Mal Nombre en la Gran Caverna de Santo Tomás

Por: Sandelis (integrante del grupo Mal Nombre)

El mayor sistema cavernario de Cuba y uno de los mayores de América, con cuarenta y cinco kilómetros explorados y múltiples cavernas colmadas de formaciones cársicas y con varios niveles de altura, nunca había sido visitado por Mal Nombre en su rica historia recorriendo nuestro archipiélago. Pero ya era hora de hacerlo, aunque solo fuera en un fin de semana.

Freeman, quien pertenece al grupo Tabío de la Sociedad Espeleología de Cuba, hizo las coordinaciones para que acampáramos en la Escuela Nacional de Espeleología, ubicada al pie de la sierra donde se halla Santo Tomás. A su vez, nos dijo también que debíamos llevar cascos para poder entrar al ssitema cavernario. Los malnombristas, acostumbrados a entrar en la cueva de La Pluma sin cascos, nos resistimos al principio a tal condición, pero si ese era el requisito, lo cumpliríamos, más allá del cuero que dimos algunos por la lista de correos electrónicos del grupo, además de que es indiscutible la protección que ofrecen, pues algunos nos hemos llevado nuestros respectivos chichones en las cuevas que hemos explorado por tener las cabezas al descubierto.

Viernes 27 de febrero del 2015

Entre seis y seis y media de la tarde quedamos en vernos en Cien y Autopista a Pinar del Río. A mi llegada a las seis y veinte ya estaba la mayoría de la tropa y solo tuvimos que esperar por Ana y Sara, esta última una sueca alumna de una tía de Ana residente en el país nórdico. La reincorporación de Liset y Liz a las guerrillas malnombristas, luego de varios meses alejadas, era una clara evidencia de la mejoría de su padre.

Mary había hablado con un camionero encima de calle Cien y yo con otro debajo, en el inicio de la Autopista. Finalmente nos vimos todos debajo y cogimos el camión gestionado por Mary; curiosamente, el chofer con el que yo hablé también se montó en el camión gestionado por la “Subdirectora”. Ella había coordinado con unos familiares suyos para quedarnos en su casa en la ciudad de Pinar del Río esa noche, pero el camión se prestó para llevarnos directo hasta Viñales. Próximos a las siete de la noche, partimos veintiocho malnombristas, mientras Mary se quedaba en el punto de salida, pues complicaciones de trabajo le impedían ir a la excursión.

La noche se fue imponiendo en lo que avanzábamos por la Autopista. En el entronque de Guanajay recogimos a Lorenzo, María Emilia, Abiel y Amelie. Además de Abiel y Amelie, otros dos niños formaban parte del grupo: José Julián y Samuel, este último con dos años solamente. Algunos pasajeros ajenos al grupo se montaron también en el trayecto.

En el camión, rumbo a Pinar del Río.

En el camión, rumbo a Pinar del Río.

Llegamos a la ciudad de Pinar del Río pasadas las nueve de la noche. Paramos en la terminal y hasta allí fue a saludarnos Ana María, la hermana de Edgardo, quien estudia en la Universidad de Pinar del Río. Después de un breve alto, seguimos la marcha. Los bellos paisajes y las disímiles lomas y curvas de la carretera a Viñales no lograron impresionarnos, al ocultársenos en la oscuridad de la noche. En el poblado de Viñales logramos extender el recorrido hasta nuestro destino final, el poblado del Moncada. Al continuar, pudimos ver las singulares siluetas de los mogotes de Viñales. A la entrada del Moncada, recogimos a Eduardo, Coquito, Yalieska y su mamá, quienes llegaban directo desde La Habana en una guagüita.

A las once y media se detuvo finalmente el camión en la rotonda del Moncada y Freeman fue caminando hasta la Escuela Nacional de Espeleología “Antonio Núñez Jiménez”, ubicada a poco más de medio kilómetro de la rotonda. En la Escuela habló con Edy, su director, y regresó para avisarnos de que podíamos entrar. Partió el camión con la encomienda de recogernos el domingo a las doce del día allí en Moncada, mientras la tropa caminaba hasta nuestro lugar de acampada en una noche algo resfriada. Una faja montañosa de laderas bastante inclinadas y con farallones pululando, nos acompañó por la derecha en el recorrido.

Después de avanzar entre pintorescas casas y pasar junto a algunos pinares, pasamos la reja de entrada de nuestro inminente campamento. La Escuela Nacional de Espeleología está conformada por varias casas ubicadas alrededor de un patio con bancos. La dirección, una cocina-comedor, un aula y las casas dormitorios son las funciones de los principales locales. Edy nos recibió con la noticia de que el agua escaseaba en la Escuela.

