Ascenso al Taburete en homenaje a Maceo y el Che

Excursión al Taburete

Por Sandelis

A partir de una propuesta de Freeman, tras conocer que en cada provincia del país se subiría una elevación en homenaje a los natalicios 170 de Maceo y 87 del Che, decidimos subir la loma del Taburete justo el 14 de junio, día de la conmemoración. Con la duda de si hacerlo todo el domingo o partir el sábado, hicimos una votación en Mal Nombre, y la propuesta de la partida del sábado ganó más adeptos. Teniendo la idea clara, les envié un correo a los organizadores de los grupos del Movimiento Cubano de Excursionismo para que se sumara todo el que quisiera. A la par, Janett y Edgardo hicieron su promoción en la CUJAE. Conspiraban contra una participación masiva dos elementos: el hecho de estar en período de pruebas finales y el lluvioso pronóstico que había para el fin de semana en cuestión.

La excursión sería corta. Subiríamos por un camino que se inicia a solo dos kilómetros de la Autopista a Pinar del Río, lo que nos evitaría caminar los ocho kilómetros que hay desde la Autopista hasta la base de campismo “El Taburete”.

Sábado 13 de junio del 2015

A pesar de que en varios lugares de La Habana llovía en la tarde, veinte necios excursionistas nos trasladábamos por diferentes vías hasta el entronque de la calle Cien con la Autopista a Pinar del Río. El objetivo era partir hacia la base de la loma del Taburete, para subirlo el domingo en homenaje al aniversario de los natalicios de Maceo y Che, y la hora pactada para vernos era las cuatro de la tarde.

Janett y yo fuimos los primeros en llegar, y al vernos, nos surgió la duda de si seríamos los únicos. Las llegadas de Samuelito de dos años y de Amalia de diez, estrenándose esta última en guerrillas de monte, les pusieron un sello distintivo a la presuntamente lluviosa guerrilla de fin de semana.

A las cuatro y veinte nos montamos todos en el camión que nos llevaría hasta el entronque de Las Terrazas. El Guille, organizador del grupo de la facultad de Matemática-Computación de la Universidad de La Habana, pluralizaba la representatividad del movimiento de excursionismo, pues los demás habíamos sido convocados por Mal Nombre. El propio Guille llegaba aún regocijado porque el día anterior había discutido y aprobado la tesis que lo acreditaba como Licenciado en Matemática. Otros dos Guillermo se sumaban por primera vez a la tropa para incursionar en el monte: un brasileño amigo de Freeman, que había ido antes a Varadero con nosotros, y un compañero de aula de Edgardo. Había un cuarto casi Guillermo, un amigo de Yanieyis llamado William, que significa Guillermo en inglés; este fue con Juliette, su esposa y amiga de la Yani desde el pre. También de novata con Mal Nombre estaba Taimí, una amiga de Ana Beatriz. Marlene, la mamá de María Karla se decidía a subir una loma por primera vez con el grupo, pero no había sido bien asesorada por la hija, pues se apareció con unas frágiles sandalias para hacer la caminata.

Partió el camión con los veinte sentados. Al pasar por el puente del entronque de Guanajay, casi por inercia, algunos buscamos a Lorenzo, a María Emilia y a los niños, aunque ellos no nos habían confirmado su participación, y por lo tanto, no estaban allí.

Saliendo de La Habana.

Saliendo de La Habana.

Como a las cinco y media nos apeamos en el entronque de Las Terrazas. Caminamos unos dos kilómetros por la carretera que se adentra en el lomerío y penetramos por la izquierda bajo el arco de madera que antecede a una casa campesina.

Caminata por la carretera a Las Terrazas.

Caminata por la carretera a Las Terrazas.

Frente a la casa saludé a Luis, a quien conocí de pasada en febrero último, cuando fui a explorar los Baños del Bayate, previo a la acampada del movimiento de excursionismo. Luis era un moreno de unos cuarenta años de edad, de buena complexión física y mediana estatura. Vivía con su padre Alberto en aquella casa de paredes de madera, piso de concreto y techo de tejas acanaladas, con un acogedor portal que mostraba para comodidad de los llegados dos bancos de hierro fundido, con asentaderas de madera. Padre e hijo cultivaban café por la zona, y en su finca, sombreada por una gran arboleda, correteaban los gallos, las gallinas y los guanajos. También tenían a un perro encerrado en una jaula, para evitar que se comiera los huevos de las aves. En la fauna de la zona no faltaban los mosquitos, acrecentados en número por las lluvias de los últimos días.

