Excursión al Pan de Guajaibón en la 5ta. acampada del Movimiento Cubano de Excursionismo

Por Miguel Alfonso Sandelis

Luego de acordar que la quinta acampada del Movimiento Cubano de Excursionismo consistiría en un ascenso al Pan de Guajaibón y sabiendo que el Movimiento iba in crescendo, la mayor preocupación estuvo en cómo mover a tanta gente hacia un lugar más intricado que las otras cuatro acampadas. Cuadrar un camión podría costar que no cupiéramos todos. Cuadrar dos tenía el riesgo de que no los llenáramos, y entonces el pasaje por persona subiría de precio, pues de lo contario, los choferes no nos llevarían. Y la cantidad solo la sabríamos definitivamente el día de la partida.

Mis cálculos previos apuntaban a una asistencia entre cien y ciento diez personas. Por eso decidí cuadrar el camión más grande de los particulares que salen de Cien y Autopista a Pinar del Río. Y aunque en los últimos días temí que la cifra bajara, la suerte ya estaba echada: nos iríamos todos en un solo camión.

Otro gran reto era organizar a tanta gente en una guerrilla, aunque ya había experiencia de las cuatro acampadas anteriores. Como imponderable para una guerrilla estaba el hecho de no tener un río para bañarnos, sino un pequeño arroyo a medio kilómetro de distancia del lugar de acampada.

Dos rutas teníamos para llegar, ambas saliendo de la Autopista Habana-Pinar. Una llevaba a desviarnos hacia el circuito norte, pasando por Bahía Honda y cogiendo la carretera de Cacarajícara. La otra implicaba recorrer un mayor tramo de la Autopista, entrar por una carretera intramontana que pasa por el poblado de Mil Cumbres y concluir el viaje en el pueblito de San Juan de Sagua.

La fecha de la acampada la pasamos del tercero al cuarto fin de semana de noviembre por tres eventos que ocurrirían en la primera variante: la final del Premier Doce de Pelota, el clásico futbolístico Barça-Real Madrid y un concierto de Silvio Rodríguez con el Buena Vista Social Club.

Viernes 27 de noviembre del 2015

Un inoportuno aguacero comenzó a caer sobre varios lugares de La Habana, justo en la tarde de la partida, elevando mi preocupación porque el camión no se llenara. Pero al llegar al lugar de parqueo de los camiones a las seis y tres minutos, ya sin lluvia y con la noche cayendo, me encontré con un batallón de gente. Y allí estaba nuestro transporte con Titi, su chofer. La cuña donde viajaríamos era una cosa bien larga, pintada de verde. Por dentro, cuatro extensos bancos. La duda de qué recorrido hacer la despejó Titi: “Por San Juan de Sagua es muy largo”. Cacarajícara sería nuestra meta.

En Cien y Autopista a Pinar, antes de partir.

En Cien y Autopista a Pinar, antes de partir.

La gente siguió cayendo en el lugar, mientras la noche lo iba invadiendo todo. Dos de economía: Bety y Juan Carlo, llegaron pasadas las siete, pues venían de la marcha en homenaje a los ocho estudiantes de medicina. Un último excursionista llegó casi al salir. A las siete y dieciséis partimos en tremenda apretazón. Diez cujaeños se montaron casi de inmediato en el puente de la CUJAE.

El viaje se fue tornando bastante animado, sobre todo por los matemáticos, que no paraban de cantar canciones de todo tipo, incluyendo infantiles. En el entronque de Guanajay no aparecían los guanajeños, ¡vaya guanajada!, y valga la redundancia, pues los malnombristas que allí recogeríamos llegaron retrasados. Con ellos se completó la tropa: ciento once humanos y la perra Lía, un señor récord en guerrillas del Movimiento Cubano de Excursionismo. El récord anterior databa de la primera acampada en Jardín de Aspiro y era de noventa y un excursionistas.

Adentro de la cuña del camión.

Adentro de la cuña del camión.

Como ya el grupo estaba completo, le hablé a la gente parado en el medio de la cuña. Hice un rápido bosquejo del programa de la excursión y anuncié la distribución de la preparación de las comidas por grupo excursionista. El sábado los matemáticos prepararían el desayuno, los de Geografía y Biología juntos se encargarían de la merienda del mediodía y los malnombristas cocinaríamos los espaguetis de la noche. El domingo los de la CUJAE y los del Polo Científico prepararían el desayuno. Aunque de momento olvidé mencionar a los de Camping Cuba, ellos se encargarían de la merienda final del domingo. El maní a repartir en la cima del Pan lo picaría yo mismo.

