Topes de Collantes

Excursión del grupo Mal Nombre los días 25, 26 y 27 de diciembre del 2015

Por Sandelis

Viernes 25 de diciembre del 2015

Después de una turbulenta madrugada de fuegos de todos tipos, luces de colores, lluvia, y sobre todo, locura en las Parrandas de Remedios, 31 malnombristas y un joven australiano nos montamos en un camión y a las ocho y veinte de la mañana partimos rumbo a Topes de Collantes en lo que sería la sexta visita malnombrista a tan interesante área del Escambray. El viaje nos costaba 2000 pesos y recogimos 55 pesos por persona, completando la cifra con un fondo del grupo.

Con el sueño desplegado por la cama del techado camión donde íbamos sentados sobre bancos, pasamos Camajuaní, Santa Clara, Manicaragua y comenzamos a ascender el Escambray. Luego de pasar el poblado de Jibacoa, tomamos mayor altura y la necesidad de darnos un baño después de la desgastante madrugada, se fue aplacando a medida que la temperatura descendía.

Sueño malnombrista dentro del camión a Topes.

Sueño malnombrista dentro del camión a Topes.

Rodeados de un bello paisaje donde resaltaban los pinos, pudimos ver a la diestra, a lo lejos, en bajada, el ancho río Guanayara en sus últimos kilómetros antes de entregarle sus aguas a la presa Hanabanilla. Pasamos el entronque Topes-Cuatro Vientos-Manicaragua, ascendimos una recia pendiente sobre carretera de concreto y más adelante hicimos un alto donde vendían plátanos maduros, ya en las cercanías de Topes. Tras hacerle zafra a los plátanos, seguimos la marcha y doblamos a la izquierda rumbo a la Universidad de Montaña, cuando teníamos a la vista el portentoso edificio del sanatorio de Topes de Collantes.

Avanzando por una estrecha carreterita, llegamos a la universidad, luego de que el camión pasara bajo el arco de la entrada. Parados en el parqueo del lugar, algunos nos bajamos para constatar que no había nadie en la bella universidad de casas blancas diseminadas, todas con techos de tejas coloniales. Sin embargo, desde la altura del castillito que otrora fungiera como casa estudiantil, nos hicieron señas.

Partió el camión de vuelta a Remedios mientras los malnombristas se quedaban en el parqueo y Liset, Janett y yo caminábamos hacia atrás, tomábamos un trillo a la derecha, ascendíamos por este y llegábamos al parqueo del castillo. La añeja construcción de dos pisos nos mostraba su singular y atractiva apariencia de agradable portal delantero, escaleras de caracol a ambos extremos del portal y techo con aspilleras.

El castillito que nos serviría de morada.

El castillito que nos serviría de morada.

En el portal nos esperaba el administrador del lugar, con quien hablamos. El hombre nos contó que de la universidad solo quedaría el castillo como unidad docente. Al pedirle quedarnos allí, accedió solidariamente a nuestra solicitud sin el menor titubeo. Le avisamos al resto de la tropa y todos subieron hasta el castillo.

En el interior de la planta baja había un pasillo central, varios cuartos a ambos lados, comedor a la izquierda en una posición intermedia, y cocina al final, también a la izquierda. Cada cuarto tenía varias literas con colchones de esponja y un baño recientemente azulejado, con lavamanos, tasa y ducha; un verdadero paraíso para los malnombristas. Para colmo, el administrador nos ofrecía los servicios de un cocinero.

Cuando le contamos nuestro interés de visitar los saltos del Caburní y Vegas Grandes, además de la cueva de La Batata, nos dijo que fuéramos a la casa central del complejo turístico, ubicada junto al reloj solar, para ver si no nos cobraban o nos rebajaban el precio, pues para ir a cada lugar había que pagar. Nos ubicamos en los cuartos, juntamos toda la comida en la cocina, le separé al cocinero el arroz, la carne y las especias para la comida de esa noche, nos pusimos ropa de caminata y partimos rumbo a Topes de Collantes. Nuestro objetivo para la tarde sería el salto del Caburní, pero antes iríamos a Topes a gestionar la reducción del pago por la entrada a los lugares.

