Cinco Cuevas

Excursión del grupo Mal Nombre a Cinco Cuevas en Boca de Jaruco

Por Sandelis
Fotos: Racso

Sábado 26 de septiembre del 2015

Con el antecedente de una exploración mía el año pasado y otra de Héctor y Edgardo pocos días antes de la excursión del grupo, quedamos en vernos a las seis de la tarde en la primera parada de la 400, para partir a explorar Cinco Cuevas. Una reunión del Movimiento Cubano de Excursionismo nos atrasó a Janett, Edgardo, René, el Guille y a mí, quienes llegamos media hora después. Pronto llegó una guagua y nos fuimos bastante cómodos los 26 que éramos.

El viaje hasta Peñas Altas, a la salida de Guanabo, se fue tranquilo, con un poco de cuero mío a los novatos Bande, Gabriel y Javier, sobre todo a este último porque su mamá lo acompañó a la parada. También le di cuero a María Karla, quien tenía puesto un short bastante provocativo.

En Peñas Altas estuvimos solo unos minutos, pues una cómoda guagua de turismo se nos paró delante vacía y nos llevó hasta la carreterita de entrada a Cinco Cuevas, en Boca de Jaruco, por diez pesos. Realmente fue una lástima hacer un viaje tan corto en una guagua tan cómoda.

Nos bajamos ya de noche y tomamos por la estrecha carretera poniendo rumbo sur. Los abundantes charcos delataban la lluvias caídas pocas horas antes en la zona; los mosquitos también. Edgardo hizo un alto frente a la casa de un lugareño, que lo reconoció por su reciente viaje de exploración.

La carreterita nos llevó a realizar dos pequeños ascensos, el segundo de ellos teniendo a las bocas de Cinco Cuevas a ambos lados. Unos cientos de metros más adelante, antes de llegar a una subestación eléctrica, René entró por una senda a la izquierda, que de inmediato lo llevó hasta la placa del suelo de una antigua vaquería. Allí comenzamos a levantar el campamento. Trabajo costó armar la tienda de campaña de Javier, por el óxido que tenían las varillas y porque varias de ellas estaban sueltas.

Con el campamento armado, llegó Héctor al lugar proveniente de La Habana. Pudo dar con el grupo gracias a la comunicación con celular con Eledys, su hermana. René partió entonces rumbo al fuerte de La Dionisia a encontrarse con un grupo de excursionistas deslindado de su grupo Camping Cuba, que había partido temprano en la mañana desde La Habana.

La gente sacó la comida prevista para la noche y comenzó una comelata generalizada donde abundaron los pase-pase de comida. Terminado el “banquete”, se formaron dos grupos, uno de ellos con guitarra, y estuvimos “dando muela” y cantando canciones hasta la media noche. En ese tiempo regresó René, comentando que un grupito de los acampados en el fuerte de La Dionisia se había embullado a explorar la cueva con nosotros al día siguiente.

Descarga nocturna en la placa.

Descarga nocturna en la placa.

Domingo 27 de septiembre del 2015

De madrugada comenzó a caer sobre la acampada una llovizna fina que duró hasta el amanecer. Sobre las siete de la mañana la gente comenzó a levantarse, pues no creí necesario dar un de pie demasiado temprano.

Concentramos toda la comida y preparamos veintisiete desayunos a base de galletas con dulce de guayaba y con pasta de carne. También había refresco para servirse y dejamos liberada a discreción el resto de la comida, que no era poca. La gente desayunó sin mucha limitación y lo que sobró, que no fue poco, lo guardé en un nylon ecológico para que nos sirviera de almuerzo. René llamó por el celular a los del otro grupo que tenían la intención de explorar, pero ya habían desistido de su intención.

Desayuno en la placa.

Desayuno en la placa.

Las tiendas de campaña fueron recogidas, nos vestimos para la exploración y retomamos la carreterita, ahora en dirección al norte. René me había propuesto inicialmente comenzar la exploración por una entrada fácil que hay por la derecha, yendo en dirección a la costa, pero le dije que era mejor empezar por lo duro, es decir, con un descenso con cuerda, para terminar más relajados.