Caminando hacia la Escuela.

Caminando hacia la Escuela.

Acampada en la Escuela.

Acampada en la Escuela.

Sábado 28 de febrero

Pasadas las doce de la noche nos acotejamos para dormir. Varias tiendas de campaña fueron alzadas en un césped trasero de la Escuela, mientras que en tres habitaciones acampaba el resto de la tropa. Yo también me acosté en el césped, pero solo con mi súper nylon por encima y sumergido en mi saco de dormir. Con el avance de la madrugada, la temperatura fue descendiendo notablemente y el rocío fue posándose en todo lo que quedó a la intemperie, incluyendo mi súper nylon. Una lechuza no paró de canturrear durante toda la noche desde la ladera contigua al campamento.

Del amanecer al de pie de la tropa hubo un trecho, pues no estábamos apurados. Pasadas las siete de la mañana los malnombristas comenzamos a recobrarnos del letargo en que nos sumió el sueño. En el portal de una de las cabañas preparamos el desayuno, conformado por galletas con dulce de guayaba y refresco, y lo repartimos. Seis profesores del Fajardo acampaban también en la Escuela.

Después supimos que no podríamos entrar en la caverna por la mañana, porque en esos momentos había un solo guía en la Escuela, este conduciría a un grupo que partiría de regreso por la tarde y no dejaban entrar si no era con guía. Edy nos dijo que aquel grupo debía estar de regreso alrededor del mediodía y nos sugirió recorrer un sendero ecológico que se hallaba a unos dos kilómetros de donde nos hallábamos. Decidimos acogernos a esa opción.

Reunidos en el patio de la Escuela.

Reunidos en el patio de la Escuela.

En lo que nos preparábamos para partir, llegó el Friky con un primo suyo. Ellos fueron el día anterior a Pinar del Río en guagua, se quedaron en la casa de unos conocidos, y de botella en botella, pudieron llegar en la mañana a la Escuela. Aún nos faltaban por llegar Wilfredo y Elizabeth, quienes partirían desde La Habana el propio sábado.

Con la sugerencia recibida por Eduardo de ver a una mujer para que nos orientara cómo llegar al sendero, salimos caminando pasadas las nueve de la mañana. Llegamos a la rotonda del Moncada y decidimos primero visitar el mausoleo-panteón de Los Malagones, quienes formaron la primera milicia campesina de Cuba a instancias de Fidel, en el año mil novecientos cincuenta y nueve.

A poco más de cien metros de la rotonda, cogiendo por la izquierda, se halla el mausoleo. El lugar es imponente y hecho con buen gusto a la sombra de una atractiva arboleda. Las tumbas de los Malagones se hallan distribuidas por todo el mausoleo y están empotradas en unos muros, sobresaliendo una parte de ellas. La tapa delantera de cada tumba está inclinada, rompiendo con el esquema habitual, y su superficie es de mármol verde. Las plantas ornamentales adornan el ambiente. A la derecha del mausoleo hay dos estanques de agua insertados en el conjunto arquitectónico.

Y al final, antecediendo a la montaña, una enorme escultura atrapa irremediablemente la mirada de quien se acerca al mausoleo, antes de ver algún otro detalle. Reproduciendo una foto del líder de la milicia, la escultura de varios metros de altura muestra al Malagón de la cintura hacia arriba, con un arma en la mano, el típico sombrero de yarey calzado y una recia mirada lateral. Su imponencia no nos llegó en toda su dimensión cuando la vimos antes por televisión. Estar allí era otra cosa.

El monumento a los Malagones.

El monumento a los Malagones.

Algo más nos faltaba: una de las tumbas estaba abierta. Al preguntar, nos dijeron que uno de los Malagones, con ochenta y cuatro años de edad, se hallaba en estado de coma. Allí estaba su nombre y su última morada esperándolo. En total eran doce, diez habían fallecido ya.

Con unas fotos de grupo delante de la escultura gigante, terminamos nuestra visita al mausoleo y entramos en la pequeña casa museo que radica al lado del lugar, construida de madera y bien conservada. Una mujer con la muletilla de “ve” al hablar, nos dio la explicación. La casa fue de Antonio Núñez Jiménez desde antes del cincuenta y nueve y este se las dos donó a Los Malagones para que tuvieran allí su puesto de mando, cuando recibieron la encomienda de Fidel.

La casa museo de Los Malagones.

La casa museo de Los Malagones.