De inmediato surgió en el grupo la duda sobre el lugar para acampar. Había dos variantes a mano: alrededor de la casa de Luis o en unas ruinas de cafetales franceses, ubicadas aproximadamente a un kilómetro de distancia. Janett proponía una tercera: dormir en la cima del Taburete, pero su idea no cogió calor.

Ir a las ruinas tenía en contra la ausencia de agua, pero defendí esa opción comentando la belleza y originalidad del lugar. Finalmente partimos para las ruinas en una tarde nublada y húmeda. El bello sendero de monte, matizado por el canto de los pájaros y los grillos, hizo las delicias de Amalia, quien iba conmigo en la delantera de la tropa. Dejamos atrás, por la derecha, un gran depósito de agua hecho de concreto, y por la izquierda, un trillo que ascendía por la ladera.

En unos quince minutos llegamos a las ruinas, que según Luis, eran conocidas por el nombre de “El Contento”. A la izquierda del camino, en distintos niveles de la incipiente ladera, vimos los muros y paredes de lo que fueran las instalaciones del antiguo cafetal, todos conformados por piedras de la zona. En la boscosa y exuberante vegetación resaltaban unas originales palmitas.

Me adelanté hasta llegar a una zanja por donde corría el agua, pero solo hallé un charco del que se deslizaba apenas un hilo del preciado líquido. Después de descargar las mochilas, recorrimos las ruinas y nos tiramos varias fotos junto a ellas. Pero analizando las condiciones del lugar, decidimos volver atrás para acampar en la finca de Luis. La carencia de agua para tomar, lo desprotegido del lugar ante un aguacero y el acoso mayor de los mosquitos con respecto a la finca de Luis fueron suficientes elementos para tomar la decisión.

Regresando de las ruinas.

Regresando de las ruinas.

Llegamos a las inmediaciones de la casa y comenzamos la acampada en un césped que la rodea por el frente y hacia su derecha, teniendo de fondo a un bello palmar, como antesala de la gran arboleda. Se alzaron las tiendas de campaña y yo armé un medio vara en tierra con mi súper nylon. Una manguera conectada con un pozo cercano, ofrecía agua al gusto.

La escasa claridad de la tarde se nos fue entre algunos que jugaron a tirarse un disco volador, todos sacando y comiendo las provisiones previstas y la noticia de que Argentina le había ganado dos a uno a Paraguay en la Copa América, según un errado amigo de Héctor, y que había empatado dos a dos, según un acertado amigo de Fidelito. Guillermo, el brasileño, pegó en las tiendas de campaña banderitas de Cuba y Brasil, y hasta una de Puerto Rico.

La idea de la excursión era subir al Taburete por un camino que yo había conocido el año anterior, que entroncaba con el que parte de la base de campismo. Con la intención de ver las condiciones de aquel camino, aproveché los restos de la tarde para adentrarme en él. Como lo noté menos abierto que antaño, se lo comenté a Luis y este me dijo que ya ese camino no se usaba, sino uno que subía pasando el tanque de agua. Ya había notado aquel trillo cuando buscamos las ruinas y fui con Luis a verlo. Llegamos hasta su inicio y avanzamos unos metros por él para luego regresar al improvisado campamento.

Poco antes de oscurecer comenzó a llover y a tronar, y nos guarecimos en el portal de la casa. La lluvia duró poco, pero antes de que escampara el Fide inició una descarga a guitarra en el propio portal, que se extendió hasta pasadas las once de la noche. Silvio, Serrat, Santiaguito Feliú y Gerardo Alfonso se contaron entre los autores cantados. Antes de la medianoche las tiendas de campaña y mi súper nylon recibieron a sus moradores y el silencio se apoderó del campamento.

Domingo 14 de junio del 2015

De madrugada cayeron algunas lloviznas finas, pero nada más. Pasadas las tres me desvelé con el zumbido de los mosquitos y fui a sentarme un rato en uno de los bancos del portal de la casa. Allí tuve la visita de un simpático y manso gatico, que curioseaba por los alrededores. Sentado y desvelado por culpa de los mosquitos, pensé por primera vez en mi vida guerrillera en conseguir una tienda de campaña. Luego volví a mi “morada” y logré dormir un rato más, hasta que el alba se asomó por la zona.

Nos levantamos sin presión en una mañana con nubes bajas, y preparamos un desayuno colectivo sobre una mesa de cañas bravas, para veintidós personas, pues incluimos a Luis y a su padre. Panes de diferentes tipos, galletas de sal, dulce de guayaba y refresco preparado en mi tanqueta, tuvimos como menú.

El campamento al amanecer. A la izquierda, una esquina del portal de la casa.

