La sexta acampada: El Palenque y el Pan de Matanzas

Por Miguel Alfonso Sandelis

Subir la elevación más alta de una provincia siempre es un reto y un estímulo para quienes sienten pasión por conquistar cimas. Subir las más altas de dos provincias en una sola excursión, es como extasiarse los adictos a las lomas y los desafíos.

Con ese reto planteado, gracias también a la cercanía de la loma El Palenque con el Pan de Matanzas, se concibió la sexta acampada del Movimiento Cubano de Excursionismo. Con anterioridad a la excursión hice una exploración a la zona, pero mi ascenso al Pan de Matanzas fue a través de un farallón demasiado agreste como para intentarlo con la masividad que acostumbra a haber en las acampadas del Movimiento. Entonces el reto mayor estaba en hallar un sitio en el farallón que posibilitara la subida a la presunta gigantesca tropa. Y es que aunque el Pan de Matanzas tiene una carretera para llegar a su cima, se acceso desde la presa Caunavaco es harina de otro costal.

Viernes 22 de abril del 2016

A las seis y treinta de la tarde, hora prevista para el encuentro, comenzó a aparecer gente con vestimenta nada habitual, en el Parque de Comunicaciones, al lado de la terminal de ómnibus. Mientras la gente llegaba, el Guille los iba anotando en una libreta que le di. Al poco rato se apareció el largo camión del Titi, el más grande de los que parquean en Cien y Autopista y el mismo que nos transportó en la quinta acampada, la del Pan de Guajaibón. A una cuadra se parqueó el camión, a la espera de la hora de la salida.

A las siete y dieciocho partió la expedición con 90 excursionistas.  Mientras rodábamos por calles de La Habana, conversábamos animadamente, hasta que notamos que nos íbamos alejando de la ruta más directa, pues nada teníamos que hacer por la calle Monte. ¡Al fin enrumbamos por la Vía Blanca y más al fin, por la Autopista Nacional! Los que estábamos sobre el camión y solo unos días atrás fuimos a Girón en bicicleta, veíamos pasar con celeridad aquellos tramos de Autopista que tanto nos costó pedalear. Cayó la noche, llegó la Carretera Central, pasamos Catalina de Güines y Madruga, se asomó una bellísima luna llena y llegamos al poblado de Ceiba Mocha.

En el camión del Titi.

En el camión del Titi.

Pasadas las nueve y cuarto cogimos una carreterita a la izquierda de la Carretera Central. Teniendo a la vista la sombra nocturna del macizo del Palenque, el camión recorrió unos tres kilómetros sorteando baches, dobló a la izquierda en un entronque y se detuvo finalmente junto a una vaquería. El Guille, Alexis y Yaser organizaron la bajada. Cuando cada excursionista descendía, le recogían 50 pesos si era trabajador y 40 si era estudiante. Al terminar el descenso y el conteo del dinero, le pagaron al Titi.

Llegada a la vaquería.

Llegada a la vaquería.

Mientras partía el camión, se alistaba la gigantesca tropa. Con numerosas linternas, avanzamos unos metros, descorrimos una puerta cercada, pasamos junto a una turbina, abrimos otra puerta en una cerca y comenzamos a andar por un camino entre hierbazales, con leve y perenne pendiente en ascenso, teniendo dos firmes a cada lado, a unas decenas de metros de distancia. Alexis y Yaser conformaban la retaguardia.

Llegamos a una altura, saltamos un parapeto de madera, cogimos a la derecha y comenzamos a ascender por un camino de monte. El camino zigzagueaba y ascendía en todo su trayecto, aunque girando más a la izquierda. En una subida se tornó pedregoso y después se allanó un poco, teniendo a un farallón cercano por la izquierda y otro más distante hacia la derecha.

De noche por el camino de monte.

De noche por el camino de monte.

Finalmente salimos a un potrero. Era un valle a buena altura, con palmas diseminadas; al fondo, el promontorio del Palenque, y más al fondo, por los laterales, enormes barrancos que solo se dejaban ver si uno se arrimaba. De inmediato comenzó la acampada. Las tiendas de campaña salieron a relucir, y después de armarse, sacamos la comida que cada uno llevaba para compartir y comer informalmente. A los de Industrial, que no tenían tienda de campaña, Alexis, el del CITI, les ofreció su cobija. También se les brindó comida, pues al parecer, no se les habló claro sobre el viaje. Luego los alemanes mostraron su destreza preparando y encendiendo una fogata. Seguidamente comenzó una descarga en rueda, con David el mecánico y su guitarra de protagonistas. Como cierre, se inició una extensa charla entre Yaíma y Lisandra.