El viaje siguió alegrado por los matemáticos y por las conversaciones de los conocidos que se saludaban más las nuevas amistades que se comenzaban a hacer. En Cabañas se hizo un alto para que algunos compraran algo de comer y tomar. Pasamos Bahía Honda, hasta que al fin entramos por la estrecha carretera de Cacarajícara: diecisiete kilómetros de curvas, algunas pendientes y centenares de baches. Al rebasar el caserío de Cacarajícara, la carretera se hizo más estrecha y los huecos más grandes. Ante una portada, el malnombrista Eduardo, quien viajaba en la cabina con el chofer y sus acompañantes, se bajó y la abrió. Seguimos la marcha, pasamos un secadero de café con su despulpadora, y después de dejar a un lado un biplanta, llegamos ante la unidad de militar donde le pondríamos fin a nuestro demorado viaje. Más de tres horas de traqueteo llevábamos adentro de aquella cuña. Un reconocimiento especial merecía la buena Lía, que se echó tranquila y así se estuvo todo el tiempo, apretujada entre varias piernas.

Nos bajamos con la demora de ciento once personas con todos sus bultos, más una perra. Al apearnos, pudimos ver las siluetas de las lomas que nos rodeaban, incluyendo las crestas occidentales del Pan de Guajaibón.

  La llegada a la unidad militar.


La llegada a la unidad militar.

Reno y yo entramos en la unidad militar, que era más bien una granja agrícola para recoger café. Allí pregunté por Gelasio, el jefe de la unidad, y como él no estaba, nos presentaron al segundo. Este me dijo que debía ir al biplanta, donde vivía Gelasio. Antes de ir, les dije a los organizadores de los grupos que recogieron los cincuenta pesos por persona. El viaje de los cuatro niños de la tropa, todos de Mal Nombre, era gratis, gracias a una concesión del chofer. Alexis y Edgardo se quedaron recogiendo y contando el dinero mientras yo iba a ver a Gelasio. Al llegar, vi una luz encendida, grité su nombre, subí al segundo piso, toqué en la puerta y nadie me respondió. Regresé a la unidad para volver al biplanta con el segundo suyo. Después de unos cuantos gritos, por fin el hombre se asomó. Me le presenté, le dije que el día anterior había hablado con alguien del Partido en Bahía Honda y el hombre pareció molestarse porque no le habían avisado. Después me dio un recital de todos los cargos que había tenido en su vida y finalmente me dijo que era solo una descarga suya, que podíamos quedarnos en un albergue que estaba vacío.

Volví a la unidad militar con el segundo, quien me abrió un albergue vacío de personas para que nos metiéramos todos, no sin antes alertarme de no hacer bulla, pues había gente en otros albergues, que tenían que trabajar al día siguiente. Nuestro albergue era largo, con literas y algunos colchones. Salí y le dije a Bety que le orientara a la gente cómo llegar a él. Mientras el grupo entraba, Edgardo y Alexis le pagaban al chofer con sus acompañantes. Estos dejaron la cuña parqueada en la calle aledaña a la unidad militar y se fueron en el camión con el acuerdo de recogernos en aquel lugar el domingo a las dos de la tarde.

Poco a poco los excursionistas se fueron acomodando, pero algunos de Camping Cuba me llamaron porque preferían armar sus tiendas de campaña y dormir fuera del albergue. Hablé con el segundo de la unidad y me dijo que eso no fue lo orientado por el jefe. Se los dije a los de Camping Cuba y ellos decidieron armar sus tiendas en las afueras de la unidad militar. Otros de Mal Nombre y de otros grupos se les sumaron, formando un pequeño campamento a la entrada de la unidad.

Con todo el mundo acomodado, la comida elaborada traída por cada uno comenzó a ser consumida, ya fuera individualmente o compartiéndose en grupos. Eso había sido lo previsto antes del viaje: la primera noche se comería lo que cada uno llevara y el resto de las comidas sería colectiva. Como en el albergue no había luz, nos alumbramos con nuestras linternas.

Acomodándonos en el albergue.

Acomodándonos en el albergue.

Con David el mecánico de protagonista, un grupito salió de la unidad y formó una descarga a guitarra. En el albergue fueron los matemáticos quienes alargaron la noche con su bullicio.

Sábado 28 de noviembre

Los descarguistas estuvieron cantando unos horas más después de la media noche, a pesar de que el frío fue aumentando con el paso del tiempo. A las tres de la madrugada ya todo estaba en silencio.

