El Pico San Juan, un santo que no es tal

Por Sandelis (integrante del grupo Mal Nombre)

Cuarta conquista del grupo de excursionismo Mal Nombre, de la mayor altura del Escambray. 66 horas de intensa excursión, entre la zarza, la uña de gato y el tibisí.

El Pico San Juan, con 1140 metros de altura sobre el nivel del mar, es la mayor altura de la provincia de Cienfuegos, del macizo montañoso Guamuhaya (también conocido como Escambray) y de la región central del país. El grupo de excursionismo Mal Nombre, con el aval de haberlo ascendido en tres ocasiones de cuatro intentos, uno de ellos por la carretera que lleva hasta su cima y los otros por el monte, se propuso nuevamente su conquista, otra vez por el monte, haciendo valer la frase malnombrista “Para qué hacerlo fácil si puedes hacerlo difícil.” El poco tiempo para conquistarlo unido a la escasez de agua en las cercanías del Pico serían los retos mayores.

Viernes 2 de enero del 2015

La hora pactada para vernos en aquel día feriado fue las ocho de la mañana en los Amarillos de la Autopista Nacional. Alrededor de esa hora fuimos llegando hasta completar la cifra final de veintinueve malnombristas, de ellos, catorce féminas. La composición generacional era variada y resaltaban seis mujeres que sobrepasaban los treinta y ocho años de edad. Entre ellas, el mayor reto lo tenía Yanieyis, al llevar a Samuelito, con dos años, sin la presencia de su papá. La ayuda del grupo debía compensar esa ausencia, pero Yanieyis pondría la mayor parte, y la psiquis de Samuel, un buen por ciento. Lian con 10 años, Alex y José Julián con 14 y Amanda con 15 eran los otros más bisoños; Racso y yo, con cuarenta y nueve, los más veteranos.

Un camión y una guagua propiciaron que estuviéramos los veintinueve al mediodía, en el entronque de Manicaragua, bajo un puente de la Autopista Nacional. Un almuerzo con lo que llevábamos preparado desde nuestras casas, antecedió a otros dos viajes en camión, que nos llevaron hasta un camino de monte, que entronca con la carretera de Crucecitas al Nicho, ya en pleno Escambray.

Almuerzo en la Autopista, en el entronque a Manicaragua.

Almuerzo en la Autopista, en el entronque a Manicaragua.


A las cuatro y media de la tarde comenzamos la caminata, con la intención de avanzar en la jornada hasta el último punto con abastecimiento de agua. Descendimos una loma, cruzamos el río Hanabanilla y comenzamos un fuerte ascenso, que nos llevó hasta la casa de un campesino, junto a la cual pasa un arroyo. Tomamos agua, reabastecimos un poco y seguimos la marcha, pendiente arriba, en busca del último arroyo antes del pico, ubicado en las cercanías de una casa en ruinas. Pero ni la casa ni el arroyo aparecieron, y la abertura de una cueva nos sirvió de campamento para pasar la noche, sin suficiente agua para cocinar.
Tiroteo nocturno en la cueva.

Tiroteo nocturno en la cueva.


Sábado 3 de enero del 2015

Al amanecer hicimos una exploración por los alrededores, pero no logramos hallar el buscado arroyo. Decidimos entonces dividir la tropa. Cinco hombres seguiríamos loma arriba, para abrir camino a machete. El resto de los hombres bajarían a la casa del guajiro a rellenar los pomos de agua. La mayoría de las mujeres los esperarían para repartirse la carga líquida mientras que otras servirían de enlaces para lograr que la retaguardia se uniera con la vanguardia.

Reunión a la salida de la cueva.

Reunión a la salida de la cueva.


Partimos los abre-montes y partieron también los cargadores de agua. Antes de abrirnos paso entra la maleza, pudimos ver el Pico San Juan desde una altura enyerbada. Su inconfundible cima, con la esfera del radar meteorológico, nos indicaba la dirección a seguir.
Vista del Pico San Juan desde la loma enyerbada.

Vista del Pico San Juan desde la loma enyerbada.


Siguiendo la ruta del año dos mil siete, cuando por última ocasión ascendimos el San Juan, llegamos los abre-montes a un recóndito lugar de la serranía, donde unas plataformas de piedras eran el único vestigio de lo que fue un asentamiento humano. Allí nos alcanzaron los cargadores de agua con las mujeres, cuando el mediodía nos pedía comer. Con el agua racionada, tragamos unos perros calientes y seguimos la marcha.
Descanso a la espera de una decisión.

Descanso a la espera de una decisión.


Esquivando por la izquierda una imponente elevación, avanzamos por una cañada. En medio de la nueva senda, nos regalamos otra merienda, esa a base de turrones de maní. Después ascendimos por un cañón. Al llegar arriba, tuvimos una nueva visión del San Juan, que nos permitió reorientarnos. Descendimos entre lomas y más adelante la emprendimos por una ladera que creímos era la del pico buscado. Pero nos equivocamos; una nueva visión del San Juan nos permitió corregir el tiro, pero la jornada ya no daba para más. Bajamos de inmediato a buscar un lugar donde acampar y hallamos entre laderas y árboles altos, un pequeño llano, cuando las penumbras ya nos asaltaban.
Yanieyis y Samuelito en plena caminata.

Yanieyis y Samuelito en plena caminata.