Armando las tiendas de campaña sobre el potrero de altura.

Armando las tiendas de campaña sobre el potrero de altura.

La acampada lista.

La acampada lista.

La fogata de los alemanes.

La fogata de los alemanes.

Sábado 23 de abril del 2016

Terminó la descarga a guitarra, pero Yaíma siguió dándole a la lengua hasta más allá de las tres de la madrugada. Uno de sus motivos fue el cuero por cierto miedo masculino a una pequeña araña metida en la tienda de campaña. Como a las cinco, Frank soltó las bilis, pues se sentía mal.

A las seis de la mañana Luis Ernesto gritó un “de pie” breve, y de inmediato se calló. En la cuarta acampada en los Baños del Bayate hizo la gracia y terminó metido en el río con ropa.

A las siete le di el de pie a la tropa. Los de la CUJAE prepararon el desayuno para 90 personas, a base de panes con pasta que llevó Eledys y galletas con dulce de guayaba. Luego vino un encuentro entre todos, en el que presenté a la gente y expliqué el recorrido a seguir. Vino detrás una lenta recogida, aunque el plan del día permitía cierta holgura.

Desayuno en el potrero.

Desayuno en el potrero.

Encuentro entre todos en el valle de altura.

Encuentro entre todos en el valle de altura.

El Palenque a la vista.

El Palenque a la vista.

A las nueve y un minuto partimos a subir El Palenque. Entramos al monte por donde había un tronco de palma real en el suelo. Subimos sobre piedras, con un farallón por la derecha. Al rebasar la altura del farallón, dejamos las mochilas en el terreno. Llevando yo la punta, continuamos el ascenso en hilera, para que no hubiera pérdidas. Comenzamos a subir sobre diente de perro, con enredaderas espinosas y rodeados de pintorescos guanos. Rebasamos el tramo de diente de perros, llegamos al firme y avanzamos por él bajo la sombra de la vegetación.

Trepando junto al farallón.

Trepando junto al farallón.

Sobre el firme del Palenque.

Sobre el firme del Palenque.

A las nueve y media vimos un promontorio rocoso a la derecha, sobre el que se alzaba una estructura metálica y tenía empotrada sobre la roca una placa. Era la cima del Palenque, el tope de la provincia de Mayabeque. Como éramos muchos y no cabíamos juntos allí, le pedí a la gente subir al promontorio por grupitos. Comenzó así un desfile, tirándose fotos la gente. Yoan y Luis Ernesto ensancharon el sitio con machetes y al rato yo relevé a Luis Ernesto. Detrás de la estructura había una maraña vegetal y luego un enorme barranco.  Desde allí se apreciaba una bella vista de una buena parte de la provincia de Matanzas. Edgardo se trepó en la estructura y tiró fotos. Freeman se trepó después y también un informático. Continuó la rotación de grupitos en la cima, agitada por mí, pues aquello iba lento. Por fin comenzó el descenso; la cima del Palenque quedó atrás, conquistada. Desandamos el firme, bajamos por el diente de perro, llegamos a donde las mochilas, las recogimos y seguimos en bajada.

La placa en la cima del Palenque.

La placa en la cima del Palenque.

Edgardo sobre la estructura de aluminio.

Edgardo sobre la estructura de aluminio.

Vista desde la estructura de alumunio.

Vista desde la estructura de alumunio.

El Pan de Matanzas visto desde El Palenque.

El Pan de Matanzas visto desde El Palenque.

A las diez y media llegamos al valle de altura, lo atravesamos y comenzamos a bajar. Designé a Gaby y Alfredo como retaguardia. Empezó la gente a llegar abajo, al entronque con el camino de la vaquería. Carolina se torció un tobillo; ella era la más pequeña del grupo. Comenzó a llorar, le dio una perreta, Miladys la trató de calmar, pero ella no quería caminar, ni irse de la guerrilla, ni seguir, ni nada. La fui a ver y noté que el pie no estaba hinchado, por lo que diagnostiqué “esguince psicológico”. La mejor medicina para ello era no darle importancia y comenzamos a ascender a la derecha un tramo pedregoso. La niña, al ver que se quedaba sola, se levantó y comenzó a caminar. Llegamos pronto a una altura desde donde el camino seguía en bajada gracias a un gran boquete abierto entre dos farallones. El de la derecha tenía una gran rajada y hasta allí fueron algunos a curiosear y tirarse fotos. Seguimos la marcha, ya en bajada. Teníamos a la presa Caunavaco en el horizonte. Descendimos con algunas casas en lontananza. Llegamos a una carretera e hicimos un alto bajo una mata de mangos. Algunos buscaron agua en casas cercanas.