Solo dieciocho días transcurrieron desde que recibieran la misión hasta que capturaran a la banda del asesino “Cabo Lara.” Una premonitoria frase de Fidel podía leerse en una de las paredes de la casa: “Si ustedes triunfan, habrá milicias en Cuba.” Y hubo milicias en Cuba; Girón fue su mejor ejemplo. Algunos objetos personales y fotos apreciamos en el museo.

Agradeciendo la explicación, partimos rumbo al sendero ecológico. Nos llegamos a un entronque, buscamos la casa de la mujer, y su hijo me dio la seña del sendero. Me dijo que cogiéramos la carretera hasta el siguiente entronque y allí dobláramos a la derecha, en dirección a Viñales. Siguiendo por esa vía hallaríamos a la izquierda la entrada del sendero. Pero en lo que hablaba con el muchacho, un grupo de malnombristas había cogido en dirección contraria y estaba parado frente a una vega de tabaco. Le pregunté al muchacho si por allí podíamos llegar también, y me dijo que sí y que incluso cortaríamos camino, aunque por un terreno más complicado. Como en Mal Nombre asumimos que “para qué hacer lo fácil si puedes hacer lo difícil”, nos reunimos todos frente a la vega, nos tiramos varias fotos y seguimos por el camino más complicado. Yanieyis cargaba a ratos a Samuelito y otras veces lo llevaba de la mano.

Malnombristas delante de una vega de tabaco.	Malnombrista… tabaco.

Malnombristas delante de una vega de tabaco. Malnombrista… tabaco.

Caminando entre dos vegas, llegamos a una casa de tabaco y entramos en ella. Allí estaban en sus labores varios trabajadores, organizando las hojas para ponerlas a secar en los cujes. El aroma del mejor tabaco del mundo nos invadió a todos.

Dentro de una casa de tabaco.

Dentro de una casa de tabaco.

Salimos de la casa y seguimos la marcha. Un charco de agua era el único indicio de lo que en tiempos de lluvias es un arroyo. Un tronco con un cable al lado, permite atravesar el cauce, cuando la corriente fluye. Aunque a nuestra llegada se podía cruzar sin enfangarse los pies, pasamos sobre el tronco para darnos el “gusto”. Después fuimos girando hacia la izquierda, buscando la dirección de la carretera. Pasamos por lo que pareció ser un dique en algún tiempo y los primeros nos detuvimos bajo una mata de mamey, para reagrupar a la tropa, que ya estaba bastante estirada.

Sin que aún llegaran los últimos, Eduardo y yo nos metimos en un campo lleno de terrones y hierbajos y salimos a un costado de una casa de tabaco abandonada. Busqué una abertura entre una maleza y a través de ella salí a la carretera, llevándome del paso unos cuantos arañazos en una pierna, gracias a las espinas de las aromas. Algunos después me siguieron, pero otros atravesaron por dentro la casa de tabaco y salieron a un camino que los llevó a la carretera sin pasar trabajo.

Cuando nos juntamos todos, seguimos por la carretera en la dirección de Viñales y unos cientos de metros más adelante encontramos la entrada del sendero ecológico llamado “Maravillas de Viñales.” Según el cartel, el recorrido del sendero es de cuatro mil ochocientos metros. Una escabrosa sierra culmina el paisaje en la dirección del sendero.

Entramos por el camino y a los pocos metros vimos una plataforma de madera que hacía como de mirador, aunque la alta vegetación impedía tener una buena vista panorámica. Por supuesto que nos subimos en la plataforma.

Mirador a la entrada del sendero ecológico.

Mirador a la entrada del sendero ecológico.

Luego seguimos el sendero, pasando primeramente bajo un pinar y después adentrándonos en un monte más cerrado. El camino estaba plagado de lajas de piedra blanquecina y la hojarasca seca lo cubría en parte. El trino de los pájaros nos acompañaba todo el tiempo. Frank, con sus amplios conocimientos sobre las aves cubanas, nos iba anunciando cada pájaro por su canto. Cartacuba, ruiseñor, tocororo, choncholí y muchos más, nos llegaban al oído en formas de canto.

Al llegar a un altico, siendo cerca de las once y media, decidimos parar. Cogimos un descanso sobre el camino en medio de un monte algo enrevesado y partimos de regreso.

Descanso en el sendero ecológico.

Descanso en el sendero ecológico.

Yanieyis, Samuel, María Emilia y Amelie no llegaron hasta donde lo hizo la mayoría, pues se detuvieron cuando las lajas complicaron el sendero. Nos juntamos con ellos en el pinar, salimos a la carretera y volvimos a meternos en el campo plagado de vegas de tabaco, aunque en la ocasión seguimos un camino ancho que pasaba junto a la casa de tabaco abandonada, el cual nos facilitó el avance. Con la tropa dispersa, fuimos llegando al primer entronque de la carretera y luego seguimos hasta la rotonda del Moncada. En una cafetería particular se detuvieron algunos y finalmente, sobre las doce y media, nos volvimos a agrupar en la Escuela.

