Experiencias de un ascenso sui géneris al Turquino

Por Sandelis

Ir y regresar en una fuerte caminata por una misma senda, es una provocación para que los más extenuados física y/o psíquicamente se queden en el camino esperando por la vuelta del grupo, sin completar la trayectoria. Si la caminata es el ascenso y descenso del Turquino en un mismo día por su vertiente sur, la provocación sube de tono, pues son unos 23 kilómetros entre la ida y la vuelta, con grandes pendientes y solo dos puntos de abastecimiento de agua. Si el grupo alcanza los 40 integrantes, está formado por subgrupos que no se conocen entre sí, solo cinco integrantes han subido antes al Turquino y muy pocos tienen alguna experiencia guerrillera, el reto se multiplica. Y si entre la composición del grupo hay un niño de 5 años y una de 8, un veterano holguinero de 64 y otros cinco rondando los 50 (entre los que me incluyo), para qué decir más.

Con esas nefastas premisas, el sábado 12 de diciembre del 2015, a las 6:40 de la mañana, partimos desde Las Cuevas 26 habaneros, 8 holguineros y seis camagüeyanos, con el reto de conquistar la mayor altura de Cuba. La hora de por sí ya era un buen rollo, pues en esa época del año la noche llega alrededor de las seis de la tarde. Es decir, las posibilidades de que nos cogiera la noche en el regreso eran altísimas. Y así ocurrió.

Subiendo al caney de Flora y Fauna en Las Cuevas, antes de iniciar el ascenso al Turquino.

Subiendo al caney de Flora y Fauna en Las Cuevas, antes de iniciar el ascenso al Turquino.

Al campamento de La Majagua, a tres kilómetros y medio del punto de partida, llegamos los primeros a las 7:36 de la mañana, y los últimos, a las 8:09, es decir, 33 minutos después. Marlenis, con sus 53 años, puso la nota más preocupante, al llegar bastante cansada. Pero al preguntarle cómo se sentía para seguir, no dudó en decirme que ella no paraba hasta el Turquino. En fin, en el primer punto de descanso, con agua, techo y gente que allí vive, es decir, suficientes elementos sediciosos como para que se quedara gente sin seguir el ascenso, nadie abandonó la marcha.

Descanso en el campamento La Majagua.

Descanso en el campamento La Majagua.

Vino una subida de otros tres kilómetros y medio hasta el Alto del Caldero, donde el tramo conocido como “El Saca Lengua” puso a prueba a novatos y veteranos. Al nuevo descanso llegamos los primeros a las 9:29 y los últimos a las 10:22, habiendo 53 minutos de diferencia (20 minutos más que para el primer descanso). Pero en El Caldero es difícil que alguien se quede, pues allí no hay ni techo, ni agua, ni gente; solo unos banquitos y un buen espacio para el descanso. Y seguimos loma arriba los 40.

Comenzando a subir el “Saca Lengua”.

Comenzando a subir el “Saca Lengua”.

La última gran provocación para que algunos desistieran de seguir lo constituía el campamento del Pico Cuba, a dos kilómetros de distancia del Caldero. A ese lugar llegó Alfredo, el más veterano de la tropa, completamente extenuado. Con 64 años, aquel era su primer intento de subir al Turquino, y el hombre, además, fumaba. Los primeros llegamos a las 11:26 y los últimos, con los que venía Alfredo, a las 12:26, es decir, con una hora exactamente de diferencia (7 minutos más que el tiempo entre primeros y últimos en el alto anterior), a pesar de que la distancia es 1.5 kilómetros menor a la que hay entre La Majagua y El Caldero.

Una merienda en el campamento del Pico Cuba.

Una merienda en el campamento del Pico Cuba.