A la bajada del Palenque.

A la bajada del Palenque.

Esperando por el esguince psicológico de Carolina.

Esperando por el esguince psicológico de Carolina.

Subiendo entre farallones.

Subiendo entre farallones.

Camino entre fincas de campesino.

Camino entre fincas de campesino.

Los farallones del Palenque vistos desde atrás.

Los farallones del Palenque vistos desde atrás.

La primera imagen de la presa Caunavaco.

La primera imagen de la presa Caunavaco.

Luego de un rato de relax, seguimos la marcha bajo el sol del mediodía, por la carretera que bordea la presa. Al rato de andar, paramos junto a una cooperativa pesquera y varios entramos a coger aguda de un tanque. Allí nos dieron hielo frapé. Varios siguieron, doblaron en el terraplén de entrada a la presa y se detuvieron en el medio del camino, bajo las sombras de unos árboles. Poco después nos juntamos todos en el lugar y nos pasamos unos pepinos con agua fría, gracias al frapé.

Por la carretera que bordea a la presa.

Por la carretera que bordea a la presa.

La entrada a la cooperativa donde tomamos agua.

La entrada a la cooperativa donde tomamos agua.

El cartel que anuncia a la presa.

El cartel que anuncia a la presa.

Continuamos caminando y llegamos hasta la entrada del dique de la presa, donde un cartel anuncia: “Prohibido pasar”, pero pasamos. Recorrimos el dique en la altura y llegamos del otro lado a un camino que va entre la orilla de la presa y la ladera del Pan de Matanzas. Comenzamos a andar el camino y este se estrechó más adelante. Un cable eléctrico a la izquierda, tirado sobre postes, nos acompañó en un tramo de la ruta. La tropa se fue estirando.

La entrada al dique de la presa.

La entrada al dique de la presa.

Caminando sobre el dique de la presa, con el Pan de Matanzas al fondo.

Caminando sobre el dique de la presa, con el Pan de Matanzas al fondo.

Yo había anunciado un entronque, donde se debía coger a la izquierda, pero había más entronques. En el primero, un grupito bajó a la orilla de la presa y les tuve que decir que regresaran al camino por el que iban. El sol de la tarde ya estaba apretando y comenzó a aflorar el cansancio y la sed.

Llegamos los primeros a la casa de Esmérido, un pescador que conocí en mi viaje anterior. Lo saludé y le dije que queríamos acampar allí. Me sugirió un lugar cercano a la orilla de la presa, para evitar el fuerte aire que batía. El grupo descansó un rato bajo un árbol, junto a la casa de madera y guano. Luego comenzó la acampada unos cien metros más abajo de la casa, pero no donde dijo Esmérido. Comenzaron a alzarse las tiendas de campaña, aunque el fuerte viento hizo trabajosa la operación.

Acampada junto a la presa.

Acampada junto a la presa.

A los de la Universidad de La Habana les tocaba preparar una merienda. Buscaron agua de un manantial cercano a la casa, bajo sombra, donde un cuadrado de concreto represaba el agua. Prepararon refresco y galletas con  mayonesa, con pasta y con dulce de guayaba.

Como faltaba gente por llegar, subí hasta la casa, por donde llegaba el camino. Al poco tiempo apareció un grupito que andaba perdido al coger en un entronque un camino equivocado. Pero aún faltaban el Gaby y Alfredo, que eran la retaguardia del tramo. Pasadas las dos de la tarde llegaron los dos con Oxana. Ella estaba explotada y necesitó tirarse un rato en el camino.