Al aclarar, la gente se fue despertando sin presión. Una nube alargada abrazando al Pan de Guajaibón le dio un toque pintoresco al amanecer y varios captaron el bello espectáculo. Desde el noreste avanzaba un cúmulo de nubes algo oscuras y comenzó a llover, deteniendo la salida de la gente del albergue. Pero la lluvia no fue fuerte y duró poco.

Sin perder tiempo, atravesé la unidad militar por dentro y tomé el camino que lleva a la base del Pan, para ver en qué estado estaba. Avancé unos trescientos metros hasta un pinar, dejé dos flechas de madera puestas en sendos entronques y regresé a la unidad con la confianza de que el camino estaba en mejores condiciones que en el año 2008, cuando los malnombristas estuvimos en la zona luego del paso reciente de dos devastadores ciclones.

Los matemáticos, Bety y Juan Carlo por Economía, Lisandra por Comunicación Social con un acompañante, y yo, nos fuimos a la plataforma de la plaza de la unidad militar y allí preparamos el desayuno. Abrimos un nylon ecológico que nos dio Yanieyis y lo estiramos sobre la plataforma. Galletas con dulce de guayaba y con mayonesa, además de refresco, conformaron el menú. La gente fue cogiendo su ración de galletas y Bety repartió el refresco. Hubo doble de galletas y de un tin de refresco. A Reno y a Abelito, ambos de Caming Cuba, se les vio captando en imágenes momentos de la organización del grupo en la mañana. Aunque había varios con cámaras, sin dudas ellos serían los foto reporteros principales de la tropa. Abelito, demás, llevaba un trípode.

Todos los matemáticos, dos económicos y una comunicadora prepararan el desayuno en la unidad militar.

Todos los matemáticos, dos económicos y una comunicadora prepararan el desayuno en la unidad militar.

Cuando parecía que no quedaba más que partir a recorrer los cinco kilómetros que median entre la unidad militar y la base del Pan de Guajaibón, la mochila de Lorenzo se rompió y Yaser tardó unos minutos en remendársela. Confiando en la experiencia guerrillera de ambos malnombristas, que ya habían subido el Pan, y luego de designar a Edgardo, Héctor y Denis como retaguardia, di la partida, llevándome encima un machete que Alejo me dio, con su vaina.

Salimos todos por la puerta trasera de la unidad y tomamos el camino que conduce a la base del Pan. Al principio la senda era ancha, pero tras pasar los dos entronques en los que dejé flechas, subir hasta el pinar y doblar a la izquierda, el camino se cerró, teniendo a las matas de aroma con sus espinas, como perennes acosadoras de los caminantes.

Saqué entonces el machete y comencé en la delantera a despejar la senda de marabú en los sitios donde las ramas se interponían. Por suerte, era poco lo que había que cortar. En los tramos allanados el fango salía a relucir. Como íbamos de uno en uno por la estrechez del camino, la distancia del primero al último era notable.

Avanzábamos por un firme que mostraba en su ladera izquierda un apreciable descenso. Luego de media hora de camino, comenzamos a ver a nuestra izquierda la alargada y rocosa montaña del Pan de Guajaibón. A la derecha, el declive llevaba al llano. Luego de rebasar la mitad del trayecto, nos cruzamos con unos guajiros en mulo, que estaban acompañados por un amistoso y flaco perro.

Camino a la base del Pan de Guajaibón.

Camino a la base del Pan de Guajaibón.

Pasada la hora de camino hicimos un descenso y llegamos hasta un arroyo que sería nuestra fuente de agua durante la acampada en la base del Pan. En el lugar, el suelo era de concreto y tenía empotrados adentro unos grandes tubos por donde pasaba el agua del arroyo sin erosionar el camino. Solo nos quedaba medio kilómetro para la llegada. Algunos tomaron agua allí.

Cuando ya estábamos llegando a la base, vimos un trillo que parecía cortar camino. Me adentré por él y aprecié que en un sitio el fango era notable, pero había espacio para rebasar el tramo sin mucha complicación. Le grité a la gente que podían coger por cualquiera de los dos lugares. La mayoría se fue por el camino más corto, mientras Alexis y Daniela siguieron la senda ancha. Para evitar que ellos se pasaran, fui hasta el entronque de los caminos anchos y les hice señas para que entraran.

Finalmente llegamos todos a la base del Pan, donde un alargado césped se presta para hacer la acampada masiva que teníamos prevista. Allí hallamos un bohío, una placa sobre el suelo y una casita algo maltrecha, más pequeña. El bohío pertenecía a los hombres que nos habíamos tropezado por el camino. En el lugar, el panorama lo cierra una abrupta ladera del Pan, con un tramo completamente rocoso, que tiene a unos veinte metros de altura la boca de una cueva.

