Soroa

Excursión del grupo Mal Nombre a Soroa

Por Sandelis

6 de febrero del 2016

Teniendo por destino el bello sitio conocido por “Soroa”, ubicado en la Sierra del Rosario, 19 malnombristas se reunieron alrededor de las 8 de la mañana en Cien y Autopista a Pinar del Río, como ya se ha hecho habitual. Era la segunda excursión malnombrista a Soroa, pero la primera databa del año fundacional de Mal Nombre: 1988. En la composición del grupo resaltaban dos entrañables malnombristas que acababan de llegar a Cuba: Wilfredo desde Angola y Martica desde Colombia.

Un camión echó a rodar a los 19, y luego de recoger a Lorenzo, María Emilia y Amelie en el entronque Mariel-Guanajay, llegaron al entronque de Candelaria y se dispusieron a coger botella en dirección a la serranía. Poco después de las 11 me aparecí yo en el lugar, en un carro de mi trabajo, pues una reunión me impidió salir con el grueso de la tropa.

Camión desde Cien y Autopista.

Camión desde Cien y Autopista.

Llega el San bien cómodo.

Llega el San bien cómodo.

De inmediato otro camión nos puso sobre ruedas, encaramándonos en la Sierra del Rosario, hasta bajarnos en el corazón de Soroa. Antes de partir el camión, cuadré con el chofer para que nos recogiera a las nueve de la mañana del día siguiente.

Tres objetivos teníamos en plan: el Orquideario (en sí es un jardín botánico, aunque su especialidad sean las orquídeas), el mirador de Venus y el Salto de Soroa. Para la acampada nocturna previmos la base de campismo La Caridad, que yo creía abandonada por una visita que hice en el 2009, pero que acabábamos de enterarnos que la habían remodelado y estaba funcionando.

Le partimos directo al Orquideario, para lo cual cruzamos la carretera y avanzamos unos cien metros por una calle hasta la entrada del lugar. Ya en la puerta, Luisito me dijo que se iba a quedar afuera con el amigo con quien fue a la excursión. Me preocupé por el invento del Luisi, pero me dijo que se iba a quedar allí mismo, esperándonos.

En la entrada cobraban 5 pesos por persona. Luis, un primo de Wilfredo, que nació y vive en Miami, aunque de padres cubanos, en buena lid debía pagar en CUC. Pero el Wilfre puso por delante a su novia Niurka, que tiene tremenda cara de aria y los de la puerta se entretuvieron en ella sin notar al verdadero extranjero. Wilfredo habló con los de la entrada para dejar las mochilas allí y no tener que cargarlas durante el recorrido por el jardín. Comenzamos entonces a andar con la compañía de un guía de unos cincuenta y pico o sesenta años, que hablaba muy rápido, pero mostraba bastantes conocimientos botánicos. El jardín fue creado por un ricacho español y es muy pintoresco por la variedad de plantas que hay en él, las sendas bordeadas de piedras y hasta un puentecito de concreto.

En la entrada del orquideario.

En la entrada del orquideario.

Iniciamos la visita en un vivero techado, donde abundan las orquídeas de diferentes tipos. Después seguimos por una senda en ascenso, contemplando rarezas botánicas de toda clase, primando las autóctonas y en general, las tropicales. Algunas paredes de piedras eran propicias para las hiedras. Grandes algarrobos se enseñoreaban en el paisaje. Destacaban los tulipanes africanos con sus anaranjadas flores, un árbol brasileño de exótica floración roja, por allá un siete pisos, por acá más orquídeas, a la mano los helechos, y en fin, un mundo de flora para deleitarse. En la mayor altura se hallaba la casa del jardín. Nos tiramos unas fotos junto al puente y descendimos hasta la entrada. Allí recogimos las mochilas y le agradecimos a nuestro locuaz guía.

El vivero de orquídeas.

El vivero de orquídeas.

El puentecito del orquideario.

El puentecito del orquideario.

Caminando por el jardín botánico.

Caminando por el jardín botánico.

Salimos del jardín, se nos juntaron Luisito y el amigo, cruzamos la carretera y entramos por la vereda que lleva hasta el Mirador de Venus. Pronto nos vimos caminando en ascenso en medio del monte. El camino era ancho y cómodo a la pisada. A la derecha, en la altura, vimos una gran peña adonde debíamos subir, pues ese era el Mirador de Venus.

En busca del Mirador de Venus.

En busca del Mirador de Venus.

Llegamos a una bifurcación donde un hombre mostraba sobre unas mesas alguna artesanía a la venta. Hablé con él y nos permitió dejar allí las mochilas, bajo su custodia. Una fina llovizna me hizo sacar mi súper nylon. Juntamos entonces las mochilas y con el gran nylon las tapamos. Pero la llovizna terminó pronto.

Seguimos el ascenso, pasamos junto a una pareja que vendía frutas en CUC y continuamos, sintiendo ya que aumentaba la pendiente. El final de la trepada fue por un camino estrecho con escalones de concreto.

La cima estaba despejada de vegetación elevada, por lo que daba suficiente margen para una espléndida vista. La roca pululaba en la altura. Gran parte de la Sierra del Rosario, la llanura sur de Candelaria y mucho más allá se nos regalaron a nuestros ojos desde la cima. En un sitio del llano vimos alzarse una columna de humo o viento. Inicialmente pensamos en un rabo de nube, pero después nos inclinamos más por el humo desprendido de una candelada que había en el terreno.

Sobre el Mirador de Venus.

Sobre el Mirador de Venus.