Cuando la merienda estuvo lista, se repartió y después gran parte de la tropa se fue a la presa a darse un baño. La orilla estaba a unos doscientos metros de donde se alzaron las tiendas de campaña, aunque había una levantada junto a la presa, para evitar las santanillas, que andaban haciendo sus estragos. La tienda era de Alexis, el del CITI, quien seguía dándoles techo a algunos de Industrial. En el lugar donde acampamos, la presa estaba fangosa y el agua no se veía clara. Pero agua al fin, la bendecimos tras la extensa y soleada caminata.

Eledys se comunicó con Héctor, quien tuvo clases por la mañana y ya había partido rumbo a la nueva terminal de lista de espera para ómnibus.

A las cuatro y media salí del agua y le dije a Edgardo que iba ya a explorar. Mi idea era buscar un lugar de subida más accesible que por donde subí al Pan la vez anterior, hacer la exploración con un grupo pequeño para al día siguiente coger esa ruta con toda la tropa. Le dije también a Edgardo que llevara la cuerda de 60 metros que trajo. Se embullaron a acompañarnos Yaíma, Lisandra, David y Lando.

Partimos los seis con un machete que rotaríamos. Cogimos por detrás de la casa, junto a una cerca, y llegamos a un camino pedregoso y más ancho, que se bifurcaba, al cual Esmérido le decía el “camino de los puercos”. Allí miré hacia el lugar por donde quería subir la ladera del Pan, que era un ligero declive en la altura que debía hacer menos abrupto el ascenso. Saqué mi brújula y marqué entre 150 y 180 grados la dirección que buscaríamos.

En la bifurcación tomamos el camino de la izquierda, aunque ambos iban paralelos, muy cerca uno del otro. Se unieron los caminos, seguimos avanzando, teniendo aromas por los lados y fuimos adentrándonos en el monte, pisando sobre hierba.

Llegamos a otra bifurcación. En mi anterior excursión a la zona cogí allí el camino de la derecha, porque aunque era menos ancho que el otro, me parecía que iba en la dirección que necesitaba. Pero en aquella ocasión me equivoqué, porque la dirección del camino me fue alejando más a la derecha de mi propósito, a medida que subía. Ahora, por supuesto, cogeríamos el de la izquierda.

Seguimos avanzando, ascendiendo sin gran pendiente, hasta llegar a un punto en el monte donde el camino se perdió. Por todos lados nos rodeaban grandes árboles, de modo que los rayos del sol no llegaban a nosotros. Justo allí comenzó la verdadera historia de nuestra exploración. Teníamos que ir ascendiendo, pero al mismo tiempo tendiendo ligeramente a la derecha. Nos repartimos para ver si reaparecía el camino: Edgardo por la derecha, Yaíma por el centro y yo por la izquierda. Detrás iban David y Lando rotándose el machete, y con él, haciendo marcas en los troncos de los árboles. Les insistí en hacer las marcas de modo que se vieran, tanto en la ida como en el regreso. Teníamos la presión del tiempo, pues si nos demorábamos, nos podía coger la noche en aquel monte.

Edgardo vio continuidad y seguimos por su ruta. El camino pronto se perdió y poco a poco la pendiente se fue inclinando. Ya andábamos al rumbo, guiándonos por el rango de 150 a 180 grados de mi brújula, que tenía sus riesgos, pues un giro inadvertido en la dirección podía convertir en erróneo aquel rango. De vez en cuando nos caía alguna dichosa santanilla en nuestros cuellos y brazos, dejándonos varios minutos con la ardentía encima.

Seguíamos Edgardo, Yaíma, Lisandra y yo rastreando la senda, mientras Lando y David marcaban la ruta. Edgardo cargaba con el gran rollo de cuerda. Llegamos a un claro de tierra entre palmas y cogimos a la derecha para seguir la dirección que nos convenía. Pero la nueva ruta nos obligó a meternos en una maraña, pues los grandes árboles les dieron paso a otros menores entre los que se colaba el sol, permitiendo que creciera la maleza. En un tramo tuvimos que arrastrarnos, sin poder evitar los arañazos de la zarza.

Por fin salimos de aquel rollo de monte y llegamos a situarnos frente a la imponente y extensa faja de farallones que ocupa una parte de la ladera del Pan de Matanzas. Había que buscar el mejor sitio para subir. La experiencia mía anterior no era nada halagüeña, pues tuve que subir por una pared, valiéndome de dos troncos empotrados en ella a diferentes niveles, de los que me agarré. Pero eso no era posible hacerlo con 90 personas.