Vista de la ladera del Pan y la cueva desde la base de la loma.

Vista de la ladera del Pan y la cueva desde la base de la loma.

De inicio no se armaron las tiendas de campaña, pues si todos subíamos, no habría nadie para cuidarlas. En ese caso, la variante sería dejar las mochilas ocultas en el monte. Yaser y yo buscamos un poco de leña para cocinar los espaguetis de la tarde y la juntamos en una cocina rústica techada para que no se mojara, en caso de llover.

Llamé a la gente y nos agrupamos en los alrededores de las casas y la placa, para tener un encuentro donde pudiéramos conocernos más. Inicié el momento hablando de la historia de la zona: del cruento combate de Cacarajícara en la Guerra del 95, de la acampada de Maceo y su columna invasora en la cueva de La Lechuza, y del ajusticiamiento del bandido Cara Linda durante la lucha contra bandidos. Eduardo, de Mal Nombre, habló del machete que dejó en la cima Antonio Núñez Jiménez y de que Fidel, cuando estudiaba en el Colegio de Belén siendo un adolescente, se lo encontró en su subida al Pan. Después fui presentando a cada grupo participante en la acampada, con sus representantes. Por Matemática estaba Laura; por Geografía, Álvaro; por Biología; Jandro; por Economía, Bety y también Juan Carlo, quien es el Presidente dela FEU de la Universidad de La Habana; por Comunicación Social, Lisandra. A los de la CUJAE los sumé en un solo grupo dirigido por Edgardo, aunque había estudiantes de las facultades de Eléctrica, Industrial, Mecánica, Informática y Civil. Por Camping Cuba, Reno; por La Guerrilla del CIGB, Alejo, el más veterano de la tropa con setenta y uno años; por el CIM solo estaba El Chino. También mencioné a Mal Nombre, mi grupo. Después Reno y el Guille hablaron de las opciones digitales del Movimiento Cubano de Excursionismo y de la importancia de enviarnos fotos y videos para publicarlos.

Encuentro en la base del Pan.

Encuentro en la base del Pan.

Terminado el encuentro, los geógrafos y los biólogos comenzaron a preparar una merienda, para lo cual algunos varones tuvieron que recorrer el medio kilómetro de distancia que media hasta el arroyo, a buscar el agua para hacer el refresco. En el arroyo llenaron de agua mi tanqueta de catorce litros y dos pomos de cinco litros cada uno. Encima de un nylon estirado sobre la placa de concreto, las muchachas prepararon galletas con dulce de guayaba y con pasta de bocadito. Cuando todo estuvo listo, se repartió la merienda y tragamos.

Casi a punto de partir para la loma, Eduardo me dijo que no subiría. Él andaba con una cojera debido a una hernia discal que lo tenía al borde una operación de columna. Se lo dije a todos en voz alta y la gente fue dejando las mochilas y las tiendas de campaña donde mejor les pareció.

Pasada la una de la tarde ciento diez excursionistas y una perra partimos rumbo a la cima. Nuevamente la retaguardia estaría formada por Edgardo, Héctor y Denis. Cruzando una cerca que evitaba el escape de unos cuantos puercos, nos adentramos en el monte siguiendo el camino. Fuimos girando hacia la izquierda sin mucha pendiente, hasta que el camino se inclinó bastante, ya en plena ladera. Continuamos subiendo bajo una elevada vegetación y viendo grandes piedras blancuzcas por todos lados. La tropa se comenzó a estirar a medida que los corazones iban latiendo con más fuerza. Ascendimos un tramo fuerte, tirando algo a la izquierda, hasta que dimos un giro a la derecha en una zona con menos piedras y más maleza debajo de los árboles. No obstante el camino estaba bien definido. Yaser iba en la punta llevando un paso de respeto, que era difícil mantener.

En pleno ascenso.

En pleno ascenso.

Poco a poco fuimos pasando por un sitio donde había unos motores llenos de herrumbre, desde el cual se tenía una bella vista hacia el norte, incluyendo el mar en la visión. Siguiendo la marcha, los de la delantera pasamos junto a las ruinas de una casa hecha de prefabricado y comenzamos a ascender una escalera de concreto. La retaguardia se quedó junto a los motores, acompañando a David y a su novia, que estaba algo cansada. Alexis por su parte, le iba dando ánimos a Olivia, que con sus once años de edad se estaba sintiendo la loma. Amelie con once y Daniela con trece, subían sin frenos, amparadas en su ya suficiente experiencia guerrillera. Yanieyis, como siempre, cargaba a Samuelito en la espalda, quien tenía tres años cumplidos. Otros iban desempeñando la vital labor dar el apoyo necesario en los pequeños grupitos formados al azar.