Al bajar por el trillo hasta la carreterita, me enteré por Liset que algunos habían ido a Topes a ayudar a Steve, que era el nombre del australiano, quien andaba con una enorme maleta. Me molesté por no habermes avisado.

Tomamos la dirección de la universidad, y antes de llegar, entramos a la derecha por un trillo que corta camino rumbo a Topes. En sus inicios, el camino estaba enfangado. Luego de andar más de cien metros, pasamos junto a unas casas, nos servimos de un puente conformado por un tronco y un cable de pasamanos y comenzamos un ascenso pedregoso. Al final de la subida nos tropezamos con los que se fueron con Steve, que iban de regreso a la universidad. Estos eran Liz, Eledys, Héctor, Oscar y Senia. No perdí tiempo en soltarles su crítica y decirles que se apuraran para que nos alcanzaran.

Los del grueso de la tropa pasamos junto a uno de los dos grandes edificios abandonados que hay cerca del descenso al Caburní, y tras reagruparnos junto a unas casas turísticas de la zona, tomamos en sentido contrario al salto, en busca del reloj solar. Pasamos junto al abandonado anfiteatro, también por debajo de la escalinata del sanatorio o Kurhotel y llegamos al reloj solar, que es más bien el centro de Topes de Collantes.

Mientras el grupo curioseaba en el área del reloj, Liset y yo fuimos hasta la entrada de la casa central del complejo turístico. Allí hablamos con un trabajador, sondeándolo sobre la posibilidad de rebajarnos el costo del acceso a los lugares, pero el hombre nos dejó ver que eso no sería posible. No obstante nos dijo que pronto aparecería el director del complejo, quien estaba almorzando. A los pocos minutos llegó el director, y al hacerle nuestro pedido, nos dijo que no estaba en sus manos acceder, pues esa era una decisión del grupo empresarial al que pertenecía.

Aunque uno entiende la necesidad de apelar al ecoturismo en un país con pocos recursos naturales que reporten grandes beneficios económicos y con una gran belleza en su naturaleza, a los malnombristas, acostumbrados a desandar los montes más ariscos de Cuba, donde no va nadie, nos choca el hecho de tener que pagar por acceder a un lugar natural de nuestro país, sobre todo al constatar cómo han ido subiendo los precios de entrada a estos lugares.

Sin más nada que hacer al respecto, partimos todos rumbo al Caburní, incluyendo a los ayudantes de Steve, que ya se nos habían unido. Pasamos junto al edifico abandonado donde se inicia la ruta del salto, descendimos un tramo por la inclinadísima carretera, seguimos por el terraplén que deja a un lado la famosa Casa del Gallo, donde la gente solía escribir sus nombres en las paredes de madera, y nos detuvimos en el sitio donde cobran la entrada al salto.

En el lugar hay una especie de bar donde el que sirve es también el que cobra la entrada al Caburní. Cerca hay un chorrito de agua sulfurosa, que tiene un cartel al lado,en el que se aconseja tomarla para hacer el descenso. Cerca también hay una casa donde venden líquidos con altos precios en CUC.

La entrada costaba 15 pesos por adulto y 7.50 por estudiante. Recogimos el dinero, pagamos y partimos loma abajo. Como retaguardia para la jornada yo había designado a Liván, Alejandro, Liset y Liz, pensando en Mary, la mamá de las dos muchachas, quien no está acostumbrada a las largas caminatas de los malnombristas, aunque hace sus ejercicios y ya tenía bastante experiencia en Topes de Collantes, en años más mozos. Es decir, a Mary la acompañaría su familia en la retaguardia.

Tomé la punta de la tropa marcando un buen paso, que hizo que el pelotón se fuera estirando. Pasamos junto a una casita donde vendían cosas en divisas y seguimos descendiendo bajo la sombra de una vegetación de impresionante estatura. Al pasar junto a un farallón me tropecé con Eduardo y Yalieska, quienes habían alquilado par de caballos, lo que me hizo soltarle a Eduardo que “estaba hecho un comodón”. Pero el viaje a caballo les duró poco y tuvieron que continuar a pie. Con Ofrén David presionando por irse delante de la tropa cual típico niño, comenzamos a escuchar el sonido del río Caburní.