Le dije a Edgardo por buscara por la izquierda y yo lo haría por la derecha. Él se fue con Lisandra y yo con Yaíma. Ambas muchachas estaban inmersas en la primera exploración de sus vidas y realmente habían dado “la talla”. Sus dotes de deportistas de seguro las ayudaban.

Por mi ruta, hallé pronto una especie de senda en el farallón, que primero subía a la derecha y después giraba a la izquierda hasta llegar a la parte alta de la pared rocosa. Comenzamos a subir Yaíuma y yo por allí y notamos que no era muy difícil. Solo al final tuvimos que agarrarnos de algunos troncos para vencer el farallón. Ella lo hizo trepando y yo yéndome por la izquierda, pero ambos salimos a un ensanchado entre las farallas, que estaba surcado en su fondo por un maltrecho camino. De inmediato llamamos a los otros cuatro.

Ellos subieron hasta el lugar más complicado, pero antes se detuvo Lando; padecía de vértigo y no podía seguir. Le dijimos que nos esperara allí, que bajaríamos por donde subimos. Edgardo, Lizandra y David treparon hasta donde estábamos Yaíma y yo, y continuamos los cinco por el maltrecho camino.

Bajo la sombra de grandes árboles y entre dos laderas, caminamos por el trillo, que estaba algo enyerbado. Llegamos hasta un tramo de diente de perros y subimos por allí, cuidando no perder la senda. Nos sobrevino otro bosque, no tan alto pero más nutrido. Poco a poco la pendiente fue cediendo, hasta que salimos a unas ruinas que formaban parte de la antigua unidad militar que había sobre el Pan de Matanzas.

Pasamos junto a las ruinas, tomamos un camino hacia la izquierda, salimos a un lugar donde abundaba la roca formando suelo, subimos por allí, pasamos junto a otras ruinas, rebasamos una pintura de Martí sobre una pared a la derecha y ascendimos un poco más, caminado sobre la hierba, hasta pararnos sobre la cima del Pan de Matanzas. Eran alrededor de las seis de la tarde. Lo habíamos logrado; por aquella ruta podría subir el grupazo al día siguiente.

La carencia de vegetación alta hacia el este nos permitía disfrutar de una amplísima vista. La bahía de Matanzas, la ciudad y la península de Hicacos se dibujaban al noreste. Yaíma y Lisandra estaban embelesadas. El viento nos daba a gusto en los rostros de los cinco.

Después de un buen relax, decidimos bajar para evitar la llegada de la noche en el descenso, lo cual sería bien complicado. Rebasamos las ruinas, cogimos el camino del monte entre laderas y descendimos el farallón, donde nos esperaba Lando pacientemente.

Juntos los seis, reanudamos el descenso. Para evitar el tramo enmarañado de la ida, seguimos directo loma abajo. Al reencontrarnos con nuestras marcas en los troncos de los árboles, nos fijamos en una botella plástica de color azul tirada sobre la tierra, para tomarla de guía en nuestra subida al día siguiente. Seguimos descendiendo, siempre fijándonos en las marcas. La pendiente cedió y llegamos al entronque de los dos caminos. Con la tarde cayendo nos fuimos acercando al campamento hasta llegar pasadas las siete.

Los espaguetis ya estaban casi terminados, luego de una ardua y rápida labor de los malnombristas. No obstante pedí una tregua para darme un baño. Los exploradores nos quitamos el churre del monte en la presa y formamos el tiroteo con la noche entrando. En medio de la repartidera, llegó Héctor, quien cogió una guagua hasta Ceiba Mocha, y guiado por un mapa que le hice, caminó por la carretera que lleva hasta la entrada de la presa Caunavaco, obviando la loma del Palenque a la izquierda. Luego siguió el mismo camino nuestro, es decir, entrada y cruce del dique de la presa, y trillo hasta la casa de Esmérido. Muy bien por Héctor, que hizo ese trayecto en solitario, con riesgos de pérdida y llegando al oscurecer. Ya éramos 91.

Tiroteo de espaguetis junto a la presa.

Tiroteo de espaguetis junto a la presa.