En la carreterita, antes de inciar la exploración de la cueva.j

En la carreterita, antes de inciar la exploración de la cueva.j

Entramos en un montecito por la izquierda y descendimos la dolina de entrada a la cueva. Ya adentro, sacamos las linternas, y en una cavidad del extremo izquierdo, ocultamos las mochilas.

Guardando las mochilas a la entrada de la cueva.

Guardando las mochilas a la entrada de la cueva.

La boca de Cinco Cuevas por la que nos adentraríamos es bastante profunda. Tras un descenso sobre hojarasca, se desciende un desnivel de un metro y algo más, para luego girar en espiral hacia la izquierda, evitando así un abismo de unos diez metros de alto, que muestra en su fondo varias gomas de camión.

Saqué mi cuerda de diez metros y bajé con ella hasta llegar a un punto donde era necesario su uso. La lancé y noté que no hacía falta la que había llevado Edgardo, de 60 metros, pues la mía alcanzaba. La gente fue bajando hasta acercarse al primer descenso con cuerda. Luisito se trepó por la derecha y coló una punta de la cuerda por un agujero de la pared; yo hice el nudo. Descendí los dos metros y algo más que tiene el primer tramo, agarrado de la cuerda. Al llegar abajo, pude ver los restos de unas vacas (o toros) tirados sobre el suelo del nivel en el que estaba parado. Alguna epidemia de “machetitis” había causado estragos por la zona. Hice otro descenso de unos tres metros y vi más restos.

Llamé entonces a Héctor y a Edgardo para que tomaran posiciones en la bajada de la tropa. Como no alcanzaban, el Friky y Javier también se sumaron a la cadena. Edgardo se quedó arriba, el Friky bajó al primer nivel, Javier y yo nos colocamos en el segundo nivel y Héctor se ubicó en el final del descenso. Mi trabajo era recibir a los que bajaban, asegurándoles apoyos que no tenían en la pared, mientras Javier debía evitar que cayeran sobre los restos de los animales.

Comenzó la bajada de la gente. Los delanteros, al terminar el primer descenso, pisaron los restos de vacas y algunos de ellos me vinieron encima. El mal olor nos rondaba por todos lados. Kevin se mostró algo inepto en el descenso hasta mí, pues no quería apoyar los pies en una pared que no tenía agarres. Ana casi me cae encima por temer a que sus brazos no la aguantaran. Al bajar Yanieyis, Samuelito echó un llantico; Raine bajó con él en un andador y el niño se calmó al reencontrarse con su mamá en el nivel donde estaba Javier.

Racso me pidió que subiera a convencer a Danay, quien había desistido de bajar a la cueva. Subí y vi que también pensaban no explorar María Karla y Olivia, más Oxana, que acompañaba a su hija. Danay se había echado para atrás al escuchar la algarabía que formó Ana. A su vez, María Karla me dijo que no se sentía bien. Logré convencer a las dos, pero Olivia no tranzaba y no la presioné, pues su psiquis infantil no lo admitía en ese momento, quedándose ella y su mamá en la entrada de la cueva. El descenso de Danay fue menos complicado de lo que parecía, aunque tuve que aguantar todo su peso en mi tramo.

Descenso con cuerda 1
Descenso con cuerda 2
Descenso con cuerda 3
Descenso con cuerda 4

Imágenes del descenso con cuerda.

Imágenes del descenso con cuerda.

Ya todos abajo, comenzamos a avanzar por los interiores de la cueva. En dos lugares del fondo de la cueva había gomas agrupadas. Girando a la derecha, comenzamos a avanzar por galerías donde abundaban los murciélagos. En una de ellas se apreciaban en el suelo unas manchas oscuras parecidas al chapapote. Llegamos a un gran salón donde una preciosa claraboya de unos siete u ocho metros de altura dejaba entrar los rayos del sol y por ella descendían las enormes y alargadas raíces de un ficus. Me trepé por la raíz más gruesa, hasta un descanso que tenía a mitad del ascenso, no sin antes llevarme un buen pelado en una muñeca por chocar con unas raíces truncas. Luisito se embullo y trepó por una raíz más fina hasta llegar al inicio del agujero. Descendimos los dos y continuamos todos avanzando en descenso a través de otras galerías, siguiendo en un inicio las gruesas raíces del ficus que parecían enormes serpientes.