En nuestro campamento supimos que habían llegado Wilfredo, Elizabeth y Rachel, esta última una socióloga invitada por el Wilfre. Al conocer que andábamos por la ruta del sendero ecológico, el trío, para aprovechar el tiempo, decidió sumarse a un grupo que iba de excursión a la cueva de la Avispa, la cual tiene su entrada por detrás del mausoleo de Los Malagones y se recorre a un precio de diez pesos por persona. También conocimos que el guía que nos conduciría por el recorrido de Santo Tomas, aún no había regresado con el grupo que guiaba.

Preparamos entonces una merienda compuesta por el típico “maní del mediodía”, galletas con dulce de guayaba, unos diminutos trozos de gaceñiga por malnombrista y los restos del refresco del desayuno. Como nos iban a cocinar en la Escuela, les di a las dos cocineras del lugar los ingredientes necesarios para comer espaguetis esa noche. También le pagamos a Edy la estancia en el lugar, que era de diez pesos por noche, por lo que recogimos veinte por las dos noches que estaríamos allí.

Pasada la una de la tarde llegó el grupo que exploraba Santo Tomás. Entre ellos venían los seis del Fajardo con buen churre a la vista. Con ellos estaba también el padre de Abiel y Amelie, quien pertenece a un grupo de la Sociedad Espeleológica de Cuba. Esperamos entonces a que el guía almorzara y descansara un poco. En ese lapso de tiempo llegaron Wilfredo, Elizabeth y Rachel. Varios saludaron con gusto al Wilfre, pues no lo veían hacía un año. El hiperquinético malnombrista estaba en su mes de estancia en Cuba, en medio de una misión en Angola. También en ese tiempo de espera nos pusimos la ropa para explorar, sacamos las linternas y frontales, y a algunos nos dieron cascos de la Escuela, pues, o no teníamos, o el que llevamos no era muy adecuado, como era mi caso.

En la Escuela, con los cascos puestos, antes de explorar Santo Tomás.

En la Escuela, con los cascos puestos, antes de explorar Santo Tomás.

A las dos y cuarenta de la tarde pudimos partir finalmente a nuestro recorrido por Santo Tomas. Solo Yanieyis y Samuel no irían, pues Yani no quería arriesgar a Samuelito. Para el recorrido se nos juntarían dos del grupo del Fajardo. Yerandy, un joven de veinticuatro años residente en el Moncada, era nuestro guía. Por supuesto que solo recorreríamos una pequeña parte del gran sistema cavernario.

Salimos por la entrada principal de la Escuela y en un pinar cercano giramos a la izquierda para entrarle de frente a la serranía. Trepamos unas decenas de metros por la escarpada ladera y nos detuvimos frente a la entrada de la cueva “Antorcha”, la cual fue nombrada así por el hallazgo en su interior de una antorcha de la época del cimarronaje. Varias tiras de madera que obstaculizaban la entrada habían sido retiradas en la mañana por el propio Yerandy.

Entrando por la cueva Antorcha.

Entrando por la cueva Antorcha.

Dentro de la cueva Antorcha.

Dentro de la cueva Antorcha.

Penetramos uno a uno apretadamente por una abertura. Ya adentro y con las luces encendidas, nos reunimos en un salón donde había unas bolas grises sobre el suelo que desprendían un mal olor y que eran un producto de los deshechos de los murciélagos. Seguimos caminando por una galería que nos permitía estar erguidos sin problemas. Llegamos a un entronque de galerías y cogimos a la izquierda, por la llamada cueva “Incógnita”. Más adelante, uno a uno, atravesamos una gatera de unos tres o cuatro metros, donde el fango del suelo tiñó la ropa de la mayoría. La gatera es conocida como “Paso estrecho” o también “Dinamita”.

Pasando la gatera "Paso Estrecho".

Pasando la gatera “Paso Estrecho”.

Luego nos juntamos en el salón de “Los Puñales”, donde el techo está cubierto de estalagmitas agudas entre las que se distinguen algunas electitas con sus curiosas formas. Allí apagamos todas las luces durante unos segundos, para vivir la experiencia de la oscuridad total. Siguiendo la marcha, pasamos por los bordes de cuatro desplomes del suelo, conocidos como “falsos techos”.

En el "Salón de Los Puñales".