En el campamento del Cuba hablé con la hija de Alfredo y con su yerno. Ambos me dijeron que Alfredo estaba decidido a seguir. La niña de 8 años había llegado al lugar quejándose; su psiquis no estaba preparada para aquella travesía. Pero Meilyn, la madre, no le dio margen a la deserción. Dieguito, el más pequeño, la pasaba mejor, aunque de vez en cuando, la madre, y principalmente yo, lo teníamos que cargar. Marlenis estaba bastante cansada, pero no iba a renunciar a la meta a esa altura de la caminata. Otros también estaban liquidados, pero a nadie se le ocurrió poner la nota discordante.

La suerte estaba echada: la tropa entera iba en pos del Turquino en los últimos casi dos kilómetros de travesía, pero la noche cogería irremediablemente en el camino, al menos, al grueso de la tropa.

El Paso de las Angustias entre los picos Cuba y Turquino.

El Paso de las Angustias entre los picos Cuba y Turquino.

Antes de las dos de la tarde llegamos los primeros al techo de Cuba. Allí estaba el monumento a Martí, con su busto del Maestro encima. Allí sentimos la emoción de siempre, ya sea en novatos o veteranos en la escalada. El cansancio fue incapaz de empañar la alegría. Vinieron los abrazos, las fotos, los buches de agua, el turrón de maní y hasta dos canciones de la Nueva Trova interpretadas por el yerno de Alfredo.

Para el descenso, dije que todo el que se sintiera bien, partiera sin demora para evitar que le cogiera la noche en el camino. Alexis iría en la punta halando a los que partieran delante, mientras yo me quedaría con la retaguardia.

Alegría en la cima del Turquino. Lo más duro vendría después.

Alegría en la cima del Turquino. Lo más duro vendría después.

Bajando la falda del Turquino se produjo un tranque en la tropa. La causa era Emely, la niña de 8 años, que estaba dando una soberana perreta. En el campamento del Cuba se destrabó el nudo y varios pudieron seguir sin frenos, aunque Emely comenzaba ya a calmarse.

El grupo de la vanguardia, con Alexis y su hija Daniela de 12 años en la punta, pasó el Caldero y La Majagua sin detenerse y enfrentaron el terraplén final con algo de luz solar. Finalmente pudieron llegar a Las Cuevas con lo que quedaba del crepúsculo. Alexis regresó un tramo para ayudar a un muchacho de Camagüey, que bajaba reventado del dolor por un cólico nefrítico.

A los de la retaguardia y a otros grupitos nos cogió la noche aún sin llegar al Saca Lengua. Con varias linternas seguimos hasta entrar en La Majagua. Allí hablé con un lugareño para ver si podía bajar a Alfredo hasta Las Cuevas en algún animal. Pero el hombre me dijo que su caballo acababa de llegar con cojera de una travesía.

Tras un descanso de algunos minutos, seguimos la marcha; pasamos un camino de monte, continuamos por el pedregoso terraplén y a las 9:15 de la noche llegamos finalmente a Las Cuevas, concluyendo así la odisea de los 40 caminantes.

•••

Lo que, tras un análisis frío y detenido, puede parecer casi un imposible, se logró: los 40 subimos al Turquino y bajamos en el día, a pesar de todos los cálculos en contra. ¿Dónde radicó el éxito? Responder esa pregunta puede servir para futuros grupos excursionistas que intenten algo parecido. Esa es la principal razón de este artículo.

El azar influyó en más de un sentido. Aunque el día anterior llovió bastante y dejó enfangados varios tramos del camino, en la jornada de nuestra caminata el tiempo se comportó espléndido. Por otra parte, asumir a los ocho holguineros y a los seis camagüeyanos en el grupo era lo que nos correspondía por un elemental sentido de solidaridad, pero a la vez era un gran reto, pues no conocíamos la calidad humana de ellos. Para suerte nuestra, resultaron ser gente de mucha valía.

A partir de estos dos elementos causales, analizaré otras razones del éxito que están alejadas del azar.