El campamento al amanecer. A la izquierda, una esquina del portal de la casa.

Después de desayunar, recogimos las tiendas de campaña y alistamos las mochilas. Dos variantes teníamos por delante para continuar la excursión. Una era subir al Taburete con las mochilas y bajar por el camino que lleva al río San Juan, para darnos un baño en la corriente y luego seguir hasta la Autopista por un terraplén que hay por aquella zona. La otra opción era dejar las mochilas en la casa, subir sin carga y regresar por allí a recoger los bultos. La ventaja de la primera variante era el baño en el río; la de la segunda, subir sin carga. Después de algunos comentarios de defensa de cada variante, votamos y ganó la subida sin carga, diez votos a siete. La pareja amiga de Yanieyis no votó porque le daba lo mismo cada variante. Por supuesto, Samuelito tampoco votó.

Hablé con Luis para dejar las mochilas en la casa y no puso ninguna objeción. Los que menos fango tenían en sus suelas agruparon las mochilas en la sala. Nos juntamos afuera y a las ocho y cuarenta y nueve de la mañana partimos hacia nuestro objetivo.

Foto de grupo antes de la subida. Luis en el extremo derecho.

Foto de grupo antes de la subida. Luis en el extremo derecho.

Cogimos el trillo de las ruinas y doblamos a la izquierda por el camino de subida. Amalia me seguía de cerca en la delantera, mientras Yanieyis cargaba a Samuelito y Raine llevaba en una mochila todos los bultos de su familia. En plena ladera vimos sobre la senda un pichón de arriero, que comenzó a chillar cuando nos vio; Eledys lo cargó un momento y se tiró una foto con él. Seguimos subiendo por el trillo que curveaba entre la espesa vegetación, hasta llegar al entronque con el camino que ascendía desde la base de campismo, y allí hicimos un alto.

El pichón de arriero en manos de Eledys.

El pichón de arriero en manos de Eledys.

Temiendo no ver el trillo al regreso, dejamos una piedra triangular blancuzca a la entrada de la senda y fijamos en nuestra visión un almácigo y una palma real aledaños al entronque. Marlene llegó de última al alto, con la compañía de María Karla y Edgardo. La esforzada madre llevaba puestas unas chancletas que le prestó Janett. En el tiempo de espera los mosquitos mostraron sus “garras”.

Con la tropa junta, continuamos el ascenso por el camino más ancho. Poco a poco la tropa se fue estirando, retrasándose el trío de Marlene y sus dos acompañantes. La mañana se fue despejando, por lo que la lluvia parecía cada vez menos probable.

La retaguardia.

La retaguardia.

Luego de rebasar una pendiente pedregosa, nos adentramos en un tramo recto, con una alta humedad ambiental y bajo una elevada vegetación, donde los tocororos cantaban a sus anchas desde las ramas de los árboles. Al final de la recta comenzamos a girar hacia la izquierda y el ancho camino fue haciendo una espiral. A las nueve y cuarenta y nueve, justo una hora después de nuestra partida desde el campamento, el grueso de la tropa llegó a la cumbre de la loma. Solo faltaban Marlene y su compañía.

La cima del Taburete ofrece una gran vista, pues está despoblada de árboles en un ángulo mayor de ciento ochenta grados. Desde su altura se tiene el privilegio de ver las costas norte y sur de Cuba, pues permite observar la mayor estrechez de la isla, de 31 kilómetros entre Mariel y Majana. Desde el año dos mil siete allí se alza un monumento dedicado al Che y a sus compañeros de la guerrilla boliviana. En el área se hayan dispersas unas piedras que simbolizan a los guerrilleros de la gesta boliviana. También hay una caseta de mampostería ubicada a un extremo de la cumbre.

Algunas piedras como símbolos y detrás el estrecho Mariel-Majana.

Algunas piedras como símbolos y detrás el estrecho Mariel-Majana.

Malnombristas delante del monumento al Che.

Malnombristas delante del monumento al Che.

Mientras Fidelito sacaba su guitarra y comenzaba a homenajear a los dos héroes con canciones de la Nueva Trova, regresé en busca de Marlene. Por el camino me tropecé con varios cadetes de la Escuela Interarmas Antonio Maceo, que iban en busca de la cima. En la recta larga hallé a la retaguardia. Marlene, sin ningún entrenamiento previo, había pasado su sofocón en la subida, pero ya estaba más relajada y no cejaba en conquistar la altura.

El Fide en su descarga a guitarra en la cima.

El Fide en su descarga a guitarra en la cima.

