayó unas gafas y a una muchacha de tele una chancleta. La chancleta fue flotando aguas abajo, pero Edgardo se movió rápido y la logró “pescar” parado sobre una empalizada. Yo manoseé debajo del agua hasta encontrar las gafas.
Cruzando el río.

Cruzando el río.


Poco a poco la gente fue llegando hasta la otra orilla y sin concentrarse, continuaron la marcha. Yo me quedé con los de la retaguardia y cuando iba a partir, llegaron de regreso Idalmis y Yordanis con una jicotea pequeñita, que estaba viva, pero tenía problemas en un ojo. Echaron agua en un pozuelo, metieron en él al animalito y partieron.

La marcha iba más lenta que el día anterior. Vencimos el tramo que bordea al río y comenzamos la subida con el grupo bastante fragmentado. Y arriba, en el entronque de hierba, no hubo concentración de la tropa. Varios del CIM iban a la delantera y el músico los rebasó llevando un gran paso. Seguimos rebasando entronques hasta comenzar a descender de las lomas. Samuelito, cargado en los hombros de Yanieyis, le hizo la gracia a la mamá con una mojadita.

Andando por el tramo de los cañaverales, un hombre en una araña se detuvo junto a una de las alemanas que caminaba sola. Estuvieron hablando un rato en no sé qué idioma, hasta que el hombre continuó y ella siguió a pie. Poco a poco fuimos llegando a La Vigía y nos tiramos a descansar junto a la guarapera. Aunque el hombre que vivía junto al ranchón me había dicho que nos vendería guarapo el domingo, su casa estaba vacía y él no estaba por los alrededores.

El terraplén cerca de La Vigía.

El terraplén cerca de La Vigía.


A las dos menos cuarto llegaron los últimos, pero del camión no había rastro aún. A las y cincuenta y seis le dije a Frank que sacara el celular para llamarlos y justo en ese momento se apareció el camión. Antes de partir le dije al conductor que parara en Paso Real de San Diego, pues traíamos un hambre de respeto.

Nos montamos los treinta y ocho y partimos. En el corto tramo que mediaba hasta Paso Real recogimos el dinero del viaje. También le hablé a la gente de hacer una fiesta la siguiente semana, como es costumbre, para contar las anécdotas y pasarnos las fotos de la excursión. Adriana de inmediato brindó su casa para la fiesta y repartió unas tarjetas de presentación. Bien pronto llegamos a la Autopista, el camión la cruzó y se detuvo ante una cafetería particular. El asalto al lugar fue tal, que la dueña tuvo que pedir ayuda a algunos a amigos para atendernos. Como resultado, los últimos no alcanzamos panes, por lo que hablé con el conductor para que hiciera otro alto en el puente de de Candelaria. También le pagué al hombre los mil quinientos pesos pactados para el viaje.

Al continuar la marcha, otra cantata volvió a armarse alrededor del músico, teniendo como contra punto la nueva tanda de reguetón que nos recetaban los del camión por el sonido interno. Durante el viaje, Pablo no paraba de hablar, como ya nos tenía acostumbrados.

Cerca del puente de la CUJAE se bajaron los alemanes, después de habernos dejado una grata impresión en la guerrilla. Poco antes de las cinco de la tarde -sin contratiempo alguno- llegamos al final del viaje. Nos bajamos del camión, me despedí del conductor y partimos cada uno por donde más le convenía.

Terminaba así la tercera acampada del Movimiento Cubano de Excursionismo. Nuevas amistades se hicieron y nuevos enamorados del excursionismo ganamos en esta visita a la zona de Seboruco. Seis meses después, otra acampada congregará a los integrantes de este Movimiento, que hallan en el monte, en las amistades y en los valores que defendemos, motivos suficientes para irse de guerrilla.

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