Nuevamente acampamos en el monte, sin abastecimiento de agua, por lo que por segunda vez en dos días tuvimos que apelar a la comida fría. Los espaguetis y el arroz que llevábamos se habían convertido en una carga inútil. Las tostadas y las galletas dulces y saladas, más tres latas de carne para los veintinueve, salvaban la situación. Y las gargantas seguían más secas de la cuenta.

Domingo 4 de enero del 2015

Iniciando la marcha el domingo al amanecer.

Iniciando la marcha el domingo al amanecer.


Antes de aclarar, ya estábamos en movimiento. Desayunamos más galletas ― en la ocasión con mayonesa ― y partimos. A los pocos metros de avanzar por el entre-lomas, nos llevamos otro chasco en la dirección al no ver el San Juan donde creíamos que estaba. Algún giro en la ruta nos había confundido la tarde anterior. Sin más tiempo que perder, sin otro margen para errores, decidí subir con el Rafa la elevación que teníamos a la izquierda, mientras el grupo se quedaba a la espera de nuestra exploración.
El grupo a la espera de la exploración del Rafa y mía.

El grupo a la espera de la exploración del Rafa y mía.


Tuve que vencer un farallón con piedras sueltas, mientras que el Rafa pisó una de ellas y esta se fue abajo, arrastrando a otra ― ambas con más de cien kilogramos de peso ―; por suerte, cayeron alejadas del grupo. Rebasamos una gran maraña de zarza, uña de gato y tibisí y salimos a un hierbazal. Nos erguimos sobre la hierba y ¡qué tuvimos ante nuestros ojos!: el mismísimo Pico San Juan con su casa, la bola del radar encima, las dos antenas delanteras y una lomita que le precedía. La batalla estaba casi ganada, solo faltaba el empuje final.

Bajamos, le avisamos a la tropa y la emprendimos todos loma arriba. Más adelante, un trillo nos facilitó la llegada final.

  Vista de una antena y el lomerío desde la cima del Pico San Juan.


Vista de una antena y el lomerío desde la cima del Pico San Juan.


A las diez y cuarenta minutos de la mañana llegaron los primeros a la cima del Pico San Juan. La alegría era grande, y la sed mayor, por lo que le fuimos encima a una pila de agua. Calmada la mayor penuria, conversamos con Jesús, el trabajador del radar que nos recibió. No había tiempo para cocinar, pues la mayoría debíamos estar el lunes por la mañana sin falta en La Habana. Leche caliente con chocolate y turrones de maní conformaron un dudoso almuerzo para palear la situación.

Luego nos recreamos con la vista más bella que he disfrutado en nuestro increíble archipiélago. Desde el San Juan, como una inmensa maqueta, se puede contemplar todo el macizo montañoso, y más allá. Al norte, los llanos de Villa Clara, la salida del río Hanabanilla a la bella presa de igual nombre. Al este, el sanatorio de Topes de Collantes, la antena, el Pico Potrerillo. Al oeste, Cumanayagua y su presa, la ciudad de Cienfuegos, su bahía. Al sur, el espléndido Mar Caribe. Y por todos lados, en cercanía, montañas y más montañas. El aire que se respira, su pureza, la paz, todo el regalo del paisaje, hacen que valga mil veces la pena el más grande esfuerzo para llegar a aquel lugar único de Cuba. Mucho más si se busca a través del monte. Para colmo, en medio de un típico invierno tropical, el día era espléndido.

El radar meteorológico de Pico San Juan.

El radar meteorológico de Pico San Juan.


Al regocijo colectivo, a la cuarta conquista por Mal Nombre, se le sumaban varias motivaciones individuales. Veintiún malnombristas subían por primera vez al San Juan. Tres de ellos, Carlos, Odette y Alex, hacían su primera excursión y habían pasado bien la prueba. Ana Beatriz tenía un motivo especial: un homenaje a su padre, quien le habló más de una vez de subirlo juntos, pero la salud se lo impidió. Allí estaba ella con su hijo José Julián, honrando a quien, al decir de mi papá, ha sido el hombre más austero que ha conocido: Faustino Pérez. Vinieron entonces las fotos de grupo delante del radar, junto al busto de Martí y sentados sobre una estrella.
Mal Nombre en el Pico San Juan.

Mal Nombre en el Pico San Juan.


Poco después del mediodía, partimos de la cima a recorrer la carretera de unos cinco kilómetros que desciende del San Juan hasta la vía intramontana que va desde La Sierrita hasta Cuatro Vientos.
Descenso por la carretera del Pico San Juan

Descenso por la carretera del Pico San Juan


Más adelante, un camión nos bajó del Escambray y sobre las cinco de la tarde estábamos todos en la terminal de ómnibus de Cienfuegos. Las pizzas y los refrescos que compramos en la Perla del Sur calmaron el hambre con el que descendimos del Escambray.
En camión descendiendo del Escambray.

En camión descendiendo del Escambray.


Lunes 5 de enero del 2015

A las dos y cincuenta de la madrugada partimos rumbo a La Habana en una guagua extra de Ómnibus Nacionales. Poco ante de las seis, antes que el alba, arribamos a la capital, llevando encima una buena carga de sueño y no menos churre.

El quinto San Juan (y su cuarta conquista) ya era historia pasada, pero no cualquier historia, que dos días sin abastecimiento de agua y sin cocinar no son cosa de juego. De pérdidas, ¡ni hablar! Pero la unidad del grupo, la amistad fortalecida, la voluntad y algunos otros ingredientes vitales, conspiraron a su favor para lograr el éxito final. Mal Nombre demostró una vez más que no hay meta invencible en este bello y largo caimán.

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