Unos metros más de bajada y dejamos a un lado el descenso a la poza que precede al gran salto. Seguimos el avance en faldeo calzado por barandas de madera y una escalera en un punto escabroso, hasta que finalmente llegamos al salto del Caburní.

Aquello es una majestuosa escultura de la naturaleza. Por la izquierda se eleva una gigantesca pared que muestra claramente los signos de derrumbes. A lo lejos, a lo alto, cae el agua libre unos diez metros, sobre una pequeña poceta, para de inmediato comenzar un inclinado descenso sobre la roca, que tras unas decenas de metros, da un giro brusco a la izquierda y desemboca en pequeñas pocetas. Por allí cayó una vez Adrián, pero con instintos felinos, logró llegar con vida al final del descenso, aunque por las heridas que se les infectaron, tuvo que pasar 15 días en un hospital en Trinidad. Otros que han caído no corrieron la misma suerte.

El salto del Caburní.

El salto del Caburní.

Conocedor de los riesgos del salto, me quedé abajo para no incitar a la tropa. Pero tras pasar lo inevitable en tan intrépido grupo, pues casi todos subieron por la roca, subí yo también para unirme a Edgardo, Oscar y Senia en la poceta de arriba. Casi todos probamos en nuestros cuerpos la frialdad de un agua que exasperaba.Al bajar, armé un tiroteo de maní, pues ya había gente pidiéndolo casi a gritos. Luego de unas fotos al salto, tomamos el camino de vuelta para descender hasta la poza que le antecede al salto.

Allí no creímos en la temperatura del agua y nos bañamos en masa. La poza tiene unos treinta metros de largo por unos diez de ancho. El agua desemboca en ella a través de un bello salto de unos diez metros, que cae en chorro. Hasta el salto fuimos nadando unos cuantos, pero al estacionarnos, comenzamos a temblar. Edgardo halló un lugar por donde trepar en la ladera opuesta y en el ascenso se le unieron Héctor, Gabriel y Amanda para tirarse desde una altura mayor a los tres metros. Aquello me recordó la guerrilla de verano del año 98, donde varios malnombristas se lanzaron desde el mismo lugar. Héctor intentó trepar por otro lado y pasó buen trabajo; finalmente él y Edgardo subieron un par de metros por la ladera y se tiraron al agua.

Junto al salto de la poceta.

Junto al salto de la poceta.

Como el frío iba calando cada vez más en los bañistas, fuimos saliendo del agua. A medida que la gente salía, recogía sus cosas y partía loma arriba de regreso. Yo liberé a la retaguardia y me quedé de último. Con más esfuerzo que en la bajada, fuimos venciendo la altura hasta hacer un pequeño alto en el bar donde nos cobraron.

La gente continuó la marcha por grupitos. Al llegar arriba, la tropa siguió el camino que corta rumbo a la universidad, y un grupito, orientado por un guajiro, tomó una ruta final menos enfangada. Los últimos llegamos al castillito con algunas linternas prendidas dada la entrada de la noche.

Vino entonces el baño de la tropa y después la comida. Todo el arroz estaba hecho y la salsa también, pero esta no había quedado bien cremosa, pues Vladimir, que era como se llamaba elcocinero, no le había echado todo el puré de tomate que le di, creyendo que era demasiado. Algunos malnombristas se dieron a la tarea de mejorar la salsa, otros preparamos el refresco en la tanqueta con agua fría de una nevera, y finalmente se armó el tiroteo, que incluía un poco de chícharos donados por Vladimir. Aprovechando el comedor, el banquete se produjo con suficiente comodidad y hubo doble de todo.

Con la temperatura ambiente descendiendo y con el sueño que todos cargábamos encima tras la madrugada en Remedios, todos caímos en nuestras camas antes de las once de la noche, haciéndose un grave silencio en el castillito.

Sábado 26 de diciembre del 2015

A las cinco de la mañana se despertaron Ana María y Sheila, quienes partían para La Habana, pues el domingo tenían una boda de una amistad. Desayunaron, las despedí y se fueron a Topes a buscar la guarandinga de Manicaragaua, antes de que el sol saliera.