En el “Salón de Los Puñales”.

Cueva “Incógnita” terminó en el hoyo “del derrumbe”, que en sí es una salida al exterior rodeada de grandes farallones, con exótica vegetación y exuberante humedad. Un pluviógrafo, es decir, un pluviómetro con marcas automáticas cada una hora, fue revisado por Yerandy. Los hoyos suelen formarse por derrumbes de las cuevas; todos los que veríamos en el recorrido tenían ese origen.

En el hoyo del Derrumbe.

En el hoyo del Derrumbe.

Avanzando por un enrevesado trillo volvimos a sumergirnos en una cavidad conocida como cueva “Rivero”. Esta nueva espelunca no pasaba de los cien metros del largo.

En cueva Rivero.

En cueva Rivero.

Salimos nuevamente al exterior, en el mayor hoyo del sistema cavernario Santo Tomás: “Fanía”, el cual debe su nombre a una cimarrona que allí se refugió. Realmente no salimos por el fondo del hoyo, sino por un lateral. Más de cien metros de altura tenía la cavidad, que se ensanchaba con irregulares formas en sus laderas donde abundaban los farallones.

Bordeando el hoyo por la derecha, llegamos a la entrada de la cueva “Musical” o “Catacumba” y nos sumergimos en ella. Más adelante salimos al hoyo “El Plátano”, también de enrevesadas formas, y al atravesarlo, nos adentramos en la cueva “Megalognus”, que debe su denominación al hallazgo en dicha espelunca de los restos de un ejemplar de esta desaparecida especie.

Atravesamos Megalognus y salimos al hoyo del “Yagrumón”, donde hicimos un alto para concentrarnos y decidir qué ruta seguir para terminar el recorrido. Yerandy me dio dos variantes: “El Chocolate”, donde el fango daría cuenta de nosotros, y “El Caos”, con un descenso peligroso. Le dije que escogiera la más excitante. Ante la preocupación de Yerandy por el riesgo que pudiera correr Amelie, le dije que ella sería quien más fácil bajaría, pues lo haría de nuestras manos. Como las dos variantes tenían sus atractivos, le dije que escogiera la que quisiera. El dicho “el que no sabe es como el que no ve” bien me podía ser aplicado en mi primera incursión en Santo Tomás. Y Yerandy se aprovechó de ello.

Penetramos en la cueva “Dos Dolinas”, y después de un tramo recorrido, descendimos a “Segundo Cauce”, donde comenzamos a caminar por el fondo de una galería en el que confluían dos paredes inclinadas.

Entrando a Segundo Cauce.

Entrando a Dos Dolinas.

El terreno era bastante aplanado, formado por una gravilla, y por él avanzamos en la delantera con un gran paso, de modo que la tropa se estiró notablemente. En el trayecto rebasamos algunos laguitos de un agua cristalina.

En un laguito de Segundo Cauce.

En un laguito de Segundo Cauce.

En un lugar donde la galería era bastante ancha, nos detuvimos los punteros para reagrupar la tropa. En aquel lugar surgió la idea de apagar todas las luces para asustar a los de atrás. Los primeros grupitos que llegaron detectaron a algunos de los que aguardaban allí, al iluminarlos con sus linternas. Cuando Yaser llegó al lugar lo hizo solo y alguien imitó el ladrido de un perro. Estando todos a la expectativa, vimos como Yaser retrocedía, evidentemente impresionado por el ladrido y otros ruidos que hicimos. Las risas que sobrevinieron lo sacaron del tenso momento.

Con la tropa agrupada, seguimos avanzando hasta bajar al “Primer Cauce”, justo donde se hallaba la boca de la cueva que pondría fin a nuestro recorrido. La salida tenía dos aberturas; la de la derecha mostraba el cauce de un río prácticamente seco; un charco enfangado era lo único que lo delataba. Aquella salida tan fácil me hizo ver que Yerandy no escogió ni El Chocolate ni El salón del Caos como rutas para la salida, sino otra vía más sencilla, desconociendo mi pedido de que nos complicara el recorrido.

Salimos por la izquierda a un monte no muy enmarañado, seguimos por un potrero con algunas malezas, cruzamos una cerca, avanzamos un poco más y nos incorporamos a una carretera. Siguiendo por esta, penetramos en el Moncada a través de un barrio de casas de madera. Luego un terraplén nos llevó hasta la rotonda del pueblo. Avanzando otro poco, algunos hicieron un alto en un ranchón donde un hombre brindó varios pepinos con agua fría.