Luego de coger un aire, vinieron las fotos. Dos alemanes recién llegados a la cima nos tiraron algunas de grupo. Samuelito hizo algunas travesuras infantiles, siempre vigilado por Yanieyis. Luego de media hora de relax, iniciamos el descenso, instigado por el hambre de los malnombristas, que estábamos inquietos por llegar a nuestras mochilas y tragarnos el almuerzo previsto para la ocasión.

Sin mucha demora llegamos hasta donde estaban los bultos. Sacamos las provisiones y comenzamos a almorzar. Yo le di al hombre que nos cuidó las mochilas un pan con hamburguesa y un vaso de jugo de tamarindo. El hombre nos dijo que el camino que no conocíamos llevaba hasta un río, el cual quedaba como a un kilómetro de distancia. Pensamos en aquel lugar como posible sitio de acampada para esa noche.

En medio del almuerzo nos entró una llamada de Yaser. Ya venían en camino. Recogimos las mochilas y bajamos hasta la carretera. Allí nos quedamos en un parqueo, a la espera de Mary, Yaser y Ale. Llegaron al fin, y tras los saludos, rebasamos un puente y pagamos los 10 pesos de entrada al salto (5 los estudiantes). Bajamos por una larga senda de concreto con espaciados escalones. Nos detuvimos en el mirador, desde donde se ve el salto en la altura. Pensamos en un cómo sería un descenso con cuerdas por allí. Hubo fotos y luego seguimos descendiendo por el camino de concreto hasta llegar a la base del salto.

Llegan Mary, Yaser y Ale.

Llegan Mary, Yaser y Ale.

La bella visión del salto admiró a todos. Cae el agua desde unos 30 metros de altura. Arriba se desliza sobre una ancha piedra, de inmediato tiene una caída libre y finalmente choca contra un cúmulo de piedras. Varios nos dispusimos de inmediato para el baño. Otros demoraron más y hubo quien decidió evitar el frío del agua, que no era poco. Fuimos agrupándonos en las piedras sobre las que cae el agua y posamos para fotos.

El salto de Soroa.

El salto de Soroa.

Senia me había hablado de un salto cercano llamado “El Avioncito”, y al ver un trillo en la orilla contraria, crucé y lo seguí. En un punto el camino se bifurca, uno sube a la carreta y el otro sigue hasta “El Avioncito. Seguí en busca del salto y a unos doscientos metros lo hallé. Un pequeño avión de metal anunciaba el lugar desde arriba. Bajé al río. Una pequeña pero bella poceta verde-azul era alimentada por el salto de unos cuatro metros de altura. Entré al agua y luego regresé al salto grande.

Un pequeño cocodrilo, con la boca amarrada, hizo las delicias de varios, principalmente de Senia, quien lo cargó cuanto quiso. Un hombre cobraba por tirarse fotos con él, pero con los malnombristas hizo la excepción. Le hicimos varias preguntas sobre el animal.

Senia cocodrileando.

Senia cocodrileando.

Terminó la visita al salto, regresamos a la carretera y decidimos ir a la base de campismo, pues la tarde se presagiaba lluviosa. En efecto, comenzó a caer una fina llovizna en lo que caminábamos. Pasamos entre unas casas que habían recibido recientes inversiones con el objetivo de alquilar. Martica llevaba una toalla colocada sobre la mochila para secarla, o más bien mojarla, después que empezó a llover.

Tras unos dos kilómetros de marcha por carretera, llegamos a la entrada de la base. Avanzamos unos doscientos metros por una carreterita estrecha y nos detuvimos en la que realmente era la entrada. El custodio buscó a un directivo y este nos dijo que no tenían capacidades. Luego vino otro y dijo que sí había. Entramos ya oscureciendo y aún lloviznando.

Nos ofrecieron seis cabañas de cuatro capacidades cada una y nos alojamos en ellas. Tenían muy buenas condiciones: literas y camas con colchones de espuma, baño, ducha y un lavamanos en la sala, lo cual achacamos a una pinareñada, aunque Candelaria ya pertenezca a Artemisa, pero los orígenes no engañan. Comimos en las cabañas de lo que llevábamos preparado.

Las cabañas tenían televisor, pero casi ninguno se veía. En la mía, Yordanis logró que se viera malamente y pasé el resto de la noche sufriendo por el juego semifinal de la Serie del Caribe, en el que Cuba (Ciego de Ávila) fue eliminado por México. En otra cabaña jugaron a adivinar películas hasta tarde.

Hay a quien no le bastó la “incomodidad” de las cabañas y armó su tienda adentro.

Hay a quien no le bastó la “incomodidad” de las cabañas y armó su tienda adentro.

Domingo 7 de febrero del 2016

De madrugada llovió fuerte un rato. Amaneció con tranquilidad en la base de campismo. Desayunamos con lo que llevábamos, salvo Lorenzo, María Emilia y Amelie, quienes lo hicieron de lo que vendían en la cafetería de la base.

A las nueve escuchamos el pito del camión. Salí corriendo para la carretera y le pedí que entrara. Ya adentro, comencé a agitar a la gente. Entregamos las cabañas, nos montamos en el camión y partimos. Llegamos pronto a la Autopista y al poco rato paró una guagua en la que se montaron 13 malnombristas. Unos minutos después paró un camión y nos montamos los 13 restantes.

Sobre el puente de Candelaria, tras bajarnos del camión.

Sobre el puente de Candelaria, tras bajarnos del camión.

Mi apuro por ver el partido del Barça se vio congratulado, pues tras bajarnos en Cien y Autopista, cogí pronto un P-10 y luego un P-5, y antes de las 12 del día ya estaba en mi casa.

Terminaba así la segunda visita malnombrista a Soroa, con 27 años entre una y otra. Fue un buen fin de semana de tur-guerrilla.

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