Entrándole a la escalera de concreto, muy cerca de la cima.

Entrándole a la escalera de concreto, muy cerca de la cima.

Yaser llegó a la cima antes de la hora, y los que le seguimos, unos minutos después. Yo regresé un tramo para darle alientos a los que iban llegando. Poco a poco fue pasando la gente en dirección a la cumbre, hasta que nos reunimos los ciento diez y Lía en la cima del Pan de Guajaibón. La impresionante vista nos conmovió, tanto a novatos como a veteranos. La Sierra del Rosario estaba a nuestros pies. La pureza del aire, el intenso verde de las montañas, la meseta de Cajálvana al oeste, la línea costera al norte, el inmenso mar detrás, la cercanía humana, los lazos estrechados, todo junto, eran demasiadas razones para gastar el esfuerzo de pararnos en aquellos seiscientos noventa y nueve metros de altura sobre el nivel del mar. Y allí, contemplándonos orgulloso, estaba Maceo en su busto erigido, confiando en que su brazo y su mente, a través de los jóvenes, sigue abriendo camino.

La cima rocosa permitía admirar el paisaje en toda su extensión. Los restos de un radar aún posaban cerca del monumento a Maceo. En un nivel inferior había una casa destartalada y hacia su techo nos fuimos todos a disfrutar del delicioso ambiente de la cima. Las barras de maní previstas para la ocasión salieron a la intemperie, un nylon fue estirado sobre la placa, un cuchillo me fue facilitado y con calma piqué las barras para formar un ansiado tiroteo.

El busto de Maceo en la cima del Pan de Guajaibón.

El busto de Maceo en la cima del Pan de Guajaibón.

Después de tragarnos el trozo que nos correspondía y de que hubiera doble, vinieron las fotos en grupo. Abelito, quien había subido con su trípode, fue relegado por el Reno, que parado sobre unas rocas, logró una mejor posición para tirarnos las fotos colectivas, o más bien, masivas.

El grupazo en la cima del Pan de Guajaibón.

Aunque el lugar y el momento eran como para no irse nunca, había que partir. Edgardo me preguntó si él, Héctor y Denis debían seguir de retaguardia y les dije que los sustituiría para que cogieran un diez en la bajada. Pero olvidé poner sus sustitutos, y sin retaguardia, pasadas las cuatro de la tarde, comenzamos el descenso.

Yaser volvió a tomar la punta, en ese momento con la necesidad de llegar temprano para comenzar a cocinar espaguetis para ciento once personas, lo cual era un gran reto. A mitad de la tropa íbamos Laura, Bety, Juan Carlo y yo, dándonos chucho sin parar, en un interminable debate por ver quién es mejor, si la CUJAE o la Universidad de La Habana, o cuestionando por mi parte a los que estudian economía, entre otros temas. A varios en la tropa la adrenalina les subió en el descenso de los tramos más inclinados.

Un tramo complicado del descenso.

Un tramo complicado del descenso.

La mayor parte de la gente llegó de día al campamento, pero aún quedaban algunos retrasados. Los malnombristas nos dispusimos de inmediato a preparar la comida, mientras las tiendas de campaña iban llenando de colorido el césped del área de acampada. La cocina techada llenó de humo a Yaser, por lo que pasamos los calderos para otra instalación cocinera que había al aire libre. Picando los perros calientes y preparando las sazones estaban otros malnombristas.

Cuando la tarde iba muriendo, supe que Mayte aún no había llegado, pues bajaba con problemas en las piernas, acompañada por Alejo y por un muchacho que se había hecho una herida con un machete. Llamé a Héctor para que me sustituyera en la cocina y partí con otro más a buscarlos, llevándome yo dos linternas y él una.

Después de avanzar unos cientos de metros, ya de noche, dimos con ellos. Entre Alejo y el herido, calzaban a Mayte al dar cada paso. La herida no era grande, por suerte. Le di mi muleta a Mayte y ella siguió bajando con ayuda. Llegamos por fin al campamento y volví a la cocina.

Como la cantidad de personas para servirles era tan grande, acordamos que cuando tuviéramos una tanda de cada cosa a repartir yo empezaría el tiroteo mientras los cocineros seguirían con su labor. Así hicimos y antes de las nueve de la noche comencé a repartir los espaguetis y la carne en salsa, y Lorenzo el refresco, mientras la cocina de los espaguetis y la preparación de la carne en salsa continuaban. El refresco no alcanzó y Héctor tuvo que buscar más agua al arroyo. La cocina iba “viento en popa y a toda vela”, gracias en gran medida a un tambuche de aluminio llevado por los matemáticos, en el que cabían de una sola vez más de diez paquetes de espaguetis.