Restos del ganado.

Restos del ganado.

Pasando junto a una de las gomas tiradas en el fondo de la cueva.

En una galería de la cueva.

En una galería de la cueva.

 Junto a unas raíces de ficus.

Junto a unas raíces de ficus.

La bella claraboya con las raíces de ficus.

La bella claraboya con las raíces de ficus.

Dejando atrás el salón de la claraboya.

Dejando atrás el salón de la claraboya.

Junto a unas estalagmitas.

Junto a unas estalagmitas.

Estalagmitas cortadas.

Estalagmitas cortadas.

Una tercera salida, esta algo estrecha, se mostró a nuestra vista. Los que íbamos a la delantera, salimos al exterior y luego de avanzar entre el monte, llegamos una cuarta salida, la más accesible de todas, y penetramos por ella. Tras rebasar los primeros metros, se abría un ancho salón en descenso, con su final bastante aplanado. Esta era la por la que René quería iniciar la exploración de la cueva, la cual está ubicada del lado contrario de la carreterita. Le comenté al Reno que su interior estaba muy bueno para acampar, pero me dijo que había mucho guano de murciélago y se podía contraer leptospirosis. Ya adentro, Luisito vio las luces de los que se asomaban a la salida anterior. Es decir, ambas tenían una comunicación interior.

La salida estrecha.

La salida estrecha.

En la carreterita, después de la exploración de la cueva.

En la carreterita, después de la exploración de la cueva.

Reno junto a la abandonada tubería de petróleo.

Reno junto a la abandonada tubería de petróleo.

Salimos todos finalmente hasta la carreterita, con no poco de churre en nuestras ropas y cuerpos. Entramos después en el montecito que nos llevó a la abertura inicial, donde nos esperaban Oxana y Olivia junto a las mochilas. Héctor recordó recoger la cuerda y bajé con él. Al llegar al lugar donde la dejamos atada, no estaba. Aquello nos pareció inexplicable, hasta que unos segundos después salió Edgardo de un escondite, quien había contemplado nuestro asombro. Él había recogido la cuerda antes de que llegáramos, y al sentir nuestra proximidad, se escondió para disfrutar de nuestra reacción.

Salimos todos de la cueva y en plena carreterita surgió una disyuntiva. René propuso visitar una cueva cercana, más chica que Cinco Cuevas. A algunos nos gustó la idea, pero otros querían ir ya a bañarse a Boca de Jaruco. Les dije a la gente que teníamos dos opciones: “playa o cueva”, pero al momento rectifiqué, pues dicho de ese modo, estaba claro que la playa ganaría. Dije entonces: “playa o cueva y playa”. Quince optamos por ir primero a la cueva mientras los otros doce por la playa ya. Decidimos entonces dividir el grupo; de todos modos nos veríamos todos en el agua al final.

Partieron los de la playa y los demás tomamos un terraplén a la derecha, que tenía dos muros en su entrada. Avanzamos varios cientos de metros y después entramos a campo traviesa a la izquierda hasta detenernos en una explanada donde se apreciaba el saliente de una abandonada tubería destinada a la extracción de petróleo. René se adentró en la malaza y al rato regresó sin hallar la cueva. Para dar con la espelunca se requería abrir un trecho entre una alta hierba y el tiempo no daba para ello. Janett le tiró varias fotos a un manto de flores doce del día y regresamos todos a la carreterita.

Salimos los quince a la Vía Blanca, rebasamos el largo del puente sobre el río Jaruco, descendimos por la derecha y comenzamos a bordear el poblado de Boca de Jaruco, teniendo en bajada a la derecha la salida del río. Aunque había muchas casas sencillas, las había también bastante vistosas y algunas tenían dos pisos.

 El puente de la Vía Blanca sobre el río Jaruco.