El resto de la tropa se despertó sin presión pasadas las siete de la mañana. Preparamos un desayuno a base de refresco y galletas con dulce de guayaba y con mayonesa. Alrededor de las nueve fue la partida en busca del salto de Vegas Grandes. Nos fuimos por el camino menos enfangado, llegamos a Topes y le hicimos una visita a una hermosa casona que aguarda el Museo de Arte Nacional. Allí vimos expuestas vamos obras plásticas. Oscar le tiró fotos al grupo desde la calle, que está varios metros por debajo del nivel del museo.

Desayuno en el comedor del castillito.

Desayuno en el comedor del castillito.

En el Museo de Arte Nacional.

En el Museo de Arte Nacional.

La entrada al poblado El Chorrito.

La entrada al poblado El Chorrito.

Seguimos por la carretera de Trinidad hasta los edificios del poblado llamado El Chorrito, donde subimos por una calle a la izquierda. Luego de preguntar, comenzamos a bajar por un trillo, Pasamos junto a unas casas y llegamos hasta el río Vegas Grandes, que tiene unos cuatro metros de ancho en el lugar. Cruzamos sobre unas piedras, subimos hasta un terraplén y tomamos por este hacia la izquierda, hasta llegar al entronque con el camino del salto, el cual partía también por la izquierda.

Cruzando el río Vegas Grandes.

Cruzando el río Vegas Grandes.

Avanzando poco más de cien metros, llegamos al sitio donde cobraban la entrada. Allí hallamos al hombre que cobraba, junto a una casa de madera. El listado de precios de entrada a los lugares estaba enganchado a una mata. Yanieyis le tiró una foto para un futuro artículo que yo pensaba escribir sobre el cobro de la entrada a lugares naturales. El hombre debía buscar el talonario, por lo que nos sugirió que nos llegáramos hasta una cueva cercana para aprovechar el tiempo. Eso hicimos; tomamos un estrecho trillo por la izquierda y a unos cien metros de distancia hallamos la entrada de la cueva. Esta era pequeña, más bien una falla en la montaña, la cual permite el paso entre ambas laderas. La atravesamos con suficiente claridad solar y del otro lado noté la maraña de un paisaje similar al que hemos visto en las cercanías del Pico San Juan, cuando hemos ido en su búsqueda por el monte.

En la entrada de la cueva cercana al sendero de Vegas Grandes.

En la entrada de la cueva cercana al sendero de Vegas Grandes.

Sin gran demora, regresamos al camino de Vegas Grandes y le pagamos al hombre. Comenzamos entonces el descenso hacia el salto. Era la segunda ocasión en que Mal Nombre lo visitaría; la anterior fue en el año 2008, pero del grupo actual, solo Yanieyis y yo habíamos estado en aquella ocasión.

Pasamos junto una caseta con bancos ubicada bajo un pinar y de inmediato la pendiente se hizo más pronunciada. Con respecto al 2008, noté en el camino más barandas para agarrarse y escalones en el suelo. Tras descender decenas de metros de bajada, comenzamos a escuchar el ruido del salto entre una frondosa vegetación. Siguió el descenso pronunciado, las barandas calzando en algunos tramos y algunos escalones asegurando las pisadas y evitando la erosión. Comenzamos a ver entre el follaje la caída del agua. Pasamos junto a un mirador de madera ubicado a la derecha del camino y llegamos finalmente a la base del salto Vegas Grandes.

Aunque el Caburní es más monumental, Vegas Grandes es más bello. El agua cae desde unos sesenta metros de altura, se bifurca y se abalanza sobre una ancha poceta que tiene en su fondo una cueva. Un tercer chorro de agua cae más a la izquierda. Las musgosas paredes del salto y el intenso verde que lo rodea completan el panorama de aquel espectacular escondrijo de la naturaleza, que es capaz de admirar al más escéptico visitante.

El salto Vegas Grandes.

El salto Vegas Grandes.

Al llegar al lugar, hallamos a varios visitantes, algunos cubanos y otros extranjeros, algunos bañándose y otros fuera del agua. La temperatura del agua en Vegas Grandes es de las más frías que hemos hallado en nuestras excursiones por Cuba. La altura a que está el salto sobre el nivel del mar y lo sombreado del recorrido del río deben ser las causas de su frialdad.