Cuando eran alrededor de las seis de la tarde entramos en la Escuela, recibiendo la agradable noticia de que una pipa llena de agua esperaba por nosotros. También supimos que había llegado un poco de agua al tanque de la Escuela, por lo que en los baños de las habitaciones entraba el líquido preciado. Como colofón, los espaguetis estaban listos para ser devorados por la tropa. Antes de la comida, Abiel se fue con su papá para Viñales.

La hora siguiente la invertimos en quitarnos el churre, y al comedor le caímos ya de noche. Freeman y yo nos distribuimos la repartición de la comida junto a las dos cocineras. Después que Ana comió, sustituyó a Freeman. Además de espaguetis y carne en salsa, el menú incluía col picada y malanga, que iban por la “casa”. También había un poco de coditos, que llevó alguien del grupo. Las bandejas servidas las dimos por la ventanilla donde se entregan las sucias. El doble de espaguetis y carne en salsa lo repartí en el lugar donde tradicionalmente se sirve. La cantidad de espaguetis fue suficiente como para llenarnos.

Después de la comida hubo tertulia malnombrista en el patio central de la Escuela. Ana puso a bailar a Samuelito de todas las formas que quiso. Yo me tiré temprano en el portal de una de las casas, envuelto en mi saco de dormir, pues entre el sueño que tenía y mi cadera, necesitaba ponerme horizontal. Más tarde, las tiendas de campaña volvieron a servir de dormitorios malnombristas junto con los tres cuartos que nos asignaron.

Domingo 1ro. de marzo del 2015

La lechuza de la montaña volvió a fastidiar durante toda la noche. El segundo de pie en la Escuela fue parecido al primero, es decir, sin ningún apuro. Preparamos el desayuno a base de galletas con dulce de guayaba y refresco, “para variar”.

Como el camión vendría al mediodía, tendríamos tiempo en la mañana para hacer una nueva excursión por Santo Tomás; por eso me fui a hablar con Edy y Yerandy. Les comenté nuestro interés de seguir de exploración y les propuse que visitáramos la cueva Avispa. Ellos me dijeron que había salido otro grupo a explorarla y seguro habían cerrado la entrada rejada que tiene dicha cueva. Les pedí otra opción de cueva. Me dijeron que bordeando la loma por la izquierda había otras dos bocas, pero eran las salidas de dos arroyos, que estaban bastante enfangadas. Como ya era el día de irnos, no nos convenía ensuciarnos mucho, además de que Yerandy no tenía ningún interés de enfangarse. Les pedí alguna otra opción y me dijeron que no había por los alrededores, sino por lugares que estaban bastante lejos. Aproveché entonces para criticarle a Yerandy que el día anterior no salimos ni por El Caos ni por Los Chocolates. Me dijo que ya estaba cansado de los dos recorridos que tuvo en el día. Les pregunté por algún sendero que subiera la ladera de la loma que teníamos al lado y me dijeron que no lo había, que tendríamos que abrirnos paso en el monte.

Justo detrás de la Escuela, a unos cien metros de donde estábamos hablando, había una boca de gruta y fui hasta allí. Al colarme entre unas piedras, vi una escalera de concreto que subía por la ladera. Regresé a donde estaban Edy y Yerandy y les pregunté adónde conducía aquella escalera. Me dijeron que era “Tapiada”. Me molesté entonces porque estuvieran tapiando las bocas de algunas cuevas, y entonces Yerandy me aclaró: “Es que la cueva se llama “Tapiada”. Entonces me molesté porque ellos no me hablaban claro. Teníamos una entrada de cueva allí mismo, y ellos estaban dándome vueltas. Volvía a ponerse de manifiesto el dicho de que “el que no sabe es como el que no ve”.

Ante tanta insistencia mía, Yerandy salió resuelto a buscarnos una solución. Se cambió de ropa y me dijo que iríamos a recorrer Avispa (gratis). Le pregunté cómo entraríamos si dejaban la reja cerrada. Me contestó que debieron dejarla abierta. ¡Otra contradicción más entre lo que me dijo al principio y lo que me decía ahora! Como Wilfredo había explorado Avispa el día anterior, le pregunté sobre el tema y me respondió que cuando él entró, la dejaron cerrada. Se lo dije a Yerandy y me respondió que él buscaría otra llave. ¡Acabáramos!

Algo me quedaba claro de esta excursión: la próxima vez que fuéramos a Santo Tomás no iría en blanco. Los nombres de cuevas, salones y hoyos que di al narrar la exploración del día anterior, se debieron a mi interés por conocer la mayor cantidad de detalles posibles, para lo cual le estuve preguntando constantemente a Yerandy por los lugares que pasábamos. Luego de memorizarlos, los anoté en una libretica. Desde ese momento comencé a prepararme para un nuevo Santo Tomás.