El puente de la Vía Blanca sobre el río Jaruco.

El río Jaruco visto desde el puente de la Vía Blanca.

El río Jaruco visto desde el puente de la Vía Blanca.

Orilla occidental del río Jaruco en su desembocadura, donde se bañaron los malnombristas.

Orilla occidental del río Jaruco en su desembocadura, donde se bañaron los malnombristas.

Caminamos hasta dar con los doce adelantados, que ya se habían dado su primer baño. Nos juntamos los veintisiete y seguimos hasta un césped que crece casi a la entrada del fuerte La Dionisia, aunque algunos se tardaron un poco comprando pru en una casa. Una escalera de madera facilitaba la entrada al mar en el lugar.

Algunos fuimos antes hasta el fuerte. Este consistía en una antigua casa de concreto con techo de tejas coloniales, un patio ancho delante con hierba de jardín y un redondel de piedras dentro del cual debió existir un aljibe; a nuestra llegada el redondel estaba rodeado de una cinta para impedir el paso. Un muro permeado de aspilleras sirve de parapeto a la casa y el patio. El terreno sobre el que se asienta el fuerte está a una altura de unos tres o cuatro metros sobre el nivel del mar y su ubicación es justo en la entrada de Boca de Jaruco, en su extremo occidental.

El fuerte La Dionisia y detrás la boca del río Jaruco.

El fuerte La Dionisia y detrás la boca del río Jaruco.

Al poco rato de estar en la zona, el baño se generalizó en la tropa. Estuvimos un rato en el agua hasta que nuestros estómagos nos presionaron a “tirotear “el almuerzo. A diferencia del desayuno, para el almuerzo no preparamos nada, sino que hicimos una especie de “barra abierta”, pues alcanzaba fácil para todos. Panes, galletas, pasta, mayonesa, refresco, maní y hasta unas torticas compradas en la casa del pru, aplacaran los apetitos de la gente.

Después del atracón vino un relax en el que algunos fuimos al fuerte y hasta dormitamos un poco. Los más apurados por llegar a La Habana se fueron para la Vía Blanca a coger botella. René fue el primer en partir y luego se montaron sobre ruedas otros siete. Finalmente los ocho se vieron en Guanabo y se fueron pronto gracias a que René había marcado en la cola de la 400.

 Tiroteo en Boca de Jaruco.

Tiroteo en Boca de Jaruco.

Los demás partimos para la Vía Blanca poco antes de las tres de la tarde. Yo recogí en un nylon los deshechos del almuerzo, y al no hallar un buen un lugar donde depositarlos, los eché encima de un tanque lleno de hierba. Después fui a la casa del pru y tomé el oriental refresco además de jugo de guayaba. Al volver de lo del pru vi a un hombre insultado porque le habían rellenado su tanque de basura. Me le acerqué y le dije que era yo quien lo había puesto allí. El hombre cambió la cara, no sé si por mi franqueza y por mi muleta. Le expliqué que no tenía dónde echarlo y que nosotros nunca dejábamos ningún desperdicio regado. El hombre se sintió complacido e incluso me dijo que era muy buena nuestra actitud, que ellos siempre estaban al tanto de que se mantuviera limpia la zona, porque había gente que ensuciaba por los alrededores. En la acera del frente otro le dijo más o menos: “¿Ves que no fui yo?” Era fácil de imaginar que el que estaba insultado la había cogido con aquel tipo.

Llegamos a la Vía Blanca y comenzó la espera. Pasada la media hora, un aguacero nos hizo protegernos a todos en la caseta de la parada, hasta que un camión particular nos recogió después las cuatro de la tarde. Llegando a Guanabo, una 400 nos continúo de inmediato el viaje hasta caer en la Habana Vieja.

Menos de 24 horas había durado la guerrilla de cueva y baño. La lluvia, amenazante en la región occidental del país, nos había llevado bastante bien, pues mientras guerrilleamos, La Habana recibía un fuerte aluvión. Como saldo del grupo, en Cinco Cuevas quedaba por primera vez la huella malnombrista.

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