Un gran peñasco en la orilla se presta para tirarse y varios malnombristas lo aprovechamos;Edgardo y yo nos tiramos de cabeza desde la posición más alta. Al caer en el agua, atravesamos nadando la poceta a la mayor velocidad posible, para calentarnos. Del otro lado estaba el salto con la cueva debajo. Leidy, la primita de Liz y Liset, a pesar de su escaso nado, llegó hasta la cueva bordeando la orilla izquierda. Una piedra frente a la cueva se presta para recibir de pie el chorro del agua. Allí nos tiramos varias fotos en grupo, pero la tembladera en nuestros cuerpos no se hizo esperar. Frank aprovechó para pasarse un rato buscando pájaros por los alrededores, lo cual es una gran afición suya. Sosa titubeó demasiado para bañarse, quedándose finalmente con las dudosas ganas.

Próximos al mediodía, iniciamos el ascenso de regreso. Con el esfuerzo de la subida, desapareció bien pronto el frío en nuestros cuerpos. Fuimos venciendo el tramo más inclinado, y al llegar arriba, algunos se tomaron un descanso en la caseta bajo el pinar. Finalmente nos juntamos todos en el lugar del cobro, y allí, sobre un césped, armé un tiroteo de maní, que tuvo varias repartideras según el tipo de maní del que se tratara, ya fuera molido, granulado o una mezcla de ambos tipos. También repartí una barra de cremita de leche para los 29 que éramos, con el método “muerde hasta el dedo”. El “suculento” almuerzo fue completado con caramelos repartidos por Liset.

Terminado el tiroteo, partimos en busca de la cueva de La Batata. Caminamos hasta el terraplén y tomamos por este de vuelta, pero nos pasamos del trillo donde debíamos bajar al río. Al llegar a una carretera, nos encontramos con un guajiro en mulo, quien nos sugirió que lo siguiéramos para cortar camino. Tomamos a la derecha por la carretera, pero por poco tiempo, pues el hombre se adentró por la derecha en un trillo que cortaba en la dirección de la carretera Trinidad–Topes. Avanzamos un tramo entre la espesura y vimos debajo el río corriendo. Rebasamos un pintoresco pinar que resaltaba por la altura de los árboles y más adelante salimos a la carretera.

Avanzando un poco más de cien metros en dirección a Topes, tomamos a la izquierda por una carretera conocida como la “circunvalación”, aunque el guajiro del mulo la llamaba la “circunvalante”. Esta bordea a todo Topes de Collantes desde donde estábamos hasta más allá del Kurhotel, donde entronca con la carretera que se bifurca en las de Manicaragua y Cuatro Vientos.

Comenzamos a caminar por la “circunvalante”, que está hecha de concreto, bordeada por grandes árboles y plagada de pendientes. Hicimos un alto en un puente. De inmediato me quedé en trusa y me tiré en una charca de bajo nivel. Luego pasé al otro lado del puente, a través de un gran tubo por el que corre el agua, mientras el resto de la tropa esperaba a que mi baño terminara. Cuando salí del agua, se apareció un lugareño que nos dijo que no tomáramos agua de aquel arroyo, sino de uno que corría por la derecha desde más arriba, porque el arroyo de la izquierda estaba contaminado por los desechos de la gente que vivía aguas arriba. Para mí ya era tarde aquella información, aunque no tomé del agua. No obstante, vi el agua bastante transparente.

Caminando por la “circunvalante”.

Caminando por la “circunvalante”.

El puente sobre el arroyo donde me bañé.

El puente sobre el arroyo donde me bañé.

La entrada al camino de La Batata.

La entrada al camino de La Batata.

Seguimos la marcha y en un entronque se nos separaron seis que no irían a La Batata. Ellos eran Liset, Alejandro, Mary, Eledys, Ailet y Sajari. Mary ya había caminado bastante y los otros la acompañarían. Los demás seguimos por la “circunvalante”, subiendo y bajando pendientes, hasta llegar a la entrada del camino a La Batata, junto a un bosque de cañas bravas. Allí hallamos a un hombre que nos dijo que la entrada a la cueva costaba cinco pesos por adulto y dos cincuenta por estudiante y que alguien debía acompañarlo hasta una casa cercana donde tenía los talonarios. Yo, que andaba molesto por los cobros que habían crecido con los años, me le disparé al tipo diciéndole unas cuantas cosas al respecto. El hombre aflojó y hasta me pidió disculpas por habernos entrado de una manera tan pragmática. Le dije que yo mismo lo acompañaría a la casa. Me dijo que mejor fuera otro para ir más rápido y evitarme el tramo, evidentemente al verme con una muleta. Le dije que iría yo. Recogimos el dinero y partí con el hombre.