Le avisé a la gente y comenzó la preparación del grupo para partir rumbo a Avispa. Nos pusimos la ropa adecuada, pedimos algunos cascos, y pasadas las diez de la mañana, partimos. En la ocasión irían Yanieyis y Samuelito. La cueva Avispa tiene algunas condiciones que facilitan el paso, además de que es bastante ventilada por las variadas aberturas al exterior que presenta, lo cual constituye un freno a la posibilidad de contraer alguna enfermedad respiratoria.

Llegamos a la rotonda del Moncada y allí hicimos un alto para dar tiempo a que Yerandy fuera a buscar la llave de la reja de entrada a la cueva. Al regresar nuestro guía, doblamos a la izquierda, pasamos el mauseolo de Los Malagones y penetremos en un cafetal por un camino claro y corto, hasta llegar a la base de la loma. Allí nos esperaba un cartel que anunciaba el recorrido por Santo Tomás, pues la cueva Avispa es la más visitada del sistema. Subimos por un camino sobre piedras, con algunas barandas de ayuda, hasta llegar a la boca de la cueva, ubicada a unas decenas de metros de altura de la base de la loma.

Al llegar a la entrada de la cueva, nos detuvimos, pues la reja estaba cerrada y Yerandy no tenía llave alguna en sus manos. Le pregunté “por qué” y me dio una respuesta de la que ya ni me acuerdo, pues no existía ninguna explicación lógica para aquel proceder. Me dijo también que el grupo delantero debía estar al salir. La espera en el lugar pasó de la media hora y nosotros estábamos apretados con el tiempo porque el camión que nos llevaría hasta La Habana podía llegar en cualquier momento. Aprovechamos el tiempo para disfrutar de la hermosa vista que teníamos desde la altura, para que Frank nos enseñara un ruiseñor, y entre otras cosas, para que entre Freeman, María Emilia, Lorenzo y yo conversáramos con Yerandy sobre el sistema cavernario de Santo Tomás, la Escuela Nacional de Espeleología y la Sociedad Espeleológica de Cuba. Yerandi nos contó de los guías ilegales y de la inestable atención a la Escuela, entre otros temas abordados.

Ruiseñor visto desde la entrada de cueva Avispa.

Ruiseñor visto desde la entrada de cueva Avispa.

Tocororo visto desde la entrada de cueva Avispa.

Tocororo visto desde la entrada de cueva Avispa.

Antes de que saliera el grupo que nos antecedía, subió un grupo de extranjeros a explorar Avispa. El guía que los acompañaba tenía la llave que debió recoger Yerandy. El hombre abrió el candado de la reja, entró con su grupo, esperamos un rato a que se alejaran y después entramos cuarenta malnombristas a explorar por fin Avispa.

El inicio de la cueva estaba marcado por las aberturas al exterior de la montaña, ubicadas en secuencia a la izquierda de la entrada principal. Una de ellas tenía una baranda, lo que facilitaba asomarse al exterior y tener una amplia vista de la región. Al frente, después del poblado del Moncada, teníamos la visión de una faja de lomas de baja altura, colmadas de pinos. Las fotos no faltaron desde los singulares miradores. Samuel entró a la cueva con un casco puesto, pero este le duró poco en la cabeza.

Vista al exterior desde cueva Avispa.

Vista al exterior desde cueva Avispa.

Alejándonos de la ladera de la montaña, subimos una pequeña escalera de madera y más adelante pasamos sobre un tablado que facilitaba el paso. Siguiendo hacia el interior de la montaña, nos llegó una amplia claridad desde el hoyo de La Palma. Llegamos a un gran salón que precedía a la depresión, subimos una larga escalera de madera y nos agrupamos en el hoyo, recibiendo la claridad del mediodía en todo su esplendor. Como en los hoyos visitados en la jornada anterior, la vegetación exuberante y los farallones dominaban las inclinadas laderas de la formación cársica producida por algún desplome de la cueva. Pero el de La Palma era algo menor, por lo menos, según lo que alcanzaban a ver nuestros ojos. Allí estuvimos un rato en el que nuestros fotógrafos aprovecharon para lograr algunas instantáneas.

En el hoyo de La Palma.

En el hoyo de La Palma.

Pasadas las doce del día comenzamos el regreso. Desde una de las aberturas al exterior pudimos ver el camión parqueado a la salida del mausoleo. Salimos de la cueva, descendimos hasta la base de la montaña y atravesamos el mausoleo. Allí nos enteramos que había fallecido el Malagón que estaba en estado de coma y que el entierro sería en el propio panteón a las cuatro de la tarde. Ojalá pudiéramos estar allí a esa hora para rendirle nuestro homenaje, pero ya teníamos que regresar a La Habana.

