Jardín de Aspiro o El descubrimiento

Por Gabriel Mayán Aguilar
Primer destino del Grupo de Excursionismo “Mapei”, Jardín de Aspiro, San Cristóbal, 9 al 11 de octubre de 2015.

Irse de excursión a un paraje recóndito y desconocido siempre es una buena opción para un grupo de jóvenes ávidos de romper con la abrumadora cotidianidad. Para que el viaje sea un éxito, o sea, para que cumpla con el cometido de hacer que los excursionistas se desconecten de la realidad que dejan atrás, es necesario contar con los siguientes requisitos: un buen destino, una mente maestra que se encargue de organizar la logística, un tipo que toque la guitarra, un grupo de gente “libre de prejuicios” y, por último, pero no por eso menos importante, que el referido piquete esté dispuesto a entregar la mitad (y más) de sus ingresos mensuales por el bien común. No lo sabíamos entonces, pero para suerte de los trece muchachos que emprendimos la travesía a Aspiro, los elementos anteriormente descritos confluyeron de manera casi perfecta, astral, mágica.

Nuestra aventura no estuvo exenta de percances (de otra forma no podríamos llamarla aventura) y desde el mismo inicio tuvimos que lidiar con los rezagos, la burocracia, la espera y el mal clima. Es probable que en otro grupo, un comienzo tan lleno de angustias hubiese, indefectiblemente, condenado el viaje. Sin embargo, lo que a otros hubiera desalentado, fortaleció y unificó a nuestra cuadrilla de inexpertos pero entusiastas exploradores. Las peripecias sirvieron para definir la que sería nuestra máxima como grupo: “nunca se deja atrás a un compañero”. ¡Y vaya que si la cumplimos!

No obstante, la inexperiencia y el entusiasmo serían probados una vez más a la hora de levantar las casas de campaña. En esa ocasión, el efecto unificador de las dificultades fue constatado en su sentido más directo, ya que nuestra incapacidad para armar dos de las cinco tiendas que llevamos, obligó a 6 de nosotros a dormir en espacios diseñados originalmente para 4. Pero, siendo honestos, nadie se quejó por ello.

Sin embargo, esta historia, la verdadera historia de los 13 expedicionarios que fuimos a Aspiro, empezó una vez que dejamos las labores de asentamiento y dedicamos un minuto a admirar el lugar.
El paisaje precioso estaba inundado de ese verde característico que solo se puede apreciar en la provincia más occidental. A nuestras espaldas quedaban las lomas del frente de montaña de la Sierra del Rosario, en cuyo interior se haya un sistema cavernario, que por su extensión no ha sido recorrido en su totalidad. Al otro lado se ubicaba el río Taco Taco que, como llegamos en un día lluvioso, estaba crecido, corría vertiginosamente y hacía a su paso un estruendoso sonido que envolvía toda la escena. Algo tienen los lugares como Aspiro que te inducen, casi instantáneamente, a un estado de paz interior y te sustraen del bullicio, el tropel y el sofocante ritmo de las ciudades. Sin dudas, este era un buen destino.

La faena del primer día no nos dejó tiempo para hacer mucho, así que el resto de la tarde, la pasamos relajándonos en una de las tantas pocetas naturales que tiene el Taco Taco a lo largo de su extensión. Para la preparación de la cena contamos con el concurso de pirómanos y alquimistas que, luego de más de dos horas, nos ofrecieron una suculenta espaguetada. Le tocó el turno, entonces, al tipo de la guitarra. El extenso repertorio del JuanK, que abarca géneros tan variados como canciones infantiles, trova, novísima trova, son, pop, rock, baladas, boleros, blues y Ricardo Arjona, nos permitió tener una velada bastante divertida.