El camino bajo árboles era de unos cuatrocientos metros de extensión y pasaba sobre un puentecito. Al final, en vez de una, eran tres casas con una pequeña plazoleta central. Al lugar lo nombran “La Plaza de las Memorias”. En una casa había una maqueta y otra era la Casa del Café, en moneda nacional. El tipo sacó los talonarios, pero el dinero no apareció. Viramos por el camino buscándole yal llegar adonde estaban los demás, le pedí mi billetera a Ernesto y allí estaba el dinero; yo mismo lo había guardado sin darme cuenta. Por supuesto que me cogió el “cuero” del grupo.

Yéndose el hombre, los malnombristas cruzamos la calle y nos adentramos por el camino a La Batata, que tiene dos kilómetros y medio de extensión. Bajo más cañas bravas, pasamos sobre otro puentecito y seguimos en ascenso. En el avance, la tropa se fue estirando. El camino era ancho, sin muchas dificultades. El tramo final fue en bajada, hasta llegar a un entronque. A la izquierda, la finca Codina, a la derecha, la gruta La Batata. Unos cien metros más y ya estábamos frente a la cueva de la cual salía un arroyo.

La mayoría nos quedamos en trusa y entramos. La cueva realmente es un cañón muy bien delimitado, que parte en dos la montaña. Un cable por la orilla izquierda ayuda a evitar entrar en el agua en una primera poceta. Pasamos varias pozas sin tener que mojarnos completamente y salimos de la gruta, justo en un lugar en el que se unen dos arroyos antes de entrar en la cueva. De regreso a la entrada, algunos nos bañamos en la primera poceta.

La cueva de La Batata.

La cueva de La Batata.

Partió la gente, pero yo me quedé de último para hacer el “dos”. Por el camino les pasé a Gabriel y Amanda, que andaban de enamorados, a los que les medíamos el tiempo por cuartosde hora entre beso y beso. Llegamos a la carretera, seguimos por el camino y nos reagrupamos todos en la Casa del Café.

La Casa del Café.

La Casa del Café.

Allí los precios nos asombraron por lo baratos que estaban, tanto del café como de los tragos. Detrás había un bello umbráculo lleno de plantas ornamentales Mientras la gente hacía confianza con la gentil camarera, yo le hice una visita a la Casa del Café en divisas, que quedaba a unos doscientos metros de la de moneda nacional. Ya de noche, partimos por la “circunvalante” rumbo al Sanatorio. Al pasar por una base de transporte, averiguamos si saldría algún carro para Manicaragua, pero no obtuvimos una clara respuesta y seguimos de largo. Siguiendo la carretera, esquivamos el sanatorio y nos detuvimos frente a una casa donde una mujer vendía plátanos maduros. Allí se hizo una buena compra para la comida. Más adelante cogimos la carreterita dela universidad y finalmente llegamos al castillito. Allí ya estaban los seis que no fueron a La Batata. Ellos fueron a las dos casas del Café, pasaron por una represa que, según cuentan, fue mandada a hacer por Martha Fernández, la esposa de Batista, para bañarse en ella, aunque no hay referencias de que se haya sumergido en sus aguas. La notable magnitud de las construcciones hechas en Topes, sobre todo el sanatorio, le permitieron a Batista sacar grandes tajadas de dinero.

Algunos malnombristas se bañaron al llegar al castillito, pero otros preferimos no jugar agua en la fría noche. El tiroteo fue una exageración. El cocinero hizo arroz, además de los espaguetis que tocaban para el día. También nos dejó chícharos, y al menú le sumamos los plátanos maduros, unos abundantes perros calientes en salsa y el habitual refresco. Después de llenarnos, hicimos una sobremesa en el comedor en la que no faltaron los cuentos sobre la pasada guerrilla de verano. Luego nos agrupamos en una pequeña sala de estar delantera donde había un televisor. Pero algunos fuimos cayendo pronto, vencidos por el sueño y otros tertuliaron hasta casi la medianoche.