Al fin nos vimos los veinte en la cima. Agrupados frente al monumento, nos tiramos varias fotos, algunas automáticas. Después siguió el Fide con su descarga y nosotros acompañándolo a coro en cada canción, mientras la cima se iba poblando de cadetes. Los malnombristas tomamos agua, refresco y nos repartimos unos peggy y unos merenguitos.

Cuando se juntaron todos los futuros oficiales de las FAR, que sobrepasaban la treintena, les dejamos libre la base del monumento para que hicieran su homenaje. Primeramente habló el político del grupo sobre la historia de la zona y del monumento, y después, de una manera sencilla, les entregaron el carné de la Unión de Jóvenes Comunistas a varios cadetes. Fide acompañó con la guitarra la entrega de los carnés.

Un guardabosques se apareció en la cima y nos dio un libro de firmas. Freeman y yo lo firmamos y dejamos constancia de la presencia de Mal Nombre en el lugar. Antes del mediodía partimos de la altura.

Cogimos un trillo que nace cerca de la caseta y corta camino. Después de bajar unos cien metros por la nueva senda, Freeman y Eledys dudaron seguir, temiendo una pérdida, y finalmente regresaron a la cima para coger el camino tradicional. Janett, el Guille matemático y yo continuamos hasta dar con el camino ancho. Los tres nos quedamos a la espera para reagrupar a la tropa y en ese lapso de tiempo los mosquitos nos acribillaron. Llegaron otros malnombristas por el trillo, y al continuar la marcha, comenzaron a cruzarse con nosotros jóvenes convocados por la UJC en San Cristóbal, que subían con ropas algo inadecuadas para el monte. A algunos les recomendé el trillo que cortaba y me hicieron caso.

Continuamos la bajada. Rebasamos la recta larga y luego la pendiente pedregosa. En un momento, el canto de una cartacuba nos retuvo a varios, que pudimos disfrutar de los bellos clores en el plumaje de la pequeña ave.

Seguimos la marcha, hasta que los de la vanguardia nos detuvimos en el entronque con el trillo de la ladera, para evitar que los de atrás siguieran de largo rumbo al campismo. La distancia de los primeros a los últimos no era grande. Comenzó el descenso por el trillo del monte, quedándonos Edgardo, Janett y yo de últimos. En un tramo inclinado, Janett se fue de nalgas de un resbalón.

Sin más peripecias, llegamos todos al lugar de acampada, tras gastar poco menos de una hora en la bajada completa. Eledys concluyó la caminata con cierto malestar en su cuerpo. Sacamos las mochilas de la casa y preparamos un dudoso almuerzo con una mezcla de pescado y perros calientes, galletas, panes y huevos, más el refresco que quedó del desayuno. Marlene prefirió no mezclar perros con pescado, mientras Amalia mostró un apetito nada habitual en ella. Janett y Yanieyis, sí frecuentes en esas lides, cogieron todos los dobles, triples y más que se repartieron. Nuevamente les brindamos de nuestra comida a los gentiles anfitriones.

Luego llegó la recogida con una guardia vieja incluida. Ya listos, nos despedimos de los solidarios anfitriones y a la una de la tarde partimos hacia la Autopista. Bajando por la carretera, me tuve que retrasar unos minutos al tener que ir al monte a “leer”. Poco después de la una y media ya estábamos todos al borde de la Autopista bajo las sombras de un árbol de la música, a la espera de algún envío de “La Estrella” malnombrista.

A la espera de “La Estrella” en la Autopista Habana-Pinar.

A la espera de “La Estrella” en la Autopista Habana-Pinar.

Antes de las dos de la tarde paró una school bus amarilla con bastante gente adentro y en ella se fueron para La Habana Ana Beatriz, Fidelito, Taimí, Amalia y Janett. Los otros quince volvimos a la sombra del árbol a esperar por otro envío de “La Estrella”. En el tiempo de espera, Edgardo y yo tumbamos unos cocos a pedradas y Héctor se dedicó a abrirlos y a repartir el agua y la masa. Una media hora después de la partida de la guagua, paró un camión particular y nos montamos los quince. Con todos los malnombristas sentados, el viaje hasta Cien y Autopista se fue tranquilo y antes de las cuatro de la tarde ya estábamos todos en nuestra querida ciudad. La llegada a las casas fue justo a tiempo para evitar el aluvión que se desató esa tarde sobre la Habana.

En fin, pasamos una buena y corta guerrilla, acosada por una lluvia que no llegó a inundarnos, pues esperó lo necesario para desparramarse después de vernos seguros en nuestros hogares. Cumplimos así con nuestro homenaje a Maceo y Che.

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