Los espaguetis eran abundantes y la carne en salsa también. La gente se pudo llenar con el doble, el triple y hasta más, incluyendo el refresco. Esmérido no estaba por los alrededores, a pesar de que lo invité a comer; al parecer, se había ido a pescar de noche. Después los alemanes prendieron una fogata y a la luz de su lumbre se desató un monotema (así le decimos en Mal Nombre a los debates políticos) entre Yaíma, un informático y un mecánico. De una reproductora llegó música bailable, incluyendo un obsceno son del grupo “Porno son”, que entre el cuero, propició formar una rueda de casino. Otro pescador de los alrededores se apareció en el lugar de acampada y se pegó a hablar con algunos de la tropa. Luego la gente fue cayendo en sus cobijas hasta que reinó el silencio en el campamento.

La segunda fogata de los alemanes.

La segunda fogata de los alemanes.

Domingo 24 de abril del 2016

Las santanillas se hicieron sentir de madrugada. El de pie fue sin presión, con la claridad del día, pues teníamos tiempo para subir el Pan, bajar por la carretera, llegar al poblado de Corral Nuevo y coger el camión a las tres de la tarde, tal y como lo habíamos cuadrado con “El Titi”. Los resultados de la exploración del día anterior eran nuestra mejor carta de triunfo. No obstante, subir el Pan por el monte con 91 personas no dejaba de ser un gran reto.

Amanecer junto a la presa con el Palenque de fondo.

Amanecer junto a la presa con el Palenque de fondo.

Los científicos del CIGB y el CIM prepararon el desayuno con el mismo menú que el de la mañana anterior. Antes de desayunar les cantamos “felicidades” a Alejo y Oxana, quienes cumplían años. Después del desayuno recogimos el campamento. Juntamos los paquetes de espaguetis que sobraron y las especias, y lo llevé todo hasta la casa de Esmérido para regalárselo, pero él no estaba. Como la puerta no tenía cerradura, entré y le dejé las cosas sobre una mesa. Todo adentro de la casa de una sola habitación respiraba humildad.

A las nueve y cuarto de la mañana partimos, con el Guille y Osniel de retaguardia. Llamé a Edgardo, a Yaíma, a Lisandra y a David para que me acompañaran en la punta. La larga tropa cogió el camino recorrido el día anterior por los seis de la exploración. Llegamos al entronque del monte, cogimos a la izquierda, y al hacer un giro a la derecha, se nos perdieron las marcas. Los delanteros nos dividimos para hallarlas. Edgardo quiso improvisar, según lo que le indicaba el instinto, pero le dije que sin marcas no nos moveríamos, que la improvisación y el instinto se justificaban en la exploración del día anterior, pero no con 91 personas subiendo por aquel monte. Había que ir al seguro.

En busca de la cima del Pan de Matanzas.

En busca de la cima del Pan de Matanzas.

Por fin encontramos marcas y continuamos subiendo guiados por ellas. Con el aumento de la pendiente, se requirió un mayor esfuerzo de la gente. Llegamos al punto donde estaba la opción de coger por la maraña o subir más directo y menos complicado. Pero a pesar de buscar por los alrededores, allí no hallamos la botella azul. Decidí subir recto para no meter a tanta gente por la maraña y al poco rato ya estábamos al pie del extenso y erguido farallón. Allí cogimos un poco a la derecha y comenzamos a subir por donde mismo lo hicimos la tarde anterior.

Bordeando el farallón.

Bordeando el farallón.

Al llegar al punto más complicado, distribuí a algunos para evitar riesgos. Primero estaba Héctor guiando a la gente. Después venía Edgardo, para dar la mano. Seguidamente estaba yo sostenido a una mata por detrás, evitando que se fueran a ir hacia el vacío. Continuaba Freeman, para guiar hacia el camino entre las laderas. Ya en el camino estaban Yaíma y David, a quienes les dije que fueran llevando a la gente hacia adelante, para que no hubiera mucho amontonamiento.

Comenzó el ascenso del resto sin problemas. Con los niños tuvimos más cuidado, sobre todo con Carolina, pues Amelie y Daniela ya eran expertas en guerrillas. Yo le había dicho a Lando que cuando a él le tocara pondríamos la cuerda. Al acercase su turno, Lando me preguntó por la cuerda y le dije que lo haría sin ella, porque no hacía falta. La distribución de gente para ayudar le dio confianza y pudo trepar sin problemas. Subió finalmente la retaguardia y desarmamos la cadena de apoyo.

Cuando llegué arriba, noté que estaba todo el mundo. Al cuestionar a Yaíma y a David por no haber adelantado a varios, me dijeron que todos cabían allí, lo cual era cierto.