Mientras la comida se preparaba, mucha gente fue a bañarse. Un grupo de geógrafos partieron en busca del arroyo, pero equivocaron la ruta y estuvieron perdidos un buen rato, andando y desandando el terraplén que lleva hasta el poblado de San Juan de Sagua. Al regreso de la pérdida desistieron del baño. Este despiste y otra pérdida que tuvieron buscando el salto del San Claudio, al cual nunca llegaron, les hicieron ponerse un nombre acorde con sus deslices: “Lost excursionistas”.

Pero el despiste no fue de ellos solamente. Bety, Laura y una pareja de matemáticos siguieron la misma ruta errada, aunque avanzaron menos y recurvaron hasta encontrar el arroyo. Los cuatro regresaron cuando se estaba terminando la repartición de la segunda tanda, y aunque a Bety y a Laura les preguntamos por la demora, callaron lo de la pérdida para evitar el consiguiente “chucho”. Cuando les serví a las dos, les pregunté si faltaba alguien más, y pensado en que los dos matemáticos ya habían cogido la comida, me dijeron que no. Pero al poco rato se apareció la pareja cuando ya se habían acabado los espaguetis.

Después de asegurarles que tendrían su cuota, algunos nos dispusimos a cocinar un paquete más de espaguetis. Yaser quería hacer más paquetes en mi caldero, pero le dije que eso sería un rollo para repartir y lo importante era que la pareja tuviera lo suyo. Como quedaba mucha carne con salsa para el doble, me convencieron diciéndome que los espaguetis que sobraran los mezclaríamos con la sala para repartirlo todo en el doble. Cocinamos entonces seis paquetes.

Al terminar, llamamos a la pareja de matemáticos y les servimos. Cuando todo estaba listo para repartir los espaguetis con salsa que quedaban, Héctor me hizo el comentario de que había escuchado que faltaban unos biólogos por comer. Mandé a averiguar y al poco rato se aparecieron tres biólogos. Al acercarse, les pregunté: “¿De qué tamaño era la chambelona que ustedes se estaban comiendo?”. Me miraron con una cara de infelices, que decidí no seguir con el cuero. Me contaron que fueron dos veces a buscar la comida, justo en las dos ocasione en que esta se acabó. Les dije que en nuestras guerrillas nunca nadie se quedaba sin comer. Héctor les dijo que aunque no quedara más nada de comida, los que estaban comiendo paraban y le donaban cucharadas hasta lograr la cuota de los faltantes.

Pero el despiste del trío daba para más. Para recibir su cuota solo andaban con un cacharro mediano para los tres, en el que no cabía todo lo que les tocaba. Además, no tenían envases para el refresco. Les dije que con tantos que ya habían comido, debieron pedirle módulos a su gente. Eso hicieron, regresaron equipados y se llevaron sus cuotas, terminando así el trabajo de Mal Nombre.

En lo que la gente se preparaba para dormir, un piquete se agrupó alrededor de la guitarra y comenzó una descarga.

Descarga nocturna a guitarra.

Descarga nocturna a guitarra.

Domingo 29 de noviembre

La descarga a guitarra terminó poco después de la medianoche. Tras los últimos acordes, los descarguistas se fueron a acostar y el campamento quedó en silencio. De madrugada cayeron algunas lloviznas, que solo sirvieron para poner alguna tensión en quienes nos despertamos, pero nada más.

Comenzó a clarear y la gente se fue despertando poco a poco. Los de la CUJAE, con Edgardo al mando, comenzaron a preparar el desayuno. Como el agua era escasa, algunos varones tuvieron que ir a buscar al arroyo para hacer el refresco. Al quedar poco refresco en polvo, eché en la tanqueta todo el azúcar que encontré y entre la tanqueta y dos pomos de cinco litros fui mezclando el líquido hasta lograr darle sabor al refresco en cada recipiente. Galletas con dulce de guayaba y con mayonesa completaron el desayuno, que al estar listo, fue repartido.

Amanecer en la base del Pan.

Amanecer en la base del Pan.

Como lo acordado con el chofer del camión era que nos recogiera a las dos de la tarde en la unidad militar, teníamos bastante tiempo para hacer algo en la mañana. Otra opción era llamar al chofer para adelantar la recogida, aunque esa variante dependía de que pudiéramos comunicarnos. Desde el día anterior, Jandro, el geógrafo, me había mostrado su interés de ir a la cueva Canilla, junto a la cual corre un río que sale de las profundidades de la montaña.