Si tuviéramos que resumir el día siguiente en una sola palabra, me parece que trepidante se le acerca, pero no lo describe a cabalidad. Nos levantamos temprano, y en un santiamén ya estábamos desandando caminos y trillos. Para aquellos que han salido en excursiones similares con mujeres saben que “un santiamén” equivale a dos horas aproximadamente. Nos lanzamos al monte en busca de una cueva que prometía aventuras. Contábamos con la guía de Noel Rojas un espeleólogo-alpinista amante de la naturaleza que, como él mismo nos contó, ha cambiado las comodidades de su casa en La Habana, por la vida tranquila y sencilla que le brinda su Campamento a los pies de la Sierra del Rosario. Mientras nos adentrábamos en la montaña, Noel nos iba contando, con una cultura exquisita, sobre maravillas y rarezas arqueológicas que hay en nuestro país, y de las que nosotros no teníamos ni la menor idea.
El tiempo exacto que estuvimos atravesando maleza y subiendo por peñascos empinados no lo recuerdo con precisión, pudo haber sido media hora u hora y media. Al cabo de ese intervalo, nuestra guía decidió adelantarse para encontrar el camino más fácil hasta la entrada de la cueva. Sobrevino otro lapso indefinido en el que solo “el Necio” nos salvó del hastío. Cuando las anécdotas, las bromas, los chuchos y las canciones estuvieron a punto de agotarse, y la pregunta de ¿qué hago aquí? se asomaba en la mente de algunos, reapareció Noel para darnos la triste noticia que la cueva estaba tapiada con troncos que los lugareños habían arrojado. Bajamos de la montaña. Nos sumergimos en la poceta de la noche anterior con la misma devoción con que Jesús debió haber entrado en el Jordán para limpiar sus pecados. El agua refrescó la temperatura, alivió nuestros rasguños y nos devolvió el entusiasmo. Luego del chapuzón y del saoco preparado con unos cocos que tumbamos, ya estábamos listos nuevamente para seguir explorando la zona.

Motivados por Joel y el Póquer (alias el Joker), entendidos en la materia de la exploración y la espeleología, nos enrumbamos para la Cueva Serrano, que quedaba a…¡200 metros de nuestro campamento! En las cabezas del resto de nosotros martillaban preguntas como: ¿por qué?, ¿por qué no lo dijeron antes? En la Serrano nos enteramos que hablar de estalagmitas y estalactitas era para principiantes. En cambio, un piquete “pro” como el nuestro debería referirse a las eliptitas, las crestas, las coladas, las columnas, los sintern, y las campanas de disolución.
De la cueva nos dirigimos a devorar el manjar que el bondadoso Noel había preparado en el campamento. La temprana cena estaba compuesta del fruto del Árbol del Pan y de una sopa elaborada con berenjena y con las sobras de la espaguetada del día anterior; para nuestra sorpresa y disfrute, todo estaba absolutamente delicioso. Ya caía la noche cuando salimos rumbo a una micropresa situada río arriba. Lo poco que quedaba de la luz tenue del ocaso nos permitió apreciar la belleza y la inmensidad del Cañón del Taco Taco. Aunque la caída de agua de la micropresa, la rapidez de su torrente y la oscuridad aconsejaban cautela, uno a uno nos fuimos metiendo en el río; algunos, los más temerarios, probaron incluso los saltos de clavado. La sensación de peligro elevó la adrenalina colectiva, lo que llevó a los cantos grupales y a los juegos de participación. Nuestra visita a los rápidos del Taco Taco se convirtió en uno de los momentos más emocionantes del viaje.

A la noche le siguió el día, y con este, el fin de nuestra expedición. Ya era domingo y había que regresar. No obstante, hicimos un tiempito para una última visita al río, que nos dejó el buen sabor de la diversión infantil de jugar en el agua, columpiarnos en ramas y tirarnos por canales con el ritmo del “Ríkiti”.

Nos despedimos de Noel, de Aspiro, de sus cuevas y montañas, bajo una llovizna similar a la que nos recibió dos días antes. Sentíamos y sabíamos que nos faltó mucho por explorar y recorrer, pero nos íbamos complacidos de haber pasado un gran fin de semana. Los muchachos que salieron de La Habana, regresaron a ella convertidos en un grupo consagrado al excursionismo, que tras nuestro bautizo en la Sierra del Rosario, se propone ahora conocer cada recóndito paraje de esta bella Isla.

Banquete del fruto del pan o mapei.

Banquete del fruto del pan o mapei.

Cruzando el río Taco Taco.

Cueva Serrano.

En el campamento de Noel.

En el campamento de Noel.

La siesta.

La siesta.

Panorámica de tres pocetas.

Panorámica de tres pocetas.

Se acabó la actividad.

Se acabó la actividad.

Subiendo lomas.

Poceta cerca de casa de Noel.

Poceta cerca de casa de Noel.

Alto en la loma.

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