Siguió la marcha de la larga tropa por aquel maltrecho camino entre laderas. Al llegar al tramo de dientes de perro, Oxana ya estaba cansada, pero siguió avanzando sin apuro y así pudo ir venciendo los trechos.

Llegamos todos al firme, junto a las ruinas, y allí hicimos un descanso. Un biólogo del piquete se entretuvo en hacer pasar una araña peluda sobre un brazo, impresionando a unos cuantos.

Al rato nos levantamos, pasamos el tramo  de piedra, rebasamos las otras ruinas y subimos todos hasta la cima del Pan. La alegría se hizo sentir. Muy pocos habían estado allí anteriormente. Vinieron las fotos en grupo, en grupitos, con la bandera cubana y como se le antojó a la gente. Después llegó el tiroteo preparado a varias manos. Fue un “almuerzo” al mediodía con todo lo que quedaba de mayonesa con galletas y panes, además del maní que tocaba. A los niños les dimos cremita de leche extra. Con buenos buches de agua cálida, bajamos aquello.

Mural de Martí sobre la cima del Pan de Matanzas.

Mural de Martí sobre la cima del Pan de Matanzas.

Imagen de la conquista del Pan de Matanzas.

Imagen de la conquista del Pan de Matanzas.

Pasada la una de la tarde comenzó el descenso de la loma por la carretera. Yo me quedé solo de retaguardia. Luis, un ahijado de Alejo, corrió fuerte un tramo en la brusca bajada, y al frenar de súbito, se lesionó en la espalda. A partir de de ese momento comenzó a caminar a duras penas y a quedarse detrás con Alejo y Alejandrito. Descendí con ellos el Pan y comenzamos a caminar por el terraplén que lleva hasta Corral Nuevo, bajo un cruento sol. Pasamos el tramo entre la alta vegetación y salimos al potrero que antecede al poblado. En una casa a la izquierda había una pila de agua y la gente fue tomando de ella mientras pasaba.

Descendiendo el Pan.

Descendiendo el Pan.

El grupo fue rebasando el entronque con la carretera a Canasí, a unos metros del límite de Matanzas con la provincia de Mayabeque. Después quedó a la izquierda el estadio de pelota y finalmente se fueron concentrando en el portal de la cafetería principal del pueblo, junto al parque con la iglesia. Cuatro de la tropa partieron rumbo a la ciudad de Matanzas. Los últimos llegamos a la cafetería a las dos y media. Todo mostrador de los alrededores, que vendía algo de comer, fue invadido. Mientras esperábamos el camión, un pájaro carpintero posó para el grupo en lo alto de un poste que teníamos al frente, picoteando la madera. El Guille, Edgardo, Alexis y Yaser aprovecharon ese tiempo para recoger el dinero de pasaje de regreso.

En el portal de la cafetería de Corral Nuevo, esperando el camión del Titi.

En el portal de la cafetería de Corral Nuevo, esperando el camión del Titi.

Unos minutos antes de las tres llegó el camión del Titi proveniente de la carretera a Canasí. El mal estado de esa vía le hizo pensar en regresar por la ciudad de Matanzas, pero un hombre del pueblo lo convenció de que lo mejor era volver por donde vino, sin tener que llegar a Canasí, sino cogiendo por la carretera de San Juan. Le pagamos el pasaje, nos montamos todos y partimos.

De regreso en el camión del Titi.

De regreso en el camión del Titi.

El viaje se fue bastante alegre. Los cuentos y las risas abundaron en el regreso. David le echó agua a Alejo en la cabeza y después a Oxana, celebrando sus cumple. Pasé una libreta donde varios anotaron sus correos electrónicos. El camión cogió por la Vía Blanca, y a partir de Alamar, se fue quedando gente. Finalmente, poco antes de las cinco de la tarde, llegó el camión al Parque de Comunicaciones, junto a la Terminal de Ómnibus, terminando así la sexta acampada. Una fiesta el sábado siguiente en el techo de la casa de Oxana, sería el nuevo punto de encuentro para pasarnos las fotos, hacer los cuentos de la acampada y divertirnos de la sana manera que lo hacemos en el Movimiento Cubano de Excursionismo. La séptima acampada ya se pronosticaba para el Pico Turquino, pero el reto de llevar tanta gente allá sería grande. Lo que sí dábamos por sentado es que seguiríamos guerilleando por nuestra bella Cuba.

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