El logro de cualquier empresa depende, en gran medida, de su preparación. Recuerdo que una vez una malnombrista formó parte de una excursión al Turquino en la que ocurrió una división del grupo por criterios contrapuestos. Al verme en La Habana, ella me preguntó que yo habría hecho en aquel momento para evitar la división. Le respondí que lo más importante no era lo que hubiese hecho allí, sino lo que hubiese hecho antes de partir el grupo. Con una explicación previa de cómo debía funcionar el grupo en el monte, y por supuesto, con su posterior puesta en práctica, se pudo haber evitado la división.

La mayoría de los 26 habaneros que subimos al Turquino teníamos como principal procedencia el Comité Provincial del Partido en La Habana. Jóvenes mecánicos del taller, secretarias, choferes, técnicos y especialistas administrativos conformaban la tropa, en lo esencial. Con ellos me reuní antes del viaje y les expliqué cómo debía funcionar el grupo en el monte. Les dije también que llevaran linternas, por si nos cogía la noche en la caminata; ¡santas palabras! Ya tenía yo la experiencia de la excursión al Pico Tuerto, que con solo cuatro luces para 32 guerrilleros tuvimos que navegar de noche en tres botes (uno de ellos sin remos) por la presa Hanabanilla y recorrer un sendero de más de un kilómetro con cinco cruces de un riachuelo, pues no previmos que nos cogiera la noche en la travesía.

La organización en la caminata fue el otro elemento clave. Para asegurarla, calcé el grupo con malnombristas. Yo iría en la vanguardia, marcando el paso y regresando en los descansos a ayudar a los más necesitados. Alexis sería un elemento libre, pues iba con su hija Daniela; él también regresaría a ayudar a los que lo requirieran. Ana María, la de menos experiencia en Mal Nombre, también estaría libre. En la retaguardia quedarían asegurando Edgardo, de suficientes méritos en los dos años que lleva en Mal Nombre, y Janett, una deportista de los pies a la cabeza. De este modo tenía asegurados la vanguardia, el medio de la tropa y la retaguardia.

Otra decisión importante era que en cada uno de los tres descansos previstos no se reanudaría la caminata mientras los últimos no llegaran y descansaran. El hecho de que Alexis y yo regresáramos a alentar a los de atrás, luego de haber llegado a un punto de descanso, contribuyó en gran medida al ánimo de la tropa, según nos contaron varios. Cada vez que nos veían, recobraban alientos, pensando en la proximidad de la llegada al lugar de descanso.

Estos elementos serían claves para que la gente sintiera, a pesar de sus diferentes procedencias, que formaban parte de un solo grupo, y funcionaron muy bien. Nunca nadie se sintió solo, siempre hubo alguien que llegó en su auxilio, cuando fue necesitado. Así ocurrió con el camagüeyano del cólico nefrítico, que además de la ayuda de la novia y de otros amigos, recibió el apoyo de Alexis. En la atención a los niños y sus madres, fueron claves El Pequeño y Yosvani, dos trabajadores del taller, además de mí, que cargué varias veces a Dieguito. Alfredo, el veterano, además de estar siempre acompañado por su familia, tuvo en algunos momentos el apoyo de la retaguardia y también el mío.

Que en las más de tres horas de caminata de noche por una tropa sumamente inexperta, cansada y hambrienta, no cundiera el desespero, el desaliento ni se hiciera catarsis, fue, en primer lugar, una muestra de los grandes valores humanos que había en quienes conformaron el grupo, fue en gran medida un resultado de la puesta en práctica de los elementos organizativos ya explicados, y como resultado, fue una muestra de que cuando las condiciones están creadas, los seres humanos sacan lo mejor de sí en los momentos más difíciles.

Crepúsculo

Crepúsculo

Subiendo por el terraplén.

Subiendo por el terraplén.

Cargando a Dieguito.

Cargando a Dieguito.

Vista de la costa desde la altura.

Vista de la costa desde la altura.

Bosque de helechos arborescentes llegando al Turquino.

Bosque de helechos arborescentes llegando al Turquino.

Dos niños, Dieguito y Daniela, junto a otros en la cima del Turquino.

Dos niños, Dieguito y Daniela, junto a otros en la cima del Turquino.

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