Al llegar al camión, le pedí a los camioneros que esperaran por los últimos para que nos llevaran hasta la Escuela y así agilizar la partida. Le dije a uno de ellos que éramos cuarenta y cinco: treinta y nueve de Mal Nombre y los seis del Fajardo, que me habían perdido irse también en el camión. Con el que hablé, se viró para otro y le dijo: “Cuarenta y cuatro”. Entonces se me acercó y me dijo que el pago de mi pasaje iba por ellos. Le respondí que no, el hombre me insistió y le dije que no insistiera. Alguien así, acostumbrado a esos manejos, no debe haber entendido nada.

Llegaron los últimos, les avisamos a algunos que estaban comprando cosas de comer en una casa particular ubicada en la rotonda y el camión arrancó, quedándose Eduardo un rato más en la cafetería particular. Otros ya iban a pie en camino a la Escuela. Se detuvo el camión en el parqueo de la Escuela y nos bajamos. Recogimos, les agradecimos a Edy y a sus trabajadores por la acogida que nos brindaron, nos despedimos y partimos todos de regreso a La Habana, pasadas las dos de la tarde.

En el trayecto hasta Viñales, Liset repartió la merienda que nos quedaba, por supuesto, de galletas y dulce de guayaba. Para evitar embarres con la guayaba, pasó las barras con un tenedor para que cada uno se sirviera. Pasamos por el poblado de Viñales, subimos la loma que le sigue y nos detuvimos en la altura para disfrutar la hermosa visión del Valle de Viñales. Nos acercamos a un restaurante particular que estaba al borde de la bajada, pero después seguimos hasta el mirador ubicado al lado del hotel Los Jazmines, donde la vista era mejor. Allí estuvimos un rato tirando fotos y contemplando el paradigmático paisaje. La visión de la piscina del hotel nos sacó la envidia por darnos un buen baño en aquella tarde espléndida.

Vista de Viñales desde el mirador del hotel Los Jazmines, con la piscina del hotel a la izquierda.

Vista de Viñales desde el mirador del hotel Los Jazmines, con la piscina del hotel a la izquierda.

Regresamos al camión y allí Eduardo, Coquito, Yalieska y su mamá se despidieron del grupo. Ellos bajarían caminando hasta el pueblo de Viñales a esperar la guagüita que los llevó el viernes directo al Moncada, la cual debía pasar de regreso a las cuatro de la tarde.

En el viaje hasta la ciudad de Pinar del Río pudimos contemplar de día el bello paisaje que circunda a la caprichosa carretera. En ese tramo, el Friky, gracias a su peso y tosquedad, despegó una tabla que servía de respaldar. Ya en la ciudad, nos detuvimos un buen rato junto a la terminal, pues los camioneros fueron a gestionar más pasajeros. En ese ínterin, la gente salió a buscar algo de comida y a Elizabeth la suerte no la acompañó, pues metió su pie izquierdo en un hueco, saliendo del trance con hinchazón en el empeine y un fuerte dolor. El Friky y su primo la cargaron hasta el camión. Yo aproveché para visitar a un compañero de estudios de la universidad. Ya en el camión, uno de los del Fajardo entizó el pie de Elizabeth con una venda. Nuevamente Ana María, la hermana de Edgardo, fue a saludarnos.

A las tres y media partió el camión. El viaje por la Autopista fue bastante tranquilo. Los camioneros que no pudieron llevar más pasaje por normas del gremio, Edgardo tirado sobre su colchón inflable y Wilfredo sacándole el aire, la recogida y el conteo del dinero del pasaje y el descenso de los de Guanajay en el kilómetro veintinueve, fueron los hechos más significativos del trayecto. Al bajarnos en Cien y Autopista, les pagué a los camioneros y cuadré con ellos para futuras transportaciones.

Terminaba así, en un fin de semana de un clima espléndido, la primera excursión de Mal Nombre por el mayor sistema cavernario del país. Tal vez en un futuro otras cuevas de Santo Tomás sean recorridas por los malnombristas, pero Antorcha, Incógnita, Rivero, Musical, Dos Colinas, Megalognus, Segundo Cauce, Avispa y sus hoyos ya habían sentido las pisadas del grupo. La Gran Caverna de Santo Tomás dejaba de ser una aspiración, sino que se sumaba a la rica historia de lugares visitados por Mal Nombre en el largo archipiélago cubano.

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