Le hablé alto a la gente, explicando las dos variantes y propuse votar por la que cada cual prefiriera. Aunque no votó todo el mundo, entre los que lo hicieron se manifestó una preferencia por ir al río y a la cueva. Después de unos minutos empleados por la gente en organizar sus cosas, partimos más de setenta excursionistas en busca del río y la cueva Canilla, mientras el resto se quedaba en el campamento. Alejo, que estaba entre los que se quedaban, me dijo que partiría temprano con Mayte para la unidad militar, para poder estar a tiempo, pues ella seguía con problemas en las piernas.

Los setenta y pico tomamos el terraplén en dirección al poblado de San Juan de Sagua. En 1995 yo había estado con Mal Nombre acampado en la cueva Canilla. En aquella ocasión exploramos las cuevas Canilla y La Lechuza. Con lo que recordaba, hice un estimado de al menos dos kilómetros de distancia entre el campamento de la base del Pan y Canilla.

Sin carga en las espaldas y andando por un terreno bastante llano, nos movimos con un buen paso. Rebasamos primero una lagunita ubicada a la izquierda del camino, después el entronque que lleva por la derecha hasta el poblado de La Mulata y luego otro entronque con un camino que entra por la izquierda en dirección a la loma. En algunos tramos el fango era notable, pero siempre había una vía para evitarlo.

Esquivando el fango en la búsqueda de la cueva Canilla y el río.

Esquivando el fango en la búsqueda de la cueva Canilla y el río.

En un lugar bastante enfangado vimos una acera de concreto que llegaba por la izquierda al terraplén, y avancé por ella unas decenas de metros hasta detenerme frente a un monumento. Llamé a la gente y nos reunimos todos en el lugar. El sitial estaba dedicado a unos jóvenes revolucionarios que fueron asesinados solo tres días antes del triunfo de la Revolución. Junto al monumento nos tiramos unas fotos de grupo.

En el monumento a los revolucionarios asesinados por la dictadura batistiana.

En el monumento a los revolucionarios asesinados por la dictadura batistiana.

Siguiendo la marcha, nos tropezamos con el entronque con otro camino que llegaba al terraplén por la izquierda y entré con Héctor a reconocer la zona. Avanzamos bajo una gran arboleda hasta la cercanía de la ladera de la montaña. Vimos una goma de camión tirada en el suelo, pero nada de la cueva, y volvimos al terraplén.

Como la distancia recorrida ya me estaba preocupando, decidí regresar a explorar el primer camino que se dirigía a la montaña. En pleno regreso, nos alcanzó un hombre que cargaba un jolongo, quien nos dijo que no habíamos llegado aún a Canilla, que nos faltaban unos dos kilómetros. Algunos decidieron regresar al campamento, pero la mayoría volvimos a la carga, tomando la dirección de San Juan de Sagua. Pare evitar un desliz, Yaser y Juan Carlo se fueron delante con el hombre. Luego de unos minutos de camino, nos tropezamos con otro lugareño, el cual iba en sentido contrario al nuestro y nos confirmó la dirección correcta, agregando que nos faltaba poco más de un kilómetro por llegar.

Pasamos un tramo sin árboles, donde un césped cubría el terreno. El terraplén volvió a adentrarse en el monte y por fin llegamos al riachuelo. Allí estaba Juan Carlo esperando mientras Yaser había ido a la cueva guiado del hombre. Con Leo, el químico, cogí el trillo de la cueva, pero este entroncó con otro amino que le llegaba por la izquierda, por el que avanzamos unos metros hasta ver una espléndida poceta. Antes de llegar ya me estaba quitando la ropa. Me tiré al agua con furia y en pocos minutos la poceta fue invadida por los excursionistas. Algunos, con el baño, nos quitamos el churre del día anterior, pues habíamos volado turno. Un peñasco nos sirvió para echarnos unas tiradas desde más de tres metros de altura. Las cámaras fotográficas entraron en acción. El verde-azul del agua de la poceta se tornó carmelita. La poceta era justamente el lugar por el que el río salía de la montaña, luego de hacer un recorrido subterráneo.

En la riquísima poceta.

En la riquísima poceta.