Domingo 27 de diciembre del 2015

Luego de otra plácida noche, pero más corta que la anterior, le die el de pie a la tropa a las cinco de la mañana, para poder coger de primeros la guarandinga que va a Manicaragua. Sin desayunar, redistribuimos lo que nos quedaba de comida, recogimos de prisa, nos despedimos del buen Vladimir a quien le entregamos los cuartos, y partimos aún de noche, con buen frío en el ambiente.

Por el camino el frío fue disminuyendo y el amanecer tuvo lugar. Pasamos junto al sanatorio y llegamos de primeros a la parada inicial de la guarandinga, ubicada frente al reloj solar. Liván y yo fuimos al edificio de la administración del complejo, a cargar agua en la tanquetapara hacer refresco. De regreso los dos, Liset, Janett y yo preparamos el desayuno y armamos el tiroteo, desayunando lo mismo del día anterior, sumándole pasta a las galletas. Pero antes, al intentar hacer el refresco, no aparecían los sobres con el refresco instantáneo. Voceé varias veces en el grupo para ver quién los tenía, pero sin resultado alguno. Entonces Héctor registró en mi mochila y los encontró. Era la segunda ocasión en la excursión en que se evidenciaba mi habitual reguero mezclado con despiste, y el “cuero” me cayó otra vez encima.

Desayunando a la espera de la guarandinga.

Desayunando a la espera de la guarandinga.

A las siete se apareció la guarandinga, a las siete y veinte nos montamos los malnombristas y después los que nos seguían en la cola. El transporte partió con todos los asientos cubiertos y algunos de pie. En la próxima parada se montaron varios lugareños, incluyendo una mujer que se pasó el resto del viaje protestando y diciendo malas palabras al gusto con una voz bastante chillona. En medio del tramo comenzó a lloviznar.

En la guarandinga.

En la guarandinga.

Al llegar a Manicaragua ya había escampado. En la terminal averiguamos si salía pronto algún transporte estatal que nos resultara barato, pero al recibir respuesta negativa, nos montamos en un camión particular y partimos rumbo a la Autopista Nacional. Con cierta carga de sueño, hicimos el viaje, llegando a nuestro destino pasadas las once de la mañana. Allí sacamos las galletas y el dulce de guayaba que nos quedaban y se hizo una improvisada merienda. Antes de la media hora paró una guagua de Transporte Escolares y la mayoría de la tropa se fue en ella, pagando 40 pesos por persona por el viaje hasta La Habana.

A la espera de una botella en la Autopista Nacional.

A la espera de una botella en la Autopista Nacional.

Los seis que nos quedamos no tuvimos que esperar más de media hora para montarnos en un camión particular que nos cobró 60 pesos por persona. Parando la guagua en el conejito del kilómetro 80 y el camión en el de Aguada, ambos viajes trascurrieron sin contratiempos. Los del camión hicimos un cambio de transporte, y aunque nos explicaron que la causa fue una rotura, creo que la verdadera razón fue evitar que viajaran dos camiones con poco pasaje, reduciendo así el gasto de combustible.

Alrededor de las cuatro de la tarde llegaron los dos transportes a la nueva terminal de lista de espera, con pocos minutos de diferencia. Terminaba así nuestra excursión por Topes de Collantes, antecedida por una visita a las espectaculares Parrandas de Remedios. Lo de Topes estuvo marcado por dos largas caminatas y par noches casi de turismo con tiroteos fuera de lo común, tanto por la abundancia como por el hecho de no tener que cocinar. Pero bueno, las guerrillas a veces nos traen turísticas sorpresas, y no es como para acomplejarse, que hemos tenido otras bien duras.

Anuncios

Una respuesta a “Topes de Collantes

  1. Hola como contacto con este grupo, tengo interés en sumarme a sus excurciones. Me gusta mucho eso que ustedes hacen, he ido a muchos lugares de Cuba pero me faltan otros tantos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s