Laura y yo nos fuimos en busca de la cueva, pero llegamos a una chica, que no era la que yo conocía del año noventa y cinco. Después Yaser nos reorientó y fuimos con él y Leo hasta la verdadera Canilla, que estaba ubicada más arriba. En su interior vimos un tanque concreto para almacenar agua, un balcón hacia el exterior y una escalera que llevaba hasta un nivel superior. Aquella sí era la Canilla que yo conocía. Otra boca de cueva había más a la izquierda y hasta allí fuimos también.

Pero ya eran más de las once de la mañana y nos faltaba un mundo para regresar a la unidad militar. Salimos de la cueva y fui hasta la poceta a agitar a la gente para terminar el baño. La gente fue saliendo por grupitos y comenzó la caminata de regreso. Sin confusión como en la ida, y conversando casi todo el tiempo, la vuelta se nos fue de prisa.

Al llegar al campamento, una parte de los que no habían ido a la poceta, estaban de regreso a la unidad militar, incluyendo a Mayte, lo cual era muy conveniente. Antes de irse habían hecho un poco de guardia vieja. A esa hora el hambre en la tropa estaba exacerbada. Abelito me habló para hacer una merienda, pero le dije que lo mejor era llegar a la unidad militar, pues ya no estábamos todos juntos.

Recogimos lo que quedaba de campamento, algunos completaron la guardia vieja y partimos de la base del Pan de Guajaibón. Tomamos un trillo que me mostró Héctor, que cortaba más que el del día anterior. Llegamos al terraplén y seguimos hasta detenernos en el arroyo. Algunos tomamos agua y reabastecimos.

El trayecto de vuelta a la unidad se nos fue más rápido que en la ida, pues el camino estaba algo más despejado. Algunos llegaron antes de las dos de la tarde a la unidad militar y otros lo hicimos unos minutos después. Al entrar a la unidad le mandé un agradecimiento a Gelasio, el jefe, de parte del grupo, por las facilidades brindadas. Allí estaba el chofer con sus acompañantes; ya habían enganchado el camión a la cuña y esta estaba casi llena de excursionistas.

Como el hambre estaba disparada, le dije a los del Camping Cuba que prepararan una última merienda, aunque sin refresco. Reno llamó a su gente y pusieron manos a la obra. Galletas con dulce de guayaba sería el último reducto a consumir. Después que cada cual cogió su ración, quedaron galletas y barras de guayaba liberadas. Las galletas sobrantes las subimos al camión para comérnoslas en el viaje.

A punto de iniciar el regreso.

A punto de iniciar el regreso.

A la par, Yaser, Alexis y Edgardo organizaron la recogida del dinero para pagarle la chofer. Al sumar el total, faltó el dinero de cuatro. Héctor y yo pedimos que quien no hubiera pagado, lo hiciera, pero no obtuvimos respuesta. Saqué entonces un fondo de Mal Nombre que yo llevaba encima y completé la cifra.

Tres matemáticos llegaron de último. Dos de ellos cargaban el útil tambuche que permitió hacer los espaguetis más rápido de lo imaginado. Si fuera por mí, pondría el tambuche como medio básico para las acampadas, pero para la próxima debíamos rotárnoslo al cargarlo.

Los que quedábamos abajo subimos y partió el camión con los ciento once y Lía, un poco después de las tres de la tarde. Íbamos algo menos apretados que en la ida, al parecer porque nos acomodamos mejor. Las animadas conversaciones dentro de la cuña mostraban cuántos se habían estrechado los lazos de amistad en solo un fin de semana, incluso entre quienes no se conocían. Para seguir los contactos, nos pasamos cuentas de correos y número telefónicos de las casas y de los móbiles.

Rodando entre Bahía Honda y Cabañas se desató un fuerte aguacero y tuvimos que bajar las lonas de los laterales. Por llamadas de los móbiles supimos que en La Habana había llovido bastante el fin de semana. No podíamos quejarnos, a nosotros el tiempo nos fue de maravillas.

Ya en la Autopista, se bajó gente en los puentes de Guanajay, Bauta, Novia del Mediodía, Arroyo Arenas y la CUJAE. Completamente de noche y bajo una lluvia pertinaz llegó el camión a Cien y Autopista. Allí nos despedimos y cada cual partió a buscar una vía para llegar a casa.

Terminaba así la quinta acampada del Movimiento Cubano de Excursionismo, la más masiva de todas. Las ganas de volvernos a ver eran notables. La próxima fiesta en mi casa sería una oportunidad propicia para ello. Por dentro nos quedaba una huella grata e indeleble de lo vivido y la convicción de que nada es imposible cuando se juntan la amistad, el espíritu colectivo, la fuerza de voluntad y las ganas de hacer aventura en esta bella isla, aunque pasemos de cien a la hora de hacer los espaguetis.

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